Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, Mi resplandor ha iluminado este recinto y Mi luz ha fluido como bendición y fuerza hacia sus corazones abiertos. Se han reunido en Mi nombre de una manera semejante a como ocurría ya en el cristianismo primitivo. Me han pedido que venga en medio de ustedes, y nunca he rechazado una petición como esta ni lo haré jamás. Pues ¿dónde preferiría estar sino entre quienes Me anhelan y no ocultan su amor por Mí, sino que se esfuerzan por expresarlo en su vida cotidiana?
Conocen estas palabras: a quien sirve a la ley, la ley le sirve. Hoy quiero hablarles de nuevo sobre ellas y profundizar así su comprensión de este enunciado, pues contiene la solución de todos sus problemas humanos, aunque a primera vista no lo parezca. Respeta el libre albedrío de toda criatura y, en la medida en que esta se entrega a Mí y sirve a la ley del amor, le regala todo cuanto Yo tengo para dar.
El amor incluye el servicio, y les digo: ¡En verdad, Yo Soy el mayor servidor de Mi Creación! Y en Mis criaturas he depositado este rasgo esencial como una parte de su amor. Esto significa que llevan dentro la capacidad de servir; y cuando procuran servir a su prójimo —y con ello a Mí—, se amplía su conciencia, se eleva la vibración de su alma y aumenta su capacidad de amar.
«A quien sirve a la ley, la ley le sirve» significa al mismo tiempo que quien da también recibe. ¡No al contrario! Quien da con el verdadero espíritu del amor recibe en igual o mayor medida aquello que he dispuesto para Mis hijos. Este principio rige en toda la Creación: tanto en la materia como en los ámbitos astrales y sutiles más luminosos, así como en los cielos puramente espirituales.
Cuando un alma entra en el más allá, por regla general encontrará ámbitos claros, luminosos y amplios. Se encontrará con amigos que la ayudarán a orientarse en su nuevo hogar, y aprenderá muy pronto que este principio de dar y recibir rige toda la convivencia en el más allá. No hacen falta esfuerzos físicos, grandes logros intelectuales ni otros proyectos laboriosos para vivir en una situación y un entorno que dejan a cada uno más que satisfecho, al menos al principio, es decir, hasta que el deseo de seguir evolucionando se vuelve cada vez más intenso. El alma experimentará que todos practican este dar, que nadie pide recompensa ni retribución y que se actúa voluntariamente por amor, porque el principio de dar y recibir es conocido y ya está desarrollado en las almas que viven en esferas más luminosas.
Por tanto, no hace falta esfuerzo alguno para llevar una vida que ustedes no pueden imaginar así en la Tierra. Allí no necesitan preocuparse por cómo vivirán «mañana». Lo tienen todo, reciben lo que necesitan y aún más, y procuran estar para su prójimo y hacer por él aquello que le sirve de ayuda y apoyo, como también se hace por ustedes por amor. Es una vida —como lo expresarían ustedes— semejante a la del paraíso, aunque todavía está muy lejos de ser el paraíso que es y será el hogar eterno de toda criatura cuando vuelva a vivir en la conciencia más elevada, en un estado de libertad ilimitada, ligereza, bienaventuranza y amor infinito.
El alma descubre muy pronto en su nuevo mundo que existen otras regiones más elevadas; y, si desea saber más acerca de esos ámbitos, se le explica que el ascenso hacia ellos solo es posible por medio del amor y el servicio al prójimo. Y, en verdad, les digo: tarde o temprano despertará en toda alma el anhelo de seguir evolucionando hacia su verdadera meta. Pues Yo atraigo a cada uno de Mis hijos mediante Mi magnetismo de amor, que se vuelve cada vez más fuerte en la medida en que el hijo Me entrega su voluntad propia y su vida, tanto en este mundo como en el más allá.
Como ya les dije, este principio de dar —que constituye una parte del servir— y de recibir rige también en la materia. Pero la mayoría de las personas ni siquiera sabe que existe esta ley espiritual. Y cuando la conoce, con mucha frecuencia no cree en ella y, por tanto, tampoco la incorpora a su vida cotidiana ni a su vida en general.
En la materia, la persona procura seguir sus propios intereses y ocuparse primero de sí misma y de su sustento. Y cuanto más se ocupa de ello, menos dirige su mirada hacia el prójimo y hacia lo que este necesita. Sin embargo, precisamente volverse hacia el prójimo sería la llave para aliviar su propia suerte. Pues lo que rige —¡y funciona!— en el más allá, rige también en este mundo.
Por consiguiente, a quien orienta cada vez más su esfuerzo a servir y dar, en lugar de tomar y preocuparse, le fluye un apoyo infinito desde el mundo espiritual, y se le retira una parte pequeña o grande de los esfuerzos de su vida diaria. Al mismo tiempo, prepara su vida en el más allá; pues aquello que ha alcanzado aquí se ha grabado en su alma y le permitirá vivir en los ámbitos que él mismo preparó durante sus días terrenales. Serán entonces esferas ligeras, en las que reina la luz y la disposición a dar y, de este modo, ayudar al prójimo constituye la base de la convivencia.
Cuando hablo de dar, no Me refiero necesariamente o únicamente a la ayuda económica. Hay tantas cosas que pueden dar a su prójimo y, con ello, indirecta o directamente, a Mí. Pienso, por ejemplo, en su tiempo. ¿Cuántas horas de su día Me dan a Mí o a su prójimo? ¿Y cuántas horas necesitan para ustedes mismos porque creen que sin su propio empeño y esfuerzo, sin su propia voluntad, no pueden alcanzar aquello que les parece tan importante para su felicidad y satisfacción? Si Me dieran una parte —o una parte mayor que hasta ahora— de su tiempo, viviendo el principio de dar y servir más que en el pasado, automáticamente se colocarían en el mundo espiritual muchísimas agujas de las vías; y muchas cosas que sin este dar solo consiguen con gran esfuerzo, o no consiguen en absoluto, les resultarían muy fáciles o incluso caerían en sus manos.
Sobre todo, les llegarían por Mi voluntad y, por consiguiente —a diferencia de los frutos de actuar según la voluntad propia—, serían en todo caso adecuadas para ustedes y estarían hechas «a su medida».
Cuando reflexionan sobre Mis palabras y comprueban que en su vida aún existen momentos que podrían dedicar más a Mí y a su prójimo que a ustedes mismos, en alguno puede surgir la pregunta: «Señor, sí quiero hacerlo, pero ¿qué debo hacer?». Entonces les recuerdo la ley de la atracción que rige toda convivencia en Mi Creación.
Nada llega a ustedes sin tener algo que decirles de alguna manera, sin querer enseñarles algo, alegrarlos o hacerlos reflexionar. ¡Nada puede sucederles que no esté destinado a ustedes! También los Míos han escuchado muchas veces estas palabras. ¿Ya son capaces de guiarse por ellas en su vida cotidiana y encontrar allí lo que es importante para ustedes, o al menos reconocer y aceptar el mensaje que contienen: esto está destinado a mí, porque de otro modo no habría entrado en mi vida?
Esta ley de la atracción rige hasta en las ramificaciones más finas. Quiero ofrecerles una imagen para que reconozcan cuán maravillosamente se desarrolla todo en Mi Creación y cómo he ordenado y regulado todo.
Saben que todo es vibración y que las vibraciones iguales se atraen. Si buscan en su memoria, podrán encontrar muchas experiencias e historias en las que se cumplió esta ley.
Este es Mi pequeño ejemplo:
En su entorno, quizá delante de su puerta o en su jardín, crecen las plantas que son importantes para ustedes. Esto concierne tanto a la salud de su alma como a la de su cuerpo. Si no fueran importantes para ustedes, no ocuparían ese lugar, sino que estarían en otro sitio. ¿Cómo puede ocurrir esto? Recuerden que todo aquello que carece de voluntad propia sirve en la Creación sin condiciones. Solo el ser humano, mediante el abuso de su voluntad, ha quebrantado este principio con demasiada frecuencia. Plantas, arbustos, flores y árboles: ninguno posee voluntad propia, sino que todos sirven. Dan al crecer cerca de las personas que necesitan su poder curativo y se entregan a ellas.
Este pequeño ejemplo puede ayudarles a comprender que la ley de la atracción lo rige todo, incluso el detalle más pequeño. ¿Y acaso no habría de ser también importante y posible para Mí hacer llegar a cada persona lo que necesita, lo que la fortalece y edifica y favorece su desarrollo anímico-espiritual? La ley de la atracción creará asimismo las condiciones necesarias para que puedan poner en práctica su deseo de servir en la vida más que hasta ahora. La pregunta es si este deseo está presente en ustedes o si quieren hacerlo nacer en su interior. Les digo, aunque estas palabras puedan sonar un poco «informales» a sus oídos: «¡Toda petición desinteresada es atendida por el cielo lo antes posible!». Y el deseo de pasar de quien toma a quien da es verdaderamente desinteresado.
Les pido que tengan presente otro aspecto de dar, porque el concepto de «dar» no debe entenderse de manera demasiado estrecha: también incluye soltar cualidades familiares pero negativas, renunciar a metas que se han reconocido como equivocadas, entregarse a Mí y tomar decisiones para producir cambios allí donde, en el pasado, algo impidió su maduración interior. Para esto les ofrezco también una imagen:
Por las razones que sean, han abandonado su hogar cálido y acogedor, han utilizado su libre albedrío y se han sentado delante de su casa; aunque tienen frío porque es invierno, lo hacen con la conciencia de que: «Tengo derecho a hacerlo, puedo hacerlo y, si pido ayuda, esta llegará». Piden ayuda, y en efecto llega en la forma de una persona querida que les lleva una taza de té caliente. Con ello su problema queda resuelto por un tiempo. ¿Por cuánto tiempo? Hasta que vuelvan a sentir frío y les lleven la siguiente taza de té.
Pueden interpretar esta imagen de muchas maneras. En lugar de «tener frío» pueden poner «ser infeliz», «ser pobre», «estar enfermo», «estar solo» y mucho más. Pero algo permanece igual: todo cuanto se les aporta únicamente «desde fuera» —en Mi imagen, en forma de una taza de té— no resuelve realmente su problema. Durante algún tiempo los ayuda a afrontar mejor su situación, pero tan pronto como disminuye su efecto vuelven a encontrarse ante las mismas dificultades. ¿Puede ser esta también una razón por la que tantas oraciones, que en sentido figurado representan igualmente una taza de té, solo producen un efecto de corta duración o posiblemente ninguno? ¿Por qué solo en casos muy raros, cuando corresponde a Mi ley, provocan un cambio duradero y muchas veces espontáneo? La misma pregunta se aplica al consumo de medicamentos y al empleo de medidas destinadas a favorecer la salud.
Si la verdadera solución para dejar de sentir frío consiste en abandonar el lugar frío delante de la casa y regresar al interior, pero no se da ese paso, entonces «cada taza de té» solo aplaza una decisión que finalmente tendrá que tomarse y se tomará. No obstante, la taza de té puede ser útil si favorece la reflexión y, por último, la decisión. Pero sin este paso final no habrá regreso al hogar cálido y acogedor.
¿Qué puede dificultarles el regreso a la casa? ¿Qué los espera allí? Para responder hace falta adentrarse un poco en el interior y reconsiderar la propia conducta. ¿Quizá son temores? ¿Es su obstinación, que como hijos libres de Dios se les permite ejercer mientras lo consideren correcto? ¿Tal vez los espera allí un reencuentro desagradable? ¿Una posible confrontación que eluden? ¿Es pereza? ¿O les resulta difícil renunciar a posiciones propias que se han vuelto rígidas?
Sea lo que sea aquello que en este momento todavía les impide regresar al amparo: ¡libérense de ello! ¡Cambien su manera de pensar! ¡Cambien de rumbo! Soltar es también una forma de dar. Si ponen en Mis manos lo que hasta ahora los ha detenido, Yo Soy quien los acompañará cuando regresen a la seguridad y protección de la casa. Y no solo los acompañaré: prepararé su llegada.
Les pido que reflexionen sobre estas palabras en su vida. Me repito cuando digo que constituyen la solución de todos sus problemas. Cuando no puedan avanzar, vengan a Mí. Entren en el aposento de su corazón y háblenme como un hijo habla con su padre, con palabras sencillas. Expresen su amor, díganme que han reconocido que el camino hacia Mi corazón pasa por el amor y, para que esto no suene tan abstracto, por servir y dar como parte del amor.
En verdad, hijos e hijas Míos, atenderé su petición, fortaleceré sus almas y les recordaré una y otra vez que son poderosos y radiantes hijos e hijas de Mi amor, que no necesitan mendigar para recibir esto o aquello, sino recordar la ley: a quien sirve a la ley del amor, la ley también le sirve.
Pues de este modo Mis hijos se convierten en luz en el mundo, precisamente en estos tiempos oscuros. Transformarán su vida y, por medio de ella —allí donde Yo los he colocado y donde actúan—, también su entorno. Reciben toda la fuerza necesaria para ello. Los colmo de Mi alegría y fortalezco su confianza en Mi guía y en Mi palabra.
Los abrazo y les digo: «Yo, su Padre, los amo».
Amén