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Mi ley como principio rector de Mi amor

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Mein Gesetz als Führungsprinzip Meiner Liebe

Fecha original: 12 de mayo de 2012

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Como sucedía en tiempos pasados, así sucede también en este tiempo. Yo, el buen Pastor, nunca guardé silencio, y los poderes oscuros jamás pudieron ni pueden silenciarme ni apagarme a Mí, el amor infinito y la luz eternamente libre de sombras, aunque los caminos corruptos de todos aquellos que estuvieron y están contra Mí se hallen manchados con la sangre y la aflicción de muchos de Mis mensajeros de luz, y bordeados por los crímenes y horrores con los que hasta hoy se pretende impedir la palabra del amor y la verdad, la palabra de la vida.

El amor incondicional, lleno de gracia y eterno que Yo soy nunca los abandona, Mis amados; no te abandona a ti, hija Mía; ni a ti, hijo Mío; ni tampoco a ti, hijo Mío, sin importar si se encuentran de este lado en un cuerpo humano o al otro lado del velo. Su Padre celestial no cesa ni se detiene de instruir y esclarecer a Sus hijos, ni de conducirlos hasta su santuario interior, donde Yo habito, para que el recuerdo de su verdadero origen divino y del profundo sentido de su existencia en la Tierra se levante desde sus almas como la luz del alba, rompa las cadenas de su conciencia limitada y los guíe por el sendero luminoso del desarrollo espiritual, que es el camino de regreso a su hogar eterno.

En verdad, innumerables mensajeros de luz encarnados han acompañado a todas las generaciones del género humano para extraer de Mi amor y de Mi verdad Mis dones divinos, y ofrecerlos como alivio a todos los que los anhelan, para la salvación de sus almas y el bien del ser humano.

Esto sucede de manera muy especial en su tiempo, Mis amados, cuando llega a su fin la época espiritual que una vez inicié en Cristo, el amor supremo, y que ahora cede el paso a otra era más luminosa de redención y de regreso al hogar de todo lo caído. Y mientras el olvido de Dios se transforma en conciencia de Dios, muchos de Mis hijos humanos y de Mis almas encontrarán el camino hacia los brazos anhelantes de su Padre.

En verdad les digo: viven en un tiempo de despertar, en un tiempo de actuar; y esto significa que, al contemplar su vida, los acontecimientos cada vez más apremiantes los colocarán de manera creciente ante decisiones claras y les exigirán actuar de modo correcto y decidido. ¿Cómo decidirán? ¿Como acostumbra hacerlo normalmente una persona? ¿O elegirán la solución y el camino del amor? ¿Actuarán como Yo les enseño y como corresponde a un hijo de Dios consciente? ¿O pagarán con la misma moneda?

Más de uno de Mis amados hijos escucha Mi palabra desde hace mucho tiempo, y ya le he permitido recibir muchas verdades de Mis leyes y muchos conocimientos; sin embargo, todavía no ha comprendido que él mismo se encuentra igualmente involucrado y llamado a actuar con amor, al igual que sus hermanos y hermanas. Más aún, el conocimiento que ha acumulado y que muchas veces no vive impulsa a Mi hijo a ir de un lugar a otro, de una comunidad a otra, a aumentarlo sin cesar, a presentarse ante sus hermanos con el resplandor vanidoso de un conocimiento sin vida y a juzgar si la verdad está presente y puede encontrarse aquí o allá.

Reconoce, oh ser humano, que solo por medio de la sabiduría que hayas adquirido esforzándote en realizar conscientemente actos de amor se revela a tus sentimientos, cada vez más puros, qué es verdadero y qué es falso. De lo contrario, pasas tu vida en la ilusión de poder distinguir la verdad de la falsedad, permaneces prisionero en las cadenas de un conocimiento que sirve principalmente a tu egoísmo y, desde él, pronuncias tu juicio sobre tu prójimo y, por tanto, sobre ti mismo.

Sepan que existe una sola llave para abrir la puerta de la sabiduría y de la verdad: servir humildemente y actuar conscientemente en el espíritu del amor, en pensamientos, palabras y obras. Esto es lo que prepara el campo de tu alma, hace florecer la semilla y brinda una cosecha abundante y sabrosa. Ilumina tu camino y te hace bienaventurado, hijo Mío; y Yo, tu Padre, Me complazco en ello.

Por tanto, Mis amados, contemplen Conmigo su vida, y les mostraré dónde necesita un cambio y su acción en el espíritu del verdadero amor, y les concederé para ello toda Mi asistencia paternal. Solo entonces comenzará el conocimiento a serles verdaderamente útil, pues este por sí solo nunca los eleva hacia Mí; por el contrario, puede volverse pesado como una piedra de molino y conducirlos a la perdición. Porque, particularmente, el conocimiento espiritual —el conocimiento de las leyes que constituyen el fundamento de su vida— está inseparablemente unido a la elevada responsabilidad de convertirlo en una realidad vivida. ¿Qué quieres hacer entonces con todo tu conocimiento, hijo Mío? ¿Y cuánto tiempo más quieres permanecer en él?

Reconoce que cada instante es valioso y está abundantemente bendecido con Mi ayuda, Mi gracia y Mi misericordia para todos los que se esfuerzan con perseverancia y sinceridad. Utilicen, pues, el tiempo que se les ha dado y siéntanse sostenidos por el amor infinito de su Padre. Amén.

Revelación divina

Yo, su hermano Jesucristo, soy el Amor en el Padre. Entré en este recinto ya durante sus cantos y oraciones y estoy en medio de ustedes. Yo soy la luz del mundo visible y del invisible; soy la luz de toda la creación. Y Mi luz equivale a Mi vida, y Mi vida equivale a Mi amor.

Toda criatura anhela la luz, pues esta luz es su alimento. Por eso han venido Conmigo muchos seres de los ámbitos del más allá, atraídos por la irradiación de luz y amor, que para ellos representa al mismo tiempo calor y consuelo, esperanza y futuro. Una cantidad inmensa de sus hermanos y hermanas los rodea. Todos esperan recibir ayuda y conocimiento para su camino futuro y para tomar su decisión, pues también en el más allá rige el libre albedrío, que condiciona la decisión de toda criatura.

Ya les dije una vez que durante los primeros años y décadas después de Mi muerte en la cruz sucedía algo muy semejante a lo que hoy sucede entre ustedes, en este lugar, y también a lo que ocurre en miles de otros lugares del mundo donde los Míos se reúnen en el espíritu de la unidad y del amor. También entonces eran personas a quienes Yo podía alcanzar en su interior; personas que, más allá de su servicio en el templo, de observar incontables reglamentos y de cumplir ritos y mandamientos, reconocieron que hacía falta vivir el amor para seguir Mis huellas. Así sucede en todos los lugares donde el anhelo despierta en los corazones humanos.

Hoy quiero decirles algunas cosas acerca de Mi amor. Sin embargo, debido a los innumerables aspectos que contiene el amor divino, solo podré hacerlo a grandes rasgos; estos les permitirán elaborar ustedes mismos los detalles y abrir paso a paso su conciencia. Circulan en el mundo muchas ideas falsas acerca de Mi amor, particularmente entre quienes se llaman cristianos. Es la interpretación de un amor fundada en las enseñanzas de sus teólogos y que tiene poco o nada que ver con lo que enseñé y viví con Mi ejemplo. Pues, por un lado, Mi amor es tan infinitamente grande, servicial y misericordioso que ningún corazón humano podrá jamás comprenderlo; por otro lado, es exactamente lo contrario de lo que encuentran una y otra vez como el llamado «amor de mono», ese amor excesivamente indulgente. Mi amor se dirige en primer lugar a ustedes como criaturas inmortales, pero también se dirige al ser humano en la medida en que sea bueno para su alma.

Como hay tanta ignorancia en el mundo, como no se conoce, no se observa o se interpreta de manera equivocada la ley de siembra y cosecha, Mis hijos humanos atraviesan su día como ovejas extraviadas. Cuando hablan de Mi amor y creen poder o tener que interpretarlo, aplican la medida de su amor humano, que con demasiada frecuencia solo sirve a su ego y que, en verdad, se encuentra muy lejos de Mi amor divino. Mi amor tiene una sola meta: conducirlos a todos nuevamente al hogar; es decir, crear dentro de ellos las condiciones para que puedan volver a entrar en el cielo porque hayan abierto el cielo dentro de sí mismos.

¿Cómo es el amor de tantos padres por sus hijos? ¿No los colman a menudo de regalos y atenciones de toda clase solo para conservar, e incluso comprar, su afecto y simpatía? ¿Se fijan en si esto corresponde al proceso de desarrollo del hijo, si es bueno para su maduración anímica, si el hijo aprende con ello algo para su vida futura o si fortalece su carácter? ¿No creen con demasiada frecuencia que solo serán amados si satisfacen todas las peticiones y deseos?

Como esto sucede así, aplican a Mi amor la medida de su propia concepción del amor; y cuando Yo o Mi ley no corresponden a sus ideas, se apartan de Mí y con demasiada frecuencia Me hacen responsable de todo lo que sale mal en su vida, de todo lo que contradice sus opiniones y su «verdad», como si Yo fuera personalmente quien decide a Su antojo a favor o en contra de sus deseos e ideas.

Mi amor es Mi voluntad, y Mi voluntad se expresa en Mis leyes divinas, que son eternas, tratan a todos por igual —es decir, actúan con justicia— y están libres de debilidades y defectos; son tan absolutas e infalibles que nunca necesitan corrección, compromiso ni discusión. Ellas constituyen el principio rector de Mi amor infinito. Toda Mi creación está sujeta a estas leyes y, con ella, cada criatura. Este amor tiene un solo deseo: volver a unir eternamente en el amor a todo lo caído y conducirlo de regreso a la vida verdadera. Conducir de regreso no significa llevar al ser humano —es decir, el cuerpo perecedero— a los cielos, sino al alma purificada, que entonces vuelve a reposar en Mi corazón como un ser espiritual perfecto.

Cada uno, por motivos diferentes, abandonó los cielos o su estancia intermedia en los ámbitos de materia sutil, y por razones igualmente diversas encarnó o volvió a entrar en la carne. En lo más profundo de sí, toda alma sabe dónde se encuentra su verdadero hogar y que tarde o temprano emprenderá el camino de regreso hacia allí. Mi amor sirve a Mi hijo en ese camino, y lo hace incondicionalmente. Por eso Mi amor tiene ante todo en cuenta la maduración del alma; y todo cuanto encuentra el ser humano debe servir —y finalmente también sirve— para moverlo a cambiar su conducta en aquellos aspectos en los que todavía no corresponde a la ley del amor a Dios y al prójimo.

Por tanto, Mi amor no da regalos indiscriminadamente y con los ojos cerrados —como hace tan a menudo el amor humano— solo para ganar popularidad o tranquilizar la propia mala conciencia. También procura siempre, cuando es necesario, dar un impulso al ser humano y despertarlo. Por ello, todo cuanto sirve para que el ser humano reconozca es permitido e incluso dispuesto por Mi ley. Pero no para dificultarle la vida, y mucho menos para castigarlo, sino para moverlo a reflexionar sobre su vida y su conducta.

Muy pocos de Mis hijos humanos conocen este hecho, aunque se hable tanto de que la vida es una escuela. Se va a una escuela para aprender algo y, salvo excepciones que no comentaré aquí, el alma entra en una encarnación normalmente por la misma razón. Debido a su falta de instrucción, pero también a su incredulidad, durante el tiempo de su «escuela de la vida» las personas conceden el mayor valor a conservar su cuerpo y a disfrutar de circunstancias sumamente agradables, y olvidan que todo ello es pasajero y que, en realidad, es el alma la que necesita alimento con tanta urgencia. Nada material —por mucho valor que el ser humano haya dado a la salud, la riqueza, la belleza y el prestigio— podrá jamás entrar en los cielos, porque cuando estos vuelvan a recibir al hijo perdido o a la hija perdida, el cuerpo humano perecedero ya habrá dejado de existir desde hace mucho.

Quiero darles una imagen. Comparen su hogar celestial con una casa en la Tierra, confortablemente amueblada, donde reina la armonía y se disfruta de un calor agradable. El ser humano decide entonces abandonar esa casa en invierno para realizar algunas tareas afuera. Para ello recibe el equipo necesario: un abrigo cálido, calzado apropiado, guantes, algo para cubrirse la cabeza, etcétera; en sentido figurado, un cuerpo humano. Si es consciente de que su ropa sirve exclusivamente para poder permanecer fuera de la casa protegida y realizar su trabajo, ciertamente respetará, cuidará y conservará su ropa de invierno, pero esta no lo será todo para él, sino únicamente un medio para un fin. Se alegrará de poder regresar a su hogar cuando haya terminado sus tareas.

Si desconoce estas relaciones porque no se las explicaron o se las explicaron mal, porque no cree en ellas o porque sus antenas están dirigidas exclusivamente hacia lo exterior, toda su atención se concentra en su ropa. Pero será inevitable que esta, durante su permanencia afuera, sufra daños aquí y allá y se manche, según el grado de atención y cuidado que tenga; quizá también pierda sus zapatos, quizá le roben los guantes y otras cosas más. Las circunstancias en las que deba permanecer entonces en el exterior posiblemente no sean muy agradables. Se extraña ante cada nueva rasgadura y cada nuevo agujero, pero ni aun así se le ocurre que las circunstancias, a veces poco agradables, de su permanencia afuera quieren decirle algo acerca de sí mismo; ni siquiera cuando ve a otros que se desenvuelven mucho mejor en las condiciones invernales.

Pero en vez de preguntarse qué sucedió con su ropa protectora de invierno, por qué pudo ocurrir esto o aquello y dónde podrían encontrarse las causas, pide —y algunas veces incluso suplica— nuevos objetos para equiparse, solo para continuar viviendo después de la misma manera que hasta entonces, es decir, sin conformidad con Mi ley. ¿Correspondería a Mi concepto del amor cumplir semejantes deseos sin más? ¿Llevaría esto después a un hijo a reflexionar? ¿Y lo conduciría su reflexión a corregirse? ¿Qué probabilidades hay de que una ayuda —quizá incluso repetida— sin la instrucción necesaria, sin las consecuencias requeridas y, ante todo, sin que quien causó la situación se conozca a sí mismo produzca una transformación? Ustedes mismos pueden responder.

También Me importa su «abrigo de invierno», pues Yo se los regalé, y también sufro con ustedes cuando tiemblan de frío; y si Me es posible —porque ustedes lo permiten—, también lo remiendo. Pero al hacerlo siempre tengo presente el bien de sus almas y su regreso a Mí.

Mi amor brinda a Mis hijos todo el apoyo necesario para que puedan aprender durante su tiempo en la Tierra aquello que deben aprender. Mi apoyo es infinitamente mayor de lo que jamás podrán comprender. En gran medida tiene lugar en lo invisible, pues allí preparo los caminos, y Mi mano extendida está presente una y otra vez cuando un hijo, tras reconocer una conducta equivocada, viene a Mí y Me pide ayuda.

De esta manera guío a Mi hijo; llamo a esto guía indirecta, que se realiza mediante la ley de causa y efecto. Pero también existe una guía directa, y entre estos dos polos —muy distantes entre sí— hay muchísimos grados intermedios que no trataré aquí en detalle. Sin embargo, les daré también una imagen al respecto:

Se encuentran en un claro del bosque; diversos caminos se internan en él para terminar, en algún momento y en algún lugar, en campo abierto. Uno de estos caminos es fácil, o al menos el menos difícil; pero en cualquier caso es el más apropiado para sus posibilidades, su constitución física, etcétera; en sentido figurado, para el estado de sus almas. Quiero conducirlos por ese único camino, respetando su libre albedrío. Les doy impulsos, estímulos e indicaciones de muchas clases; y quien se deja guiar no tendrá que dar rodeos demasiado grandes para llegar a campo abierto.

Pero ¿qué sucede cuando un hijo ignora todas Mis indicaciones y busca su propio camino? Una de Mis posibilidades consiste en bloquear esos caminos o, al menos, cuando ya se ha acumulado suficiente experiencia, hacer que desemboquen en otro más fácil. Estas son las situaciones de su vida en las que se preguntan por qué esto o aquello no puede suceder o no puede suceder de inmediato, por qué encuentran obstáculos en todas partes, precisamente en las cosas que tanto desean. ¿Han pensado alguna vez que quizá soy Yo quien intenta impedirles recorrer un camino mucho más agotador que el que dispuse para ustedes? Esta es Mi guía indirecta. Pero como el ser humano posee libre albedrío, aún tiene libertad para probar todos los caminos. Muchas veces las tinieblas se los describen como la realización de la felicidad, como caminos que satisfacen sus sentidos, prometen poder, ofrecen distracción y placer —superficiales y breves, como se descubrirá después— y muchas cosas más. El ser humano posee libre albedrío para explorar cada camino, pero entre ellos posiblemente habrá algunos muy largos y nada fáciles de recorrer. Sin embargo, siempre son caminos que él eligió o que corresponden a su concepto de la vida y del «amor».

Cuando —si es necesario— cierro a Mis hijos caminos tras los cuales creen que se encuentra su felicidad, tampoco intervengo con ello en su libre albedrío. Pues conozco su verdadera voluntad, su deseo profundamente afianzado por toda la eternidad en sus almas porque proceden de Mí. Ese deseo dice: «Padre, Tú eres mi hogar eterno y quiero regresar a Ti».

Todos los hijos, sin excepción, llevan este deseo dentro de sí, aunque todavía no sean conscientes de él. Cumplir este deseo es la expresión de Mi amor. Este camino de regreso, con Mi apoyo incesante, debería comenzar ya aquí en la Tierra, y bajo las circunstancias que he dispuesto para Mis hijos: en libertad, sin miedo, llenos de confianza y también dentro de un entorno material que permita a cada uno experimentar ya aquí «una pequeña parte del cielo». Pues no quito nada a Mis hijos; por el contrario, quiero hacerlos partícipes de la plenitud que he dispuesto para todos. Así puede surgir ya aquí un pequeño paraíso; y ya ha surgido dentro de quienes saben distribuir correctamente el peso entre las necesidades del alma y las del ser humano, y para ellos.

Los bendigo a ustedes y a todos Mis amados hijos en los mundos materiales y en las esferas del más allá; y con Mi bendición fluye luz dentro de todas las almas, lo cual les facilita tomar su decisión. Y en verdad les digo: innumerables hermanos y hermanas suyos, que estuvieron y todavía están en medio de ustedes, han tomado su decisión. Han abierto sus ojos interiores, han reconocido las manos que se les extienden para ayudarlos. Han tomado esas manos y han entrado en el camino de la luz.

No descansaré hasta que todos estén en este camino. Esta es Mi promesa fraternal, pues Yo soy el Amor en el Padre. Amén.