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GEJ 1.160

Fuente: Jakob Lorber

Traducción al español latinoamericano.

Capítulo 160 de 161

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GEJ 1.160.1

¿Cómo lees entonces en el Génesis? ¿No está escrito allí lo siguiente?:

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GEJ 1.160.2

«Y Dios dijo: “Que haya luces en el firmamento del cielo que separen el día de la noche y den señales, tiempos, días y años; y que haya dos luces en el firmamento del cielo para que brillen sobre la Tierra”. Y así sucedió. Dios hizo dos grandes luces: una luz grande para regir el día y una luz pequeña para regir la noche, y además las estrellas. Y Dios las puso en el firmamento del cielo para que brillaran sobre la Tierra, rigieran el día y la noche y separaran la luz de las tinieblas. Y Dios vio que era bueno. Así, de la tarde y de la mañana surgió el cuarto día».

GEJ 1.160.3

Mira, así dice literalmente el relato de la Creación del cuarto día, mediante el cual queda determinado propiamente el cuarto día según el Génesis.

GEJ 1.160.4

Si examinas este asunto un poco más de cerca con —digamos— las fuerzas de tu entendimiento puramente natural, a primera vista tendrá que saltarte a los ojos el más craso absurdo, si consideras que el sentido del Génesis es su tenor literal.

GEJ 1.160.5

Según el Génesis, Dios ya había creado la luz el primer día, y así, de la tarde y de la mañana surgió el primer día. Dime: ¿qué clase de luz era esa, que bastó durante tres días para producir el día y la noche? Pero en el cuarto día Dios vuelve a decir: «Que haya luces en el cielo». Pregunto: ¿qué luces deben separar el día de la noche? La luz creada el primer día ya había producido antes tres días; entonces, ¿por qué hacen falta en el cuarto día más luces para una misma función? Además, solo se habla de «luces»; no se hace la menor mención de una Luna ni de un Sol. Esas luces han de producir también señales; ¿qué señales? Finalmente, tiempos; ¿cuáles? Y días y años; ¿qué días y qué años? ¿Acaso la noche no es nada? ¿No se cuenta la noche igual que el día?

GEJ 1.160.6

Además, la Tierra es esférica y en uno de sus lados siempre es de día, mientras que en el otro siempre es de noche. Conforme la Tierra gira sobre su eje desde el occidente hacia el oriente, siempre es de día allí donde las tierras se encuentran frente al Sol o, mejor dicho, donde son empujadas en cierto modo debajo del Sol por el movimiento de rotación constante y siempre uniforme de la Tierra.

GEJ 1.160.7

Si, por consiguiente, es indiscutible que el día natural en la Tierra se produce por el movimiento propio de esta, mientras que el Sol no hace otra cosa que brillar continuamente en un mismo lugar y producir con su luz el día allí donde llegan sus rayos, de modo que de ninguna manera puede ni podría regir el día, pregunto: ¿cómo habría podido Moisés referirse al Sol y a la Luna mediante sus luces? Y si Moisés hubiera querido decir el Sol natural y la Luna natural, sin duda habría nombrado esas dos luces del cielo para hacer más clara su revelación dirigida a la humanidad; pues en tiempos de Moisés todos los seres humanos ya sabían nombrar esos dos astros.

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GEJ 1.160.8

Además, Moisés habla de un firmamento en el cielo que en realidad no existe en ningún lugar del espacio natural, pues el Sol, la Luna, todas las estrellas y la Tierra misma flotan en el éter completamente libre, que no está limitado por nada ni en ningún lugar. La ley puesta en ellos los mantiene en su posición apropiada; tienen movimiento libre y no están sujetos en ninguna parte a firmamento celestial alguno.

GEJ 1.160.9

Pues en el espacio infinito y completamente libre solo existe un firmamento: la voluntad de Dios, de la cual procede una ley eternamente inmutable que llena ese espacio y todas las cosas que hay en él.

GEJ 1.160.10

Si aquello que se muestra ante sus ojos como una bóveda azul extendida hasta una distancia inmensa fuera un firmamento, y el Sol, la Luna y todas las estrellas estuvieran sujetos a él, ¿cómo podrían moverse y, en especial, cambiar continuamente de lugar los planetas que ustedes conocen?

GEJ 1.160.11

Las demás estrellas, a las que ustedes llaman fijas, parecen ciertamente estar sujetas a algún firmamento; pero no es así. Solo se encuentran a una distancia inmensa de la Tierra y sus órbitas son tan extensas que a menudo apenas logran recorrerlas en varios cientos de miles de años terrestres. Por esa razón, sus movimientos no pueden percibirse ni siquiera a lo largo de cien generaciones humanas. Esta es la causa de que les parezcan completamente inmóviles. Sin embargo, la realidad es distinta y en todo el espacio infinito no existe en ninguna parte un supuesto firmamento.

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GEJ 1.160.12

El firmamento al que se refiere Moisés es la voluntad firme conforme al orden divino, surgida del entendimiento correcto y del amor, que es el suelo bendecido de la vida. Tal voluntad solo puede surgir de la plenitud fructífera del verdadero amor a Dios en el corazón humano, así como este amor procede de la luz celestial que Dios derramó en el ser humano cuando dividió sus tinieblas interiores en tarde y mañana. Por consiguiente, el amor correcto, la comprensión correcta y el entendimiento correcto —todo lo cual se manifiesta en el ser humano como una fe viva— constituyen el cielo en el ser humano; y la voluntad firme conforme al orden de Dios, surgida de ellos, es el firmamento del cielo en el ser humano. Cuando ese firmamento se encuentra plenamente en el orden correcto según la voluntad de amor de Dios, Dios coloca en él nuevas luces procedentes del Cielo de los cielos, que es el puro amor paterno en el corazón de Dios. Esas luces iluminan entonces la voluntad, la elevan hasta la comprensión de los ángeles del Cielo de los cielos y, por medio de ello, elevan al ser humano creado hasta convertirlo en un hijo de Dios no creado, que ahora se ha transformado de nuevo a sí mismo dentro del orden divino mediante su propia voluntad libre.

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