Los superiores de Cafarnaúm llamaron a otros hombres y los enviaron tras de Mí. Pero también ellos tuvieron que luchar mucho contra la tormenta, pues ya se acercaba el tiempo del otoño, en realidad el período previo al otoño que corresponde a los llamados días caniculares. En esa época siempre había tormentas en Galilea, especialmente en el mar de aquella región. No llegaron sino al quinto día al lugar donde Yo todavía permanecía y pidieron hablar conmigo. Sin embargo, no permití que se presentaran ante Mí, porque sabía lo que querían. Les hice comunicar que permanecería allí más tiempo y que desde ese lugar visitaría las poblaciones vecinas. Debían comportarse tranquilamente, pues de lo contrario podrían terminar muy mal.
Era precisamente el periodo posterior al sábado, es decir, lo que hoy es domingo, y además hacía un día sumamente despejado y hermoso. Kisjonah se acercó a Mí y nos propuso, a Mí y a todos los presentes, subir a la altísima montaña más cercana.
Aquella montaña aún no tenía nombre, pues en ese tiempo la geografía se encontraba todavía en su infancia. Por eso, la mayoría de las montañas, valles, llanuras, lagos, arroyos y ríos menores no tenían nombres propios de uso general, sino únicamente las denominaciones que de vez en cuando les daban las personas que vivían en sus alrededores. Lo más difícil era siempre poner nombre a las montañas.
Las montañas que no se alzaban aisladas, como el Tabor, el Líbano, el Ararat o el Sinaí, sino que formaban parte de una cadena montañosa grande y extensa, generalmente no tenían nombre propio. A veces solo recibían una denominación local y temporal, y no pocas veces el nombre de algún rico propietario de la montaña que mantenía allí sus rebaños. Si con el tiempo llegaba otro dueño, la montaña recibía también otro nombre. Por eso aquella montaña, que pertenecía al recaudador y en realidad ya formaba parte de Grecia, llevaba el nombre de su propietario.
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Como aquel lugar se encontraba en la frontera entre Galilea y Grecia, era un puesto aduanero principal. Desde allí salía un camino de herradura bastante bien trazado que atravesaba las montañas desde Galilea hasta Grecia. Muchos miles de comerciantes de toda clase recorrían esa ruta y transportaban sus diversos productos en camellos, caballos de carga y asnos.
Cuando los fariseos recién llegados supieron que queríamos subir a la alta montaña, pidieron a Kisjonah que les permitiera acompañar al grupo. Kisjonah respondió: «Si quieren o pueden tener buena voluntad, la montaña, que desde aquí hacia Grecia mide unas veinte horas de camino de largo y cinco de ancho y es totalmente de mi propiedad, tiene espacio suficiente para recibirlos también a ustedes. Pero si vienen como espías malintencionados del sacerdocio de Cafarnaúm y Jerusalén, no puedo aceptarlos. Soy griego y ahora el más ferviente seguidor de la enseñanza santa y, según mi convicción, única verdadera de este divinísimo Maestro de todos los maestros; por eso tendría que protegerme de su compañía utilizando todos los medios a mi alcance. Pregunten a su corazón: si está limpio, tienen paso libre; si está impuro, regresen inmediatamente al lugar de donde vinieron».
Los fariseos dijeron: «Somos puros y no hay falsedad en nuestros corazones. Confesamos a Moisés y somos judíos, así como Jesús también es judío y no puede corromper jamás la ley de Moisés. Pero desde todas partes se difunde un poderoso rumor acerca de Sus obras y enseñanzas, y por eso nos interesa mucho comprobar si Sus enseñanzas y obras no anulan a Moisés. Si confirman a Moisés y a los profetas, también nosotros las aceptaremos; si hacen lo contrario, se entiende que debemos oponernos».
El recaudador dijo: «Del mismo modo como acaban de hablar aquí, hablaron también todos sus antepasados a los profetas, y después los apedrearon como negadores de Dios. Conozco muy pocos profetas que no hayan sido apedreados. Y aun así, ustedes invocan a los profetas en toda ocasión y se glorían de ellos. Sus antepasados eran exactamente lo que ustedes son, y ustedes no son ni un cabello mejores que aquellos antepasados que apedrearon a los profetas. Por eso tampoco confío en ustedes frente a este santo Profeta de todos los profetas.
Es cierto que se llaman confesores de Moisés; pero en sus acciones están más lejos de Moisés que esta Tierra del cielo. Examínense, pues, para ver si son dignos de subir con nosotros a esta montaña que me pertenece».
Yo dije a Kisjonah: «Deja que vengan. Si les resulta demasiado, seguramente regresarán, porque ninguno de ellos ha subido jamás a una montaña. Quizá el aire purísimo de esta alta montaña limpie un poco sus corazones».
Kisjonah quedó conforme, y nosotros emprendimos el ascenso provistos de todo lo necesario.
Sus cinco hijas tampoco faltaron y Me rodeaban como pollitos. Me preguntaban por asuntos muy diversos de la Creación primigenia y por la formación de aquellas montañas, y Yo les explicaba todo según su capacidad de comprensión. También los numerosos discípulos y la multitud que nos acompañaba escuchaban Mis explicaciones siempre que podían y se deleitaban mucho con ellas.
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Natanael, que era quien estaba más profundamente compenetrado de Mi divinidad, hablaba de vez en cuando con la montaña y decía: «Oh montaña, ¿sientes Quién es Aquel que ahora pone Sus pies sobre ti?». Y cada vez que Natanael dirigía a la montaña una pregunta tan grande, esta temblaba de tal manera que todos lo percibían.
Los fariseos sintieron un gran temor y comenzaron a persuadir al pueblo de que no se atreviera a seguir subiendo. Decían que aquella podía ser desde tiempos antiguos una montaña santa en la que ningún indigno debía poner el pie; de lo contrario, la montaña comenzaría a temblar y a rugir y destruiría a todos por causa de un solo indigno.
Pero el pueblo respondió: «Entonces regresen ustedes solos, porque la montaña, que ya hemos subido muchas veces, nunca ha temblado por causa nuestra».
Entonces los fariseos comenzaron a murmurar contra el pueblo, y mientras murmuraban, la montaña volvió a temblar. Ellos dieron media vuelta y corrieron cuesta abajo hacia la llanura tan rápido como pudieron. Así nos libramos de una vez de aquellos acompañantes molestos.
Continuamos tranquilamente nuestro recorrido y hacia la tarde alcanzamos las extensas explotaciones alpinas de Kisjonah, donde pasamos la noche. No comenzamos a subir a la cumbre más alta de aquella montaña sino al segundo día, debido al cansancio de las mujeres. Desde allí se disfrutaba de una vista extraordinariamente hermosa y extensa sobre toda Judea, Samaria, Galilea y una gran parte de Grecia.
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