La gente dijo: «Señor, si es así, entonces no es justo que ahora lo dejes en la prisión. A juzgar por los hechos que Tú has realizado, los cuales ningún ser humano fuera de Dios puede obrar, ciertamente Te resultaría fácil liberar al Bautista, puesto que trabajó para Ti. Señor, deberías hacerlo y no dejarlo encerrado».
Yo respondí: «Quien viene personalmente logra más que si envía un mensajero o una carta. El espíritu de Juan es grande, mayor que todos los espíritus que jamás han obrado en un cuerpo sobre esta Tierra; pero su cuerpo pertenece a esta Tierra, y de las debilidades de este se desarrolló también un alma débil, y está bien que sea así.
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Un espíritu tan fuerte ciertamente es capaz de elevar con fuerza a un alma débil; pero la carne y el alma de Juan son débiles. Un mensajero y una carta nunca producen lo mismo que la propia persona en la cual habitan el alma y el espíritu.
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Porque Yo no debo ni puedo imponer a nadie Mi fuerza y Mi poder por Mi voluntad, a menos que alguien venga y los tome por sí mismo. De Mi parte jamás se le impide a nadie tomar para sí la vida o el juicio, según lo que quiera; tampoco se le impiden Mi poder y Mi fuerza para un propósito bueno.
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Pero quien no venga personalmente no recibirá nada, excepto la gracia de la luz para que encuentre aquí o en el más allá el camino hacia Mí y reconozca en él que Yo mismo soy el camino hacia la vida y la Vida misma.
Juan hizo como ningún otro para llegar a dominar completamente su carne. Veía la salvación delante de sí y, sin embargo, no quiso apoderarse de ella. ¿Por qué no? ¿Tenía acaso que ser así?
Aquí está delante de ustedes Aquel que pronuncia el «debe ser» donde realmente tiene que haberlo. Pero Él también les dice que, en este asunto, no pronunció ningún «debe ser» para Juan.
El hecho de que estuviera llamado a preparar el camino delante de Mí para beneficio de los seres humanos constituía un determinado «debe ser»; sin embargo, detrás de él también se oculta una libertad eterna que ustedes no pueden comprender mientras están en la carne. Pero en cuanto a que no le hubiera sido permitido seguirme cuando Me vio y reconoció, allí no existía ningún «deber» y mucho menos un «tener que ser». Su espíritu escuchó la objeción del alma; por eso cayó en una duda acerca de Mí y ya por segunda vez Me envió mensajeros. Quien pregunta todavía no lo tiene completamente claro, pues toda pregunta presupone o bien una ignorancia manifiesta o bien una duda acerca de si realmente es verdad lo que se sabe. Si Juan lo tuviera completamente claro, no Me enviaría mensajeros.
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Antes de él, probablemente ningún ser humano llevó una vida tan rigurosa como la suya. Cuando percibía algún deseo en su carne, pasaba días sin comer ni beber, y así fue el penitente más grande de la Tierra sin haber pecado jamás. Sin embargo, les digo a todos: un pecador que se enmienda y viene a Mí con el corazón lleno de amor está por encima de Juan.
Porque quien Me dice: «Señor, soy un pecador y no soy digno de que entres bajo el techo de mi casa», Me es más querido que noventa y nueve justos que no necesitan penitencia y alaban a Dios en sus corazones porque no son pecadores y, por tanto, se consideran mejores que cualquier pecador, por insignificante que sea. Les digo que la recompensa de ellos no será especial un día en Mi Reino».
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