Les digo aún más: ustedes saben que ahora, al igual que en todos los tiempos, hay profetas, y que siempre los habrá hasta el fin del mundo entre todos los pueblos de la Tierra, cualquiera que sea su fe. Porque únicamente por medio de los profetas se mantiene firmemente un vínculo secreto que ningún poder de las tinieblas puede destruir, aun cuando ya se hayan roto todos los lazos entre el cielo y la Tierra.
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Ciertamente, entre los profetas verdaderos también hubo falsos, los hay y siempre los habrá. Sin embargo, esto no perjudica en absoluto —o apenas en muy pequeña medida— la verdad de la autenticidad de un profeta despertado por el cielo, pues el profeta verdadero desenmascarará muy pronto al mentiroso ante el mundo, y este jamás escapará del castigo del cielo.
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Cuando un profeta verdadero llegue a una casa y sea recibido como tal, quien lo reciba como profeta auténtico —o como enviado de un profeta y en nombre de este—, lo escuche y atienda su palabra en el corazón, recibirá en el más allá, en el Reino de Dios, la recompensa de un profeta. Y quien reciba a un justo en nombre de un justo —es decir, cuando alguien tenga fama de justo y merezca tal nombre, o cuando no goce de esa fama pero quien lo acoge lo reconozca como justo y lo reciba como tal, sin someterlo primero a una prueba para comprobar si realmente lo es— recibirá un día en el Reino de los Cielos la recompensa de un justo.
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Y a todo esto añado todavía: ¡Miren a estos pequeños que aquí Me rodean con amor! Quien dé aunque sea un solo vaso de agua, en nombre de un discípulo, hasta al más insignificante de estos pequeños, en verdad les digo que ni siquiera una acción tan pequeña quedará sin recompensa.
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Ahora tienen todo lo necesario para la tarea para la cual los escogí. Vayan, pues, a todas las ciudades que les he indicado, enseñen a sus habitantes a conocer el Reino de Dios y hagan del modo y la manera que ahora les he ordenado. Su recompensa no será pequeña.
Cuando hayan cumplido lo ordenado en las ciudades de Israel, que no son muchas, regresen a Mí. Después los iniciaré en los misterios más profundos del Reino de Dios, pues a ustedes les será dado comprender los misterios que este Reino contiene».
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Pedro preguntó: «Señor, ¿debemos ir los Doce juntos o individualmente —cada uno por su cuenta— de una ciudad a otra, y también a los pueblos y aldeas?».
Yo respondí: «Eso queda a su criterio. Pero es mejor que vayan por lo menos de dos en dos o de tres en tres, para que uno pueda servir de testigo al otro. Mi Espíritu obrará con mayor fuerza junto a ustedes cuando dos o tres estén reunidos en algún lugar en Mi nombre y así enseñen y actúen.
Sin embargo, no es necesario, en primer lugar, que permanezcan necesariamente reunidos todos; y, en segundo lugar, mientras más numerosos sean, más difícil les resultará encontrar alojamiento en alguna casa por razones de espacio y manutención. Por eso, divídanse de dos en dos o de tres en tres. Pero escojan antes las ciudades, los pueblos y las aldeas, y acuerden entre ustedes cuáles asumirá uno u otro.
De este modo podrán presentarse al mismo tiempo en varias ciudades, ganarán mucho tiempo y podrán regresar tanto antes a Mí. Si son diligentes, terminarán fácilmente en siete semanas, e incluso antes. Pero ahora vayan, pues en esto cada hora tiene su valor».
Judas Iscariote dijo: «Señor, el Sol ya está cerca de ponerse; no queda ni media hora de día y desde aquí hay una gran distancia hasta todos los lugares. Incluso para llegar a la aldea más próxima se necesitan fácilmente dos horas. ¿No sería igualmente bueno que emprendiéramos el camino mañana muy temprano?».
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Yo respondí: «No, amigo Mío; ¡aquí cada minuto de demora entraña un peligro! Hoy, después de la puesta del Sol, llegarán precisamente a un pueblo situado detrás de la montaña, hacia el oriente. Allí necesitarán su ayuda y serán bien recibidos; pero no permanezcan más de tres días en ese lugar, ni tampoco fácilmente en ningún otro. Hasta entonces permanezcan juntos, pero divídanse en el pueblo mencionado».
Después de estas palabras, los Doce emprendieron rápidamente el camino. Los habitantes de aquella pequeña aldea destruida, pero reconstruida milagrosamente por Mi gracia, les proporcionaron algunos guías que los condujeron por la ruta más corta hasta el pueblo.