Pedro sacude la cabeza y se encoge de hombros. Simón de Caná le pregunta por qué lo hace y le dice: «¿Qué piensas, pues? Si el Señor nos lo ha profetizado de ese modo, con toda seguridad sucederá así. Nosotros ya sabemos cómo debemos entender este asunto y cómo hemos de comportarnos ante él. ¿Para qué habríamos de mover la cabeza con duda y encogernos de hombros?».
Pedro dice: «Querido hermano, el hecho de que sacuda la cabeza y me encoja de hombros significa algo muy distinto de lo que tú crees entender de mí».
Simón pregunta: «¿Qué significa entonces, querido hermano?».
Pedro dice: «Mira, la palabra y la obra del Señor son santas. ¡Qué felices podrían ser todos los seres humanos de la Tierra si ya tuvieran esta enseñanza y vivieran conforme a ella! Pero si sucede así esto, aquello y lo demás (?)… ¡oh!, ¿cuándo llegará esta enseñanza a ser un patrimonio santo de todos los seres humanos de la Tierra? Y si, junto con ello, el Señor deja que ocurra todavía esto o aquello (?), ¿qué aspecto tendrá esta enseñanza dentro de poco tiempo? En verdad, llegará a suceder que este alimento exquisitísimo para el alma terminará convertido en comida para perros y cerdos. Mira, hermano, eso es lo que me hace sacudir la cabeza y encogerme de hombros».
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Yo digo: «¡Pedro, deja eso! Tú harás lo que se te encomiende hacer; no debes preocuparte más por el resultado. Solo el Padre sabe qué vendrá y qué, en toda la profundidad de la sabiduría y del amor, deberá suceder de una manera u otra; y también lo sabrá aquel a quien el Padre quiera revelarle cómo, cuándo y por qué se permite que todo esto suceda.
Si entras en el gran taller de un artista y ves muchas herramientas de distintas clases, ¿acaso sabes cómo las utiliza para producir una obra? Quizás también sacudas la cabeza y te encojas de hombros, pero así no llegarás a comprender cómo emplea el artista sus numerosas y variadas herramientas ni cómo produce con ellas una obra artística. Sin embargo, si el artista quiere explicártelo, entonces lo sabrás tal como él te lo haya explicado.
Pero Yo te digo esto: Dios está por encima de todos los artistas, y el arte más grande consiste en formar, a partir de uno mismo, una vida independiente y completamente libre en innumerables seres individuales. Para ello se necesitan también herramientas espirituales de una variedad infinita. Tú, María y todos los seres humanos son asimismo obras y herramientas distintas para este único propósito, y solo el Padre celestial sabe utilizarlas con sabiduría suprema.
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Por eso no te preocupes de nada más que de aquello para lo cual has sido llamado. Así prestarás el servicio correcto como una herramienta apropiada en la mano del Padre.
¿Acaso está la pala de aventar por encima de aquel que la utiliza como instrumento para limpiar el grano? Si sirve, con ella se limpian el trigo, la cebada y el cereal; pero si no sirve, se la hace apta o se la arroja al fuego. Si el Padre te ha hecho una pala de aventar, permanece entonces como eres y no pretendas ser también una vasija. ¿Comprendes esto?».
Pedro dice: «Señor, esto es algo oscuro. Me parece que lo entiendo; pero cuando sigo reflexionando y busco el fundamento, dejo de comprender esta imagen tan misteriosa. ¿Cómo puede uno ser al mismo tiempo obra y herramienta, y en qué sentido soy yo una pala de aventar?».
Yo digo: «¿No es cada herramienta, antes de que el artista la utilice, una obra ya terminada en su género, para que él pueda emplearla en la producción de otra obra o en la ejecución apropiada de algún trabajo?
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Dije que eres una pala de aventar en la mano del Padre celestial porque tú y los demás discípulos están siendo instruidos por Mí para elevar a los seres humanos al verdadero conocimiento de Dios.
Los seres humanos del mundo son semejantes al trigo, la cebada y el cereal. Para que este grano vivo, es decir, estas personas del mundo, sea limpiado de su paja y su inmundicia y luego pueda ser llevado como grano completamente limpio a los graneros eternos del Padre, ustedes serán transformados ahora en palas de aventar apropiadas y vivientes, por medio de las cuales el Padre celestial limpiará Su grano. ¿Comprenden esto ahora?».
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Pedro dice: «Sí, Señor, ahora el asunto nos queda completamente claro. Solo quisiéramos saber además quién eres Tú en realidad, pues siempre hablas del Padre celestial como de una segunda persona, mientras que desde Sicar nosotros también Te hemos considerado en secreto como el Padre. ¿Acaso eres Tú también una pala de aventar en la mano del Padre o alguna otra herramienta?».
Yo digo: «Ante todo, Yo soy Aquel que soy; pero luego soy también Aquel que no parezco ser, aunque soy Quien soy. Yo siembro y cosecho como el Padre siembra y cosecha; y quien Me sirve como pala de aventar sirve al mismo tiempo al Padre. Porque donde está el Padre, allí está también el Hijo; y donde está el Hijo, allí está también el Padre. Sin embargo, el Padre está por encima del Hijo, y el Hijo procede del Padre. Pero nadie conoce al Padre sino únicamente el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. ¿Comprenden esto?».
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Pedro dice: «Señor, ningún ángel comprende esto, ¡mucho menos nosotros! Pero si quisieras, podrías mostrarnos alguna vez al Padre».
Yo digo: «Ahora todavía no están maduros para ello; pero pronto llegará el tiempo en que lo estarán, y entonces todos verán también al Padre».
Al pronunciarse estas palabras llegan María y sus ayudantes y nos anuncian que el desayuno está listo. De inmediato se ponen las mesas y se sirve la comida.