(Mt 8:16). Después de que todos los que ahora estaban aquí conmigo terminaron de cenar, mientras Judas dormía profundamente sobre un lecho de paja en la antesala, los mismos judíos de Cafarnaúm que el día anterior habían puesto a prueba a los sacerdotes, escribas y fariseos llevaron a numerosos poseídos y a muchos otros enfermos aquejados por toda clase de males. Me rogaron insistentemente que los sanara a todos.
Pero Yo les pregunté con amorosa seriedad si realmente creían que el hijo del carpintero de Nazaret era capaz de hacer algo semejante, pues aquellas personas Me conocían, por decirlo así, desde Mi nacimiento.
Ellos respondieron: «¿Qué nos importa que sea hijo del carpintero? Si el hijo del carpintero fue escogido por Dios, entonces es un profeta, aunque fuera mil veces hijo de un carpintero; pues cada ser humano es lo que es desde Dios, y nunca lo que fueron sus padres. Por eso todos creemos firmemente y sin ninguna duda que, en primer lugar, Tú eres un verdadero profeta instruido por Dios y, en segundo lugar, puedes ayudarnos a todos, como ayudaste al hijo del gobernador y al siervo del capitán».
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Y Yo les respondí: «Pues bien, ya que tienen semejante fe en Mí y forman semejante juicio acerca de Mí, que a todos ustedes les suceda conforme a lo que han creído».
Ante estas palabras todos los espíritus salieron de los poseídos, y quienes padecían toda clase de dolencias y enfermedades también sanaron en ese mismo instante.
Casi no hace falta mencionar que después de semejante obra no faltaron el asombro ni las expresiones de gratitud.
También se hicieron observaciones sumamente acertadas, aunque mordazmente severas, acerca de todo el sacerdocio judío. Pero Yo reprendí por ello a quienes hablaban y les mostré que era muy imprudente despertar una camada de víboras dormida; pues mientras esta se encuentra en su rígido sueño invernal no resulta dañina ni peligrosa para nadie, pero si es despertada se vuelve más peligrosa que nunca cuando no duerme.
Los servidores del Templo, llenos de astucia y perfidia, dormían hasta ahora como una camada de víboras durante el invierno. Pero ustedes los han despertado violentamente de su sueño mediante su atrevida exigencia. Por eso tengan cuidado de que ahora no les hagan daño, pues esta clase adúltera siente deleite cuando puede perjudicar a alguien».
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Todos reconocen la verdad de esta enseñanza y se arrepienten de haber causado semejante mal mediante su irreflexión. Pero Yo los tranquilizo y les digo que no deben contar nada acerca de estas señales realizadas aquí en Cafarnaúm, salvo a unos pocos amigos de la verdad plenamente probados que también sepan guardar silencio. Ellos Me lo prometen.
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Entre ellos se encontraba uno que, aunque no pertenecía al estamento sacerdotal, era muy versado en las Escrituras.
Este se colocó ante la multitud y dijo con tono muy serio: «Escuchen, queridos amigos y hermanos. En esta obra he descubierto algo que significa más que si ustedes se limitaran a decir: “Miren, este hombre es un verdadero profeta”. Considero que esta obra ha sucedido para que se cumpla plenamente ante nuestros ojos lo que profetizó Isaías —Mt 8:17— cuando dijo: “Él tomó sobre Sí nuestra debilidad y cargó con nuestra enfermedad”. ¿No perciben nada? ¿De verdad no comprenden hacia dónde apunta esto?».
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La gente mira al orador con los ojos muy abiertos porque no lo comprende. Él repite una vez más su pregunta y, puesto que el pueblo todavía no entiende lo que ha citado de Isaías, dice: «Es difícil predicarles a los ciegos acerca de los colores del arcoíris».
Yo le digo: «Guarda silencio; es mejor que esta gente todavía no lo comprenda. Si ahora lo entendiera, correría ante los sacerdotes y comenzaría a disputar violentamente con ellos, y eso no sería bueno ni para ustedes ni para Mí desde el punto de vista de Mi enseñanza. Pero cuando llegue el momento adecuado, comprenderán y palparán con sus propias manos lo que dijo el profeta».
El orador queda satisfecho con esta respuesta, y el pueblo cuyos poseídos y enfermos sané aquella noche se retira junto con quienes se han recuperado por completo.
Sin embargo, cuando la gente regresa a sus casas en Cafarnaúm, provoca pese a todo un gran alboroto entre sus conocidos. A la mañana siguiente apenas comienza a clarear cuando la casa de Pedro ya está rodeada por una multitud imposible de abarcar con la vista, que desea verme porque la noche anterior realicé una obra milagrosa tan incomprensiblemente grande. Pedro Me pregunta qué debe hacerse, pues cada vez se congrega más gente alrededor de la casa.
Yo digo: «Prepara la embarcación más grande. Iremos hasta la otra orilla del mar, pues de lo contrario tendremos aquí un tumulto. (Mt 8:18). La gente ha venido con la mejor intención, pero detrás de ella también se acercará sigilosamente el sacerdocio, y por ahora no queremos tener nada que ver con este».
Pedro prepara de inmediato la embarcación más grande. Poco después subimos a ella y, con buen viento, comenzamos a remar rápidamente a través del mar.
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Pero antes de que Yo subiera a la embarcación con los discípulos, se acercó a Mí un escriba de Cafarnaúm y dijo: (Mt 8:19). «Maestro, permíteme seguirte adondequiera que vayas». Sin embargo, comprendí de inmediato que el motivo oculto por el cual realmente quería seguirme no era digno de elogio. Le importaban poco Mi enseñanza y todas Mis obras; lo único que le interesaba era alimentar su vientre y, si además surgía alguna oportunidad, cometer traiciones secretas. Por eso sacudí la cabeza y le dije: (Mt 8:20). «Los zorros tienen madrigueras y las aves bajo el cielo tienen nidos; pero el Hijo del Hombre no posee en este mundo ni siquiera una piedra sobre la cual apoyar Su cabeza».
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El escriba Me comprendió, se apartó y se dirigió a casa. Con ello le había dado a entender que también él era un zorro astuto y que, por tanto, tenía su madriguera —un puesto remunerado—. Asimismo, las aves de su especie, que habitan bajo el cielo, es decir, muy por debajo de la verdad y el amor puramente divinos, tienen sus nidos —lugares donde comen y descansan—, en los cuales devoran su presa. Pero en el Hijo del Hombre no se encuentra nada de todos aquellos engaños mundanos, ni siquiera un llamado recurso político de emergencia —una piedra— sobre el cual pudiera dejar descansar de vez en cuando la cabeza de su ánimo. El escriba Me había comprendido correctamente y, como ya se mencionó, regresó rápidamente a Cafarnaúm sin dirigirme una sola palabra más.