De esta manera reanudamos el viaje y llegamos sin ningún contratiempo a la pequeña ciudad de Caná. Allí entramos rápidamente en la casa donde Yo había realizado el primer milagro público. Antes de que transcurra una hora, casi toda la localidad sabe ya que Yo y todos los que habían viajado conmigo hemos llegado felices y en buen estado. Todos acuden para ver, saludar y dar la bienvenida a los recién llegados. Cuando Me ven, no encuentran palabras suficientes para alabar y elogiar que Yo haya purificado el Templo de Jerusalén de manera tan decidida. También muchas personas de Caná habían acudido a la fiesta y habían visto lo que Yo había hecho en Jerusalén; asimismo se habían enterado de que allí había sanado a muchos enfermos, y Me alababan enormemente.
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Les pregunté si no había enfermos allí. Ellos respondieron que, curiosamente, en ese momento no había una sola persona enferma en toda la localidad.
Pero Yo dije que, aunque estaban sanos en cuanto al cuerpo, no lo estaban en cuanto al alma: «Quien practica la impureza y la prostitución está muy enfermo en su alma. Por este pecado, el corazón humano se vuelve cada día más duro, insensible y despiadado con el prójimo. Al final no ve nada más que a sí mismo y al objeto con el que puede satisfacer su lascivia; pero no le interesa el objeto mismo, sino únicamente la satisfacción de su lascivia. Un corazón así rehúye entonces la palabra de Dios que aparta al ser humano de sus malos deseos, y acaba convirtiéndose incluso en enemigo de quienes guardan la palabra de Dios en el corazón y viven conforme a ella. Muchos de ustedes padecen esta enfermedad, y por eso he vuelto para sanarlos de esta enfermedad tan mala y mortal. Quien sepa que está afectado por esta pésima enfermedad, que se confíe a Mí, y Yo lo sanaré».
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Cuando anuncio esto, muchos abandonan la casa de inmediato, porque a los culpables los invade el temor de que Yo los denuncie públicamente, y por eso se marchan. Entre ellos había algunos adúlteros e incestuosos, así como muchos hombres y mujeres que se mancillaban a sí mismos; al final se alegraron de encontrarse lejos de Mi vista.
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Muchos no se fueron porque no quisieran ser sanados de semejante pasión, sino únicamente por vergüenza. Por lo demás, se los tenía por personas honorables y respetadas, y les habría resultado muy desagradable que sus vecinos se enteraran de ese modo de que su carne era débil. Pero no consideraron que se delataban a sí mismos al salir huyendo ante Mi bienintencionada invitación.
Muchos de los que permanecieron allí dijeron: «¡No, nunca habría creído eso de este y de aquel!». Otros no pudieron contener la risa y dijeron: «¡Qué astutamente lo dispusiste! Se les podría haber preguntado durante diez años y con toda seguridad no habrían dado ninguna respuesta sobre el asunto. Pero Tú solo los invitaste con amorosa cordialidad a dejarse sanar por Ti en este aspecto, y ¡mira!, todos pusieron pies en polvorosa. Seguramente pensaron que a Ti, que pudiste transformar el agua en vino, también podría resultarte posible llamarlos por su nombre y decirles: “Tú has pecado, y tantas y tantas veces”. Naturalmente, no habrían podido soportarlo y por eso huyeron. Sin embargo, en ese momento no pensaron que se delatarían más que nunca al salir corriendo. No queremos juzgarlos por ello, pues conocemos nuestras propias debilidades y también sabemos que lo más prudente es siempre barrer y limpiar ante la puerta de la propia casa. Pero el asunto no deja de ser ridículo, porque creyeron que, al salir huyendo, no serían reconocidos como los pecadores que Tú habías descrito. ¡No, quizá sean aún más torpes que un rinoceronte de Persia!».
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Yo digo: «Dejemos que se vayan esos necios ciegos. Se avergüenzan ante las personas, pero no ante Dios, que en todo momento examina y pone a prueba el corazón y los riñones de los seres humanos. Les digo a todos: este sentimiento mundano de vergüenza es vano. ¿Cuánto tiempo más durará en este mundo? Pronto se les quitará el cuerpo, cuya carne les había proporcionado tantas horas dulces. Entonces llegarán desnudos al otro mundo, donde se proclamará desde los tejados y con todo detalle cuanto hayan hecho en secreto en este mundo. Solo entonces les corresponderá una vergüenza verdadera y permanente, de la que allí no podrán librarse con tanta facilidad como aquí.
En verdad les digo a todos: los lascivos, los impuros y quienes practican la prostitución no entrarán en el Reino de Dios, a menos que se aparten con todas sus fuerzas de su pésima manera de vivir. Pues miren: todos los demás pecados los comete el ser humano fuera del cuerpo y, por eso, puede abandonarlos con mayor facilidad. Lo que sucede exteriormente no corrompe tanto a la persona como lo que sucede dentro de ella. Pero la prostitución ocurre en el interior del ser humano, corrompe el alma y el espíritu y es, por lo tanto, la pestilencia, porque el estímulo de la voluptuosidad es una estratagema de Satanás. ¡Ay de quien se haya dejado atrapar así por Satanás! Al final, todos encontrarán grandes dificultades para liberarse de las garras de Satanás. Sufrimientos y dolores indecibles serán su parte. Tengan muy en cuenta todo esto; de lo contrario llegarán un tiempo y unos días que de ningún modo les agradarán. Pero vayamos ahora a descansar».
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Varios de los que habían viajado conmigo se retiraron a sus casas. Pero Mis discípulos, la madre María y Mis hermanos —es decir, los cinco hijos de José— permanecieron junto a Mí.