Yo dije: «Amigo, todavía eres muy corto de vista al interpretar y comprender así Mi enseñanza. Jonael ya te dijo que tanto una lucha contra un enemigo malvado por mandato divino como una defensa propia inevitable están ordenadas por Mí de tal manera que las personas muertas en tales luchas —es decir, sus almas— son sometidas inmediatamente a un juicio severo y no pueden ejercer ninguna repercusión maligna ni sobre sus vencedores justos ni sobre el suelo de la Tierra. Si esta es una verdad inmutable, por la cual puedes reconocer claramente cómo está constituido este asunto en su fundamento más profundo, ¿cómo puedes oponer a Mi enseñanza afirmaciones tan dudosas?
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¿Quién te dijo que no debe capturarse y poner bajo custodia segura a verdaderos delincuentes, que muchas veces son peores que todas las bestias salvajes del bosque? Al contrario, el verdadero amor al prójimo te lo ordena. Pues así como, si llegaras al lugar donde una hiena ataca a una persona, matarías con toda seguridad a la bestia con un arma afilada, también acudirás con certeza en ayuda de una persona honrada si un asesino salteador la ataca en plena calle o dentro de una casa.
Pero como estas hienas humanas, cuando se multiplican mucho, pueden llegar a ser peligrosas no solo para viajeros individuales, sino finalmente para poblaciones enteras, es incluso un deber ineludible de la autoridad gobernante perseguir a tales personas peligrosas y encerrarlas en prisiones seguras.
Sin embargo, la pena de muerte solo deberá imponerse a aquellos en quienes todos los medios hayan resultado infructuosos durante un periodo de diez años para producir una verdadera corrección de su vida. Si el delincuente promete corregirse en el patíbulo, deberá concedérsele un año adicional. Pero si tampoco entonces se ha producido ninguna corrección, deberá ejecutarse la pena de muerte, pues ya no puede esperarse que una persona semejante se corrija sobre la Tierra y es mejor retirarla de ella.
Pero si la autoridad legítimamente gobernante, con la aprobación de la comunidad, quiere conmutar la pena de muerte bien merecida de semejante delincuente por reclusión de por vida y continuar los intentos de corregirlo, tendrá libertad para hacerlo, y Yo no le pediré cuentas por ello en el futuro.
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Los enemigos de esta clase que tengan las personas que vivirán conforme a Mi enseñanza no poseerán después de su muerte corporal ningún poder para repercutir sobre ellas. Este poder corresponde únicamente a aquellos espíritus que, cuando vivían en este mundo como personas esforzadas por mejorar, fueron asesinados de la manera más cruel por gobernantes tiránicos, desmesuradamente soberbios, egoístas, dominadores y, por tanto, completamente ilegítimos.
Cuando jueces carentes de todo sentimiento noble se crean enemigos mediante juicios tan sumamente injustos, esos enemigos se vengarán de los jueces injustos cuando sean espíritus. Pues únicamente a ellos les permito el recuerdo retrospectivo, pero nunca a espíritus verdaderamente malos desde su fundamento. Pienso que ahora habrás aclarado tus dudas».
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El jefe dijo: «Sí, ahora Escila y Caribdis han sido apartadas; en este aspecto todo ha quedado en orden para mí.
Pero todavía me resulta tan confuso como antes de qué manera Tu enseñanza verdaderamente santa se abrirá paso por un camino lo más libre posible de obstáculos a través de la noche en la que ahora yace enterrada la humanidad. Según Tu propia afirmación, por un camino puramente milagroso no les sería de mucha utilidad a los seres humanos, porque de ese modo solo convertiría en máquinas a quienes deben llegar a ser y permanecer libres. Por el camino enteramente natural, en cambio, costará mucha sangre y necesitará un tiempo sumamente largo. Aunque no poseo ningún don profético, casi me atrevería a afirmar con certeza que, por lo que conozco a la humanidad a lo largo y ancho de Asia, África y Europa, aun dentro de dos mil años ni siquiera la mitad de los habitantes de la Tierra se estará asoleando bajo la luz de esta enseñanza Tuya. ¿Tengo razón o no?».
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Yo dije: «En el fondo no estás equivocado. Pero, en general, esto no tiene tanta importancia como piensas, pues aquí no se trata tanto de que Mi enseñanza sea aceptada del modo más general en esta Tierra, sino de que, mediante Mi descenso actual, Mi palabra y Mi enseñanza, finalmente se ha construido un puente entre este mundo material y aquel mundo espiritual cuyos campos eternos se encuentran más allá de la tumba.
Quien acepte con toda seriedad Mi enseñanza ya en este mundo cruzará este puente todavía en el cuerpo. Pero quien en la Tierra la acepte con tibieza, de manera incompleta o no la acepte en absoluto, llegará al otro mundo en una gran noche y le resultará muy difícil encontrar este puente.
A las personas que quizá nunca lleguen a tener la posibilidad de conocer algo de Mi enseñanza todavía en este mundo se les darán guías en el más allá para conducirlas a este puente. Si los espíritus que aún no saben nada de Mi enseñanza siguen al guía, también ellos cruzarán este puente hacia la verdadera vida eterna. Pero si permanecen obstinadamente aferrados a su doctrina, serán juzgados únicamente como criaturas conforme a la vida que llevaron según esa doctrina y no alcanzarán la condición de hijos de Dios. Así es este asunto. Reflexiona sobre ello y dime qué te parece, pero pronto, pues Mi tiempo en este lugar se acerca a su fin».
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Después de un momento, el jefe dijo: «Señor, ahora todo me queda claro y comprensible. Si con el tiempo me surgiera alguna duda, has despertado aquí para nosotros a un hombre que puede instruirnos a todos acerca de todo. Por eso, Tu nombre será en todo tiempo altamente alabado por mí y por todos nosotros por encima de todo, y glorificado más allá de toda medida. Acepta benignamente de mí una sola petición más: si ahora te marchas de entre nosotros, regresa pronto. Mi principal preocupación será que, cuando vuelvas, encuentres corazones más dignos de Ti que los de esta vez».