Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, en incontables revelaciones les he enseñado que todo en la Creación es evolución. Llevado este pensamiento hasta sus últimas consecuencias, significa que no existe nada ni nadie en quien no se produzca la evolución ininterrumpida, tampoco el ser humano ni el alma que habita en él. Precisamente para el ser humano y su alma, la evolución tiene una importancia decisiva, porque su alma posee una meta hacia la cual avanza sin detenerse, tanto si la persona lo sabe como si no; tanto si se encuentra conscientemente en camino hacia esa meta como si la niega y hace todo lo posible durante su vida para no acercarse a ella.
Gracias a su libre albedrío, muchas cosas le resultan posibles al ser humano, pero existe una que jamás conseguirá: eludir Mi ley y anular Mi voluntad. En este contexto significa que no podrá impedir de manera permanente el desarrollo de su alma. Frente a semejante propósito se encuentra Mi amor, que no puede ser vencido.
Cuando digo que todos «están en camino», Me refiero a que no existe el estancamiento, a que el desarrollo sucede constantemente y a que ese camino solo llega a un final —al menos provisional— cuando vuelvo a estrechar entre Mis brazos a Mi hijo o Mi hija, conforme a la parábola del hijo perdido que finalmente regresó a la casa del Padre.
La imagen del «camino» resulta apropiada porque simboliza un trayecto que debe recorrerse paso a paso. También puede compararse con una caminata por la montaña cuya meta —la cima inundada de sol— todavía se encuentra lejos y cubierta de nubes. O con la conocida escalera de Jacob que llega hasta el Cielo y debe subirse peldaño por peldaño. Sea cual sea la imagen que utilicen, siempre se trata de que la persona ha llegado a determinado punto, de que ya recorrió un tramo más o menos largo y todavía tiene ante sí otro relativamente desconocido. Cada persona y cada alma se mueven en algún lugar entre «la salida y la meta».
Como no quise llamar Míos a esclavos ni robots, sino a hijos libres, doté a Mis criaturas de libre albedrío. En los Cielos este se orienta hacia una meta: desarrollar en sí mismas el amor en su forma más pura, elevada y hermosa, el mismo amor que también Yo llevo en Mí, el amor incondicional y desinteresado que Yo Soy.
Todo ángel de los mundos puramente espirituales recorrió este camino de evolución por decisión libre, con alegría, entrega y entusiasmo. De este modo, su conciencia fue abriéndose poco a poco hasta que el ser celestial llegó a disponer —y dispondrá por toda la eternidad— de un potencial inaccesible a la imaginación humana, pero que también se encuentra en ustedes, encapsulado dentro de su vida espiritual eterna e indestructible, dentro de su chispa divina.
Por medio de esta chispa, de Mi vida en ustedes, llego a todos. Mediante esta presencia Mía permanente en ustedes están unidos a Mí para siempre. Aquí se encuentran también la clave y la explicación de por qué puedo y voy a traer de regreso a cada uno: porque en todos está grabado de manera imborrable el recuerdo de su patria eterna y aquí se encuentra anclado el anhelo que, tarde o temprano, se vuelve tan intenso que cada uno emprende conscientemente el camino de regreso. En el fondo ya se encuentra en ese camino desde el momento en que inició su viaje hacia la materia. Como su viaje se asemeja a un círculo, aunque no necesariamente uniforme, con el primer paso que da fuera de los Cielos ya comienza a avanzar nuevamente hacia el punto de partida y, con ello, hacia la meta.
Las tinieblas, que no tienen interés alguno en que Mis hijos evolucionen hacia la meta de su patria, ciertamente no pueden apagar el anhelo —que constituye el motor—, pero sí pueden impedir que ese motor reciba la energía necesaria para que la persona avance de manera continua por su camino.
En los Cielos, el desarrollo de todo ser está sostenido por el deseo de madurar, crecer y aprender a ayudar y servir. Esto sucede sin perturbaciones porque no existen influencias de fuerzas negativas. En la materia es diferente. Aquí, el bando contrario ha ideado incontables formas de distracción y seducción con las que impide a Mis hijos humanos escuchar en lo profundo de su corazón cuando llamo a la puerta, oír Mi llamado y percibir Mi presencia. El anhelo sigue existiendo en el ser humano como el ancla de Mi amor, pero su acceso queda bloqueado por muchas cosas sin importancia y superficiales, por diversiones que sustituyen el amor, por el pensamiento y las aspiraciones materiales, por las preocupaciones acerca del futuro, los conflictos de la vida cotidiana y mucho más.
Pero, sobre todo, las tinieblas han intentado eliminar el elemento más importante del anhelo, la alegría orientada hacia la meta, bloqueando el acceso a Mi verdad. Para ello introdujeron en el mundo un conocimiento falso que las personas, por falta de esclarecimiento, consideraron y siguen considerando verdadero.
Por tanto, no solo predomina ampliamente la ignorancia —una ignorancia que podría transformarse en conocimiento verdadero mediante el deseo sincero de aprender—, sino que existen doctrinas, ideas, opiniones y convicciones falsas que dificultan cuestionar y corregir una forma de ver adquirida anteriormente. Así, todo adoctrinamiento, aprendizaje y educación que no sirva al crecimiento del alma, a la maduración del carácter ni al fortalecimiento de lo bueno y positivo —en todos los ámbitos— constituye una manipulación de la conciencia, tanto si es intencionada como si no.
Cada persona ha alcanzado un punto muy determinado durante su camino, en su recorrido de regreso a la casa del Padre. Es una posición que corresponde a ella y a su conciencia actual. Por ello, para esa persona es la posición «correcta»; es el lugar en que se encuentra debido a su pasado, un pasado vivido durante esta vida y durante vidas anteriores. Esto no tiene relación con ser bueno o malo. Tampoco importa si solo ha recorrido algunos cientos de metros o ya puede ver la cima a lo lejos. Se encuentra donde se encuentra.
Reconocerlo sin valoraciones es uno de los requisitos fundamentales para afrontar correctamente uno de los mayores males de su tiempo: menospreciar al prójimo mediante pensamientos y palabras, clasificarlo negativamente ante los ojos de quienes se consideran mejores y utilizar la soberbia como terreno fértil para semejante conducta.
La posición de la que hablé antes también significa que, en ese punto de su camino, la persona posee determinadas ideas y formas de conducta adquiridas previamente. Entre ellas están la obtención de conocimientos y conocimientos parciales, las opiniones individuales, la aceptación sin examen de creencias, la obediencia ciega a normas, la sumisión ante las llamadas autoridades y muchas otras cosas. Todo esto marca desde la infancia a la persona, su pensamiento y su relación con los demás. Como cada uno aprende, adopta y experimenta cosas diferentes en el transcurso de su vida, existen incontables maneras de ver.
¿Sabes tú, hijo Mío, hija Mía, si tu manera de ver las cosas es realmente la única verdadera? Crees, en gran medida, aquello que te enseñaron, primero durante tu juventud y quizá también después. Reflexiona ahora y recurre a la lógica de tu corazón: ¿creerías hoy algo diferente si, en un momento en que todavía no podías examinar críticamente, te hubieran enseñado otra cosa? Para expresarlo de manera concreta: si, por ejemplo, no consideras posible la reencarnación porque crees en una sola vida, ¿llegaste a esta suposición mediante tu propia investigación y reflexión? ¿O lo crees porque así te lo contaron? Si te hubieran enseñado algo diferente, quizá dentro de otro entorno religioso o cultural, ¿qué creerías entonces?
¿Crecieron verdaderamente tus convicciones sobre el «suelo de tu propia alma»? ¿Son el resultado de tu propia lucha y búsqueda? Si no es así, ¿qué son entonces? ¡Qué inestables son los pies sobre los cuales se sostiene más de una «manera de ver firme como una roca» que reclama para sí el derecho de clasificar negativamente otras formas de pensar y comportarse! Una manera de ver que, por decirlo así, se activa automáticamente en cuanto encuentra sentimientos y conductas diferentes que le resultan extraños.
Solo utilicé este ejemplo para mostrar con claridad cómo el conocimiento propio —que no pocas veces es falso e inmaduro— se emplea como medida para juzgar los pensamientos y acciones de otras personas. Existen muchos otros ejemplos, especialmente en el ámbito de la convivencia cotidiana. Las ideas y los valores propios, practicados y «perfeccionados» muchas veces durante años, sirven a muchos de Mis hijos como vara de medir cuando clasifican la forma en que otros se visten, se alimentan, pasan su tiempo libre, gastan su dinero, escogen a sus amigos, educan a sus hijos y mucho más. Y, naturalmente, también lo que él o ella cree o no cree, pone en práctica u omite.
Cuando reconozcan que cada persona camina o permanece en su propio tramo, en su propia estación del camino y, sobre todo, que no puede estar en ningún lugar distinto del que ocupa en ese momento, habrán dado un gran paso. Entonces también tendrán que reconocer y aceptar que esto se aplica igualmente a ustedes. Ustedes también se encuentran en el lugar que corresponde a su conciencia. No pueden ocupar otro: seguramente ya no quieren retroceder cuando piensan en el camino recorrido y en haber alcanzado su lugar actual, quizá ya iluminado por el sol; pero tampoco pueden estar todavía en la cima, porque aún deben reunir algunas experiencias. Por tanto, se encuentran en algún punto «intermedio»: cuando miran hacia abajo ven a algunos y, cuando miran hacia arriba, ven a otros que ya llevan unos metros de ventaja.
¡Esta imagen se aplica a todos!
Cuando piensan o hablan negativamente acerca de su prójimo y con ello lo menosprecian, no hacen otra cosa que condenarlo por no haber llegado todavía al lugar de ustedes, que es tan hermoso y ofrece una vista tan maravillosa… ¿No quisieran algunas veces sacudir a su prójimo para que recapacite y comience por fin a avanzar, o lo haga más rápidamente? ¿Les parecería bien que quienes ya recorrieron un trecho más que ustedes hicieran comentarios despectivos solo porque todavía no han llegado tan lejos como ellos? ¿Les agradaría que un alma más desarrollada que la suya los enfrentara con expectativas e incluso exigencias que, desde su perspectiva, son correctas y deben cumplirse, pero que todavía superan sus capacidades?
Cuando acepten que cada persona solo puede comportarse conforme a su conciencia, comprenderán también, mediante un pequeño ejemplo, lo absurdo que resulta exigirle algo que ustedes ya pueden hacer o creen poder hacer: trasládense mentalmente —quizá con un chasquido de los dedos— durante un instante al interior de la persona de quien acaban de pensar que «se comporta de una manera imposible». Chasquido, y están dentro de ella; ustedes son esa persona. Poseen su conciencia y solo creen y pueden hacer aquello que ella cree y puede hacer. Ahora, con sus posibilidades y capacidades, compórtense como deseaban que actuara la otra persona.
¡No lo conseguirán!
Nadie tiene derecho a juzgar ni menospreciar a otra persona solo porque se encuentra donde se encuentra. ¡Tiene el libre albedrío de ser como es! Estas palabras Mías no contradicen Mi revelación acerca de «El amor a los enemigos mal comprendido» 1). Allí se trataba de no cerrar los ojos ante lo contrario a la ley, de reconocer la conducta dirigida contra el amor y de practicar, no obstante, amar a quien la origina.
Aquí se trata de las muchas descalificaciones que hacen cuando algo de su prójimo les molesta. Son esos pensamientos y palabras «pequeños», a menudo insignificantes a sus ojos, los que pueden revelarles mucho acerca de ustedes mismos si están dispuestos a observarse con mayor atención. Todo cuanto encuentran puede servirles como espejo. Si desean conocerse mejor, pueden preguntarse: ¿qué me refleja mi prójimo? ¿Me molesta su fanatismo o su voluntad propia? ¿Estoy decepcionado porque esperaba más? ¿Por qué no puede ser como es? ¿Quisiera cambiarlo? ¿Poseo realmente la tolerancia que en verdad deseo tener?
Quien ya recorrió un tramo considerable de su camino no condenará más a su prójimo únicamente porque sea como es; porque, de manera consciente o inconsciente, se tome el derecho de hacer una pausa durante su recorrido, avanzar despacio o quizá incluso retroceder un trecho. Quien comenzó a caminar por amor a Mí y a su prójimo para convertirse poco a poco en amor servicial pensará cada vez menos —por utilizar una imagen— en acelerar «por la fuerza» el crecimiento de una planta. Reconoce que cada etapa es importante y que no tiene sentido valorar si la fase de germinación, floración, maduración o cosecha es la más importante.
Sin dar el primer paso no puede existir el segundo, sin el segundo no puede existir el tercero, y así sucesivamente. El jardín de niños es la etapa previa a la escuela y esta, a su vez, el requisito para realizar posteriormente estudios superiores. Si contemplan también su propia vida desde este punto de vista, comprobarán que ninguna etapa, ningún paso, ningún peldaño, ningún año ni siquiera un solo instante fue superfluo o equivocado, ni habría podido omitirse. También ustedes tuvieron y tienen la libertad de ser en cada instante como desean ser.
El propósito de las fuerzas contrarias de impedir que Mis hijos evolucionen conforme al amor ciertamente produjo frutos durante un período muy largo, pero esto no significa que su empeño vaya a tener éxito de manera permanente. Quienes contribuyen a que la semilla de las tinieblas no perdure por toda la eternidad son aquellos que no solo escuchan y leen Mi palabra, sino que la llevan a la práctica en su vida. Son quienes prometieron colaborar activamente en una transformación. También ellos atravesaron las diferentes etapas de su evolución espiritual y humana, con todos sus altibajos —y siguen atravesándolas hoy—, pero encontraron la llave con la cual llegan al corazón de su prójimo. Esa llave se llama ¡dar ejemplo!
En muchas revelaciones les he enseñado que el Cielo no espera perfección. Pero algo es necesario: un esfuerzo sincero. Quien da pasos en su camino hacia Mí reconocerá muy pronto que, lenta pero seguramente, pasa de la posición del alumno a la del maestro, comenzando en aquellos ámbitos donde ya cosechó los primeros frutos buenos con Mi ayuda. Entonces se parece cada vez más a un médico que solo puede ayudar a un paciente cuando establece el diagnóstico correcto y ofrece el tratamiento adecuado. Y que —como ya les dije en otra ocasión— puede contemplar al enfermo sin prejuicios, aun cuando el cuadro clínico resulte repulsivo o revele muchas cosas negativas acerca de él.
Por cierto, sus ángeles guardianes ya alcanzaron este grado de madurez. Los aman, los ayudan, planifican y preparan, y trabajan incansablemente. Si no fuera así, no podrían permanecer desinteresadamente a su lado. Saben que el enfermo necesita al médico y que Yo, como el buen Pastor, busco y ayudo con especial intensidad y la mayor ternura precisamente a las ovejas que se extraviaron.
Valoro cada pequeño paso que da un hijo. Lo animo y le infundo valor. No espero de un alumno del primer grado que ya sepa leer, escribir y calcular. Me alegro de que se haya decidido por la escuela y le doy toda la ayuda que necesita.
¿Y si no acepta la ayuda? Ninguno de ustedes cree que entonces Me retire ofendido o resentido. Tampoco pierdo de vista ni saco de Mi corazón a ese hijo. Sé que llegará el día —quizá después de experiencias y reconocimientos amargos, pero también entonces siempre sostenido por Mi amor— en que el hijo o la hija perdidos decidan regresar al hogar.
Aspirar a una conducta de este tipo también forma parte del programa de estudio de Mis hijos humanos. Lo conseguirán tanto más pronto cuanto más profundamente interioricen que su prójimo —sin importar cómo piense o actúe— se encuentra en el peldaño que le corresponde, en el tramo de su camino que le pertenece. Y que su ayuda puede consistir en mostrarle con su propio ejemplo cuán alegre, plena y libre puede ser una vida cultivada en amorosa unión entre Mí, el Padre, y ustedes, Mis hijos.
Mi bendición fluye hacia todos y fortalece a quienes deciden oponer un «alto» a las fuerzas oscuras y también a sus propios sentimientos y pensamientos equivocados acerca del prójimo.
Amén
1) Revelación del 29 de marzo de 2015.