← Hans Dienstknecht

La acumulación de conocimientos conduce al estancamiento

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die Anhäufung von Wissen führt zur Stagnation

Fecha original: 10 de enero de 2016

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, puesto que Yo —Cristo— vivo como el Amor en cada uno de ustedes y los acompaño como su guía en el camino de regreso a la casa del Padre, Me presento como su amigo; como un amigo sin igual: lleno de intimidad y ternura, de comprensión y paciencia, de calidez y bondad, de disposición para ayudar y de amor infinito. Pero en Mí también hay sabiduría insondable, claridad, orden, una ley inquebrantable y poder divino, así como el deseo y la voluntad de conducir de regreso a la gloria de la patria eterna todo lo que aún vive fuera de los cielos puramente espirituales.

Por eso, tan pronto como pude llegar a la humanidad con Mis impulsos —porque su conciencia, es decir, su madurez espiritual, lo permitía—, hice oír Mi palabra de las formas más diversas. Hablé en diferentes épocas y a diferentes grupos. Lo sigo haciendo hoy y continuaré haciéndolo hasta que se haya transformado la comprensión interior incluso del último que todavía no haya encontrado la luz y este emprenda el camino de regreso.

He ido adaptando el contenido de Mi palabra divina a la comprensión de Mis hermanos y hermanas. Así, partiendo de una transmisión inicial de conocimientos, mediante exhortaciones, estímulos amorosos y palabras que infunden ánimo, consuelan y esclarecen, he pasado paso a paso, por una parte, a recordarles que ya llevan en su interior el amor, aunque en gran medida todavía oculto, y que su tarea consiste en volver a expresar ese amor por medio de su vida; por otra parte, les he dado y continúo dándoles ayudas cada vez más concretas sobre cómo pueden lograrlo.

Si consideran la vida como una escuela en la que hay algo que aprender —y la mayoría de ustedes estará de acuerdo con ello—, también tendrían que estar interesados en reconocer por sí mismos y experimentar de ese modo qué progresos en su aprendizaje han hecho ya con Mi ayuda. Por el momento, dejemos de lado toda valoración acerca de si esos progresos son grandes o todavía pequeños, o de si en los últimos meses y años ha habido siquiera algún progreso. En cualquier caso, lo que reconozcan puede servirles de estímulo para aclarar cuáles serán sus próximos pasos: si pueden apoyarse en aquello que —a diferencia de antes— ya les resulta más fácil o que ya han conseguido, tendrán una motivación poderosa y eficaz para el tiempo venidero; si el avance todavía no es tan visible como lo desea su alma, pueden decidir cambiar algo, examinar algo con mayor seriedad o ponerlo en práctica mejor que hasta ahora, si así lo desean, pues tienen libre albedrío.

En cualquier caso, un pequeño balance, como el que se presta a hacer al cambiar de año, puede ayudarlos y lo hará. Sin embargo, Mi propuesta no pretende de ningún modo provocar en ustedes miedos ni sentimientos de culpa. Si llegaran a sentir algo así o parecido, quizá eso mismo sería motivo para mirar un poco más a fondo y descubrir posibles restos de una imagen equivocada de Dios. Mi amor divino no amenaza, no castiga, no atemoriza ni ejerce presión; por el contrario, es indulgencia permanente y libertad sin límites.


Como su amigo, Soy quien quiere brindarles toda ayuda imaginable y quien también lo hace cuando ustedes la aceptan. Esto incluye, de vez en cuando, la necesaria dosis de seriedad para recordarles que en la Tierra viven en el ámbito de dominio de las tinieblas, que han tendido muchas trampas en las que pretenden enredar a los seres humanos. A quien quede atrapado en ellas sin advertirlo y, por consiguiente, tampoco vea la necesidad de liberarse, el camino de regreso puede tomarle más tiempo y, en el peor de los casos, muchísimo más. Nadie está a salvo de este peligro. Pero la seriedad, a veces necesaria, que mencioné antes nace siempre de Mi anhelo por ustedes y de Mi voluntad de llevar a Mis hermanos y hermanas de regreso a casa lo antes posible.

Una de esas trampas se llama «acumular conocimientos sin esforzarse por llevarlos a la práctica». Con Mis palabras Me dirijo a quienes —a menudo durante un largo período— se complacen en ellas, pero no las toman, o solo en muy pequeña medida, como motivo para aplicarlas en su vida. Esto significa incorporarlas a su conducta cotidiana para ir transformando poco a poco, en el sentido del amor, el comportamiento egoísta, el pensamiento equivocado, la falta de amor convertida en hábito y muchas cosas más.

Una conducta así, amigos Míos, no está exenta de peligro. De múltiples maneras, va provocando poco a poco un cambio en la vibración de su alma. Leer o escuchar sin actuar en consecuencia conduce, a la larga, al estancamiento, y este equivale a un retroceso si se lo compara con el desarrollo que el alma se propuso antes de encarnar. Finalmente, semejante actitud se convierte en un programa «bien arraigado», cuya influencia sobre la propia forma de actuar apenas se percibe, pero que puede determinar toda la vida y con frecuencia lo hace. No pocas veces, las palabras y las discusiones reemplazan entonces a la acción, o no se percibe evolución alguna.

Reconozcan la seriedad de Mis palabras, pero también el amor que vibra en ellas y que desea evitarles este error.

Quien se interesa seriamente por el esclarecimiento y la sabiduría procedentes del espíritu se asemeja a una persona que se inscribe en una escuela de conducción con el propósito de adquirir los conocimientos necesarios y la práctica básica indispensable para, después de obtener su licencia, poder conducir, por ejemplo, un automóvil y participar en el tránsito. Sin esta meta, sin tener ante sí la intención de avanzar, se parece a un alumno que, llegado cierto momento, conoce de memoria todas las normas de tránsito, pero todavía está muy lejos de la práctica de conducir.

Por supuesto, Mi amor permite que alguien se ocupe de las leyes espirituales y de Mis palabras de revelación aun sin tener la intención de reconocer, profundizar y aplicar sus verdades mediante el esfuerzo propio. Haga lo que haga una persona, nunca será objeto de valoración ni mucho menos de juicio por parte Mía.

Pero quien quiera avanzar en su desarrollo espiritual y quizá se pregunte por qué no lo consigue en la medida deseada, puede seguir Mi propuesta y hacer una pequeña revisión, para descubrir de ese modo sus obstáculos y bloqueos y poder luego aprovechar lo que haya reconocido. Y si descubre en sí mismo que la acumulación de conocimientos sin el esfuerzo por aplicarlos constituye un punto débil, podrá considerar si desea cambiarlo o no. Tal vez recuerde entonces que no contribuye a la armonía interior y exterior el hecho de que, de manera permanente, «dos almas» latan en su pecho: una alimentada por el anhelo de una mayor unión Conmigo —de lo contrario no habría despertado en él el hambre de conocimiento espiritual ni habría emprendido la búsqueda—, y la otra, que intenta impedirlo a causa de «los hábitos arraigados del pasado».

Entonces habrá llegado la hora de decidir.

Yo, su hermano, amigo y guía a través de su vida en este mundo y en el más allá, Me alegro por cada pequeño paso que decidan dar. No solo Me alegro por ello, sino que Soy quien les proporciona todo el apoyo. Sin embargo, también aquí rige —como en todo lo que actúa en la Creación— esta ley: a quien sirve a la ley, la ley le sirve. Por eso, el primer paso debe partir de ustedes, pues tienen libre albedrío. Basta una petición para poner en marcha este proceso. Entonces el «mecanismo celestial» comienza a intensificar su labor y, de acuerdo con sus posibilidades y su desarrollo, los conduce fuera de su actual falta de libertad y de sus limitaciones.


Algunos de ustedes todavía no están acostumbrados a hablar y a vivir Conmigo, con su hermano divino Jesucristo —o con el Padre, lo cual no representa diferencia alguna—. Sin embargo, no es tan difícil. En principio, es lo mismo que ocurre en un buen matrimonio, una buena relación de pareja o una buena amistad: se hace en común todo lo posible, se intercambian ideas, se viven experiencias juntos, no se tienen secretos, se confía el uno en el otro, se conocen y se aman.

No sucede de otro modo en su relación con la fuente de su vida, con el Amor eterno. Para muchos de ustedes, semejante convivencia resulta extraña porque no se la enseñaron, o porque les enseñaron algo distinto; o porque, aunque intuían o sabían que era posible vivir con Dios en una cercanía hasta entonces desconocida e inusual, no se atrevieron o no lo intentaron.

Los animo una vez más: ¡inténtenlo!

Quien va Conmigo a lo largo del día construye una relación cada vez más estrecha Conmigo, una relación cuyo fundamento es Mi amor divino. Cuando estés un poco más familiarizado con Mi cercanía inmediata y con Mi obrar en tu vida, también adquirirás una conciencia cada vez mayor de la maravillosa seguridad que se forma como consecuencia de nuestra unión. Entonces ya no será grande el paso para entrar en esa protección que te acompaña durante el día. Surgirá casi por sí sola y te transmitirá una serenidad y una ligereza que antes no conocías. Entonces recorrerás tu vida Conmigo.

Cuando convives con una persona amada, procuras hacer todo lo que le produce alegría y evitar todo lo que pudiera entristecerla. ¿Por qué habría de ser diferente entre nosotros? No obstante, existe una pequeña diferencia: ¡Yo jamás haré ni dispondré nada que entristezca a tu alma! Que tu naturaleza humana lo sienta a menudo de otro modo se debe a que todavía no siempre puedes reconocer como bueno y provechoso todo lo que llega a ti. Pero si recuerdas que la vida terrenal que tú mismo elegiste sirve para ejercitar tu capacidad de amar y que, además, Yo no cometo ningún error —jamás, ni contigo ni con nadie—, cada vez te resultará más fácil reconocer el gran arco que te conduce del cielo a la Tierra y de regreso al cielo.

Entonces tampoco te resultará difícil desarrollar en ti el deseo de cambiar aquellos aspectos de tu vida que consideres necesitados de transformación, porque habrás reconocido en ellos un bloqueo en el camino hacia Mis brazos.


Cada uno de ustedes lleva todavía en su interior una cantidad mayor o menor de obstáculos o barreras semejantes. Son como mochilas de distinto tamaño y peso que frustran más de una buena intención que en realidad quisieras llevar a la práctica durante tu peregrinación terrenal. Si no conoces aquello que se opone a tus buenos propósitos, nada puedes hacer contra las cargas de tu pasado. Pero si las conoces, con Mi ayuda puedes disminuir cada vez más su influencia sobre ti, hasta que finalmente se disuelvan. Sin embargo, una vez que las hayas reconocido, ¡se requiere tu decisión!

Una ayuda que no debe subestimarse es la revisión que les he propuesto, que naturalmente no solo conviene hacer al cambiar de año, sino, de preferencia, cada vez que se te ocurra. A veces se necesita un poco de valor, pero ¿qué puede sucederte si Yo —tu amigo— estoy a tu lado?

Entre las imperfecciones que descubrirás —«quizá» en el caso de algunos y «con gran probabilidad» en el de otros— puede encontrarse la debilidad de carácter de no poder o no querer perdonar. Esta merece especial atención. Si entre lo que descubres al explorar tu interior encuentras una deficiencia semejante, tendrás ante ti una gran oportunidad de apartar del camino hacia Mí una piedra verdaderamente pesada, siempre que reconozcas su influencia obstaculizadora y en parte destructiva, y estés dispuesto a afrontar el trabajo interior necesario.

Nada puede llegarle a una persona sin que de algún modo tenga que ver con ella; en esta consideración dejo de lado las pocas excepciones de las llamadas almas que aceptan padecer por otros. La ley de atracción procura, con absoluta precisión, el encuentro necesario y exacto de las personas y el surgimiento de las situaciones correspondientes. Por lo tanto, si tienes la sensación o la certeza de que alguien te ha causado un mal pequeño o grande, puedes estar seguro de que esto lleva consigo una lección que ahora te corresponde superar o de que algo que tú mismo provocaste en tiempos anteriores entra en tu vida. Esto no vuelve menos necesaria la lección que la situación te plantea, sino todo lo contrario.

Durante tu vida terrenal es inevitable que se te causen heridas interiores y exteriores, porque en la materia actúan fuerzas satánicas y todo está sujeto a la ley de causa y efecto. Como Jesús de Nazaret, llevé a los seres humanos el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, cuyo único propósito era —y seguirá siendo mientras exista el mundo— romper y poner fin al ciclo de la idea equivocada de «ojo por ojo y diente por diente».

Si ninguno de dos o más adversarios comienza a tender la mano para reconciliarse, mediante pensamientos, palabras o actos, la rueda seguirá girando sin cesar y produciendo continuamente malos frutos. Esto puede prolongarse a lo largo de muchas generaciones, siglos y milenios. Las tinieblas se alegran por ello, pues así reciben la energía que tanto necesitan y mantienen ligados a sí a quienes actúan en contra del amor y de la reconciliación.

Pero, independientemente de lo que ocurra con generaciones y pueblos enteros que, sin comprensión ni disposición para reconciliarse, practican la represalia, semejante actitud también trae graves consecuencias en la vida de cada individuo y perjudica su desarrollo espiritual. Incluso si en tu vida personal no llegas a devolver el golpe, la falta de reconciliación basta para dificultar o hacer imposible un camino decidido hacia la patria celestial.

También cada herida infligida «solo» en el alma se asemeja a una herida abierta que no sana hasta que finalmente se aplica el bálsamo de perdonar y pedir perdón. Mientras la herida no se cierre, permanecerá como un vínculo invisible que enferma interiormente y, con frecuencia, también exteriormente. Puede envenenarlos por medio de sus pensamientos y de las palabras y acciones que nacen de ellos. Y en lo que respecta a su sanación, la pregunta acerca de quién la causó no desempeña el papel decisivo. ¿Quién de ustedes conoce los antecedentes que para ustedes permanecen en la oscuridad? ¿Quién sabe qué participación tuvo en un suceso que le parece injusto?

Cuando contemplan su pasado cercano o lejano, pueden surgir imágenes o recuerdos que les hagan conscientes de situaciones en las que se sintieron tratados injustamente. Muchas veces —según de qué se trate y según los hayan herido leve o gravemente— se han fijado en ustedes pensamientos que todavía no corresponden a la ley del amor en la que, sin embargo, están dispuestos a crecer. Aunque no sean pensamientos graves de venganza, a menudo son corrientes que actúan de manera subterránea y les impiden hacer borrón y cuenta nueva.

¿Han pensado que con ello se hacen daño a ustedes mismos? ¿Que mantienen abierta una herida que podría haber sanado hace mucho tiempo? ¿Que se ponen a sí mismos y a la otra persona o a las otras personas un obstáculo para sanar o avanzar, cuando en realidad deberían apartarlo del camino? Si así lo desean, dediquen unos minutos de silencio a estos pensamientos. Intenten imaginar el alivio que sentirán cuando esa piedra ya no constituya un bloqueo. Recuerden que Soy Yo quien, en respuesta a su deseo o petición, dispone todo para iniciar la disolución de esa falta de reconciliación y finalmente llevarla a cabo.

¡Yo, el amigo a tu lado, para quien todo es posible!

Nadie puede volver a entrar en el cielo si no lleva el cielo en su interior. Esto significa que, en algún momento del camino hacia el Padre, todo lo que aún sea contrario al amor tendrá que ser contemplado, abordado y disuelto de todos modos. Si esto no sucede durante los años terrenales que se les conceden como oportunidad, el proceso de reconciliación tendrá que realizarse en los mundos del más allá. ¿Saben qué circunstancias y quizá qué grandes dificultades los esperan allí? ¿Si acaso les será posible lograr una reconciliación?

Pero si desean mirar hacia atrás, no dirijan la atención solo a lo que les hicieron, sino también a las ocasiones en las que ustedes hirieron a otros, consciente o inconscientemente. Y donde sea necesario, vayan, tiendan la mano y pidan perdón. Tengan la certeza de que Yo estaré presente. Si todavía no están seguros de si entre su prójimo y ustedes todo quedó aclarado, es decir, de si verdaderamente se ha perdonado todo, imaginen intensamente una situación en la que se encuentran con esa persona de manera inesperada. ¿Cómo se sienten? ¿Qué cambia en ustedes, en sus sentimientos, pensamientos y reacciones físicas? Así tendrán una pequeña indicación de si entre ustedes ya se ha reparado todo o, al menos, la mayor parte.

Les diré algo más, aunque no todos comprendan de inmediato su verdadero significado y profundidad: cuando actúan como lo ordena la ley, ¡contribuyen a redimir lo negativo que hay en el mundo! Y muchos de ustedes que leen o escuchan Mi palabra y la ponen en práctica en su vida salieron a encarnar sabiendo y con la intención de ayudar a conducir de regreso a los caídos y a transformar el mal.


Mis amados hermanos y hermanas, a pesar de la seriedad de Mis palabras, reconozcan el amor que vibra en ellas. Este quiere aliviarles o quitarles las dificultades que trae consigo una encarnación. Quiere permanecer a su lado en la lucha que las fuerzas del mal les imponen una y otra vez. Quiere sacarlos de los enredos de su destino y, con ello, de la ley de causa y efecto a la que todos ustedes —unos más, otros menos— todavía están sujetos.

De ahí Mi petición de que se contemplen honestamente a sí mismos y a su pasado, y actúen en el sentido del amor que perdona allí donde hasta ahora todavía reinan la discordia y la disputa. Si siguen Mi petición, hasta las piedras más grandes que aún obstaculizan su camino serán apartadas, porque entonces el conocimiento que hasta ahora solo dominaba su cabeza habrá echado raíces en su corazón y producido una buena cosecha.

Así dejarán de ser meros oyentes y lectores para convertirse en personas que actúan, que no solo creen en Mis palabras, sino que las llevan a la práctica en su vida. Así también ocuparán su lugar entre los incontables anunciadores de Mi amor que ya existen y que lo expresan mediante su vida, y no mediante el intento —condenado al fracaso— de acumular conocimientos.

Para esta labor de superación, para la confrontación con su ego y con sus errores y debilidades humanas, les doy Mi fuerza, que fluye sobre ustedes y entra en su interior como un torrente de luz y amor.

Amén