Revelación divina
Hijos e hijas de Mi amor, cuando el ser espiritual que habita en ustedes todavía estaba conmigo en la gloria, la infinitud y la belleza indescriptibles de los cielos, poseían un conocimiento y una capacidad de discernimiento de una claridad, incluso de un esplendor, que supera toda imaginación humana. Esto era y sigue siendo válido para todos Mis hijos, pues los doté con partes de Mi fuerza y grandeza divinas y con una conciencia plenamente desarrollada.
Cierren los ojos por un momento y permitan que surja en ustedes, aunque solo lo consigan con mucha dificultad o apenas puedan hacerlo, la imagen de una criatura celestial: del ángel que son por toda la eternidad. Así los veo Yo, a cada hijo y a cada hija: infinitamente fuertes, infinitamente soberanos, infinitamente capaces de amar y llenos de comprensión y sabiduría.
Después abandonaron los cielos por distintos motivos. Pero ya fuera como consecuencia de la caída o por el deseo de descender a la materia para ayudar, por amor a Mí y a sus hermanos y hermanas de la Tierra, en todos los casos tuvieron que dejar atrás, al incorporarse a un cuerpo humano, gran parte del potencial espiritual que antes determinaba su vida y su actividad en los cielos.
En lo fundamental, no fue diferente para Mí cuando encarné en Jesús de Nazaret. También Yo, como Jesús, tuve que luchar y vencer; de lo contrario, no habría podido servirles de ejemplo ni mostrarles cómo se vive el amor, cómo se reconoce el modo de proceder de las tinieblas, cómo se protegen de él —y, aun así, permanecen en el amor— y cómo finalmente se vencen los enfrentamientos con las numerosas hostilidades y, paso a paso, se vuelve a desarrollar la divinidad del propio ser. Porque los ataques a los que todos están expuestos no representan otra cosa que un embate incesante contra las defensas de su ser humano, con el fin de dañar la «fortaleza del alma», más o menos bien protegida, pues en realidad es el alma lo que les interesa a las fuerzas contrarias.
A diferencia de ustedes, la oscuridad sabe que su alma es la parte más importante de su ser en comparación con su cuerpo perecedero.*) Porque su alma —es decir, ustedes cuando han abandonado el cuerpo y entran en los mundos del más allá— permanece durante períodos de distinta duración en las esferas que corresponden a su vibración o a su estado, hasta que continúa desarrollándose en los ámbitos sutiles o decide realizar una nueva encarnación.
Por eso, las fuerzas satánicas intentan incesantemente y en cada oportunidad que se les presenta impedir que el ser humano se desarrolle en el sentido del amor. Porque un alma que no se dejó desviar de su esfuerzo por vivir el amor entra en el más allá en ámbitos luminosos donde ya no pueden alcanzarla Mis adversarios y los suyos. Por tanto, el cuerpo humano, su psique, su entorno y muchas otras cosas solo son objetivos de los ataques de las tinieblas en la medida en que, por medio de ellos, estas ejercen influencia sobre su cuerpo sutil, sobre su alma.
Si también ustedes fueran verdaderamente conscientes de que su vida dura eternamente, la mayoría se comportaría de manera diferente a como lo ha hecho hasta ahora. Con «conscientes» no quiero decir que sepan que hay vida después de la muerte o que conocen su verdadero hogar celestial. Ustedes, que conocen Mi palabra de revelación, la cual doy al mundo desde hace siglos y con mayor intensidad durante las últimas décadas, lo saben; también lo saben las muchas personas que buscaron y encontraron respuestas a las importantes preguntas: «¿De dónde venimos, por qué estamos aquí y hacia dónde vamos?».
¡Pero el conocimiento no sustituye la conciencia! Esta última se desarrolla cuando viven conmigo, cuando recuerdan orientar su conducta cotidiana conforme a Mi mandamiento del amor, cuando dejan de centrar su atención principalmente en «salir adelante» de la mejor manera posible como seres humanos y, en cambio, incorporan a sus pensamientos, palabras y acciones el reconocimiento de su existencia eterna. Si se esfuerzan seriamente por hacerlo, entonces soy Yo quien prepara sus caminos ya durante la vida de tal modo que su confianza crezca cada vez más gracias a las experiencias vividas conmigo, y todas sus preocupaciones y dudas pierdan su razón de ser.
Sé que una vida así —sin miedo y protegida como junto al pecho materno— es también el deseo más profundo de ustedes. Como amor desinteresado e incondicional, no solo estoy dispuesto a cumplirles este deseo; estoy esperando precisamente que un hijo se vuelva hacia Mí con este espíritu. Porque no hay nada más hermoso para Mí que acompañar el despertar interior de un ser humano y de su alma y alegrarme cuando un hijo o una hija de Mi amor emprende el camino de regreso al hogar eterno. ¿No harían ustedes también, como padres, todo lo posible para facilitarle a su hijo el regreso a casa? ¿Pueden creer seriamente que Yo no estaría dispuesto o no sería capaz de hacer eso y muchísimo más?
Si responden afirmativamente a lo dicho, de ello se desprende que también para Mí el bienestar de su alma ocupa el primer lugar; lo cual no significa que no me ocupe también de su bienestar corporal, y lo hago en la medida y de la manera en que ustedes lo permiten y en que, como consecuencia, me resulta posible hacerlo respetando su libre albedrío. Pero como su cuerpo material perece y no puede ser admitido en los ámbitos sutiles —como todavía creen muchas personas debido a las enseñanzas falsas y engañosas de sus teólogos—, Mi cuidado solo puede dirigirse primordialmente a su alma.
Su ser humano también me sirve para conducirlo, por el camino del autoconocimiento y mediante los pasos de comprensión y cambio de conducta que se derivan de él, hacia un comportamiento que produzca los efectos correspondientes en su alma. Al hacerlo, procuro guiar cada uno de sus pasos de modo que, por una parte, conduzca en la dirección deseada —es decir, «hacia el cielo»— y, por otra, ocasione al ser humano la menor cantidad posible de molestias. Sin embargo, no hay forma de evitar que ustedes den sus propios pasos y asciendan peldaño a peldaño por su particular «escalera de Jacob o escalera al cielo». En este proceso, la escuela de la vida en la Tierra y su destino son Mis instrumentos y sus maestros.
El cumplimiento de disposiciones inventadas por personas, la observancia literal y rígida de leyes adaptadas a épocas anteriores, el cuidado de tradiciones antiguas, la adopción de patrones de conducta que ya practicaban los «padres»: nada de esto, ni muchas otras cosas semejantes, los acerca un solo paso a Mi corazón. Al principio, para una u otra persona puede resultar necesario, a fin de que siquiera pueda acercarse a la idea de que quizá exista un poder superior al que convendría servir. Entonces lo hace del modo que le enseñaron, porque no sabe hacerlo mejor. Pero si estos medios auxiliares, estas «muletas» permitidas por Mí —pues desde el punto de vista espiritual no representan nada más—, no son reconocidos como el primer peldaño de su escalera y luego superados en el curso de su desarrollo espiritual, se convierten en un gran obstáculo que posiblemente les impida durante mucho tiempo continuar desarrollándose conforme al mandamiento del amor que enseñé como Jesús de Nazaret.
Contemplen desde esta perspectiva lo que antes les dije acerca de la influencia de las tinieblas sobre las debilidades humanas. Con ello, estas han alcanzado su objetivo de impedir la maduración de su alma mediante los conocimientos y decisiones de ustedes mismos. Y si miran a su alrededor —y quien quiera puede mirarse al espejo, si lo considera importante—, reconocerán la magnitud de esta influencia satánica y su consecuencia: un estancamiento espiritual deliberadamente provocado.
Volveré a unir Mi creación dividida, es decir, conduciré nuevamente a la unidad todo lo que cayó. ¡Esta es Mi voluntad, fundada en Mi amor! ¿Quién podrá oponerse con éxito y de manera permanente a esta voluntad Mía? ¡No existe semejante fuerza! Porque eso significaría que la criatura sería más grande que el Creador. O que la luz sería más poderosa que la fuente de la que procede…
Hace dos mil años vine al mundo y cerré el paso a la destrucción que pretendían las fuerzas oscuras. Y no solo eso: al mismo tiempo, deposité en el interior de todas las personas y almas Mi fuerza crística, la cual les permite regresar a casa y volver a entrar en su hogar eterno, pues sus puertas habían permanecido cerradas hasta ese momento como consecuencia de la caída. Mediante Mi victoria, que fue una victoria de la luz y del amor sobre la oscuridad y las fuerzas contrarias, volví a abrir los cielos.
La mayor parte del pueblo en el que encarné se había alejado mucho de Mí en sus sentimientos y pensamientos y, por consiguiente, también en sus acciones. Las personas adoraban a un Dios a quien construían espléndidos templos exteriores, pero a quien ya no conocían ni sentían en su interior. El cumplimiento fiel de sus leyes se había convertido para ellas en la medida de una vida agradable a Dios. Me veneraban en sus casas de piedra y se preocupaban por presentarme correctamente sus ofrendas exteriores. Para muchos, el cuidado de las tradiciones y los ritos sustituyó el examen de su disposición para ofrecerme «sacrificios interiores». Solo unos pocos tomaban como medida el amor fraternal, el apoyo y la convivencia mutuos, la humildad y el esfuerzo por desarrollar la calidez del corazón.
Mediante una influencia dirigida específicamente a las debilidades humanas, la oscuridad había conseguido trasladar al exterior la importancia de todo cuanto se hacía. El amor, fuerza impulsora de toda evolución, llevaba una existencia relegada a la sombra. Amplios sectores de la casta sacerdotal, que había establecido y ampliado su posición durante muchos siglos, se habían convertido en instrumentos de fuerzas negativas y ejercían poder sobre el pueblo. Sus indicaciones, disposiciones y prohibiciones estaban omnipresentes en la vida de las personas y en sus actividades cotidianas.
Yo sabía muy bien con cuánta resistencia concentrada me encontraría, pues Mi sencilla enseñanza haría tambalear su doctrina —tanto a corto como a largo plazo—, derrumbaría su castillo de naipes y disminuiría ante muchos su prestigio y autoridad. Por eso no fue el pueblo sencillo el que se cerró ante Mí; fueron los escribas, fariseos y sacerdotes quienes vieron en Mí a su enemigo. Inspirados por las fuerzas contrarias, incitaron a la masa ignorante y fácilmente influenciable del pueblo y la impulsaron a poner fin a Mi obra. El resto es conocido.
Sin embargo, muchos todavía no lo conocen en toda su dimensión, pues Mi muerte corporal no fue el final, sino el comienzo. Fue el inicio del regreso al hogar de todos Mis hijos. Esta era Mi voluntad, y se cumplió.
A quien, desde una perspectiva equivocada, juzga que Mi misión fracasó, le pregunto: «¿Ha fracasado el agricultor solo porque la semilla que depositó en la tierra primero debe germinar y, por tanto, no puede producir inmediatamente los frutos deseados?».
¿Qué había de tan peligroso en Mi mensaje para que los servidores del templo y sus seguidores hicieran todo lo posible por impedirlo?
¡Puse en duda la necesidad de su mediación de la salvación y, con ella, su derecho a enseñar! Enseñé que toda persona tiene en su interior un acceso directo a Dios. Presenté a este Dios como el amor, como un Padre al que todos pueden acudir en cualquier momento, sin tener que tomar el desvío de un mediador exterior, de expertos en la Biblia, de personas con estudios o eruditas. Y puse en manos de las personas la única llave necesaria que las capacita para recorrer con éxito el camino hacia Dios: ¡el amor vivido en la vida cotidiana! Expresado en la fórmula más breve y sencilla imaginable: amen, y nada más.
Esto me convirtió en su enemigo, pues Mis palabras y Mi obra eran revolucionarias. Entonces como ahora.
Pero muchas personas del pueblo me creyeron y creyeron en Mí, aunque no comprendieran todo lo que les decía. Sin embargo, percibían la verdad en Mis palabras. Permitieron que encendiera en ellas el fuego del anhelo y del amor, pues debía convertirse en un incendio que se extendiera por toda la Tierra para que se cumpliera Mi palabra: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!». Se ha convertido en ese incendio, aunque una mirada a los acontecimientos de su mundo parezca reflejar lo contrario y suscite una y otra vez la pregunta: «Padre, ¿cuándo se harán visibles los frutos de Tu enseñanza del amor?».
Hijos e hijas Míos, ya saben que todo es evolución constante y que nada llega a ser «por sí solo y en un instante» como debe llegar a ser. Este principio concierne tanto a la creación espiritual como a la material.
Si quieren hacerle un bien a un niño, le presentarán lo que debe aprender de una manera preparada y correctamente dosificada para que pueda comprenderlo. Procederán paso a paso, edificando una cosa sobre la anterior. A ninguna persona responsable se le ocurriría abrumar a un niño que todavía no sabe con la totalidad de los conocimientos.
¿Creen que Yo actué de otro modo como Jesús de Nazaret? ¿Confían en que Mi sabiduría era capaz hace dos mil años —tanto ayer como hoy y por toda la eternidad— de enseñarles a las personas aquello que podían comprender y también poner en práctica de acuerdo con su conciencia, es decir, con su capacidad de asimilación, y nada más? ¿De no exigirles demasiado inundándolas con una enorme cantidad de verdades y leyes espirituales?
Si están seguros de que Yo actúo así, entonces también saben que Mis enseñanzas de aquel tiempo solo representaban el primer eslabón de una cadena infinitamente larga de Mi sabiduría, aunque ya contenían la afirmación esencial: «Ama a Dios, tu Padre, por encima de todo, y a tu prójimo como a ti mismo». Entonces saben también que habría habido muchísimo más que decir, especialmente acerca de la puesta en práctica de este mandamiento, de las dificultades que surgen al hacerlo, de la presencia constante e invisible de las tinieblas y sus maniobras perturbadoras, de las posibilidades que tienen de fortalecerse interiormente para estar protegidos contra ellas, de la ley de la siembra y la cosecha que actúa incesantemente en su vida, y de muchas otras cosas.
Pero incluso dentro de Mi círculo más cercano, en Mi familia y entre Mis apóstoles y discípulos, no pocas veces me encontré con incomprensión, pues la nueva manera de pensar —encontrarse con absoluta libertad con Dios, el Padre, en el propio interior— resultaba inusual para la mayoría. Todavía eran fuertes los vínculos de la educación, las presiones sociales y, muchas veces, también la carga de encarnaciones pasadas.
Hice lo que también ustedes harían al reconocer que la otra persona ha alcanzado los límites de su capacidad de aprender, asimilar y comprender: pospuse para un momento posterior otras enseñanzas, que con frecuencia presentaba mediante parábolas e imágenes, y prometí enviar a las personas Mi Espíritu, quien las conduciría más profundamente hacia Mis sabidurías.
He cumplido Mi promesa.
Sin embargo, la oscuridad no permaneció inactiva. Logró convencer a sus escribas de que Mi palabra, que solo está recogida de manera fragmentaria en su Escritura y que en muchos pasajes ya no corresponde al original, constituye todo lo que tengo que anunciar a Mis hijos humanos. Ellos les transmitieron esta opinión equivocada y todavía lo hacen hoy, en parte incluso bajo la amenaza de castigos eternos en el infierno, aunque ya no de manera tan pública y evidente como antes.
¿Qué sienten cuando les explican: «Todo lo que Dios diga debe medirse por lo que Él ya ha dicho»? ¿Qué responderían a la dirección de una escuela que rechazara el nuevo contenido progresivo del segundo grado alegando que no estaba incluido en el contenido del primero? ¿Simplemente lo dejarían pasar o quizá se encogerían de hombros? ¡Jamás! ¿Y qué hacen cuando se trata de una decisión muchísimo más importante, que concierne al desarrollo y al futuro de su alma?
¡Permanezcan vigilantes, hijos e hijas Míos, y utilicen su razón!
Ustedes, Mis amados hijos humanos, en muchos casos y en muchas ocasiones no escucharon su corazón, aunque tenían preguntas e incertidumbres. Y esta es una de las razones por las que les enseño la lógica del corazón, que debe convertirlos en hijos responsables de Mi amor, libres de toda influencia y atadura.
Si consultan su corazón e incluyen su razón —que cumple mejor su tarea como mano derecha del corazón—, muchas cosas se les revelarán en su interior. Encontrarán respuestas que permanecen cerradas para su intelecto. Así irán abandonando paso a paso su ignorancia y, con frecuencia, también los temores que todavía conservan, mediante los cuales las tinieblas los convirtieron en siervos y siervas, cuando en realidad son criaturas libres de los cielos.
Recuerden Mis palabras iniciales: además de muchas otras propiedades divinas Mías, les pertenece también una claridad de sentimientos y pensamientos que no puede ser enturbiada, aunque a menudo se encuentre leve o fuertemente cubierta por sus propias ideas. Si están dispuestos a aspirar a esta claridad, que forma parte de su conciencia, o a seguir desarrollándola, estarán cada vez más protegidos de caer en las numerosas trampas tendidas por su adversario. Porque entonces estarán firmemente arraigados en Mí.
Para ello les doy una imagen:
Cada ideología se asemeja a un viento que recorre el país. Aquí es más débil y allá más fuerte, según el contenido que lleva consigo. Todo cuanto no está firmemente arraigado es arrastrado y llevado en la dirección que el viento desea. O es empujado unas veces hacia aquí y otras hacia allá, sin apoyo, como una pluma al viento. De esta manera no puede echar raíces ni anclarse firmemente en la tierra. Es y sigue siendo el juguete de fuerzas que no están interesadas en su crecimiento y que, por ello, intentan todo para mantenerlo en movimiento e impedirle así entrar en contacto con la tierra. La solución, que al mismo tiempo representa la salvación de lo desarraigado, se encuentra en su decisión y en la posterior puesta en práctica de echar raíces profundas y firmes allí donde la seguridad está garantizada: en Mí, el amor que todo lo abarca.
Tomen conciencia, amados Míos, y mantengan siempre presente que Yo vivo en ustedes. Mi asistencia ya los ha ayudado en muchísimas situaciones; la mayoría de las veces ni siquiera advirtieron que Yo era su compañero de camino y protector. Mi ayuda se intensificará cuando comiencen a limpiar conmigo las ventanas empañadas de su alma. Así su ego perderá cada vez más poder sobre ustedes, y el hijo de Mi amor que todavía se encuentra parcialmente oculto —el ser celestial que habita en su interior— se desplegará y se expresará con una fuerza cada vez mayor.
Finalmente, esto se convertirá para ustedes en una certeza con la que se puede vivir maravillosamente: que solo existe la vida, y no la muerte ni la destrucción. Entonces predominará la alegría de haber emprendido el camino de Mi mano para volver a convertirse en aquello que son desde las eternidades; de estar entrando en posesión de su herencia celestial y recuperando aquello que siempre les perteneció y que tanto anhelaron como seres humanos: amparo infinito, abundante riqueza interior, confianza incondicional, libertad sin límites y una capacidad de amar que nunca habrían considerado posible.
¡Todo esto se encuentra en ustedes! Vine al mundo para recorrer con ustedes el camino que conduce a ese país. Está mucho más cerca de lo que piensan.
Si su corazón está abierto, descubrirán Mi amor en Mis palabras a pesar de toda su seriedad. Lo sentirán de manera tanto más profunda y directa cuanto más intensamente vivan conmigo. Sin embargo, solo comprenderán y experimentarán su verdadera grandeza cuando estén nuevamente por completo junto a Mí.
Amén
*)
Espíritu = el ser individual y eterno creado por Dios, el núcleo esencial dentro del alma y del ser humano
Alma = la envoltura sutil que rodea el núcleo esencial y que al mismo tiempo representa la suma de las cargas
Cuerpo = el cuerpo humano en el que, durante una encarnación, se encarna el alma, que lleva dentro de sí al espíritu (núcleo esencial)