Palabras finales

Samuel Surazal Un choque a máxima velocidad contra un muro de luz y amor

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Sobre esta edición
Autor / Fuente
Samuel Surazal

Debido a la situación política mundial actual, uno de los jefes de Estado megalómanos y ávidos de poder puede desencadenar en cualquier momento una conflagración mundial. Algunas profecías también indican que los acontecimientos apocalípticos ocurrirán ya en los próximos años, pero aún no ha llegado el momento. El Padre concede una prórroga para que sus hijos tengan tiempo de despertar, pues muchos todavía luchan por alcanzar la meta de su vida o hacer realidad su llamado para el fin de los tiempos, o ambas cosas.

Las turbulencias políticas, económicas y religiosas en todo el mundo, con carestía, atentados, confusión bélica, migraciones de pueblos e infiltración cristiana, continuarán. También las catástrofes naturales nos acompañarán hasta los acontecimientos finales. Entre tanto, habrá una y otra vez fases de distensión global: las pausas entre los dolores de parto.

Según la situación actual (2019), el nuevo nacimiento de la Tierra tendrá lugar en la segunda mitad de la próxima década, es decir, antes de 2030. Sin embargo, solo el Padre conoce el momento exacto, y los hijos a quienes él se lo revela. Pero uno debería esforzarse por vivir de tal manera que esté siempre preparado para el Juicio Final, que es tanto el día de la muerte de cada persona como el día del juicio del mundo. Hasta entonces, Dios despertará continuamente mensajeros y profetas para señalar los acontecimientos venideros y dar así a los pueblos la posibilidad de comprender y convertirse.

También otros mensajeros sacuden las conciencias y hacen que más de uno recapacite: la pobreza preserva de la soberbia y de la compulsión al consumo; las enfermedades evitan a veces la muerte espiritual del alma. La muerte inevitable del cuerpo nos muestra la transitoriedad terrenal y nos concede la necesidad de buscar un sentido más profundo de la vida.

En las esferas luminosas reina ya una intensa actividad de preparación para el gran acontecimiento. Cuando finalmente llegue el momento, la madre Tierra y sus hijos gemirán y se lamentarán con los dolores de su nuevo nacimiento. Pero entonces avanzarán llenos de confianza y alegría hacia la nueva era.


No siempre es fácil encontrar las palabras adecuadas para exponer de modo comprensible y plausible la vida del espíritu. ¿Puedes y quieres dar crédito a las palabras capaces de cambiar tu vida desde sus cimientos? ¿Tienes la confianza necesaria para abrirte y dejar que te llene el espíritu de este libro? ¿Eres capaz de comprender la necesidad y el significado de una renovación del mundo?

En este punto vuelvo a abordar brevemente algunos temas:

No todos los cristianos recorren un camino de fe extremo. Cada persona llamada debe sentir dentro de sí su propio destino y preguntarse luego si está dispuesta a recorrer la senda necesaria para alcanzar la cumbre señalada.

A todos aquellos hermanos que dudan constantemente de sí mismos porque una y otra vez sufren reveses al llevar su fe a la práctica con sus obras, los animo en las siguientes líneas a no cejar en la lucha por hacer realidad la identidad que Dios les ha dado:

Desde mi despertar se me ha permitido experimentar una gran gracia: el conocimiento de mi origen prenatal y la vivencia de la inmortalidad del alma; la apertura del oído y la vista espirituales, que hacen posible el contacto con espíritus y la observación de sus esferas; la visión del pasado y el futuro tanto de almas individuales como de toda la humanidad; la mirada al cielo y la experiencia de los estados que allí imperan por medio de los toques del divino corazón paterno.

A pesar de ello, siempre vuelve a haber fases en las que pisoteo la gracia de Dios y, contra todas las advertencias de los guías del más allá puestos a mi lado, prefiero vagar por la tierra de los deseos sensuales, apartándome cada vez, por obstinación, del destino que se me ofrece.

Los reproches y las dudas sobre mí mismo a causa de mi conducta indecible son compañeros permanentes. Nadie conoce estos estados y luchas extremos, pues no quiero cargar a mi entorno terrenal con mi conflicto interior. Sin embargo, en el mundo celestial es manifiesto el estado de cada persona: allí se ora mucho por los hermanos que se afanan en la materia y se les presta asistencia. La paciencia de los espíritus que nos apoyan es verdaderamente admirable. Puesto que el Padre nunca abandona a ningún hijo, ellos también luchan paciente y perseverantemente por el despertar de cada alma.

Así vivo, por un lado, estados de bienaventuranza indescriptibles y, por otro, en la selva oscura de mi humanidad caída. ¿Por qué sigo en este camino y se me permitirá también culminarlo por la gracia de Dios? Nunca me he rendido. He caído mil veces y otras tantas me he levantado, cubierto de arriba abajo con la inmundicia del mundo, y he ido al corazón de Dios; no: me he arrastrado hasta él. Allí, cada vez, el Padre me ha limpiado amorosamente, me ha levantado y me ha enviado de nuevo al mundo.

En las fases en las que me aparté por completo de él a causa de mi incesante pecaminosidad, él se negó más que nunca a soltarme y cubrió mi alma lacerada con el rocío del bálsamo de su amor paciente y misericordioso, gracias a lo cual se me permitió reconocerlo de verdad. La comprensión del corazón de Dios es la llave de la redención de las garras de la muerte espiritual. Y, por tanto, la llave de todo.

Queridos hermanos, nadie recibe el toque del Padre si su camino no está preparado y no existe la posibilidad de alcanzar la meta. En esta senda cada persona tiene un desarrollo muy personal y, por tanto, una aflicción enteramente individual, en la cual se libra una lucha propia que, a su vez, propicia un despertar específico de su carácter.

El corazón de Dios está abierto siempre y en todas partes; por eso él puede encontrarse con su hijo en cualquier momento y lugar, consolarlo y revelarle su afecto. Desfallecer no es una opción. Y perder la esperanza en la asistencia y el amor del Padre es la victoria de la oscuridad. En definitiva, el legado del Padre celestial no consiste en tristeza, desaliento y desesperanza, sino en alegría divina y fuerza creadora llena de entrega.

Tal vez alguno se pregunte si realmente estoy seguro de que todo cuanto expreso corresponde a la verdad. ¿Acaso soy partidario de teorías de la conspiración que revisto de un ropaje religioso? ¿O es el nuevo nacimiento del mundo presentado aquí un producto de mi subconsciente, provocado por profecías que he leído y acompañado de una obsesión espiritual por el prestigio y de megalomanía? Si fuera así, las exposiciones de este libro nacerían de mis propias ideas y deseos y de ningún modo podrían aspirar a la verdad.

Ante Dios doy testimonio: las revelaciones aquí presentadas no provienen de mi fantasía; surgieron únicamente a causa de mi llamado para el fin de los tiempos. Jesucristo me despertó del delirio del mundo y me llamó a la vida espiritual para que lo sirviera durante la fase de transformación. En la luz de su gracia alcanzo a ver las condiciones reales de este mundo y del más allá; en su luz se abren los mensajes del mundo espiritual; en su luz nace la visión profética.

Como servidor de Dios, ciertamente no tengo ventajas terrenales. Al contrario: pongo ante los ojos del mundo el espejo de la verdad, lo cual le resulta sumamente desagradable. Con la exposición implacable de su muerte espiritual, así como al revelar la actividad satánica en instituciones estatales, eclesiásticas y económicas, no me granjeo muchos amigos. La afirmación de que esta Tierra es en realidad una escuela para alcanzar la condición de hijos de Dios y no un parque de diversiones tampoco encontrará mucha aceptación pública. Sobre todo, el anuncio del juicio del mundo provocará rechazo y burla.

Los seguidores del esoterismo y de las doctrinas religiosas del Lejano Oriente verán amenazada su libertad; arrastrados por la espiritualidad del espíritu de la época, me acusarán de fanatismo religioso. A quienes transitan por los márgenes de lo espiritual les molestará que aquí se presente a Dios como la panacea universal y que Jesucristo sea Dios. Sin embargo, estas son las afirmaciones fundamentales de este escrito.

Otros dirán: «¡En verdad, parte de lo que aparece aquí es muy interesante e impresionante; este libro realmente ha iluminado mi conciencia! Pero, en lo que respecta al Juicio Final, ¡parece que el autor se ha excedido un poco!».

Sí, eso también me parecería bien. Pero, debido al estado actual del mundo, es evidente que no es así. Como portador de una advertencia de juicio, cumplo una misión divina y, por tanto, estoy sujeto a la Palabra y la voluntad de Dios. Con Dios no se juega; su santa voluntad es la ley que penetra toda esta creación. Solo el amor del Padre en Jesucristo sustrae al hijo humano de la ley y lo coloca bajo la protección y el amparo de la gracia y la misericordia divinas. En ello veo arder una diminuta chispa de esperanza de que los acontecimientos venideros puedan mitigarse e incluso evitarse. Pues, como ya se mencionó, no debe perderse de vista que una profecía siempre se cumple en función de las conductas individuales y generales.

Como también se explicó antes, las revelaciones divinas solo pueden ilustrarse fielmente conforme a la estructura del alma y la constitución espiritual del mediador. Asimismo, las condiciones espirituales a menudo solo pueden transmitirse de manera limitada al entendimiento material, pues los impulsos del corazón contienen paisajes suprasensibles de conciencia, infinitos en sí mismos, que primero deben plasmarse en imágenes sensoriales comprensibles para el intelecto. Esto puede conducir en ocasiones a aparentes incoherencias; sin embargo, reflexionar sobre ellas pone en movimiento el Espíritu de Dios en el corazón, lo cual tiene un valor incalculable. Conforme avanza el despertar, todo lo aparentemente contradictorio se aclara por sí solo.

Cabe añadir que este libro no pretende en modo alguno ser exhaustivo. A quien desee obtener una comprensión más profunda y amplia del gobierno de Dios y del magisterio terrenal de Jesucristo, se le recomienda la obra de Jakob Lorber. Por medio de este profeta desconocido, el Padre regaló a la humanidad el mayor tesoro espiritual jamás ofrecido al mundo por escrito.


Para concluir, una visión en la que contemplé mi supuesto futuro. Con ella se cierra el círculo de este libro. Que realmente llegue a cumplirse así depende de diversos factores. No hay una determinación para ello, pero sí un permiso, aunque aquí el Padre tiene la última palabra:

Mi tiempo está cerca de su cumplimiento; a lo lejos veo mi muerte violenta. Aquel día esperaré junto con Jesús la hora de morir. Veo cómo me asesinan los secuaces del Anticristo; veo cómo mi cuerpo se retuerce de dolor y luego yace sin vida en el suelo; veo cómo mi alma recibe esta muerte con alegría. Entonces Jesucristo descenderá conmigo a las profundidades y los abismos del mundo de mi alma para redimir las manifestaciones de pensamientos satánicos que aún reinan allí.

Después dependerá de mí si el Padre reanima mi cuerpo o si yo permanezco en la patria espiritual. El regreso previsto a este mundo para trabajar aquí otra vez por breve tiempo como obrero en la viña del Señor habrá sido el mayor sacrificio de mi existencia terrenal.

Con este acto violento o sin él, mi encarnación terminará en la primera mitad del año 2050. Después ningún cuerpo terrenal volverá a revestirme. Al igual que muchos otros renacidos en el espíritu, serviré influyendo en el desarrollo de la humanidad hasta que un día alcance su perfección.

Que muchas almas sean salvadas y entren al lado de nuestro Padre celestial en el tiempo de la fe verdadera y el amor. Por eso oro y por eso vivo.

Que la paz que todo lo penetra y la alegría perdurable, cuya fuente es el corazón de Jesucristo, estén con todos los seres humanos.

Amén, en el nombre de Jesús, amén.


Finalmente, habla el espíritu de Miguel

«Nunca antes lo había tenido tan difícil como esta vez, pues se me asignó un ser humano de carne débil y alma obstinada. Pero haré lo que debo hacer para cumplir mi tarea. Lo presiono con gran insistencia para que se esfuerce más por abandonar su tibieza y su muerte.

Las almas que habité hasta ahora fueron todas temerosas de Dios desde su infancia. Sin embargo, esta vez tuve que habitar en un ángel caído, un ser humano profundamente atado al fango terrenal, para hacer justicia al simbolismo de la renovación. Así, Dios envió a la Tierra a un hijo de su corazón para que cayera en las profundidades de múltiples adicciones y deseos materiales. En ellas quedó completamente ciego al amoldarse al estado del mundo.

La muerte de Samuel corresponde así a la muerte de la Tierra; su nacimiento a la vida eterna es una imagen de la resurrección espiritual del mundo caído después de los días de las tinieblas, en el seguimiento vivo de la muerte y resurrección de Jesucristo. El camino de su vida de la mano de nuestro Padre celestial entraña la liberación y realización definitivas de las cualidades divinas que ya ahora ve dentro de sí.

Sin embargo, el futuro de este ser humano que aquí se presenta solo sucederá conforme a su modo de vivir y a su entrega a la providencia divina. Si no puede realizarse en consonancia con la voluntad amorosa del Padre y dentro de ella, su destino adquirirá una forma diferente.

Esto digo yo, espíritu de Elías, servidor del amor, portador y revelación de la verdad de Jesucristo. Como hace 2000 años, también hoy voy delante del Señor para anunciar su llegada. Esto lo hago de las más diversas maneras por medio de hijos de Dios escogidos que han confiado su vida a Jesucristo, entre ellos Samuel.

Solo quienes viven en la presencia de Dios reconocerán sin ninguna duda mi aparición personal. Advertirán que ha llegado ya el tiempo anunciado por la Palabra viva de la verdad».


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