Revelación divina
Mis amados, pongo Mi revelación de hoy bajo estas palabras: «Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por Mí».
¡Yo Soy el único Creador de todo lo que fue, de todo lo que es y de todo lo que será! ¡Yo Soy la fuente de toda vida! Y Yo Soy el amor. Dejen que estas palabras penetren profundamente en ustedes. Traten de comprender, hasta donde ya les sea posible, lo que significa tomar esta realidad como fundamento de todo cuanto sucede; pero, sobre todo, de los muchos acontecimientos, de los tramos rectos y sinuosos y de las innumerables situaciones de su vida, ante las cuales tantas veces se encontraron —y todavía se encuentran— con asombro, pero también con dudas e incomprensión.
Puesto que creo a partir de Mi amor, todo lo creado lleva también Mi amor en sí. Esta no es la primera vez que escuchan tal afirmación; sin embargo, muy pocos de ustedes son capaces de captar siquiera aproximadamente su magnitud y profundidad casi inimaginables y, en definitiva, todas sus consecuencias.
Porque Yo Soy el amor, di a cada uno de Mis hijos el libre albedrío como el don más hermoso y más grande para su existencia eterna. ¡Y jamás, bajo ninguna circunstancia, tocaré ese libre albedrío! Esto debería llevar a quienes entre ustedes aún conservan la capacidad de reflexionar y de llevar sus pensamientos hasta sus últimas consecuencias a preguntarse cómo aseguré que el abuso del libre albedrío no causara daños irreparables a la armonía original, daños que finalmente tendrían que conducir a la destrucción o producir un caos permanente.
La mayoría de ustedes considera que la Tierra y, junto con ella, el universo material son el centro de Mi Creación. Quizá les sorprenda saber —y también aquí vuelvo a repetirme— que nunca fue Mi intención dar vida a una creación material. Esta es la consecuencia de la rebelión y, finalmente, de la caída de una parte de los seres espirituales de los cielos. Si no se hubieran «opuesto a Mi voluntad», tampoco existirían las regiones exteriores a los cielos ni la materia. Y tampoco existiría el ser humano, pues entonces todos ustedes seguirían siendo ángeles…
Los seres de los cielos viven en absoluta armonía con Mis leyes, cuyo fundamento es el amor. Puesto que, con su libre albedrío, se mantienen dentro de las leyes eternas en todo lo que piensan, hacen y deciden, no puede surgir ninguna situación «crítica»; tanto más cuanto que todos conocen la caída de sus hermanos y hermanas espirituales ocurrida hace eones. Un gran número de sus hermanos y hermanas celestiales participa en la tarea de conducir de regreso a los cielos a quienes viven en las profundidades, en el aislamiento y en la oscuridad, así como a quienes se encuentran en zonas no tan lejanas y con poca luz, pero todavía fuera de los cielos.
Por lo tanto, allí donde se respetan las leyes del amor no existe razón alguna para pensar de ningún modo en «¿qué pasaría si…?» ni mucho menos para actuar en consecuencia. Sin embargo, allí donde esto no ocurre —es decir, cuando se realiza un acto que no corresponde a Mi amor—, ustedes se apresuran a atribuirme un comportamiento humano, aunque Yo, como Dios, Soy sin principio ni fin, mientras que el ser humano apareció mucho más tarde como consecuencia de la caída de los ángeles.
Por lo general, ustedes solo conocen una manera de reaccionar ante la transgresión de una ley: con prohibiciones, condenas y castigos. Yo elegí otro camino, porque sus medidas no corresponden a Mi comprensión del amor. Ese camino no «le exige cuentas» al causante en el sentido en que ustedes lo entienden; pero, aun así, garantiza con absoluta precisión y sin error que toda culpa sea reconocida y reparada y que, de este modo, se restablezca el estado original de armonía, paz y unidad fraterna:
Mi ley de causa y efecto —también llamada siembra y cosecha— garantiza que las consecuencias de no respetar Mi mandamiento del amor alcancen, tarde o temprano, al propio causante, pues él las puso en el mundo y, por ello, permanecen unidas a él como energía; el tiempo no desempeña ningún papel. Mientras exista una energía negativa, que jamás se disuelve por sí sola, «el asunto aún no está resuelto», como dirían ustedes. No lo está ni siquiera después de muchos miles de años o de eones, y sin importar cuántas encarnaciones hayan tenido lugar entre tanto; porque el potencial negativo producido por su conducta carente de amor se ha «grabado» literalmente en su cuerpo anímico mediante sus propias decisiones.
Este principio forma parte de Mi justicia divina. Por una parte, hace que el causante termine adquiriendo comprensión, aunque depende de su libre albedrío cuándo permita ese proceso; y, por otra, hace que la balanza de la unidad, la concordia y la armonía, desequilibrada por una acción equivocada, recupere su equilibrio.
Con pocas palabras les he descrito aquí un principio fundamental de Mi amor que, para algunos, puede sonar dramático. Y lo es cuando se contemplan las grandes y mayores dimensiones, por ejemplo, la rebelión de los ángeles bajo la dirección de Sadhana y la caída posterior.
Pero este principio también actúa, de una manera mucho menos dramática, en los muchos ámbitos pequeños y a menudo inadvertidos de su vida; actúa en todo lo que sienten, piensan, dicen y hacen. En la gran mayoría de los casos no se tratará de nada que conmueva al mundo; sin embargo, eso no significa que las cosas menos trascendentales —por ejemplo, las relacionadas con su conducta cotidiana, en el matrimonio y la relación de pareja, en el trabajo, frente al prójimo, etcétera— queden excluidas de este principio. O, expresado a la inversa:
Todo cuanto sucede en el espíritu de Mi amor, que les expliqué detalladamente por medio de Jesús de Nazaret, produce alegría, plenitud, paz del alma, salud y mucho más; mientras que una conducta que —muchas veces sin que ustedes lo noten— no lleva en sí el espíritu de Mi amor afecta en mayor o menor medida la afluencia de Mi energía de amor y vida. A veces esto perjudica inmediatamente su calidad de vida, aunque la mayoría de las veces lo hace de manera gradual.
Existe, por lo tanto, una relación directa entre su manera de pensar y actuar y aquello que, a lo largo de su vida, se manifiesta en su interior y en el exterior. Sin embargo —y lo subrayo para evitar conclusiones equivocadas y precipitadas—, este principio presenta muchas variantes y nunca debe verse en blanco y negro. Una sola encarnación ya trae consigo numerosos riesgos y peligros, situaciones críticas y giros inesperados en la vida, que ustedes no pueden clasificar ni explicar con facilidad. En todo ello desempeña un papel importante la influencia satánica a la que todos están expuestos en la materia.
Pero, aun así, se mantiene lo siguiente: no existe la casualidad, porque nada se regula fuera de Mi ley y de Mi orden. Por eso deben permanecer siempre sumamente atentos, para que una observación superficial no los lleve precipitadamente a emitir un juicio o incluso una condena, a caer en sentimientos de culpa o resignación, ni a continuar demasiado pronto como si nada hubiera sucedido.
Nunca dejé solos a Mis hijos. Por medio de los antiguos profetas los exhorté y les recordé que Yo Soy su Señor y Dios. Mis palabras estuvieron siempre adaptadas a la conciencia de los seres humanos y a su desarrollo anímico y espiritual. Si hubieran obedecido Mis mandamientos, se habría evitado el deterioro de la relación entre Mis hijos humanos y Yo.
Sadhana —que entre tanto se hacía llamar Lucifer (1)— y sus seguidores, después de verse obligados a reconocer que no podían construir una creación propia, adoptaron un nuevo objetivo: impedir que las almas regresaran a Mí y, con ello, a la unidad. Lo fueron logrando cada vez más, de modo que vi la necesidad de intervenir con una ayuda que, por un lado, permitiera a todos los dispuestos emprender el regreso a Mí y, por otro, pusiera fin al proyecto diabólico:
Yo mismo, es decir, el aspecto de Mi amor, entré en la Tierra al encarnarme en el ser humano Jesús de Nazaret, lo cual requirió una preparación adecuada con la colaboración de innumerables fieles.
Al producirse Mi muerte corporal, llevé a todas las almas y a todos los seres humanos la llamada «chispa de Cristo», que se encuentra como energía espiritual cerca del corazón. Además de Mi fuerza vital «impersonal», que sostiene eternamente a cada ser, esta chispa constituye un potencial adicional de fuerza que, sin embargo, muy pocas personas conocen y, por ello, utilizan muy poco.
Por medio de esta chispa de Cristo Me convertí en hermano de cada uno de ustedes, accesible en todo momento de forma directa e inmediata, es decir, sin «rodeos». Es verdad que desde siempre vivo en ustedes —de lo contrario no existirían—, pero desde el Gólgota Me volví «palpable» para todos. Un pensamiento de amor, un breve recogimiento interior, un pequeño agradecimiento, el recuerdo de Mí y de que tú eres Mi hijo, una petición sincera o incluso un suspiro que brota de un corazón abierto, y ya estás Conmigo (2). ¡En ese mismo instante! En verdad estoy más cerca de ti que tus brazos y tus piernas.
Nadie más puede decir esto de sí mismo. ¡Porque ninguna fuerza distinta de la Mía vive en ti! Todo lo demás viene «de fuera». Es especialmente importante tenerlo presente cuando te presentan ofertas y enseñanzas que te prometen hacerte una persona más feliz y darte libertad interior sin ningún esfuerzo propio y sin trabajo interior.
También vine al mundo para hacer saber a los seres humanos que no son criaturas de la Tierra, sino criaturas de los cielos, y que poseen un alma inmortal que sobrevive a la llamada muerte y continúa viviendo en mundos sutiles del más allá. De este modo, el ser espiritual —es decir, tú mismo— sigue viviendo, mientras que la envoltura material necesaria para una encarnación es devuelta a la Tierra.
Todas las almas que se encuentran fuera de los cielos, estén encarnadas o no, tienen el mismo destino, lo sepan y lo quieran o no: regresar a casa y volver a Mis brazos, porque Yo no pierdo nada de lo que una vez creé. Por consiguiente, aún tienen ante sí un camino que puede ser corto o largo, dependiendo del grado de desarrollo alcanzado por cada una. La única medida de ese desarrollo es el amor.
Ese amor lo enseñé y lo viví como Jesús de Nazaret. Con ello tracé el camino y lo recorrí hasta el amargo final. Por eso Yo Soy el camino para todos los que deciden actuar como Yo y seguir Mis pasos. Y vuelvo a recalcar —tantas veces como sea necesario— que no existe otro camino que el del amor vivido. Ustedes saben que Me basta su esfuerzo y que todo lo demás es solo un adorno que, en el mejor de los casos, puede contribuir a fortalecer su interior y facilitar sus pasos. Porque esos pasos, si realmente hablan en serio, requieren a la persona entera. Comienzan con el conocimiento de sí mismos, al que —según la gravedad de la falta— siguen el arrepentimiento, la decisión y, finalmente, la puesta en práctica.
Puesto que ningún otro camino conduce de regreso a la patria eterna, sin importar qué más les enseñen o les presenten como atractivo, esta es la única verdad inmutable y válida para todos. Es Mi verdad, vivida ante ustedes en Jesucristo, y seguirá siendo válida hasta que el último de los que regresan haya vuelto a los cielos. Entonces ya no será necesario ningún desarrollo hacia el amor, porque todos habrán vuelto a convertirse en amor puro y desinteresado.
A más tardar entonces, Mis amados, cada ser experimentará lo que significa vivir; volverá a experimentarlo, porque ese conocimiento solo estaba sepultado, no perdido. Experimentará la vida en una libertad ilimitada, en la luz, en armonía con todos, en una alegría perpetua y en una dicha que ningún ser humano ha conocido jamás. Entonces comenzará su verdadera vida, la que Yo, como Jesús, ya había abierto en Mí y de la que hablé mediante muchas imágenes. Por eso pude decir: «Yo Soy la vida». Aquello que ustedes consideran vida en la materia cuando les va bien y están satisfechos no puede compararse ni remotamente con lo que más adelante los espera. Ni siquiera es un tenue reflejo…
Cuando en sus Escrituras dice que nadie llega al Padre sino por Mí, después de Mi explicación habrá quedado claro lo que esto significa: nadie puede entrar en el cielo si no ha vuelto a despertar el amor en su interior. Porque también aquí, como en todas partes, se cumple que lo semejante atrae a lo semejante y lo diferente se rechaza.
Puesto que el amor vivido es el criterio decisivo, esta verdad también puede resumirse en la breve fórmula mencionada tantas veces: ¡ama, y nada más! Reconozco que es más fácil decirlo que hacerlo. Pero, dado que todas las almas y todos los seres humanos llevan en sí la chispa de Cristo, ya no es imposible. De todos modos, no existe otro camino.
Cuando su alma —si ya ha desarrollado la conciencia necesaria—, después de abandonar el cuerpo, sea confrontada con los actos y las omisiones de su «antiguo» ser humano, ustedes mismos reconocerán qué fortaleció el alma para los siguientes pasos de su desarrollo y qué no. No hará falta que una autoridad superior los juzgue. Ustedes mismos harán un balance con la ayuda de sus amigos espirituales, entre quienes se cuentan también su ángel guardián y, en ciertas circunstancias, incluso su dual (3).
También comprenderán que el conocimiento y los diversos ejercicios espirituales no los hicieron ni los hacen avanzar de verdad. Aunque leer o estudiar las Sagradas Escrituras puede proporcionar una base para tomar una decisión, jamás sustituye la acción que debe seguir. Cuando practican Conmigo la aplicación de su conocimiento, es decir, cuando pasan a la acción, todas las instrucciones teóricas pueden haber servido de ayuda, pero se desvanecen porque son reemplazadas por la práctica.
Entonces se convertirán en ejemplos por medio de su vida, algo que no lograrán citando pasajes bíblicos —por correctos e importantes que sean— ni leyendo libros de sabiduría de toda clase.
Les presento una imagen: toda alma, encarnada o no, tiene una meta, sea consciente de ella o no. Por eso se asemeja a un caminante que recorre un largo trayecto. Pero, a diferencia de un caminante que sigue correctamente la descripción de su ruta, su mapa o su brújula y así alcanza la meta sin grandes dificultades, esto no sucede con el alma y el ser humano. Muchos, quizá la mayoría, conocen el mandamiento del amor a Dios y al prójimo que proclamé como Jesús, pero aplicarlo en la vida cotidiana es algo muy distinto. A esto se añade que no pocos de sus teólogos y eruditos consideran imposible llevarlo consecuentemente a la práctica en la vida diaria.
Como el caminante no actúa de acuerdo con su conocimiento, se desvía continuamente del camino. Cada uno de ustedes que desee recorrer Conmigo el camino del esfuerzo y permanezca atento consigo mismo percibirá, tarde o temprano, si se apartó de la ruta y quizá incluso se extravió. Esto se manifiesta de muchas maneras, diferentes para cada persona. La insatisfacción, la inquietud, el miedo, la superficialidad y muchas otras cosas son señales de ello. Para volver al camino correcto puede ser muy útil mirar hacia atrás. Entonces, mediante una observación sincera, el «caminante humano» encontrará el punto en el que abandonó el camino que hasta entonces había recorrido Conmigo y dio, por voluntad propia, pasos más pequeños o más grandes hacia la derecha o hacia la izquierda.
Quien no solo lleva el nombre de «cristiano», sino que camina a Mi lado por la vida —hasta donde ya lo logra—, no puede evitar preguntarse una y otra vez si su conducta corresponde a lo que enseñé. Sé que muchos de ustedes, a quienes considero Mis seguidores, también lo hacen. Pero comprobarán que no siempre logran encontrar la causa o la raíz de por qué actuaron de una manera y no de otra.
Una posibilidad consiste en reconocer conscientemente que aquello que les molesta, irrita, altera o incluso despierta agresividad en otra persona también existe en ustedes mismos de forma igual o parecida. Si no fuera así, ciertamente percibirían lo que su prójimo dice o hace, pero ello ya no provocaría reacciones negativas en su interior.
Sin embargo, existe otra posibilidad, y quizá les sorprenda no haber pensado en ella por sí mismos.
Al comienzo dije que donde reinan la paz, la armonía, la concordia y el desinterés, y donde se vive la ley del amor, no se producen efectos negativos ni pueden producirse, porque faltan las condiciones para ello. Como ejemplo les mostré, a grandes rasgos, la vida en los cielos.
En la Tierra y también en las regiones astrales se producen inevitablemente consecuencias negativas. Cada uno de ustedes podría, como dicen, «cantar una canción al respecto», porque ninguna vida terrenal transcurre sin perturbaciones de muy diversa índole. Pero esto significa al mismo tiempo que tuvo que sembrarse una semilla correspondiente, no importa cuándo ni dónde, porque sin tal siembra tampoco existe una cosecha que le corresponda. Es difícil y, con mucha frecuencia, imposible deducir la siembra a partir de la cosecha; pero el hecho de que necesariamente hubo una siembra casi nunca se considera o simplemente se ignora.
Esta reflexión no pretende ponerles un espejo delante ni señalarles sus errores sin que lo hayan pedido o deseado. Ustedes tienen libre albedrío, y nada está más lejos de Mí que ejercer de cualquier forma presión sobre Mis hijos humanos. Quien vive Conmigo y ha tenido experiencias Conmigo sabe que algo así jamás ocurrirá de Mi parte.
Pero para quienes se esfuerzan por reconocer y abandonar gradualmente sus errores Conmigo, conocer estas relaciones puede valer oro. No se trata únicamente de los actos que no corresponden a Mi mandamiento del amor. Muchas veces son los sentimientos, pensamientos y palabras que preceden o subyacen a un acto los que los llevan a abandonar el camino. Si quieren, préstenles en el futuro más atención que hasta ahora.
Al impulsarlos a reflexionar sobre las posibles causas, les he puesto en las manos una herramienta sumamente importante para adquirir conocimiento. Si es su voluntad trabajar con ella, estaré a su lado, y Conmigo estarán muchos de sus amigos y ayudantes espirituales. Pero lo más importante, si quieren comenzar a cambiar una u otra cosa en su vida, es lo siguiente:
¡Inclúyanme en su esfuerzo! Recuerden una y otra vez que Yo vivo en ustedes y nadie más, y que los estoy esperando. No permitan que influyan en ustedes fuerzas que no tienen interés en que Mis hijos se vuelvan hacia Mí y quieran configurar su vida futura de manera distinta a la anterior. Sean prudentes y examinen cuanto se les ofrece desde diversos ámbitos, especialmente los esotéricos, con la promesa de llevar una vida supuestamente más feliz y menos llena de preocupaciones. No siempre un paquete contiene lo que promete su envoltura colorida y bien diseñada, ni siquiera cuando lleva escrito «Cristo».
Reconsiderar tu vida por amor a Mí y luego cambiar Conmigo aquello que reconoces como mejorable es trabajo interior en estado puro. Mi alegría por cada hijo que decide dar semejante paso es inmensa.
Amén
(1) Lucifer es el nombre latino de «portador de luz».
(2) Entonces entra en tu interior, y ya habrás llegado
Tu corazón inquieto busca a Dios desde hace años. En muchas iglesias miraste a tu alrededor. En ese intento recorriste medio mundo. ¿No encuentras a Dios? ¿Te sigue siendo extraño y callado? Pensabas que debías examinar toda enseñanza. Todas te exhortaban: haz esto, haz aquello. Corrías para profundizar en cada conocimiento. ¿En cuál camino puedes confiar ahora? Amigo mío, has caminado tanto y tan lejos. Buscaste en la distancia, aunque Él estaba tan cerca. Escucha ahora: si quieres alcanzar tu meta, entra en tu interior, y ya habrás llegado.
De: Confía en el suave sonido de tu corazón
(3) ¿Quién vendrá a buscarte?
No habrá un Pedro esperando frente a ti, ni sonarán cuernos ni trompetas cuando hayas dejado atrás la Tierra. Tú mismo ya lo intuyes: no puede ser de ese modo. Ni tú confiabas ya demasiado en tus ruegos. ¿Quizá tu ilusión ya se haya desvanecido? ¿Qué será para ti la nueva patria del otro lado? ¿Quién ejercerá justicia sobre ti? ¿Quién vendrá a buscarte? ¿Quién te invitará? ¿Adónde irás? Sea lo que sea aquello con lo que te encuentres: es tu vida, tu sí, tu no, tu recibir y tu dar. Y de pronto, ¿sin quererlo?, te encuentras en medio de todo.
De: Confía en el suave sonido de tu corazón