Revelación divina
En verdad, el cielo se ha abierto y estoy en medio de ustedes. Una vez más he traído Conmigo a muchas almas que anhelan la palabra del cielo, pero también a muchos de sus amigos procedentes de los mundos puramente espirituales.
Siempre y dondequiera que los Míos se reúnen en Mi espíritu, surge una columna de luz que atrae a muchas almas. En parte son almas curiosas que solo quieren ver lo que sucede allí, en ese momento y en ese lugar; pero a muchos de los que al principio vienen únicamente por curiosidad se les abren los ojos y comprenden. Entonces sus ángeles de la guarda pueden seguir guiándolos.
Así sucede también hoy y, por eso, ustedes no son los únicos que escuchan Mi palabra.
En estos días celebran la Pascua, y dondequiera que se reúnen personas que se llaman cristianas se conmemoran Mi sufrimiento y Mi resurrección. Sin embargo, muchas veces se concede mayor importancia al sufrimiento, una importancia demasiado grande que luego nubla la visión del verdadero acontecimiento, descrito solo de manera insuficiente con la palabra «resurrección».
También la palabra «redención» permanece abstracta mientras no produzca consecuencias prácticas en su vida. Porque resurrección y redención significan, al mismo tiempo, que por medio de Mí se produjo un cambio, y que debe ser —y también es, lo sepan o no— la meta de todos los hijos humanos producir asimismo un cambio en sí mismos y dentro de sí mismos, como les expuse detalladamente en uno de sus últimos encuentros.
Muchos rehúyen el trabajo que esto implica; es más, ni siquiera lo conocen. No saben de la necesidad de este trabajo interior que trae consigo el cambio y, por eso, dirigen con demasiada frecuencia la mirada hacia Mi sufrimiento. Pero ustedes, que lo saben, deben dirigir la mirada hacia adelante.
Les daré un pequeño ejemplo:
Miren: algún día, en un futuro lejano, la Caída habrá concluido, y también Mi último hijo volverá a entrar en los cielos por la Puerta de las Rosas. En verdad les digo: ¡Habrá un júbilo y una celebración como los cielos jamás han vivido! El tiempo de sufrimiento de la Caída quedará como un débil recuerdo; pero todas sus fuerzas —nuestras fuerzas comunes— estarán orientadas hacia una vida futura en el amor y la libertad.
Así debe ser también entre ustedes. Nunca pierdan de vista la meta: el regreso al corazón de su Padre. Existe el peligro de que esto suceda con mayor facilidad cuanto más se dirija la mirada hacia el sufrimiento pasado.
En Mí solo hay vida; ya sea que permanezcan en la materia, en los ámbitos sutiles o en la conciencia de los cielos, siempre hay únicamente vida. Incluso las palabras que emplean cuando un alma vuelve a abandonar la materia dan testimonio de la pesadez de su pensamiento y, con ello, de la ignorancia de muchos de Mis hijos: hablan de «muerte», hablan de alguien que «murió», y muchas veces configuran las circunstancias exteriores —por ejemplo, mediante la ropa negra— conforme a la melancolía de sus sentimientos. Una vez más les digo: Solo hay vida. Y si, en vez de decir que alguien murió, emplearan la expresión «este hermano o esta hermana se ha marchado de nuevo» —o, de manera correspondiente, al producirse un nacimiento, «uno de nuestros hermanos o hermanas ha venido a estar con nosotros por algún tiempo»—, su afirmación adquiriría un tono completamente distinto y no reforzaría sus temores ante la llamada muerte, sino que daría testimonio de que quienes hablan así saben de la vida eterna en Mí.
En Mi última revelación en este lugar les expliqué que nunca están solos, aunque lo crean únicamente porque sus sentidos no perciben los mundos invisibles; y que están rodeados constantemente de seres y de los correspondientes campos de fuerza, pero no solo de espíritus y energías buenos, sino, en igual medida, de aquellos que quieren perturbar sus esfuerzos y, si es posible, hacerlos caer.
Quiero profundizar un poco más Mis afirmaciones para que también en estos aspectos puedan mirar detrás de lo que se ve y, a la vez, llegar a conocerse mejor; pues tienen que conocerse para iniciar en sí mismos y dentro de sí mismos los cambios necesarios para poder dar más pasos hacia Mí.
Cuando una persona es acosada por espíritus malignos o ha sido poseída, esto resulta evidente —al menos en muchos casos—, y ustedes hablan entonces de demonios o seres de las tinieblas que influyen en las acciones de esa persona. Al hacerlo, olvidan que no es necesaria la presencia inmediata de tales espíritus negativos para poder seducir a las personas. Basta la energía que irradian. También para esto les daré un ejemplo:
No tienen que vivir justo al lado de una central nuclear para poder recibir la corriente que allí se genera. También pueden recibir esa energía aunque haya cientos o miles de kilómetros entre ustedes y el lugar donde se genera la electricidad. Por tanto, tampoco tienen que ser acosados por un demonio ni estar poseídos para quedar expuestos a energías negativas. Las energías negativas, al igual que las positivas y luminosas, están constantemente a su alrededor, como les dije la última vez, e intentan —de acuerdo con la ley según la cual lo semejante atrae nuevamente a lo semejante— influir en aquellos cuya vibración corresponde a la suya.
Todos conocen el concepto de «vibración». Hoy quiero emplear otro para mostrarles con mayor claridad todo lo que sucede. Hace muchas décadas, uno de sus científicos acuñó la frase de que el microbio no es nada, pero «el medio lo es todo». Esto significa que una bacteria se siente atraída por el medio que le corresponde. Si el medio cambia, la bacteria no puede subsistir o ni siquiera puede llegar a actuar. Si el caldo de cultivo no es apropiado, no encuentra posibilidad alguna de desarrollarse.
Todos ustedes poseen un medio anímico-espiritual. Con «espiritual» no se hace referencia a su naturaleza espiritual indestructible, a su herencia divina, a Mi fuente de vida en ustedes, sino a su intelecto, a su pensamiento: un pensamiento que influye directa y constantemente en el estado de su alma. Por eso, en este caso, empleo la expresión «su medio anímico-espiritual».
¿Qué es este medio que los caracteriza individualmente? Es el fondo actual de su alma, su naturaleza actual, su base actual. Es aquello que ustedes han desarrollado o que han permitido que se desarrolle tal como se presenta en este momento. Sin duda, este medio puede cambiar por poco tiempo, tanto para bien como para mal. Pero esos no son cambios que afecten la esencia de su medio; tampoco están protegidos solo porque recen una oración, así como tampoco se encuentran de inmediato en peligro únicamente porque algo negativo aparezca en sus pensamientos o palabras. Para ello —es decir, para un cambio fundamental y duradero— hace falta más.
Pronunciar Mi nombre no significa al mismo tiempo conocerme, amarme y vivir Conmigo. Ejemplos del pasado cercano y lejano les muestran que el medio es decisivo para determinar qué fuerzas influyen en la persona, y no aquello que ella aparenta exteriormente. Dicho de otra manera: lo que cuenta no es el envoltorio, sino el contenido.
Las fuerzas negativas, que procuran constantemente perturbar a todas las personas que aspiran a Dios —y sobre todo a Mis mensajeros de la luz— e impedir su desarrollo, ven más profundamente. Ven el medio en el ser humano y pueden actuar allí donde —según la ley de la atracción— encuentran fuerzas de su misma naturaleza. No se dejan engañar por un envoltorio hermoso, es decir, por palabras hermosas, sino que ven la condición del alma. Saben que el medio lo es todo y, con ello, saben también en qué punto pueden atacar con éxito a cada persona.
Ahora comprenden por qué hablo una y otra vez del conocimiento de sí mismos y del cambio de su naturaleza.
Si quieren adquirir claridad acerca de ustedes mismos, no miren su envoltorio, sino miren más profundamente. Ahora se preguntarán a sí mismos o Me preguntarán: «¿Cómo reconozco entonces mi medio?», y Yo les digo: «Mira aquello que atraes; mira aquello que influye en tu vida, aquello de lo que te ocupas y que te dificulta llevar a cabo tus buenos propósitos».
Si has recorrido Conmigo un buen trecho de tu camino, entonces, por dar un ejemplo, has depuesto tus temores y preocupaciones; tu agitación y tu impaciencia han disminuido claramente o han desaparecido. Por tanto, ya no pueden influir en ti las energías —hablando en sentido figurado: la bacteria ya no tiene acceso— que todavía pueden provocar temores y preocupaciones, agitación e impaciencia en otras personas.
¿Comprenden ahora por qué es tan importante conocerse en lo profundo? Y luego, con este conocimiento, tomar una decisión: «¿Quiero cambiar mi medio? ¿Quiero acudir con ello a mi Señor y Dios, a mi amado hermano Jesucristo, aceptar el sacrificio que Él asumió mediante Su encarnación y utilizar la fuerza que Él trajo para producir los cambios necesarios?».
Les digo, Mis amados: si vienen a Mí una y otra vez con seriedad, llenos de anhelo y de amor, su medio cambia, la vibración de su alma se vuelve distinta, su irradiación se vuelve distinta, y las fuerzas que todavía podían influir en ustedes hace semanas o meses ya no pueden hacerlo. Tendrán que vagar y buscar nuevas víctimas: personas que, a causa del medio que ellas mismas han creado, están dispuestas a sucumbir a las insinuaciones del bando contrario. Pero ustedes se habrán vuelto fuertes, y todo lo que hasta ahora los agobiaba, todo lo que ocupaba sus pensamientos —los temores ante el futuro y muchas otras cosas—, se desprenderá de ustedes, y avanzarán hacia la libertad que es su herencia. A más tardar entonces comprenderán lo que Mi resurrección y Mi redención significan verdaderamente para Mis hijos humanos.
Ningún ámbito de su vida queda excluido de este hecho: que el medio lo es todo. Para ello recurriré a otro ejemplo, porque ya han hablado también de este tema. Saben que es Mi deseo hablar con Mis hijos de tú a tú. Y Me alegra cuando un hijo alcanza en su interior la comprensión de que esto es posible y cuando brota en él el deseo de entablar esta comunicación Conmigo.
Y ahora, Mis amados, viene un «pero»: ¡También aquí se aplica que el medio lo es todo! El deseo de hablar Conmigo y escucharme en su interior es legítimo, pero procuren que este deseo no los apremie ni surja siquiera de la curiosidad. Hablen más bien de estar dispuestos a comunicarse Conmigo cuando haya llegado el momento apropiado para ustedes, y prepárense para él.
Conocen la palabra bíblica: «Busquen primero el Reino de Dios, y todo lo demás les será dado». Esto se aplica también al diálogo Conmigo. Procuren que se den en su interior las condiciones necesarias. Háganlo conscientes de que, si su deseo de escucharme en su interior ocupa un primer plano con demasiada fuerza o se basa en una motivación equivocada, el medio queda preparado para fuerzas que no proceden de Mi espíritu puro.
También para esto —a fin de que puedan situar correctamente lo que acabo de decirles— quiero ofrecerles una imagen. Si un padre, dueño de una fábrica, le dice a su hijo de diez años que desea que algún día asuma la dirección de la empresa, y el hijo responde con alegría que sí, esto significa al mismo tiempo que el hijo debe crear primero en sí mismo, mediante los estudios correspondientes y la práctica posterior, las condiciones necesarias para poder asumir con plena conciencia ese alto cargo y esa gran responsabilidad. Ningún niño de diez años se sentará a la mesa de una junta directiva creyendo seriamente que puede participar en las decisiones. Debe poseer la madurez necesaria que —si trasladan esta imagen al diálogo Conmigo— no tiene por qué expresarse en estudios ni en largos años de preparación, pero sí en un sentir y un pensar muy conscientes y profundamente confiados, así como en un esfuerzo y una conducta correspondientes.
Ningún ejemplo es completamente acertado, pero ustedes saben lo que quiero decir: las condiciones que deben estar presentes son su profundo amor por Mí y su anhelo de aprender a amarme a Mí y a su prójimo desinteresadamente. Pero para ello, Mis amados hijos, tienen que conocerse a sí mismos y conocer su medio, y ser profundamente sinceros consigo mismos al examinar su intención de buscar la comunicación Conmigo. Ustedes —y esto se aplica igualmente a quienes los guían— tienen que aprender a mirar; de ser posible, tienen que mirar incluso detrás de sus motivos evidentes y descubrir allí únicamente un anhelo puro y sincero de Mí, que bien puede seguir siendo muy infantil, como corresponde a un hijo amoroso frente a su padre: ante todo humilde, pero también confiado, sin querer nada por sí mismo, entregado, dispuesto a aprender, sin esperar nada; en fin, como un niño.
Estas palabras Mías, serias, han sido pronunciadas desde Mi amor para advertirles de los peligros que existen si interpretan de manera equivocada Mi deseo de hablar con ustedes. Este sigue siendo Mi gran anhelo; pero hagan que su gran anhelo sea abrir Mi Reino en su interior y, entonces, confíen en que todo les será dado en el momento apropiado. Los hermanos y hermanas que ya llevan algún tiempo recorriendo seriamente el camino Conmigo pueden brindarles ayuda en ello. Pero también ellos saben que, al asumir esta tarea, han aceptado una gran responsabilidad.
Abro ampliamente Mis brazos y los envuelvo a ustedes y a todas las almas presentes en el manto de Mi amor. Vivan conscientes de que Yo —el amor— hago fluir hacia ustedes toda la fuerza; de que los espero; de que Yo Soy la luz que resplandece hacia ustedes. Amén.
Revelación divina
Para esto se encarnó el amor hace 2.000 años: para mostrar a sus hijos necesitados, que recorren esta Tierra, cómo pueden volver a encontrar y recorrer el camino de regreso a la patria eterna, de la cual vinieron. Yo —el amor— enseñé a las personas, mediante Mi vida, el camino del amor, el único camino que existe para poder regresar a la casa del Padre.
Mi sufrimiento como Jesús llegó a su fin en el Gólgota, aquella colina donde los enemigos del amor, que no sabían lo que hacían, crucificaron Mi cuerpo. Pero, Mis amados hermanos y hermanas, ¿qué significa el «Gólgota» para ustedes? ¿No debería ser un símbolo para que cada uno tome también su cruz y recorra el sendero de la purificación de todo lo humano? Para que resuciten como el ser espiritual puro que vive en cada uno de ustedes: en ustedes, hijos de esta Tierra, y en ustedes, hijos procedentes de las esferas de los mundos del más allá.
Yo, su hermano, el amor del Padre, abandoné Mi cuerpo; recorrí los lugares de las tinieblas, y un estremecimiento atravesó las tinieblas, pues tuvieron que reconocer: ¡El amor ha vencido! ¡Su lucha será en vano!
Y en verdad es en vano, pues la victoria de la luz eterna, la victoria del amor divino que todo lo abarca y es inconmensurable, está establecida y es inalterable. No obstante, las tinieblas siguen creyendo que deben luchar por cada alma. Aunque a veces su lucha por el alma y el ser humano parezca verse coronada por el éxito, este jamás puede ser duradero; pues —como hablé mediante Mi sabiduría— llegará la hora en que la redención se habrá consumado y todos los espíritus habrán regresado a la patria en una comunidad bienaventurada para alabar y glorificar a Dios, el Padre de todos los hijos. Todo lo que fue será entonces solamente un recuerdo y, al mismo tiempo, la garantía de que nunca volverá a suceder lo que pudo suceder, porque Mis hijos habrán probado su bien supremo: su libre voluntad.
En este tiempo de transformación, su Tierra tiembla, Mis hermanos y hermanas, pues está cambiando; y no solo esta Tierra, sino todos los astros que la rodean están sujetos a este cambio, porque una época llega a su fin y comienza una nueva. Pero no solo sienten los efectos en lo exterior, no solo mediante el temblor de la Tierra, no solo mediante el fuego y el agua, no solo mediante las tormentas; Mis amados, también los sienten en su interior. Aunque muchas veces no puedan dar nombre a lo que sucede dentro de ustedes, forma parte del proceso de transformación que recorre esta Tierra y toda la vida que ella lleva, para acercar a Mi corazón todo lo que ha caído.
Así quiero recordarles una vez más su tarea: a ustedes que están aquí, a ustedes que leen Mi mensaje y también a muchos de ustedes en los reinos de las almas. Recuerden la misión que yace en su corazón: ayudarme a Mí, el amor, mediante su pensar, hablar y actuar justos, a elevar de nuevo toda vida y conducirla de regreso por el sendero hacia Mí.
Pero esto, Mis amados, solo pueden hacerlo si recuerdan Mis huellas, ponen los pies en ellas y —como les he pedido— Me siguen a Mí, su Señor y Redentor, su Maestro, su Médico y Sanador, su Salvador.
Yo he regresado al Reino del Padre, y la morada está preparada para cada uno de ustedes. Síganme, pues; hagan el bien, hagan las obras que Yo hice, amen sin reservas, no juzguen y permitan así que el espíritu del Padre cobre vida en ustedes como testimonio para muchos que aún abren su corazón, anhelan a Dios, su Padre, y tienen hambre del pan de vida y de la bebida de la verdad y la justicia.
Porque en verdad les digo: solo hay una llave para las moradas eternas, y esa llave, Mis hermanos y hermanas, ¡es únicamente el amor!
Así pues, sean bendecidos y sean conscientes: no hay un solo instante de su vida en el que no estén rodeados por el amor que Yo Soy, que los consuela y fortalece, que los sostiene, que los protege y les da fuerza en tiempos de peligro y aflicción. Yo Soy el espíritu del amor. Sigan las huellas que he dejado, y así todo tendrá un buen final.
Los abrazo, Mis amados; los estrecho contra Mi corazón, a ustedes aquí y también a ustedes allá. Pero, en verdad, no existe ni aquí ni allá, porque todo es uno en Mí, el espíritu eterno que es también la vida en cada uno de ustedes. Amén.