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Del alumno al dominio de sí mismo

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Vom Schüler zur Meisterschaft über sich selbst

Fecha original: 13 de noviembre de 2010

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

¿Perciben, Mis amados hijos e hijas, que se ha formado una fuerza maravillosa en esta habitación? Han elevado sus corazones hacia Mí; y así como les he dicho —que donde dos, tres o más se reúnen en Mi nombre, Yo estoy en medio de ellos—, también ahora estoy aquí y he traído Conmigo a muchos de sus hermanos y hermanas de las regiones de las almas, quienes se alegran y se reconfortan con la luz que ustedes, mediante sus oraciones, han concentrado y enviado hacia la infinitud.

Apenas pueden medir el valor de sus oraciones. No se trata de palabras bellamente formuladas, sino de sus sentimientos, su sinceridad, su compasión. No importa cuán corta o larga sea una oración, ni si está formulada de manera impecable o no: ustedes abren sus corazones y liberan su fuerza de amor.

Quiero animarlos a hacer esto con la mayor frecuencia posible, también en círculos más pequeños, pues así transforman el mundo, como también lo han transformado durante la última media hora. Y créanme: Yo he añadido Mi parte.

Los llamo «mensajeros de la luz», a ustedes y a muchos otros que leen Mi palabra, pues salieron para dar testimonio de Mi amor. Dieron su sí, Yo los bendije y abandonaron los cielos para volver a reunirse en la Tierra. Y la ley de atracción hace que cada vez se encuentren más personas de un mismo espíritu que —sin saberlo en muchos casos— también son mensajeros de la luz.

También un mensajero de la luz está sujeto en su vida terrenal a los mismos criterios que todos los demás seres encarnados, porque Mi ley se llama «justicia para todos». Por ello corre también el mismo riesgo. Pero puedo llegar hasta él por medio del anhelo y el amor que lleva en el corazón. Entonces comienza a emprender el camino que finalmente lo conducirá a Mi corazón y en el cual irá dejando poco a poco su ego y sus debilidades humanas.

Al comienzo de este camino es, naturalmente, un alumno; pero si está dispuesto a aprender, madurará mediante las tareas que la vida le presenta. Y, paso a paso, el alumno se convierte en maestro.

Todos ustedes se encuentran en la situación de ser alumnos y, al mismo tiempo, ya también maestros, allí donde, con Mi ayuda, han reconocido sus defectos y debilidades y los han transformado, de tal manera que tanto su alma como su ser humano han comenzado a irradiar. Así puedo conducirles personas que, por su parte, están al comienzo de su camino, que son alumnos y a quienes ustedes pueden tomar de la mano para servirles de ejemplo en aquellos ámbitos en los que han trabajado y que han superado. Ustedes llaman efecto dominó a este modo de proceder, a esta secuencia de acontecimientos.

Este es Mi deseo: que Mis mensajeros de la luz avancen continuamente como alumnos, que se conviertan en maestros y que, finalmente, alcancen el dominio de sí mismos. En quien recorre este camino de esfuerzo sincero, el amor tiene que crecer y la conciencia tiene que expandirse, pues así está previsto en Mi ley.

Una persona así no habla desde la teoría, sino que ha vivido aquello que anuncia. Ha mirado más profundamente, ha comprendido —hasta donde le ha sido posible— las relaciones entre las cosas, se ha adentrado en las leyes espirituales. Ya no tiene que limitarse a creer, sino que sabe, y vive este conocimiento.

Mi ley santa nace de Mi amor y, fuera de los cielos puros, como ley de causa y efecto se encarga de que Mis hijos sean guiados a través de sus propias insuficiencias, de modo que finalmente —porque han llegado al conocimiento— dirijan sus pasos hacia Mi corazón por libre voluntad y por amor a Mí.

Ya les he dicho muchas veces que la gran mayoría de los seres humanos comprende de manera equivocada la ley de causa y efecto. Es la ley de Mi amor, que conducirá de regreso a todos los hijos a su verdadera patria, y se basa en Mi justicia. Cuando aprendan a comprender cada vez más esta ley, reconocerán también que la expresión «Dios permitió esto» no es del todo correcta, aunque semejante perspectiva ya demuestra la voluntad de someterse a Mi ley.

Yo soy el creador de Mi ley, y cada ser humano y cada alma viven dentro de esta ley. A nadie le es posible abandonar esta ley. Por tanto, si en su vida sucede algo ante lo cual reaccionan con escepticismo, preguntas, dudas o rechazo, no tiene sentido y sería completamente desacertado querer responsabilizarme personalmente por ello. No; Mi ley justa ha entrado en acción para provocar la corrección de una conducta errónea, una conducta que hizo necesaria, en primer lugar, la entrada en vigor de la ley.

El gran error de culparme a Mí lo cometen tantas personas porque desconocen las relaciones entre las cosas. Quiero darles un ejemplo:

Si en el tránsito vehicular cruzan un semáforo en rojo y provocan un accidente, a ninguno de ustedes se le ocurriría responsabilizar personalmente a su gobierno, es decir, al legislador, por el accidente, las consecuencias y los daños. Tienen claro que infringieron una ley terrenal y ahora afrontan las consecuencias. Tampoco diría nadie: «El gobierno, el legislador, permitió esto».

Cuando dicen «Dios permitió esto», resuena en ello: «También habría podido impedirlo. En el caso de uno lo permitió; en el de otro, no». O bien: «Probablemente fue Su voluntad». Una idea no podría ser más equivocada; pues eso, amigos Míos, no sería justicia. Sin embargo, ante Mí y ante Mi ley, todos Mis hijos son iguales. Y a todos Mis hijos se les abre en igual medida el camino para liberarse poco a poco de la ley de causa y efecto.

Es Mi amor el que ayuda a cada hijo que se vuelve hacia Mí; y es Mi amor el que, en este tiempo que es muy difícil para ustedes, les permite contemplar cada vez más profundamente Mi sabiduría. Mi sabiduría divina es insondable, lo cual no significa que no la revele a Mis hijos paso a paso, en la medida en que su conciencia pueda comprenderla.

En todos los tiempos he alzado Mi palabra; y si, al mirar atrás, siguen el hilo conductor que atraviesa Mi palabra divina de revelación a lo largo de los tiempos, comprobarán que adapto Mi palabra a la conciencia de Mis hijos y también a las necesidades y posibilidades existentes.

Por tanto, ¡jamás dejaré de hablarles a Mis hijos! Y jamás dejaré de profundizar cada vez más Mi palabra como apoyo en su camino hacia Mí. ¡¿Cómo podría callar alguna vez?! Amo a cada uno; pero tampoco soy alguien que se limite a «rumiar», salvo cuando repito o profundizo Mi palabra allí donde es necesario. Por lo demás, los conduzco cada vez más profundamente hacia Mi sabiduría y verdad, en la medida en que ustedes lo permiten.

Por eso, quienes proclaman: «No existe nada más allá de lo que Dios ha dicho hasta ahora o de lo que yo he recibido hasta ahora» están equivocados. Dondequiera que escuchen o lean esto, no sean crédulos. Ahora lo saben mejor. Escuchen su corazón.

Los portadores de la palabra que Me aman a Mí y a los Míos —que también son los suyos— desearán que Yo revele cada vez más Mis sabidurías a sus hermanos y hermanas, porque estas pueden ser una ayuda de valor incalculable para cada uno en su trabajo interior. Para quien recibe Mi palabra, no tiene importancia si esto ocurre a través de él mismo o de otros, ni si sucede en este tiempo o en el futuro.

Hay infinitamente mucho que aún tengo que decirles a Mis hijos y que les diré. Y en la medida en que Mis hijos e hijas se desarrollen interiormente, podré revelar por medio de ellos sabidurías más amplias.

Esto incluye también que un maestro que se encuentra en el camino hacia el dominio de sí mismo conoce la solución para liberarse del enredo en la ley de causa y efecto. Vive esta solución y la transmite mediante su ejemplo. Con ello se convierte en una espina para todos aquellos que quieren retener a Mis hijos, que quieren atarlos, que los atacan incesantemente y quieren perjudicar su desarrollo. No impediré estos intentos del bando contrario, pues también quienes están en contra de Mí y de ustedes tienen su libre albedrío.

En cambio, deseo que quienes Me aman, por medio de su vida, lleguen a estar en condiciones de oponer su fortaleza interior a los ataques del bando contrario. Entonces su luz se expande, la protección que ofrece esta luz se hace cada vez mayor y más intensa, y todos los seres de las tinieblas deben retroceder ante esta fortaleza. Su «tasa de éxito» disminuye cada vez más. Deben retirarse, permanecen en su oscuridad y perciben: «Aquí ya no puedo lograr nada; aquí hay una persona que recorre el camino y que, por medio de su amor, se ha fortalecido».

De este modo, las tinieblas reciben también la posibilidad de orientarse por quienes se convierten en luz en su camino hacia Mí. Y les digo: ¡no son pocos los que se convierten gracias al ejemplo de ustedes!

Envuelvo en Mi amor infinito a cada uno de ustedes, a cada persona que lee y escucha Mi palabra. Hago fluir hacia ella toda la fuerza que necesita para pasar de alumno a maestro y alcanzar finalmente en Mí el dominio de sí misma. Los amo, Mis hijos e hijas, Mis hermanos y hermanas. Amén.

Revelación divina

Así, Yo soy su Padre, el Maestro, y ustedes son Mis hijos. Y a quien desea seguir Mis huellas lo llamo Mi alumno o Mi discípulo. Nadie fuera de Mí está en condiciones de enseñarles la maestría que deseo que alcance cada uno de Mis hijos. Pues sin esta maestría en el espíritu no hay regreso a la patria eterna de la cual cada uno salió una vez.

Por tanto, ustedes, aquí en su pequeña comunidad —al igual que, mucho más allá, todos aquellos a quienes he colocado en muchos lugares de esta Tierra—, están llamados a seguirme, tal como hace muchos siglos pedí a los Míos, como Jesús de Nazaret, que lo hicieran.

Mis amados, desde tiempos eternos derramo sobre esta Tierra Mi amor y sabiduría; y quienes fueron y son capaces de comprenderlos los han puesto en práctica en su vida, los han convertido en norma y guía de sus pensamientos, palabras y actos. Así cumplieron y cumplen Mi llamado y exhortación de seguir, paso a paso, las huellas de su Maestro, que soy Yo, y de convertirse en la luz y el amor que deseo que sean y que una vez decidieron ser por voluntad propia.

Y así, Mis amados, Mis fieles, estamos ahora aquí —digo conscientemente «estamos», porque Yo siempre estoy a su lado— y queremos transformar este mundo, poco a poco, orientándolo hacia el bien y la pureza.

Dije que soy su Maestro; y agrego: «Yo soy el único Maestro, y nadie fuera de Mí debe llamarse “maestro”». Pues quienes se llaman maestros son luces engañosas que seducen a los Míos, que inundan este mundo con sus enseñanzas espirituales y hacen creer a los Míos que, por medio de ellas, pueden alcanzar la iluminación y la perfección. Pero les digo: «Quien no esté dispuesto a adentrarse en su interior, en lo profundo de su alma, no Me encontrará». Pues solo allí, en lo profundo de tu alma, hijo Mío, puede encontrarse Mi presencia y, con ella, tu origen.

No hablo desde fuera hacia el interior del ser humano; no se Me puede percibir mediante telepatía. Yo soy la voz que, como única voz, habla en lo profundo de cada ser espiritual, porque Yo —¡y nadie más!— establecí allí Mi reino desde el principio.

Vengan, pues, Mis hijos, vengan a su interior. Allí encontrarán la luz primordial que anhelan; allí habla la palabra que desean que los guíe; allí experimentarán el consuelo y la sanación que anhela cada ser, ya sea que camine sobre esta Tierra o se encuentre en los lugares del más allá; aquello de lo cual todos tienen hambre.

Adéntrense en su interior. Entréguense a Mí. Confíen en Mí y perciban Mi amor y Mi calor, que se extienden dentro de ustedes y a través de ustedes. No busquen en el exterior, sino en su interior, ¡y encontrarán! Llamen, y Yo les abriré los portones y las puertas y les permitiré reconocer que ustedes son el templo de la Divinidad.

No Me cansaré de llevar este mensaje una y otra vez a los Míos. No Me cansaré de depositar Mi sabiduría y verdad, Mi amor y misericordia, a los pies de los Míos. No Me cansaré de pedir y exhortar a Mis hijos. Sin embargo, cada uno de ustedes está llamado a dar sus propios pasos, es decir, voluntariamente y por iniciativa propia.

La maestría significa haber llegado a la bienaventuranza y la gloria del reino de Dios, el reino de su Padre, que está establecido eternamente en su interior. Y ¿qué, les pregunto, podría ser más hermoso para un hijo del amor?

En verdad, todo lo que les prometo se cumplirá; se lo aseguro, Mis amados hijos e hijas.

Mi amor está con ustedes; Mi misericordia y bondad avanzan incesantemente a su lado. Amén.