Revelación divina
En verdad, Mis hermanos y hermanas, la humanidad padece hambre [anteriormente habíamos orado por diversos asuntos, entre ellos también por las personas que padecen hambre]. Pero, en una medida mucho mayor, padece hambre de alimento espiritual. Muchos comprenden que algo está cambiando profundamente; perciben la inquietud que va surgiendo, la pérdida de los valores por los que hasta ahora podían orientarse. Algo que todavía no pueden captar les causa miedo, la inseguridad se extiende y lo familiar se pierde. Los seres humanos no solo padecen hambre exterior; ¡sobre todo padecen hambre interior! Tienen hambre de amor, de seguridad, de protección; ¡tienen hambre de la verdad!
Naturalmente, el bando contrario, que ha provocado esta situación y la fomenta con todas sus fuerzas, la aprovecha en su beneficio y, de una manera astuta que ya les he mostrado en repetidas ocasiones, extravía a quienes buscan. Estos muchas veces no lo notan y siguen a los falsos maestros y sus enseñanzas.
Este es un lado.
En el otro lado está la luz, está Mi palabra, que llega a los Míos en todo el mundo, y están quienes se han declarado dispuestos a ponerse del lado de la verdad en este tiempo. Ustedes y muchos otros incontables forman parte de ellos.
En muchas de Mis revelaciones he recordado una y otra vez a los Míos dónde se encuentra su verdadera patria, qué potencial inconmensurable de fuerza espiritual lleva cada uno dentro de sí y de qué manera creadora actúan los pensamientos. Y una y otra vez los he llamado, les he pedido, los he atraído y los he conducido cada vez más profundamente hacia Mis sabidurías; cuando fue necesario, también con la seriedad requerida. Pues Mi amor, que todo lo abarca, contiene, además de alegría y bienaventuranza, también seriedad. Por eso es inevitable que, por amor a los Míos, alguna vez les hable de manera exhortativa y —entendido en el sentido correcto— también desafiante. Porque ciertamente soy quien los envuelve en amor, pero también soy quien desea impulsarlos, quien camina a su lado, sí, quien va delante. Y todos los que Me aman Me seguirán.
Hoy quiero dirigir su mirada hacia un aspecto determinado. Saben que amo infinitamente a todas Mis criaturas. A todas; por tanto, también a ti, a ti y a ti. Y como miro dentro de los corazones de Mis hijos —profundamente, hasta el fondo—, también sé que cada uno Me ama. En lo más íntimo de cada uno está anclado Mi amor infinito y eterno, el cual impulsa a Mi hijo a emprender nuevamente, algún día y por decisión propia, el camino hacia los cielos.
Allí, el amor es el motor y el anhelo la fuerza impulsora.
En lo profundo de sus almas Me dicen: «Padre, Te amo».
Y ahora Mi pregunta para su ser humano: «¿Cuándo fue la última vez que tú, hijo Mío —aparte de las hermosas canciones que cantan—, Me dijiste “Te amo”? ¿No con la cabeza ni con los labios, sino con el corazón? “Padre, Te amo”».
La forma más elevada del amor es la entrega, y la oración más perfecta son las palabras «Te amo» que ascienden desde el corazón.
Les doy valor, Me acerco mucho a ustedes y abro sus corazones tanto como ustedes permiten que se abran. Y, si quieren, dejen ascender el llamado: «Padre, Te amo».
¿Sabes, hijo Mío? En estas palabras está contenida la ley. Pues quien Me ama actúa en consecuencia. Ya no hacen falta instrucciones detalladas para tu vida cotidiana, porque vives en Mí. Tu amor por Mí y, con ello, por tu prójimo y por ti mismo determina tus actos. Esto es lo que deseo de Mis hijos. No se trata de establecer prioridades en tu vida y colocarme a Mí en primer lugar. No, quiero más. ¡Te quiero por completo! Tal como tu alma también desea estar por completo en Mí y Conmigo.
Deseo que vivas en Mi espíritu; entonces actúa como quieras. Pues cada uno de tus actos estará determinado por Mí. Yo seré entonces la «estructura que lo abarca todo» en tu vida, la que incluye todo lo que eres y todo lo que haces.
Los Míos salieron para luchar del lado de la luz. Saben que, para hacerlo, primero deben vencerse a sí mismos; y Yo sé que todos se esfuerzan continuamente por ello, unos un poco más y otros un poco menos. Pero en sus corazones arde la llama de amor por Mí. Por eso tampoco se trata de si caen alguna vez o del hecho de que lo hagan. Incluso en su caída estoy a su lado y mitigo las consecuencias. Pero, sobre todo, estoy junto a ti, hijo Mío, para levantarte y ayudarte a ponerte en pie nuevamente, para estrecharte entre Mis brazos y decirte: «Has aprendido algo, te has fortalecido. Mi luz, Mi fuerza de amor, puede fluir ahora hacia ti en una medida todavía mayor que antes; hacia ti, Mi hijo erguido, Mi hija amorosa».
Entonces nos miramos; tú pones tu mano en la Mía, Yo te digo: «Sigamos adelante», y juntos abordamos el siguiente tramo de tu vida. Maduras, creces y comienzas a irradiar cada vez más. En ti surge el reconocimiento de que, si bien eres alumno en esta Tierra, con cada experiencia que has vivido Conmigo vas creciendo lenta pero seguramente hacia tu tarea de maestro.
Primero es necesario trabajar en ti mismo. Utilizo el ejemplo que ya he empleado una vez: un salvavidas primero debe aprender a nadar. Esto no es egoísmo. Pero al hacerlo no debe perder de vista su tarea de ayudar a su prójimo, de salvarlo.
En esta situación se encuentran ustedes, quienes escuchan y leen Mi palabra, y muchos otros que conscientemente han dado su sí para este tiempo.
Cuando abandonen esta Tierra para entrar en las regiones espirituales más luminosas, ustedes mismos serán sus jueces. Se contemplarán a sí mismos: su vida, sus motivos, sus acciones y omisiones; evaluarán de manera clara y sin influencias el tiempo de vida transcurrido. Para quienes salieron por Mí, ocupará el primer plano esta pregunta: ¿en qué medida —es decir, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo— estuve presente para mi prójimo, y cuánto tiempo empleé en mis propios intereses, un tiempo que posiblemente faltó a mi prójimo y a mi misión?
Presten atención desde ahora para que en ese momento no tengan que asustarse, para que no descubran en la distribución de su tiempo —y, con ello, en la distribución de su amor— un desequilibrio que los entristezca profundamente. Recuerden: hay incontables personas que esperan por ustedes, que los necesitan como ejemplo y cuya hambre ustedes pueden y deben saciar.
Por tanto, no se detengan. Confíen en que les conduciré a quienes necesitan su ayuda. Entonces hablen y actúen desde su corazón, como lo hacen los hijos y las hijas de Dios que han vivido sus experiencias cotidianas con el amor que Yo soy.
También el amor, como les dije al comienzo, a veces debe ser serio. Debe alzar su voz —amonestando y, si es necesario, también advirtiendo— y recordar: quien solamente lee y escucha Mis palabras sin orientar su vida por ellas y actuar en consecuencia es un necio y, tarde o temprano, enfrentará dificultades causadas por él mismo. Y quien no vive lo que enseña tendrá que fracasar, al menos temporalmente, tarde o temprano.
Pero, sea lo que sea que se desarrolle conforme a Mi ley, ¡Mi ley es amor! Y este siempre tiene un único propósito: sujetar con firmeza las manos que se extienden hacia Mi mano tendida y decir una y otra vez a cada uno de Mis hijos: «Ven, demos el siguiente paso». Escucha en tu interior, hijo Mío, hija Mía; presta atención a tus sentimientos, recuerda el amor que está dentro de ti y, si quieres, deja que estas palabras asciendan desde tu corazón:
«Te amo como Padre, como Madre, como hermano y amigo, como la vida eterna y santa que Tú eres en mí, en todos y en todo». Amén.
Revelación divina
Sí, en verdad, los amo; y quien de ustedes también Me ama a Mí, su Padre celestial, desde el fondo de su corazón —quien, por tanto, realiza Mis obras y da testimonio de Mi amor de Padre misericordioso, perdonador e incondicional— creará y experimentará el cielo ya en la Tierra. Y no solo para sí mismo, para todos aquellos por quienes tiene responsabilidad y que viven a su alrededor, sino para todos aquellos por quienes, en definitiva —se lo dije—, salió para servirles de ejemplo.
Mis amados hijos e hijas, el mundo arde, y Yo, su Padre, su Señor y Dios, que era, es y será eternamente, contemplo con el corazón triste, como suele expresarlo el ser humano, las actividades de Mis hijos en este mundo. Pero he dado Mi ley a los Míos y la explico una y otra vez. Lo hice incesantemente en el pasado, lo hago hoy y también lo haré en el futuro por medio de hijos e hijas que se entregan a Mí y a quienes puedo hablar dentro de su corazón y, por tanto, también a través de su boca. De esta manera explico a los Míos qué camino deben emprender —si así lo desean— para salir de su aflicción, pena y necesidad, de la enfermedad y el destino, y dirigirse directamente hacia Mis brazos.
Cada uno de ustedes, Mis amados, está llamado a fomentar y hacer cada día —dondequiera que se encuentre— el bien, la verdad, sí, lo divino, para que haya luz donde existe oscuridad y los Míos padecen hambre y sed de verdad, justicia y amor. Y, en verdad les digo, grande es esta hambre y grande es la sed de la luz y el espíritu de su Padre, de los dones procedentes de su patria.
Procuren, pues, cumplir aquello que se les encomendó y a lo cual cada uno de ustedes dio una vez su sí claro y consciente; oh, procuren hacerlo realidad para la sanación y la bendición de muchos que sienten anhelo y llevan dentro el deseo de conocer a su Padre celestial, para incorporar a su vida Su amor, Su fuerza y Su bendición.
¡Miren qué gran tarea, Mis amados, ha sido puesta en sus manos!
Tomen el resplandor de este día y de esta estación del año como símbolo. Radiante es este día; sanación y bendición emanan de él, pero las hojas de la naturaleza caen a la tierra y desaparecen. Por otro lado, sin embargo, pueden cosecharse los frutos que son comestibles, llenos de fuerza y bendición, y que, por tanto, pueden satisfacer las necesidades de los Míos.
Contemplen con sabiduría la vida de todos ustedes. Y esto lo digo, más allá de esta habitación, a todos los que escuchan y leen Mi palabra: «¿A quién sirves, hijo Mío? ¿Sirves al polvo de este mundo y un día caerás como una hoja marchita del árbol de la vida? ¿O te convertirás en aquel fruto que se te ofrecerá del canasto de frutos de tu vida y que regalará vida, fuerza y amor a ti y a muchos de tus hermanos y hermanas de este lado y del otro lado del velo?».
Tomen, pues, aquello que les he explicado; acojan las preguntas dentro de ustedes y medítenlas, Mis amados hijos e hijas. El amor que Yo soy les dará desde su interior las respuestas correctas; entonces corrijan allí donde haya algo que corregir. Dirijan su mirada nuevamente hacia Mi camino, pues con demasiada rapidez la vida en esta Tierra se aproxima a su fin. Les digo: el arrepentimiento y la amargura serán entonces grandes cuando el alma mire atrás, hacia sus omisiones, y tenga que reconocer que mucho de aquello que contemplaba con orgullo, que era importante para su corazón y tenía significado para ella, de pronto ya no existe.
En verdad les digo: este reconocimiento puede significar para el alma aquel estado que el ser humano, ignorando su verdadero significado, denomina «infernal».
Mis palabras también son serias y apremiantes, Mis amados, tal como se lo dije; y, sin embargo, no pueden sino estar sostenidas por el cuidado y el amor hacia los Míos, sí, hacia toda Mi creación. Pues el propósito del amor es volver a estrechar entre sus brazos, tarde o temprano, a todas las criaturas y todo lo creado.
Por eso llamo una vez más hasta lo más profundo de cada alma: «Hijo Mío, te amo de eternidad en eternidad. Eres Mío. Regresa, pues, al hogar». Amén.