Revelación divina
Quien se entrega a la aventura de vivir Conmigo experimentará verdaderos milagros. Pues ¿cómo podría ser de otra manera si un hijo se vuelve hacia Mí y Me da su sí? Desde ese momento Yo asumiré la guía de su vida.
Yo solamente espero que Mis hijos den este paso; y debo esperar porque les he dado el libre albedrío. En Mi última revelación en este lugar les dije que no los transformaré contra su voluntad.
Por tanto, la pregunta es y seguirá siendo siempre esta: ¿quieren poner voluntariamente su mano en la Mía, con todas las consecuencias que se derivan de ello? Si ese es su deseo, el cielo se abre y fluyen hacia ustedes energías sobre energías que quedan a su disposición. No necesitan pedirlas ni preocuparse por si Yo los ayudaré; deben, más bien —conscientes de que son hijos de Dios—, tomar una decisión y disponerse luego a llevarla a la práctica Conmigo en su vida.
Con ello se entregan a un juego cuyo desenlace no pueden abarcar como seres humanos. Eso es cierto. Pero si tuvieran pruebas de que terminará bien, su decisión ya no sería libre, pues debe —sí, tiene que— tomarse única y exclusivamente por amor a Mí.
Quien vacila en darme este sí, aunque afirma creer en Mí o incluso amarme, debe examinar su fe en Mí y su amor por Mí. También debe reflexionar sobre la imagen que tiene de Mí y que les he descrito en tantas revelaciones: Yo soy el amor infinito, desinteresado, incondicional y eternamente servicial. Todo está contenido en este amor, y fuera de él no existe nada.
Quien Me ama, ¿no arde su corazón por llegar a este amor, sí, por volver a convertirse en este amor? Por eso pregúntate, hijo Mío, hija Mía: ¿arde tu corazón? ¿Arde en tal medida que, sin saber de qué manera guiaré tus caminos, puedas decir: «Padre, aquí estoy»?
Les digo que este es el único camino para crecer hacia una confianza profunda en Mí. La confianza no puede aprenderse realmente. La confianza debe vivirse. Deben entregarse a esta aventura sin saber de antemano y con todo detalle cómo terminará, sencillamente porque su amor por Mí arde en sus corazones.
Si lo desean, examínense para ver si este amor ya arde dentro de ustedes en tal medida. Si es así, en su corazón ya no hay lugar para preocupaciones, pensamientos que los deprimen, temores de ninguna clase ni muchas otras cosas; ante todo, no hay lugar para el temor a la llamada muerte. Observen si aún existe algo de esto dentro de ustedes.
Ustedes saben adónde quiero llegar: el amor y el temor no son compatibles. Si descubren algo de esta naturaleza dentro de ustedes, esto debe servirles como señal de que todavía puede mejorarse algo en su amor por Mí —del cual siempre Me alegro, sin importar si es grande o pequeño—, en el sentido de que crezcan hacia una relación más profunda e íntima Conmigo; hacia una vida en común en la que ya no pregunten ni se quejen, sino que digan: «Padre, está bien así. Te agradezco que me hayas tomado de la mano. Y junto con mi gratitud Te entrego las ideas que hasta ahora tenía acerca de mi vida. Reconozco que aquello que Tú has dispuesto para mí es, en cualquier caso, mejor que lo que yo creía y creo que es bueno para mí».
Entonces, hijo Mío, arrodíllate ante tu altar interior, inclina la cabeza y Yo pondré Mis manos sobre ti; después te elevaré hacia Mí y mirarás a los ojos del Amor eterno, pues eres Mi hijo lleno de fuerza, Mi hija radiante, y Yo solamente esperaba este momento: el momento de tu decisión de querer vivir en Mi ley.
Así abandonas tu actitud de mendigar y suplicar, porque sabes quién eres. Comienzas a presentir las fuerzas que he puesto dentro de ti, empiezas a trabajar con ellas y ves cómo Mi luz se extiende cada vez más en tu interior. Entonces tendrás la prueba que buscaste durante tanto tiempo.
¿No es esta, consciente o inconscientemente, la meta de todo hijo que cree en Mí y Me ama? ¿Qué les impide dirigirse hacia esta meta? ¿Qué les impide entrar en la libertad? No es otra cosa que sus concepciones humanas, sus pensamientos acerca de lo que sería bueno para ustedes y de cómo debería desarrollarse su vida.
Pero les digo: por muy bien que planifiquen, ¡ningún ser espiritual, y mucho menos un ser humano, puede igualar la genialidad con la que Yo guío los caminos de Mis hijos!
Si así lo deseas, entrégate a esta aventura, y Yo te doy Mi promesa paternal: esta aventura terminará en la luz y, por tanto, mejor que todo cuanto hayas comenzado o comenzarás alguna vez en tu vida.
Mi amor desciende a tu corazón, a tu conciencia y a tu alma, y te llama: «Ven, da rienda suelta a tu anhelo. El Amor te espera». Amén.
Revelación divina
Vean, Mis amados hijos e hijas: ¿acaso todo cuanto irradia hacia ustedes desde la naturaleza que los rodea no les muestra ese genio divino? ¿No se manifiesta en todo lo que los rodea, en cada forma —precisamente ahora, en esta época—, el amor divino que Yo soy?
En verdad, cada uno de ustedes, cada alma, se asemeja a la semilla o al bulbo de una flor que descansa en la oscuridad de la tierra. Cuando las fuerzas de la naturaleza comienzan a fluir, despierta el amor que habita dentro. El brote atraviesa la tierra cálida, y aquello que se despliega a partir de él, Mis amados, pueden reconocerlo los ojos y el corazón a cada paso durante esta época.
¿Y no dicen ustedes: «Oh, qué fuerza, qué misterio encierra cada semilla, de la cual surge un verdadero prodigio de flores y frutos que sirve al ser humano, no solamente a sus sentidos exteriores, sino también a su corazón y a su ánimo»? Vean: así son ustedes.
¿Creen que, si cada semilla quisiera crecer y madurar según sus propias ideas, como sucede con el ser humano, la naturaleza que los rodea podría revestirse de un manto igualmente espléndido?
Solamente porque cada semilla descansa en la ley de la naturaleza y crece y prospera conforme a Mi voluntad puede alcanzar su belleza perfecta. Por tanto, si junto con su sí ponen en Mis manos las ideas, los sueños y los deseos que tienen acerca de su vida, en ella sucederá —sí, deberá suceder— lo mismo que experimentan en la naturaleza: entonces deberá desplegarse la belleza radiante y perfecta del hijo procedente de los cielos que cada uno de ustedes es.
Esta, Mis amados, es la ley. ¿No desea cada uno de ustedes que suceda exactamente así? ¿Que la ley, que es la ley pura del amor procedente de Mi corazón, se cumpla plenamente en su vida?
Sirvan, pues, también ustedes a la ley mediante su sí y mediante la mano que, con la confianza de la que hablé, ponen en la Mía.
Yo camino con ustedes. ¿Quién más, Mis hijos e hijas, puede darles esta promesa? Amén.