Revelación divina
Mis amados hermanos y hermanas, dondequiera que las personas se reúnan en Mi nombre, es decir, en Mi Espíritu, allí estoy en medio de ellas. Por eso también estoy con ustedes. He entrado en este recinto y, Conmigo, muchos de sus hermanos y hermanas procedentes de los cielos y de los ámbitos de las almas.
Mediante este encuentro cumplen Mi mandamiento del amor, pues con sus oraciones contribuyen a que el mundo cambie un poco. En todo el mundo sucede esto incesantemente —aunque sus ojos no puedan verlo— por medio de personas que también Me aman. Aunque no lo perciban, les digo: «Son infinitamente numerosos quienes, por amor a Dios, su Padre, y por amor a sus hermanos y hermanas, fueron a la Tierra y con ello se colocaron conscientemente del lado de la luz».
Su tiempo está marcado por una gran confrontación que se aproxima a su punto culminante. Las fuerzas de las tinieblas han emprendido un ataque general. Se trata de su ámbito de poder, de la Tierra, y se trata de ustedes.
Quiero agudizar su percepción y sus sentidos para que comprendan cómo se desarrolla esta lucha en lo invisible, dónde deben permanecer vigilantes y de qué manera pueden protegerse y contribuir a que no tenga éxito mucho de lo que pretenden las tinieblas.
Toda criatura procede de Mí y vive exclusivamente de la energía de Mi amor y por medio de ella, la cual regalo a todos por igual, en cuanto a su calidad, de manera incondicional y desinteresada. Sin embargo, su cantidad está vinculada a la forma en que el ser —es decir, Mi hijo— se comporta de acuerdo con las leyes de la creación, que son amor.
Un hijo de los cielos está completamente atravesado por Mi fuerza. Es resplandor, gloria y fortaleza, sabiduría y amor; es perfecto. Vive en Mí y Yo dentro de él. Vive en la plenitud, cumple libremente la ley y actúa creativamente con las energías que fluyen hacia él.
Los seres que, debido a su rebelión, se alejaron por sí mismos de los cielos porque ya no podían mantenerse en esos ámbitos de vibración elevadísima, y cuyos cuerpos energéticos se densificaron después, ya no pueden recibir la energía de Mi amor en esa misma medida. Esto se fundamenta en la ley de causa y efecto, que surgió a raíz de la caída y rige exclusivamente fuera de los cielos. Esta ley refleja a cada criatura cómo vive, dónde, cuándo y de qué manera infringe el mandamiento del amor, con la consecuencia de que disminuyen el flujo y la recepción de energía.
Pero con ello ya está dada al mismo tiempo la solución, pues mediante el cambio interior y exterior aumenta el flujo de energía en la misma medida en que se vuelven a vivir las leyes del amor. Este principio se fundamenta en que Yo jamás presiono ni obligo a ninguna de Mis criaturas a hacer algo. He dado a cada hijo el libre albedrío, que pudo y puede utilizar también para decidir contra Mí y alejarse de Mí. Sin embargo, tuve que encontrar una posibilidad de traer de regreso a los hijos caídos: mediante el reconocimiento de sus propias acciones contrarias a la ley, unido a su pobreza de energía, que los hace vivir en zonas oscuras y frías bajo condiciones nada agradables.
La ley de causa y efecto recuerda, por tanto, a cada criatura que debe cambiar algo si desea regresar a Mis brazos. Y esto en absoluta libertad. Por eso la ley de siembra y cosecha, como también se la denomina, nace de Mi amor paternal y corresponde a él. Es amor purísimo, pues hará que cada uno se reconozca a sí mismo en el sufrimiento del que es responsable y tome la decisión de cambiar de rumbo.
Sin importar cuánto se haya alejado de Mí una criatura, ¡Yo permanezco siempre dentro de ella! Y aunque su luz divina o la luz de su alma se haya vuelto muy pequeña, no puede extinguirse, pues Yo no destruyo Mi propia vida. Pero un hijo que lucha contra la ley del amor naturalmente tampoco recibe la energía que desea para poder vivir mejor de lo que vive en este momento.
Por eso muchos de Mis hijos caídos han buscado maneras de obtener energía sin reconocimiento ni cambio de rumbo para mejorar así su condición. Y han encontrado esas posibilidades: quienes les suministran energía son las almas de los ámbitos astrales y una gran parte de las personas que viven en la materia. También ustedes, Mis amados hermanos y hermanas, pertenecieron o pertenecen temporalmente y según las circunstancias a quienes les entregan energía: algunas veces sin saberlo, otras sin poder defenderse y, en ocasiones, porque actuaron con ligereza o ignoraron conscientemente el mandamiento del amor buscando su propio beneficio.
Quiero explicarles un poco más este trasfondo para que comprendan cómo proceden las tinieblas y cómo pueden protegerse de ellas sin tener que considerar enemigos a sus hermanos y hermanas oscuros.
Esos seres oscuros solamente pueden quitarles la energía que necesitan cuando ustedes les dan la posibilidad de hacerlo. Esto siempre les resulta posible cuando una persona no descansa en Mí.
¿Cómo proceden esos seres?
Quiero mostrarles únicamente algunos ejemplos entre los innumerables que —si así lo desean— pueden aplicar a su propia vida en la quietud de su pequeña cámara para reconocerse a sí mismos. Una de sus posibilidades consiste en crear intranquilidad constantemente y provocar discordia sin cesar, con la consecuencia de que surjan temores en las personas; que Mis hijos se preocupen por el futuro; que, durante una disputa, no estén dispuestos a tender la mano para reconciliarse; que alimenten pensamientos de agresión y violencia, y mucho más. Una vez que esto se ha logrado, ocurre aquello que ustedes expresarían con estas palabras: «Las tinieblas mantienen hirviendo esta sopa».
Pues las fuerzas contrarias solamente obtienen las energías que necesitan con tanta urgencia para hacer un poco más soportable su miserable condición por medio de sus sentimientos y pensamientos negativos. Así pues, incitan, atraen, seducen, inquietan y atemorizan; y todo lo que después surge y se libera como energía en los sentimientos, pensamientos, palabras y acciones de las personas constituye su elixir de vida. Las personas no saben que se convierten en fuente de energía para los poderes oscuros, los cuales tienen un único objetivo: atarlas mediante lo que hacen bajo su influencia, mantenerlas en sus hábitos negativos con la intención de apoderarse luego de esas almas cuando, después de abandonar el cuerpo —es decir, tras la llamada muerte de la persona—, lleguen a ámbitos inferiores de las almas debido a la escasa luz de su alma.
Esta es la estrategia que las tinieblas han utilizado durante eones y que intensifican en este tiempo. Contemplen la situación en las distintas regiones de la Tierra, pero observen también su propia vida. Encontrarán muchas situaciones en las que perdieron su centro, en las que les sobrevino un acontecimiento que despertó algo negativo dentro de ustedes. Y precisamente eso es lo que esperan las tinieblas.
Quien se entrega a los temores, las preocupaciones, las agresiones y muchas cosas más generados de esta manera mantiene en su miserable condición, mediante las energías que entrega, a aquellos a quienes en realidad quería conducir hacia la luz.
Ninguno de Mis hijos humanos es todavía tan perfecto que ya no esté expuesto a las tentaciones y ataques del mal o que estos ya no puedan provocar resonancia dentro de él. Todo aquello que aún permanece dentro de ustedes como debilidades y errores humanos es tocado por las más diversas circunstancias, comienza a vibrar y ustedes recaen en sus antiguos patrones de conducta. De esta manera, Mi adversario y el de ustedes procura por todos los medios mantener a las personas de todo el mundo en un estado de intranquilidad y temor incesantes; y las personas, en su ignorancia, caen en la trampa y se hunden cada vez más en este remolino de energías negativas.
Esta es una de las caras. Ahora iluminemos la otra.
Todo cuerpo humano contiene un alma, y esta, a su vez, un ser espiritual que procede de Mí: un hijo radiante, una hija radiante. Quien ha reconocido estas relaciones puede decidir, gracias a la fuerza que Yo soy dentro de él, pensar y actuar en una u otra dirección y, con ello, orientar sus antenas hacia Mí —el único proveedor de energía de amor— o dirigirlas hacia las tinieblas, que le hacen creer que por las energías que entrega recibirá un precio bueno y elevado en forma de las más diversas satisfacciones del ego.
En verdad les digo: es un precio elevado, pero en otro sentido.
La solución de las dificultades en las que se encuentran Mis hijos humanos es evidente: en los momentos en que perciban que comienzan a intranquilizarse interiormente, que los temores se extienden, que deseos persistentes exigen con apremio ser satisfechos, que las preocupaciones por el futuro quieren dominarlos o que surge dentro de ustedes el enojo contra su prójimo, vengan a Mí. Reconozcan el intento de debilitarlos, reconozcan el trasfondo y digan:
«Señor, soy Tuyo. Tú me ayudas a superar aquello que me inquieta, me atemoriza o me enoja; pues salí para rescatar Contigo y conducir de regreso al hogar aquello que cayó. Estoy Contigo con mi amor, aunque todavía sea imperfecto. Puedo venir a Ti en cualquier momento y sé que inmediatamente Tu protección me envuelve como un manto de luz».
Esta protección es amparo, confianza, seguridad, fuerza y claridad. En esta luz se disuelven poco a poco la inseguridad, el temor, las necesidades, la intranquilidad, las dudas, el desorden y muchas otras cosas.
Y quienes querían tentarlos y obtener energía de ustedes se retirarán sin haber logrado nada, pues deberán reconocer: «Aquí un hijo, aquí una hija de Dios, ha tomado la mano del Amor. Aquí un hijo de Dios se esfuerza por vivir este amor. Aquí fracasan nuestros ataques».
Entonces tú, hijo Mío, reconocerás las fuerzas con las que te he dotado y aprenderás a utilizarlas y ponerlas al servicio de tu bien y del bien de todos. Emplearás tu potencial creador y, en vez de entregar energía involuntariamente, darás conscientemente energía de amor a este mundo. Todo pensamiento positivo es una acción creadora; con cada pensamiento de amor, compasión, ayuda, salvación y crecimiento —dirigido a que suceda aquello que es bueno y conforme a Mi voluntad— te conviertes en colaborador en la construcción de un mundo nuevo y mejor. Incluso cuando una situación todavía no sea como la deseas o imaginas, puedes, al aceptarla, introducir en ella tus energías, que son Mis energías. Con cada buen pensamiento contribuyes a que aquello que debe llegar a ser también llegue a serlo: sin dudas, pero con el conocimiento y la certeza de que soy Yo quien actúa por medio de ti.
Esto es pensar y actuar creativamente; estas fuerzas se encuentran dentro de ti. Con ellas fortaleces Mi energía divina en este mundo y llevas luz a las tinieblas para que puedan reconocerse a sí mismas, si así lo desean. Ya no eres un juguete derribado por toda noticia negativa. Ya no pierdes tu centro, sin importar lo que suceda a tu alrededor, pues estás Conmigo. Y fracasarán todos los intentos de seguir extrayéndote energía.
Así, amado hermano Mío, amada hermana Mía, contribuyes a la obra del regreso al hogar; y tú mismo sentirás cómo cambia tu vida, cómo todo se transforma para bien, cómo se vuelve más fácil y luminoso, y cómo las preocupaciones se disipan como la niebla bajo el sol. Vivirás Conmigo con esta conciencia: «Soy Tuyo. Juntos transformamos el mundo; Te doy gracias, me abro y no deseo ser otra cosa que un hijo al que Tú puedas utilizar en este mundo».
Ven, te tiendo Mi mano. Tómala, como ya lo has hecho tantas veces. Caminemos juntos. Nada te sucederá, nada podrá inquietarte. Caminarás por la Tierra como un ser que recuerda a las personas Mi amor, Mi fuerza y las posibilidades que se encuentran dentro de cada ser humano.
Bendigo este círculo y, más allá de él, a todas las personas y almas de quienes soy hermano en Jesucristo, pero de quienes soy al mismo tiempo Padre, porque proceden de Mí como Mis hijos e hijas. Cuando bendigo, esto significa que fluye amor, que fluye energía, la cual tú —si así lo deseas— puedes acrecentar mediante tu vida. Amén.
Revelación divina
Mis amados hijos, desde Mi corazón paternal quiero darles todavía algunas palabras para el camino.
Aunque Mi revelación fue seria porque su tiempo es serio, les pido que dirijan una y otra vez su mirada hacia adelante. En ocasiones es necesario mencionar y mostrar las cosas, pero sería completamente equivocado sumirse en ellas, cavilando, y aferrarse obstinadamente a ellas.
Deben mirar hacia adelante. Deben recordar una y otra vez, y vivir conscientemente con ese recuerdo, que son Mis hijos y, por tanto, de origen divino; que soy Yo quien los acompaña; que soy Yo quien vive dentro de ustedes para siempre y de manera inextinguible; que hago fluir hacia ustedes toda la fuerza que necesitan para su camino por la vida y para cumplir la tarea que se propusieron; y que cuido de que puedan atravesar este mundo sin sufrir daño para ser un ejemplo, si ese es también su deseo y su voluntad.
Recuerden siempre que amo por igual a todos Mis hijos, también a quienes caminan en la oscuridad e intentan seducirlos. Una vez más: también a ellos los amo con el mismo gran amor que les pertenece a ustedes.
Por tanto, como ellos también poseen el libre albedrío, que respeto bajo cualquier circunstancia, no les impediré llevar a cabo sus propósitos. Sin embargo, solamente pueden realizar sus intenciones allí donde encuentran personas débiles y dispuestas a obedecerles. Por eso Mi amor por ustedes y Mi protección no consisten en debilitar a su «adversario», sino en fortalecerlos a ustedes. Pues todos los ataques rebotan contra quien es fuerte en el amor, y tarde o temprano también las tinieblas recapacitarán. No serán derrotadas como se entiende en el sentido mundano, sino que reconocerán que únicamente el camino del amor conduce a Mi corazón. Todos aquellos que todavía están contra Mí se acercarán llenos de arrepentimiento, y Yo los estrecharé entre Mis brazos.
En verdad, así será.
En su esfuerzo y empeño no olviden tampoco que Yo soy la alegría. Esta alegría debe permanecer siempre en su corazón, pues solamente desde la alegría pueden recorrer el camino, que no siempre es fácil; no con obstinación, temor ni ambición, sino llenos de confianza y de alegría del corazón, sabiendo que estoy con ustedes. Amén.