El grupo del área metropolitana de Colonia se reunió los días 15 y 16 de octubre de 2011 para celebrar su cuarto seminario. Se trató principalmente del «trabajo interior» en todas sus facetas. Durante nuestro encuentro, el Señor nos dirigió la palabra repetidamente; en parte a nosotros como comunidad y, en parte, mediante alocuciones personales. Hemos decidido publicar las revelaciones que podrían ser de interés general.
Revelación divina
Mis amados hermanos y hermanas, no se sorprendan de que los reciba con Mi palabra revelada al comienzo mismo de su encuentro. Estoy en medio de ustedes y, al entrar en este recinto, he traído Conmigo a muchos de sus amigos del más allá y también a almas invitadas a participar en su encuentro.
Aunque Mis palabras de hoy son serias, están sostenidas por Mi amor y expresan Mi alegría porque sus corazones están completamente abiertos, porque están dispuestos a recorrer Conmigo este camino sobre la Tierra y porque han dicho sí a aprender en él. ¿Qué clase de Dios sería Yo si viera y escuchara las preguntas de Sus hijos, pero no las respondiera; si les negara Su voz y Su ayuda allí donde necesitan urgentemente palabras y fortaleza divinas?
Por eso quiero anteponer a su encuentro de hoy Mi palabra, a la que doy el título «Nadie puede servir a dos señores», y les explicaré lo que quiero decir con ello.
Todos ustedes se han reconocido como seres espirituales, como criaturas del cielo. Saben de dónde vinieron, saben por qué están aquí y saben adónde van. Todos tienen ante sus ojos una meta más o menos clara. Y quiero hablarles acerca de esta meta y del camino que conduce a ella.
Me han reconocido como el Amor, y Yo les he dicho que dentro de ustedes se encuentra el mismo amor. Y conforme a la ley que ya les he explicado muchas veces —que lo igual atrae a su vez a lo igual—, atraigo a todas Mis criaturas hacia Mi corazón.
Esta es Mi voluntad y, por tanto, ¡sucederá!
Ahora te pregunto a ti, a ti y a ti: ¿es esta también tu meta? Y te pido que reflexiones cuidadosamente sobre la respuesta. Naturalmente sabes que algún día volverás a estar en Mis brazos. Pero ¿es esta la meta que ya tienes ahora ante tus ojos? ¿Has dirigido ya todo tu anhelo hacia esta única meta, que consiste en amarme a Mí y, con ello, a tu prójimo y a ti mismo? ¿Soy Yo aquel con quien hablas y vives en tu vida cotidiana? ¿Soy la meta de la que no permites que nada te aparte, como dos personas que se aman se encuentran y nada puede impedirlo?
Si esto es así, hermano Mío, hermana Mía, te digo: las fuerzas de los cielos fluyen hacia ti multiplicadas por mil, y recorrerás con seguridad tu camino hasta estar nuevamente Conmigo.
Para alcanzar una meta es necesario conocer el camino que conduce a ella; no basta con creer, como afirma su filosofía oriental, que el camino por sí solo ya es la meta. ¡Yo soy la meta de todas Mis criaturas! Y cada una, lo sepa o no, se encuentra en el camino hacia Mí y no puede perderse. La única diferencia es que muchos de Mis hijos humanos recorren caminos en los que no les va muy bien porque los siguen conforme a su voluntad propia o porque fueron seducidos.
Otra consideración es esta: ¿de qué manera quieres recorrer tu camino o ya lo estás recorriendo? Les digo que existen muchos caminos y muchas maneras de recorrerlos; hay caminos fáciles y caminos difíciles. El camino que una persona elige está sujeto a su libre albedrío. También depende del pasado que posea, pues el pasado, posiblemente con muchísimas encarnaciones, marca al alma y al ser humano y determina así —al menos parcialmente— el camino que se encuentra ante la persona. Pero, sin importar el camino que se elija, debe recorrerse con plena claridad, conciencia y decisión.
Quiero darles una imagen al respecto. Hay caminos para los que necesitan botas de hule y otros para los que necesitan botas de senderismo. ¿Qué sucede si llevan una bota de hule en un pie y una bota de senderismo en el otro? ¿Pueden imaginar que no será cómodo caminar así? Tarde o temprano tendrán dificultades, aunque en ambos casos se trate de calzado.
Cuando les dije «nadie puede servir a dos señores», quise decir: ponte botas de hule o botas de senderismo, o, si quieres, sandalias, o camina descalzo; pero no comiences a mezclar cosas diferentes.
Lo mismo se aplica cuando te encuentras en el camino hacia Mí. Existen muchos mensajes en el mundo, y todos poseen su propia orientación y vibración. Sería bueno que cada uno se decidiera por un solo camino, es decir, por un par de zapatos de la misma clase, y no sucumbiera a la tentación de mezclar. De lo contrario entrarán, lo quieran o no, lo sepan o no, en un campo de tensión que, en el mejor de los casos, los mantendrá en el mismo lugar y, en el peor, los desgarrará interiormente.
Es como si quisieran bajar por un río en dos botes: la pierna izquierda en uno y la derecha en el otro. Cuando alguien se acerca y les advierte que esto podría ser peligroso, muchos dicen: «Pero si es la misma agua». Sin embargo, Yo les digo: el agua tiene corrientes diferentes, corrientes cuya intensidad y dirección ustedes muchas veces no reconocen.
Por tanto, quien quiera recorrer su camino hacia Mí, que lo haga decidiéndose por un par de zapatos de la misma clase. No les digo cuál deben elegir; solamente les acerco las leyes y les doy impulsos. Todo lo demás está sujeto a su libre albedrío, que decide hacia dónde se sienten atraídos. Por ello tampoco existen —estrictamente hablando— caminos correctos o equivocados, ni siquiera desvíos, pues todos son caminos de reconocimiento, aprendizaje y maduración. Pero sí existen caminos que, como ya dije, se lo hacen más fácil o más difícil.
Solo les digo: decídanse y recorran entonces un trecho con sus zapatos. Y si descubren que no es el camino que habían imaginado, cambien de zapatos y corrijan su recorrido. Pero no comiencen a mezclar.
Si quieren, intercambien opiniones en este círculo sobre lo que acabo de revelarles. Contiene una ayuda mayor de la que quizá puedan reconocer en este momento, pues también el peligro es mayor de lo que creen.
He hablado muchas veces de que nunca están solos; no solamente ustedes, sino ninguna persona en todo el mundo. Junto a ustedes están las fuerzas de los cielos, que quieren guiarlos y apoyarlos, pero también están presentes las fuerzas de la oscuridad, que quieren dificultarles el camino. Y dondequiera que en el mundo se unan personas para avanzar juntas en Mi Espíritu, no crean que las tinieblas observarán pasivamente cómo avanzan hacia la luz. Que logren perturbar o incluso destruir depende exclusivamente de quienes recorren el camino; depende de si tienen una meta clara ante sus ojos y orientan su anhelo, su amor y su vida hacia esa meta, hacia Mí.
Tengan la certeza de que los amo por encima de todo y de que les doy ayuda, apoyo y guía directa hasta donde Me sea posible debido a su libre albedrío. Pero sepan también que el adversario no duerme. Que pueda influir sobre ustedes depende exclusivamente de su firmeza, de su amor, de su sí a Mí y de su petición de fortaleza.
Los bendigo, bendigo estas horas, y tengan la certeza de que estoy con ustedes, como siempre estoy en medio de quienes Me aman.
Amén
A la siguiente palabra revelada la precedió una conversación sobre el término «Señor» y también sobre por qué se llama a Dios únicamente «Padre» y no también «Madre», siendo que Él lo es todo.
Revelación divina
Yo soy su Dios, el Señor de la creación, y en el mundo espiritual Mi nombre tiene otro sonido. Aquí, en su Tierra, está asociado con conceptos negativos. Pero, en verdad, les digo: los abrazo en el profundo amor del Padre, los bendigo, y ustedes son Mi bendición para el mundo. Pues cuando han abierto su corazón, Mi amor fluye incesantemente a través de ustedes. También así fluye Mi vida a través de ustedes, pero en la fuerza del amor es un poco diferente, porque toca el lado oscuro de Mis hijos que se apartaron de Mí.
Y aquí cobra importancia la palabra «Señor», pues, en verdad, ellos quisieron ser mayores que Yo. Tuve que hacerles comprender que, a pesar de todo el amor, Yo soy el Señor. Y como Yo soy el Amor, tuve misericordia y creé un lugar para Mis hijos donde pudieran aprender y desarrollarse. Una y otra vez envié a Mis hijos desde lo alto hacia la oscuridad como compañeros de lucha.
Ahora ustedes están aquí, en este planeta; estoy ante ustedes y Mi corazón de Padre está completamente abierto. Los bendigo y, en el amor, dibujo una cruz sobre su frente para que en el tiempo venidero esta cruz ilumine la oscuridad y, al mismo tiempo, les muestre el camino, de modo que sepan que están unidos Conmigo.
Cuando Me dicen: «Te amo, Padre», esto alegra Mi corazón, y Yo les respondo: «Te amo, hijo Mío. Te amo y te mantengo estrechado contra Mi corazón».
Así como en la Tierra existen un padre y una madre, Yo soy —aunque en una sola persona— Dios Padre y Madre. Solamente que a algunos, como desde el principio no aprendieron otra cosa, les resulta mejor creer en un Dios Padre. Pero, hijo Mío, si Me llamas Madre, esto también se encuentra dentro de Mi orden divino. Por tanto, soy para ustedes Padre y Madre al mismo tiempo.
Quiero recordarles nuevamente que, cuando bendigan, consideren que dirigen su amor también hacia la hija que causó la caída de la creación. Pues ella necesita muy especialmente el amor de ustedes, y también por esta hija vinieron a la Tierra para ayudarnos a Mí y a Mi hija, su hermana.
Ténganlo presente una y otra vez y consideren si pueden decir: «Padre, Te amo; pero, Padre, también la amo a ella, y me alegro cuando todo vuelva a estar unido en la unidad, cuando todos hayan regresado. Pues para ello salí: para contribuir a que todos mis hermanos y hermanas encuentren nuevamente el camino de regreso al hogar».
Vean, ustedes están aquí en este círculo y emiten una luz que resplandece hacia la eternidad. Es una luz que toca también los planos que aún están oscuros. Y ante quienes permanecen asombrados y se maravillan de que existan hijos humanos que aman a Dios, que dijeron sí a este camino terrenal y luego lo emprendieron, Me he puesto en su camino y les he dicho: «Aquí, hijo Mío, aquí estoy. Realmente existo; y créeme, soy un Dios que habla, un Padre que habla». Muchos estaban y siguen estando asombrados, pues habían aprendido que Dios está en la lejanía, en algún lugar, quizá como una figura con barba blanca. El cielo está lejos, se les enseñó; el infierno está más cerca, y de alguna manera uno terminará en algún lugar. Entonces comenzaron a buscarme, y Yo les dije:
«Hijo Mío, Yo soy tu Padre. Te amo, siempre te he amado; y, si lo deseas, deposita en Mi mano tu vida y tu voluntad. Entonces te guiaré sobre esta Tierra y estarás unido Conmigo en la alegría, pero también en los caminos que a veces son dolorosos. Y cuando recorras caminos de sufrimiento, considera si todavía puedes decir: “Padre, Te amo”». Amén.
Revelación divina
Desde Mi corazón de Padre fluye hacia ustedes Mi alegría y entra en sus corazones abiertos, en los corazones de Mis hijos a quienes amo, que Me aman y a quienes estoy tan cerca.
Todos Mis hijos son hijos de la luz y, por tanto, perfectos. Todos proceden de Mí y llevan así Mi divinidad dentro de sí; y si abandonaron los cielos por motivos egoístas o si salieron para ayudar a sus hermanos y hermanas en los ámbitos fuera de los cielos, incluida la materia, no tiene gran importancia para Mí, pues los amo a todos por igual. Y tampoco debe tener gran importancia para ustedes cuando miran el mundo o a personas concretas. Cuídense de caer en el error de distinguir entre quienes proceden de la caída y quienes vienen de la luz, una distinción que, de todos modos, no pueden realizar sin equivocarse.
También un ser que parte de la luz hacia la Tierra está sujeto, al encarnarse, a las mismas leyes que un ser procedente de la caída. Pues Mi justicia exige las mismas condiciones para todos. Cuando un ser espiritual puro contempla en los cielos la necesidad y la miseria de sus hermanos y hermanas en la Tierra, puede surgir en él el deseo de ayudarlos. Entonces, provisto de Mi bendición de amor, abandonará los cielos y atravesará los distintos planos hasta llegar a la materia. Al hacerlo, alrededor de su cuerpo espiritual se colocan diversas envolturas del alma —denominadas alma en su conjunto—, que finalmente quedan rodeadas por la envoltura de materia sólida, el cuerpo humano.
Al descender a la materia, cada alma que viene de los cielos —y recalco cada una, pues esta ley también se aplicó a Mí cuando Me encarné en el hombre Jesús de Nazaret— asume voluntariamente cargas. Esto sucede, por una parte, porque no es posible existir como criatura perfecta de vibración energética y conciencia supremas en la materia con su baja vibración y, por otra, para servir de ejemplo a la oscuridad y mostrarle que los errores y debilidades, hayan sido asumidos voluntariamente o no, pueden superarse. Además, con cada superación y transformación de un error y una debilidad se alivia la culpa total surgida de la caída.
Mi justicia exige que a la oscuridad se le permita medirse con la luz. Esto significa que también los hijos procedentes de la luz son atacados y posiblemente seducidos; al menos, se intenta. Si sucumben total o parcialmente a estas tentaciones, después de la muerte física irán a ámbitos no tan luminosos, a planos que correspondan a su estado actual de conciencia. Entonces —al menos por el momento— les estará cerrado el camino directo de regreso a la patria pura y eterna. Pues ustedes saben: «Quien quiera entrar en el cielo debe llevar el cielo dentro de sí». El peligro de oscurecerse es lo que muchas veces he llamado el riesgo que corre toda alma procedente de los cielos.
Pero la gran ganancia puede y llegará a consistir en mover a muchos, mediante una vida de amor vivido, a abandonar sus acciones egoístas y volverse hacia Mí, la ley del amor. Y muchos de Mis mensajeros de la luz lo consiguen, pues están dotados de Mi bendición adicional de amor. Les digo: incontables seres están encarnados para llevar luz a este mundo en este tiempo difícil. No se encarnaron para combatir contra las tinieblas. Cuando se habla de un combate, son las tinieblas quienes lo libran contra la luz, y no a la inversa. Mis hijos de la luz salieron para ser pastores, de manera semejante a como Yo lo hice en Jesús, y encontrar y reunir a quienes se desviaron y extraviaron y permiten que se los reúna. Pues, como les dije: «No son los sanos quienes necesitan médico, sino los enfermos».
No importa con quién se encuentren en esta Tierra; recuerden que no tiene importancia si procede de la caída o de la luz. Ante Mí todos son iguales. Pero tampoco cometan el error de empequeñecerse suponiendo que, debido a toda la pecaminosidad que descubren o creen descubrir en ustedes, posiblemente sean hijos de la caída. Con ello dirigen su mirada hacia lo negativo y bloquean su propio desarrollo. Esto es lo que desea la oscuridad.
Les digo: todos aquellos que se pronuncian a favor de Mí, cuyos corazones se han encendido y que se esfuerzan por amar a su prójimo son hijos de la luz y pertenecen a la multitud infinitamente grande de quienes se colocaron a Mi lado para traer el amor a la Tierra en este tiempo.
Ayer hablaron sobre los faros. Recuerden: tienen en sus manos la posibilidad de generar energías positivas o negativas y liberarlas dentro de este mundo. Si lo hacen, por ejemplo, en su círculo, como lo hicieron ayer, entonces, como les he dicho, transforman este mundo.
Les doy nuevamente una imagen: compárense con guardavidas dispuestos a asistir a su prójimo en la necesidad. Es completamente lógico que hayan tenido que aprender y dominar su oficio. Por tanto, aprender a nadar no es en este caso un fin en sí mismo, ni se emplea esta capacidad, lleno de ambición, para practicar este deporte con el propósito de presentarse como más grande, fuerte y brillante que el prójimo. Si se aprende para ayudar al prójimo en su necesidad, constituye una necesidad sin la cual un guardavidas no puede cumplir su misión.
¿Ya se consideran guardavidas? Les digo: son guardavidas, pero esto implica también que deben aprender gradualmente a nadar. En esta fase de preparación existe cierto riesgo, pues las tinieblas los reconocen —reconocen a todo hijo procedente de la luz— y, naturalmente, procuran derribar a cada hijo de la luz, a cada mensajero de la luz. Por tanto, intentarán impedir por todos los medios que un guardavidas aprenda a nadar; e incluso cuando ya haya aprendido, pondrán todo su empeño en bloquearlo mientras realiza su «servicio de rescate». Para ello poseen muchas posibilidades que no necesito enumerarles individualmente, pues ustedes las conocen. Las encuentran en su vida cotidiana y dentro de ustedes mismos cuando se observan con sinceridad.
Ustedes saben —no solamente creen, sino que saben— que Yo soy el Amor. Y saben que también ustedes son amor; que llevan dentro de sí un poderoso potencial de fuerza de amor que todavía no pueden comprender. De ello surge para más de uno entre ustedes una discrepancia: «Padre, si llevo Tu amor dentro de mí, ¿cómo es posible que una y otra vez caiga en esta o aquella deficiencia?».
Vean, en este punto de la pregunta comienza la verdadera actividad de aprender a nadar. Pues miro dentro de sus corazones, veo su amor, su buena voluntad y sus mejores intenciones. Pero también veo los bloqueos que aún existen en ustedes. Estos bloqueos deben ser examinados —el conocimiento de sí mismos es aquí la palabra clave— y luego disueltos con Mi ayuda. No tiene sentido entrar una y otra vez en la misma situación con la mejor intención y fracasar repetidamente, para llegar finalmente a la convicción: «Al buen Dios le resulta fácil hablar; conmigo no funciona». Entonces pregúntate, hijo Mío: ¿te has observado realmente? ¿Has reconocido lo que te impide poner en práctica aquello que deseas con un corazón puro?
Este es el camino, y estoy a tu lado en este camino de reconocimiento y disolución o transformación de tus bloqueos. Esto es lo que llamo trabajo interior. Y superar con éxito este trabajo interior es también lo que puede convencer a escépticos y personas que dudan de que es posible transformarse con Mi ayuda. Sin embargo, presupone algo, y este aspecto se pasa por alto con frecuencia: cuando se han reconocido en este o aquel punto, al reconocimiento debe seguir el paso siguiente, y este paso se llama «decisión». Deben decidir si quieren comenzar a superar este error o esta debilidad Conmigo.
No digan precipitadamente: «Quiero, Padre». Examínense antes, pues si su decisión no procede de lo profundo de su corazón, le falta un elemento decisivo. Ciertamente llega entonces a Mi oído, pero Mi ayuda solo puede actuar de manera limitada porque no intervengo en su libre albedrío. Y si este libre albedrío no dice verdaderamente: «Padre, por amor a Ti quiero cambiar», y si ustedes no comienzan entonces seriamente, con las ayudas que les doy, a realizar los primeros cambios pequeños o quizá incluso grandes, no sucederá nada fundamental.
Según el error o la debilidad de que se trate, quizá no se necesite un gran trabajo, sino que basten una orientación sincera hacia Mí —acompañada de arrepentimiento si es necesario— y la petición: «Padre, ayúdame». Entonces puede suceder que despierten por la mañana y perciban que algo se ha disuelto. Pero esto, Mis hijos, ciertamente no es la regla; en muchos casos también sería demasiado sencillo. Lo importante es que se reconozcan a ustedes mismos y digan sí voluntariamente a una transformación que no siempre resulta completamente fácil, pero que en todo caso recibe Mi apoyo.
Entonces conduzco hacia ustedes a las personas con quienes y mediante quienes pueden «practicar»; los conduzco a las situaciones en las que pueden aplicar de manera práctica lo que se propusieron. Les daré los impulsos necesarios para ello y haré que estén atentos, de modo que reconozcan: «Atención, esta es una de esas ayudas de mi Padre. Y aquí decido ahora reaccionar de manera distinta de como lo hice hace días y semanas». Entonces alégrense, alégrense por sus pequeños pasos. Los primeros pequeños pasos se convertirán en muchos, y muchos pasos pequeños se convertirán en pasos grandes. Entonces miren atrás y observen lo que hemos logrado juntos.
Esta será la base para formar confianza, encontrar el valor y experimentar la alegría de dar los siguientes pasos pequeños o también grandes.
De este modo, Mis amados, se convertirán en los mensajeros de la luz que ya son en su interior, y encontrarán la tarea que se propusieron en los cielos y la plenitud que convierte la vida Conmigo en una aventura. Así llegarán a ser una ayuda verdadera para todos aquellos que esperan poder orientarse por personas que les muestren con su vida lo que significa esforzarse por vivir el amor vivido.
Esta es la actuación responsable de todos aquellos que salieron voluntariamente para rescatar y conducir de regreso al hogar. Examinen si esto los interpela en su interior. Es el trabajo de aprender a nadar que un guardavidas debe realizar primero para poder actuar después. El cielo les da toda la fuerza necesaria.
Los bendigo, y ustedes perciben la energía de esta hora; perciben que sus corazones han sido elevados y están muy cerca de Mí. Mi fuerza los acompaña no solamente durante las próximas horas y días, sino en su vida y en todas las decisiones que adopten. Los amo, Mis hijos y Mis hijas, quienes, al mismo tiempo, también son Mis hermanos y hermanas como Jesucristo. Amén.