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Palabras serias en un tiempo serio

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Ernste Worte in einer ernsten Zeit

Fecha original: 9 de abril de 2011

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina (como respuesta a una oración)

Amado hermano Mío, mientras dejabas fluir de tu corazón palabras de amor, Yo, Cristo en Dios, su Señor, entré en medio de ustedes. He intensificado la luz y la fuerza de tus palabras, y de Mis brazos extendidos fluye el amor reconfortante que he traído de los cielos para cada uno de ustedes.

Aunque sus ojos no puedan verlo, sepan esto: «No solamente está reunido aquí este pequeño grupo, sino que muchos de sus hermanos y hermanas procedentes de todos los ámbitos del ser están Conmigo entre ustedes y a su alrededor».

Por tanto, continúen en Mi nombre y tengan la certeza de que Yo, su Señor, he bendecido y santificado esta hora. Amén.

Revelación divina

Mis amados hermanos y hermanas, el tiempo en que viven y el tiempo que aún tienen por delante fueron anunciados desde hace muchos siglos por profetas y videntes, por personas a quienes inspiré y a través de quienes alcé Mi palabra. Y esto por una sola razón: advertir a Mis hermanos humanos para que se dejen guiar por Mí y se acojan a Mi protección, pues no existe otra seguridad que la seguridad en Dios. Quien les enseñe algo diferente es ignorante o quiere seducirlos.

Yo, el Amor, los he llamado aquí, los invité y ustedes siguieron Mi llamado. Esta no es la primera vez que, por medio de impulsos que Yo doy, se reúnen en Mi nombre. Muchos de quienes escuchan y leen Mi palabra ya lo experimentaron frecuentemente durante los siglos pasados. La mayoría de las veces no eran conscientes de que era el Amor —que había sido el Amor— quien los llamaba, los reunía, los instruía y los bendecía.

Siempre fui Yo quien entró entonces en medio de ustedes y permaneció allí, tal como ahora estoy con ustedes. Para expresarlo con sus palabras humanas: somos viejos conocidos, amigos procedentes de la luz que se aman.

También hoy quiero aprovechar la oportunidad para llamar su atención, en este tiempo difícil, sobre un aspecto que la mayoría de las personas desconoce o que, aun conociéndolo, no toma en cuenta.

Ustedes tienen un proverbio que dice: «Quien se expone al peligro, perece en él». No se reconoce la verdad ni la profundidad de estas palabras, pues al decirlas se piensa únicamente en un peligro exterior y visible, mientras que el verdadero peligro procede de lo no material. Esto es mucho más peligroso, porque resulta difícil combatir contra un adversario a quien no se ve ni se escucha, y porque ni siquiera es posible enfrentarse a un adversario cuya existencia se desconoce.

Cuando hablo de «combatir», no Me refiero al procedimiento habitual en el que se emplean medios violentos. La luz, de cuyo lado están muchos de Mis hijos, combate con la espada del amor y el escudo de la sabiduría.

El combate del que ya he hablado tantas veces —el combate de las tinieblas contra la luz— se libra en su inmensa mayoría en lo invisible. Lo que experimentan en su mundo es solamente la punta visible de un «iceberg» infinitamente mayor. Es una lucha por la energía; esto también se lo he revelado repetidamente, pues el bando contrario —que, pese a todas sus malas intenciones, son y siguen siendo sus hermanos y hermanas— necesita energía con urgencia, porque no recibe energía divina para su actuación contraria a la ley.

Por tanto, pone todo su empeño en influir sobre las personas para luego vivir de las energías negativas que se producen mediante la conducta correspondiente y ejercer poder.

Ya como Jesús de Nazaret hablé de que deben temer más a quienes pueden perjudicar su alma que a quienes quieren hacer daño a sus cuerpos. ¿Quién ha reflexionado sobre estas palabras? ¿Cómo se perjudica un alma? ¿Cómo es posible robar energía a un ser humano y a su alma, debilitándolo y atándolo de ese modo?

Todos conocen la ley de atracción. También las fuerzas contrarias conocen muy bien esta ley; constituye la base de su existencia y trabajan con ella tocando las características negativas de las personas, de manera que estas se vuelvan receptivas a las grandes y pequeñas insinuaciones oscuras en sus miles de formas. Así se avivan las preocupaciones, se provocan temores, se generan miseria, necesidad y enfermedad, se amenaza la existencia de las personas, se refuerzan las debilidades humanas de carácter y muchas cosas más.

Cuando miran el mundo, ven hasta qué punto ha avanzado ya este proceso. En su ignorancia, la gran mayoría de las personas conoce un solo medio de defensa: procurar protegerse exteriormente contra las incertidumbres de su vida.

En verdad, les digo: ¡es imposible protegerse de esa manera para poder eludir el propio destino! Esto significaría que el ser humano sería capaz de invalidar Mi ley, una ley que es amor purísimo, aunque la mayoría no la vea ni la comprenda de ese modo. Pero ella sirve exclusivamente para mover al ser humano a detenerse y reflexionar, a cambiar de rumbo y de conducta.

El peligro en el que se encuentran las personas que siguen sus inclinaciones egoístas es muy real. Ciertamente un alma no puede perecer en ese peligro, pero sí puede quedar empobrecida de energía, ser perjudicada y establecer una atadura muy fuerte y prolongada con las fuerzas a las que sirve.

Yo soy el Amor omnipotente, y omnipotente significa que no existe fuerza mayor ni más abarcadora que la Mía. Aquí reside la solución, concretamente la solución para todos y cada uno de los problemas de este mundo, por grandes que sean. Pues nada es más grande que Mi amor omnipotente.

Por tanto, la única seguridad que puede encontrar el ser humano consiste en esforzarse por vivir conforme a Mi ley. Digo conscientemente «esforzarse», pues mediante su esfuerzo sincero Me tienden la mano; y, si no vuelven a soltar Mi mano, extiendo sobre ustedes —hablando de manera figurada— un paraguas que les advierte y los protege de los peligros que vendrían o vienen sobre ustedes cuando están sujetos a la ley del bando contrario.

Esforzarse significa examinar los propios pensamientos, palabras y acciones; significa tomar, a partir del conocimiento que Yo les regalo, la decisión correcta, para la cual les doy Mi fuerza. Esforzarse significa superar de este modo, paso a paso, las insinuaciones e influencias de la oscuridad; significa recorrer el camino que conduce Conmigo hacia la luz y fortalecerse cada vez más al hacerlo.

En la mayoría de los casos, la guía que entonces comienzo a ejercer no resulta inmediatamente comprensible para ustedes. A menudo sucede de forma imperceptible e indirecta, mediante las llamadas «casualidades», los encuentros y una infinidad de detalles que ni siquiera perciben, pero que en determinadas circunstancias les impiden, por ejemplo, acudir a una cita o poner una firma, o que, por el contrario, los llevan a conocer personas y aprovechar oportunidades. Dispongo de todas las posibilidades para guiar individualmente a cada uno de Mis hijos; y quien atraviesa su día con atención y no cree en la casualidad reconocerá muy pronto dónde intervino Mi mano.

Será guiado a través de los tiempos difíciles que vienen sobre ustedes con la seguridad de un sonámbulo. Esto no significa que él tampoco se verá en situaciones que no sean sencillas. Pero precisamente en este tiempo han venido a este mundo innumerables mensajeros de la luz para anunciar Mi amor y ser ejemplo incluso cuando exteriormente no todo transcurra sin dificultades; obtienen de Mí su fuerza en su interior y atraviesan el tiempo llenos de confianza, sabiendo que Yo, el Amor, no cometo errores. Reconocen que los golpes del destino contienen muchas veces mensajes que invitan a emprender un proceso de aprendizaje pendiente, para luego permanecer más rectos y luminosos. Y saben que cada uno es guiado por la ley a la que se confía y sirve.

Los mensajeros de la luz que se deciden por Mí ya no están sujetos a los peligros antes mencionados. Se convierten en faros para quienes los rodean y, aun en tiempos difíciles y sumamente difíciles, mantienen en alto la luz que todavía resplandece en la oscuridad incluso bajo las condiciones más adversas.

Doy a todo aquel que se decide por este camino toda la fuerza que necesita. Camino con él, camino a su lado, y juntos realizaremos milagros; juntos seremos luz también en este tiempo oscuro. Esta es Mi promesa para todo aquel que Me tiende la mano y con ello dice: «Señor, Te amo». Amén.

Revelación divina

Desde los días en que Yo, Cristo en el Padre celestial, como el Amor encarnado que redime, como la luz y la salvación del mundo, caminé sobre esta Tierra en Jesús, han transcurrido dos milenios de su tiempo humano, y este tiempo ha visto venir y partir a incontables generaciones de Mis hermanos y hermanas, hijos de los cielos.

Poderoso fue el despertar que Yo, el Amor divino que todo lo abarca, inicié entre los seres humanos mediante Mi mensaje de fraternidad sin concesiones y servicio desinteresado. Quienes despertaron en Mi Espíritu y reconocieron quién permanecía entre ellos procuraron seguir Mis huellas y recorrer el sendero de purificación del alma y del ser humano para seguirme verdaderamente a Mí, su Salvador, el amor ardiente de su corazón.

Les había encomendado ser un modelo luminoso y un ejemplo amoroso para sus hermanos y hermanas hambrientos e ignorantes; liberarse de la angustia y el temor, del sufrimiento y el extravío de este mundo, y salir de la oscura prisión espiritual que ellos mismos habían creado hacia la libertad ilimitada y la luz sin sombras de una condición consciente y verdadera de hijos de Dios.

Entonces, como en todos los tiempos, eran Mis mensajeros de la luz encarnados, en cuyas almas está grabada de manera indeleble la misión celestial que una vez eligieron libremente, quienes están llamados a seguir Mi ejemplo y servir desinteresadamente a su prójimo en Mi nombre. Esto significa enseñarles también e instruirlos en que Yo soy la vida dentro de ellos; que los amo de manera indecible y nunca los abandono, sino que les he preparado el camino de regreso a los brazos del Padre, a fin de que la obra del retorno de todos Mis hijos e hijas perdidos alcance su culminación.

Quienes están llamados a apacentar Mis ovejas, conducirlas por el camino correcto y llevarlas a Mis brazos, y han aceptado y asumen su vocación con plena responsabilidad, ya han dado ellos mismos los pasos que transmiten a sus hermanos y hermanas necesitados de ayuda e ignorantes. Me han encontrado en su interior, para que Mi amor, misericordia y sabiduría puedan actuar y resplandecer cada vez más a través de ellos, pues su voluntad humana se ha unido en gran medida con Mi voluntad.

Solo aquello que llevan en su corazón y dan desde él —porque lo han vivido, superado Conmigo, experimentado y, en ocasiones, cuando fue necesario, también padecido— puede encontrar entrada en los corazones de sus hermanos y hermanas y madurar en ellos hasta convertirse en el fruto que, tarde o temprano, servirá para la salvación de su alma y de su ser humano.

Vean, este mundo se tambalea hacia el caos, pues sus días se acercan a su fin. Por tanto, escuchen: no anuncio el fin de esta Tierra, pero sí anuncio el fin del reino de las tinieblas en este mundo, pues está fundado en el odio y la enemistad, en la codicia y la envidia, en la vileza y la mentira, y en un desprecio sin precedentes por toda vida y sus leyes.

Desde que el ser humano pisó la Tierra —y este período se remonta mucho más lejos en el pasado de lo que está registrado en sus libros de texto—, hasta el día de hoy ha empleado gran parte de su energía vital, sin omitir nada, para atormentar y profanar este planeta perfecto que constituye su hogar; para envenenarlo y contaminarlo con radiación, saquearlo y despojarlo en nombre de su codicia insaciable e inextinguible de posesiones, poder y, como les dije, en última instancia, energía.

Como parte de su patria celestial, regalé al ser humano esta Tierra rica en tesoros para que le sirviera durante su peregrinación por la materia y tuviera preparado todo lo necesario para su bienestar y aún más. Sin embargo, no supo someterla y hacerla servir con amor y amistad, humildad y gratitud, como está escrito; por el contrario, violentó cruelmente su ser vivo y toda la vida que ella produce y sostiene en abundancia; sí, incluso procura «perfeccionarla» y «optimizarla».

«¿Quiénes son ustedes —pregunto a las autoridades con sus vestiduras insensatas— para arrogarse la obligación de servir como intermediarios entre Mis hijos y Yo? ¿Ustedes, que afirman actuar por encargo Mío? Sí, ¿ustedes, que se presentan como indispensables y necesarios para la salvación? ¿Cuándo alzaron alguna vez su voz para enfrentarse a las tinieblas a Mi lado? ¿Dónde estuvo y dónde está su clamor ante esas espantosas faltas de amor y esa injusticia clamorosa que devoran este mundo como una úlcera?».

Yo se lo diré: «Guardan silencio porque ellos —los servidores de la oscuridad— hace mucho que los incorporaron a sus filas».

Yo prediqué que el reino de Dios está dentro del ser humano, y exhorté a los Míos a no perseguir los tesoros perecederos del exterior ni atar a ellos su corazón. Enseñé como el mandamiento más grande el amor desinteresado a Dios y al prójimo, en el cual tienen sus raíces todos los beneficios de los que están hambrientos y sedientos los Míos en esta Tierra y todas las almas en los ámbitos del más allá. Enseñé: sean humildes y modestos, sean caritativos y misericordiosos, mantengan la paz entre ustedes.

Enseñé que el ser humano cosecha, tarde o temprano, aquello que siembra en pensamientos, palabras y obras. ¿Cómo podría haberle ocultado que —para madurar mediante la acción de esta ley y acercarse a Mí— camina sobre esta Tierra más de una vez, a fin de reconocer que la grandeza de Mi justicia y misericordia divinas no tiene límites? Por consiguiente, la justicia de Dios no es en lo más mínimo insondable, como ustedes enseñan y quisieran que fuera, sino que se dio y se da a conocer a los seres humanos, a la luz de la verdad, como comprensible, verificable e infalible.

Enseñé que quien toma la espada tendrá que sentir él mismo su filo. Pero ustedes bendicen las armas con las que los Míos procuran quitarse mutuamente la vida. Les digo: «¡No existen armas bendecidas ni guerras justas!». Nada de eso encontrarán en Mis palabras.

¿Qué han aportado ustedes, fariseos y escribas, excelentísimas autoridades y príncipes de este mundo, a la realización de Mi obra y a la glorificación de Dios en la Tierra cuando se miran en el espejo de esta medida?

Enseñan a los Míos una vida sin Dios. ¿Cómo podrían enseñar la verdad acerca de Mí si solamente Me estudian con su intelecto, pero no Me han buscado ni encontrado ni en sus libros ni en sus corazones? Les digo: «Así como el ser humano no puede vivir sin aire para respirar, tampoco puede acercarse ni un solo paso a su perfección sin llevar conscientemente una vida en Mí y Conmigo».

Y, además, sepan esto: «Más les valdría callar que seguir pecando contra el rebaño de Mis ovejas mediante sus palabras y actos erróneos y engañosos, pues están ciegos y lo conducen al error».

Con gran seriedad deposito Mi palabra de advertencia en los corazones de Mis hijos, pero no para atemorizarlos, sino para brindarles la instrucción y el esclarecimiento que les serán de utilidad duradera en medio del torrente abrumador de doctrinas e información al que está expuesto el ser humano. Quien permite que Mi enseñanza se convierta en la norma rectora de su vida, Mis amados, es sabio y verdaderamente bendecido y no dejará de alcanzar su meta.

Ahora que la medida está colmada, y que un efecto seguirá a otro y se manifestará, digo a Mis fieles: «¡Ustedes lo saben! He puesto en su interior todo lo que necesitan para este tiempo. Mi fuerza intensificada de luz y amor penetra toda la materia y produce en todas partes la compensación allí donde esta es necesaria; y todo lo oculto será sacado a la luz, como lo dispone la ley de causa y efecto».

Su Tierra seguirá siendo la morada del ser humano hasta el final de los días terrenales. Yo la sanaré y la renovaré. Esto significa que continuará siéndolo hasta que la perfección de todo lo caído haya avanzado tanto que ya no se necesiten la materia densa ni, por tanto, el espacio y el tiempo.

Les digo nuevamente: «Cuando la obra esté consumada, los abrazaré a todos sin excepción —también, por tanto, a Mis hijos que recorren sus caminos en la oscuridad más profunda y están contra Mí— en el reino de la luz, la bienaventuranza y la gloria. Pues allí se encuentra su verdadera patria eterna».

Te espero con anhelo, amado hermano Mío, y a ti, amada hermana Mía. Mira, Yo, el Amor en el Padre, he venido para tomar de la mano a los Míos, mostrarles el camino hacia el cielo y depositar para ello en sus corazones fuerza procedente de Mi fuerza y luz procedente de Mi luz.

Yo soy el que soy, Cristo en el Padre, la luz que habita dentro de ustedes en el tiempo y la eternidad. Amén.

Revelación divina

Alzo Mis manos para bendecir sobre sus cabezas. Vean, estuve, estoy y permaneceré tan cerca de ustedes. Estuve en medio de ustedes con muchos de sus amigos del mundo espiritual. Guié sus conversaciones, les di impulsos, les hice sentir Mi amor y conmoví hasta las lágrimas a más de un corazón. Si esto te sucedió a ti o a ti, entonces sabes: ¡fui Yo!

Deposito en sus corazones, en su conciencia, la irradiación de Mi amor divino. Ella los fortalece, no solo para los próximos días; los fortalece para su camino en este mundo y para su camino hacia Mí.

Ustedes son Mis amados hijos e hijas, y Yo soy y seguiré siendo por toda la eternidad su Dios, que es para ustedes Padre, Madre y Hermano, junto a ustedes y dentro de ustedes. Amén.