El grupo del área metropolitana de Colonia se reunió los días 19 y 20 de marzo de 2011 para celebrar su tercer seminario. Esta vez el tema fue «El trabajo interior»; y, aunque se trataba de «trabajar», se tenía la impresión de que nadie podía recibir suficiente de ello. Al finalizar nuestro seminario, el Señor nos habló, como ya había sucedido en los encuentros anteriores. También esta vez publicamos Su alocución en nuestro sitio de Internet. Pues, aunque Su palabra estaba dirigida a los presentes, no es difícil imaginar que más de una persona que no estuvo allí pueda sentirse interpelada en su interior.
Revelación divina
Yo soy el que soy, su Dios y Creador, a quien Mis hijos conocen como Padre, y Yo soy el Amor. Vivo en cada uno, y así vivo en ti, hijo Mío, y en ti, hija Mía, y estoy más cerca de ti que tus brazos y tus piernas. ¡Quien pueda comprenderlo, que lo comprenda!
Los llamé a reunirse durante este fin de semana y ustedes siguieron Mi llamado. Pasaron horas en íntima comunión Conmigo, y les digo: estas horas estuvieron bendecidas. Cada uno de ustedes, cuando abandone esta casa, será diferente de como era cuando llegó, pues Yo lo he transformado; Yo, el Amor, que tiene una sola meta: atraer nuevamente a todos Sus hijos a Su corazón.
Han hablado de que aquí, en su círculo, no sucede nada diferente de lo que sucedía hace dos mil años, cuando los Míos se reunían en Mi nombre. Y les digo: ¡en verdad, así fue y así es!
He venido a este mundo para traer el amor, enseñarlo y vivirlo como ejemplo, y Conmigo descendieron de los cielos una cantidad infinita de ángeles para acompañar y apoyar este propósito.
Y ahora, si quieren seguirme, los conduzco por un momento a su corazón, a sus sentimientos más íntimos: ¿Percibes, hijo Mío, que viviste aquel tiempo en que estuve entre los seres humanos? ¿Acaso no te soy tan extraño como te pareció durante muchos años? ¿Puedes dejar que surja dentro de ti un recuerdo —aunque sea tan solo un leve presentimiento— de cómo fue entonces, cuando Me viste y Me escuchaste? ¿Cuando miraste Mis ojos, cuando puse Mi mano sobre tu hombro y te dije: «Ven, ven y recuerda. Descendiste Conmigo. Nos hicimos una promesa en la patria eterna y nos hemos encontrado. Mira Mis ojos y descubrirás en ellos el amor del Padre»?
Estuve de pie ante ti y te envolví en Mi amor. Tu corazón se abrió, tu alma Me reconoció y dijiste: «Sí, estoy a Tu lado. Prometí contribuir a la victoria de la luz, y cumplo esta promesa». Y entonces recorrimos juntos este camino.
¿Me percibes? ¿Qué te dicen tus sentimientos? Amado hijo Mío, estoy tan cerca de ti.
Desde entonces han transcurrido dos mil años. ¿Qué significa este lapso en el espíritu? Menos que un parpadeo, y nuestra misión común continúa. La victoria de la luz no se alcanza combatiendo y derrotando a las tinieblas, sino permitiendo que estas se reconozcan en ustedes, en su vida y en su ejemplo, y cambien de rumbo.
Viven en un tiempo difícil, y se volverá aún más difícil. Muchos de quienes ya entonces estaban al lado de la luz, y una cantidad infinitamente mayor, han venido nuevamente de los cielos para cumplir lo que prometieron. En verdad, les digo: se ha encarnado una cantidad incalculable de seres espirituales procedentes de la gloria eterna, muchos más de los que creen. Ustedes miran su mundo, ven catástrofes, sufrimiento y necesidad, ven el mal, y en sus corazones surgen dudas: «Señor, si solo somos unos pocos, ¿qué podemos lograr?».
Pero Yo les digo: somos infinitamente numerosos, y reúno a quienes han conservado el anhelo en su corazón y están dispuestos a recorrer el camino del amor. Juntos cambiaremos este mundo, y juntos acompañaremos también al último de los caídos a través de la puerta que conduce a la luz. Entonces el cielo habrá llevado nuevamente a Sus hijos al hogar.
En este tiempo doy Mi palabra para preparar a Mis hijos para el camino que tienen por delante. Les hago comprender quiénes son en verdad: ¡espíritu de Mi Espíritu! Toco sus corazones y dejo que la llama de amor arda en ellos para que Me reconozcan: «Sí, Tú eres el Amor dentro de mí, y decido seguir este Amor».
Yo no soy un Dios que castiga ni un Dios que impone preceptos a Sus hijos. No soy un Dios que te quita algo que tú no Me entregas voluntariamente. ¿De dónde vienen tus temores? De una imagen falsa de Dios que te inculcaron y de la que te resulta difícil desprenderte. Te digo, amado hijo Mío: Yo soy el Amor infinito, incondicional y eterno. Y te amo, no importa lo que hagas ni quién hayas sido en tus diferentes encarnaciones.
Esto puede superar tu capacidad conceptual de comprensión; semejante amor le resulta extraño a la conciencia humana, pero te digo que este amor también está dentro de ti. Ábrete a él, ven a Mí con tus sentimientos, vuelve a mirar Mis ojos, permite que vuelva a poner Mi mano sobre tu hombro y déjame ayudarte en todo lo que te has propuesto. No pongo condiciones; pero, si quieres recorrer el camino Conmigo, necesito tu sí, pues te he dotado de libre albedrío y jamás —hagas lo que hagas— intervendré en tu libre voluntad, como tampoco reduciré jamás Mi amor por ti.
La verdadera aventura de tu vida comienza cuando pones tu mano en la Mía y Me dices: «Sí, amado Padre, soy Tuyo, sin condiciones. Sé que Tú, el Amor, quieres únicamente lo mejor para mí. Y sé que me das ayuda tras ayuda».
Entonces, hijo Mío, se habrá cerrado un círculo. Puedo asumir tu conducción, una conducción determinada por la ley del amor y ya no por la ley de causa y efecto, aunque esta última también tenga su fundamento en Mi amor. Como Yo soy la Omnipotencia y no perderé a ninguno de Mis hijos, finalmente cada uno encontrará el camino de regreso a Mí. El propio hijo determina si el camino es corto o largo. También decide si quiere vivir en su propia ley, en la ley del ser humano determinada por la siembra y la cosecha, o si se confía a Mi ley, que es amor y que elimina tantas cosas cuando estás dispuesto a venir a Mí.
Es cierto que el camino de regreso a tu patria eterna implica trabajo, «trabajo interior»; pero es un trabajo que no tienes que realizar solo. Ya lo he dicho tantas veces, ustedes hablaron de ello ayer y Yo lo repito: si das un paso hacia Mí, Yo doy cien pasos y más hacia ti. Esto significa que la proporción de Mi ayuda, Mi amor, Mi misericordia y Mi perdón es infinitamente mayor que el paso que tú das. Pero, debido a tu libre albedrío, primero necesito tu sí.
Entonces muchas cosas cambiarán en tu vida, y te convertirás en la luz que resplandece en el mundo, cumpliendo así tu promesa de ser luz en este mundo.
Este es el camino que tenemos por delante y que recorreremos juntos, y en el cual no te dejaré solo ni un instante. Estoy dentro de ti, camino a tu lado, conozco tus necesidades y temores, conozco tu esfuerzo, conozco tus debilidades y errores, y te amo.
Te amo para siempre y te llamo: «Aparta aquello que te impide avanzar. Deja de lado tus experiencias, que consideras tan valiosas, y tus ideas humanas, y ven a la única fuente de la vida, que vive dentro de ti».
Camino entre sus filas y pongo Mi mano que bendice sobre sus cabezas, y ustedes reciben la fuerza de los cielos que los fortalece para su camino. Amén.