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No tienen palabras para la grandeza de Mi amor

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Ihr habt für die Größe Meiner Liebe keine Worte

Fecha original: 12 de febrero de 2011

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina (como respuesta a una oración, pero destinada por su contenido a todos nosotros)

Quiero responder también a la oración de su hermano que habló antes. Hijo Mío, estoy ante ti y te miro lleno de amor. Tu oración ha conmovido Mi corazón; pero no fueron solamente las palabras, sino el deseo que se expresaba en ellas de acercarte más a Mí.

Así como en una oración nunca son las palabras las que determinan su valor, sino la sinceridad y la profundidad y, además, la actitud del corazón, la actitud espiritual, así fue y es también en tu caso. Has pedido el don del amor, de la fuerza y otros dones más. Te hago una propuesta:

Yo soy un Padre que sirve a Su creación, que da y se entrega a Sí mismo. Pero también soy un Padre que creó hijos e hijas fuertes, rectos y radiantes, quienes permanecen por toda la eternidad tal como surgieron de Mí —con toda su gloria y grandeza—, ya sea que estén en los cielos, su hogar, o que se encuentren encarnados en este momento. Como todo padre, solo vuelvo a ser completamente feliz cuando Mis hijos han encontrado su verdadera grandeza interior.

Aquello que has pedido, hijo Mío, ya lo he puesto dentro de ti. Todo el amor en el que deseas convertirte, toda la disposición para servirme: todo esto y mucho más ya se encuentra en tu corazón. Y tu alma ha emprendido el camino, resplandece a través de tu ser humano y expresa ese deseo en tus palabras, en tu oración.

¿Qué te parece si los dos comenzamos a liberar esta fuerza que está dentro de ti —aunque todavía no se haya desplegado por completo—, fortaleciéndola paso a paso? ¿Si juntos empezamos a liberar el amor que ya llevas dentro y que es infinitamente grande de todo aquello que, por ahora, aún lo cubre debido a errores y debilidades humanas? ¿Si, por tanto, no te regalo simplemente el amor, sino la energía luminosa procedente de Mi omnipotencia y de Mi corazón de Padre, que te capacita para apartar, con Mi ayuda, aquello que todavía te impide dejar que el amor resplandezca plenamente a través de tu vida? ¿Si no te regalo simplemente algo ya terminado, sino que te capacito para desarrollar las fortalezas que se encuentran dentro de ti, a fin de que llegues a ser el hijo que eres desde la eternidad y en quien tú mismo deseas volver a convertirte? De lo contrario, no habrías pronunciado tu oración.

Si tú lo deseas, lo hago mediante muchos pequeños acontecimientos que encontrarás en tu vida cotidiana. Lo hago hablándote dentro de tu corazón, a menudo sin que lo sepas. Lo hago por medio de innumerables situaciones en las que puedes reconocerte y recordar: «Sí, yo quería desarrollar dentro de mí la fuerza del amor. Aquí tengo una oportunidad. Gracias, Padre».

Entonces comienzas y practicas —practicamos juntos—, y con cada tarea superada te haces cada vez más fuerte y llegas así a ser el hijo que eres. Para ello te regalo toda Mi fuerza de amor, pues necesito hijos e hijas autónomos y libres que sean conscientes de su condición de hijos de Dios.

¿Qué te parece Mi propuesta, hijo Mío? ¿Estás de acuerdo? Reflexiona sobre ello. Te espero. Amén.

Revelación divina

La palabra y el llamado de su Padre celestial, que Yo soy, quieren despertarlos y ayudarlos a retirar de sus ojos el velo de ignorancia, error y engaño, y a entregarse a la corriente eterna de la vida.

Confía, hijo Mío, en el amor, la sabiduría y la justicia de tu Padre celestial; entrégate a Su mano, que te guía con amor, en todo aquello que la vida te pida considerar, decir, hacer o dejar de hacer. Recuerda Mis enseñanzas universalmente válidas y conviértelas en acción en tu vida cotidiana, para que Mi amor infinito pueda actuar, resplandecer y brillar a través de ti en este mundo.

Alaba y glorifica en todo momento y en todos tus caminos a tu Señor y Dios todopoderoso, y haz fluir hacia Él la gratitud de tu corazón por toda la bondad, misericordia y gracia que te fueron concedidas en tiempos pasados y que igualmente bordean y acompañan tu presente y el camino hacia tu futuro.

Oh, hijo Mío, no te opongas a la corriente inmutable y sabia de tu destino, de sus acontecimientos y encuentros, pues ni siquiera lo más secundario, insignificante o incidental sucede sin sentido ni sin guardar relación contigo mismo. Y aunque esta relación permanezca oculta para ti, inclina tu cabeza y dobla tus rodillas con humilde gratitud ante la sabiduría de tu Padre eterno, y sabe que solo Él conoce lo que es bueno y saludable para Sus hijos y lo que no lo es.

Sin excepción, todo lo que alguna vez te sucede lleva en sí —sí, pone a tus pies— la posibilidad de conducirte hacia la luz, según lo contemples y actúes desde tu yo inferior como ser humano, o procures aceptarlo como hijo de los cielos consciente de Dios y transformarlo o sobrellevarlo Conmigo.

Aunque a Mi hijo muchas veces le parezca que el dolor y la enfermedad, la aflicción, la privación y la necesidad carecen de todo sentido y quizá parezcan demostrar la arbitrariedad o incluso la inexistencia de una Divinidad omnipotente; aunque Mi hijo crea que de ello solamente recibe daño y no sepa obtener beneficio alguno, reconoce, sin embargo, hijo Mío: semejante daño a tu cuerpo terrenal perecedero o el menoscabo de tu vida mundana exterior no significan nada frente a la angustia y amargura, frente a la miseria de tu alma inmortal y eterna, a las que tú mismo te entregarías por ignorancia si Mi ley te permitiera actuar desenfrenadamente conforme a tu voluntad propia o persistir en tu conducta errónea.

Desde cualquier punto de observación o perspectiva, desde cualquier posición que tú, hijo Mío, te esfuerces por explorar y comprender la vida y el mundo, tu contemplación, en todos sus aspectos, siempre estará contenida en Mi amor. Y aunque pudieras pensar lo impensable, nada puede existir ni acontecer jamás fuera de Mi amor.

Él, el inconmensurable, insondable y eternamente inmutable, es el fundamento primordial de toda existencia, del que todo surgió, en el que todo estuvo, está y permanecerá protegido, y a cuyo seno todo regresará para vivir en pureza y perfección, en gloria y eternidad, en el reino celestial del Padre, que es también el reino de ustedes y, por tanto, su verdadera patria.

Contempla, hijo Mío, la imagen de una gota de lluvia: a ella se asemeja toda vida terrenal y perecedera. Sus componentes espirituales son como las moléculas de agua contenidas invisiblemente en el éter. Mediante las leyes de la naturaleza se unen, se encarnan en la gota y aparecen así de manera visible para caer enseguida hacia la Tierra, atraídas por sus fuerzas. Cuando la gota la ha alcanzado y humedecido para que pueda dar fruto, está destinada a verterse, a través del hilillo de agua, del arroyo, del río y de la gran corriente, en la vastedad del mar y en la unidad de incontables gotas; después, mediante las mismas leyes —la luz y el calor—, vuelve a transformarse y es elevada hacia su origen. Según el lugar donde, conforme a Mi voluntad y Mi ley, caiga sobre la Tierra, el camino que deba recorrer será más corto o más largo, más fácil o más difícil, hasta que la luz de los cielos vuelva a envolverla, la libere de su peso terrenal y la eleve nuevamente hacia la libertad ilimitada de las alturas celestiales.

¿Puedes reconocer también en ello tu destino, hijo Mío?

Así como la ley de la naturaleza actúa de manera inalterable, también actúa de manera inalterable la ley del amor, en la que se fundamentan todas las leyes en el espacio, el tiempo y la eternidad.

Por tanto, cuando la vida del ser humano experimenta algún cambio que, en contra de su deseo, de sus ideas y de su anhelo, lo sitúa repentinamente ante una realidad de vida diferente, Mi bondadosa y amorosa mano de Padre le ha puesto un alto mediante la acción de las leyes espirituales universalmente válidas que creé para toda vida fuera de los cielos.

«¿Por qué?», preguntas, hijo Mío. «¿Por qué, Padre?». Y Yo te respondo: «Para que el ser humano despierte y se vuelva hacia la meta de su desarrollo espiritual ascendente». Pues, en verdad, les digo: el regreso a Mis brazos de Padre que los esperan con anhelo, la perfección en Mi Espíritu, es el único y exclusivo sentido de todo el tejer y afanarse de la vida humana.

Este mundo, Mis amados, arde y se tambalea, y las sacudidas y transformaciones le arrancarán la máscara y darán a la Tierra un rostro nuevo. Pero tú, hijo Mío, hijo e hija Míos, ten confianza. Vuélvete hacia Mí; en tu corazón, en el santuario de tu templo interior, permito que Me encuentres, pues allí habito eternamente. Yo soy quien te sana, Yo soy quien te consuela, Yo soy tu consejero y acompañante, y todas las obras que realizo están bien hechas y sirven siempre para tu bien.

Vean, este es el amor inexpresable e indecible de Dios, su Padre celestial, que Yo soy; ustedes no tienen palabras para describirlo.

Mi mano paternal que bendice permanece sobre cada uno de ustedes, dondequiera que estén. Amén.