Revelación divina
En estos días, el anhelo y el deseo de paz son especialmente intensos en el corazón de muchas personas, pues conmemoran el nacimiento de su Salvador y Redentor. Por ello, Yo, Jesucristo —nacido hace dos mil años como niño en un pesebre de Belén—, he venido en medio de ustedes y he extendido Mis manos para bendecirlos y depositar Mi paz en su corazón y, más allá de ustedes, en el de todos los que tienen buena voluntad.
Durante estos días previos a la Navidad, las personas se dirigen a Mí en sus oraciones y cantos como el «Príncipe de la Paz»; y, en verdad, Yo Soy el Amor en el Padre, y el amor y la paz están unidos de manera inseparable. Nadie puede sentir amor en el corazón y, al mismo tiempo, carecer de paz; y nadie que no se esfuerce por vivir en Mi espíritu, en el espíritu del amor, puede irradiar verdadera paz.
Muchas personas Me llaman Príncipe de la Paz y, sin embargo, están muy lejos de comprender el verdadero significado de la palabra «paz»; por ello haré de Mi paz y de la de ustedes el tema de Mi revelación.
En cada corazón —y recalco: en cada uno— existe el anhelo de paz, pues la esencia interior de la persona es divina. Su verdadero hogar son los cielos que abandonó y a los que regresará tarde o temprano. El anhelo de dar los pasos necesarios para iniciar e impulsar su regreso a la casa del Padre es el motor que la motiva y mueve. ¡Yo vine al mundo para satisfacer este anhelo de ustedes!
En verdad, les digo: incluso quienes Me niegan y combaten, y se han entregado a las tinieblas sembrando discordia y violencia, llevan en sus corazones el mismo anhelo. Solo que aún no lo saben. También llegaré a ellos cuando haya llegado el momento.
Cuando se habla de paz, los pensamientos se dirigen con mucha frecuencia y rapidez hacia los escenarios de la Tierra, hacia grupos y pueblos, allí donde no reina la paz, sino la guerra. Debido al desconocimiento predominante de los trasfondos espirituales se intenta —ciertamente con buena voluntad, pero sin poder mirar en profundidad porque no se sabe más— establecer la paz, pedirla en oración y cantarla exclusivamente en el exterior. Por loable que sea esta intención, utiliza el instrumento equivocado, porque el camino hacia la paz mediante esfuerzos externos no alcanza la meta si no está sostenido al mismo tiempo por el esfuerzo por una fraternidad sincera, una auténtica unión y una ayuda desinteresada: cualidades adquiridas previamente que determinan los actos desde el alma.
La verdadera paz debe surgir primero en el interior, procurando alcanzarla y «practicándola». Solo entonces puede expresarse en el exterior.
Ya les he dicho muchas veces que todo cuanto se manifiesta en el exterior es la manifestación de lo interior, y con ello Me refiero a los sentimientos y pensamientos. Sin sentimientos ni pensamientos contrarios al mandamiento del amor, nada negativo puede manifestarse en la convivencia humana. Pero tan pronto como surgen intenciones mentales orientadas a aventajar al prójimo, engañarlo, ejercer presión sobre él o incluso obligarlo por la fuerza, existe el peligro de que conduzcan a consideraciones concretas. Entonces no pasará mucho tiempo antes de que estas energías se manifiesten en el exterior, primero en planes y preparativos y, finalmente, en la ejecución, en el acto. Esto puede compararse aproximadamente con una enfermedad en la que, por medio del cuerpo, se manifiesta aquello que existe en el alma como imperfecciones y desarmonías.
Y para que Mis palabras no permanezcan abstractas —de modo que más de uno acepte rápida y gustosamente su afirmación teórica—, sino que adquieran también un valor práctico para ustedes, Me dirijo directamente a ustedes: a ti, hermano Mío, hermana Mía, a ti y a ti; a todos los que escuchan y leen Mi palabra.
Cuando se habla de enemistad, más de uno se dice: «Yo no odio a nadie, no estoy en disputa con nadie ni ejerzo violencia. Nadie puede afirmar que yo esté librando una “guerra” contra mi prójimo». ¿Han pensado que también se puede librar una guerra con los pensamientos? Si dicen: «Mis pensamientos no son peligrosos mientras los guarde para mí», están equivocados. Por una parte, se «envenenan» a ustedes mismos con ellos; por otra, los pensamientos se convierten en palabras, y las palabras presionan para transformarse en actos. Por tanto, las energías son lo decisivo; ellas determinan la guerra o la paz.
Desde este punto de vista, observen una vez sus pensamientos. ¿Qué sucede cuando perciben en otra persona una conducta que no concuerda con sus ideas? ¿Permanecen neutrales sus pensamientos, son quizá incluso amorosos e indulgentes? ¿O juzgan a la otra persona? ¿Aunque sea únicamente mediante sutiles matices de valoración o, en el peor de los casos, de desprecio? ¿No son también la falta de amor, la intolerancia, la insinceridad, el menosprecio, el rechazo y muchas otras cosas lo contrario de la verdadera paz interior? Si quieren examinarse en profundidad, adéntrense en los detalles y las ramificaciones que acabo de mostrarles.
Cuando miran el mundo, naturalmente encuentran muchas cosas que no corresponden a Mis mandamientos del amor. Con cuánta rapidez juzgan a una persona y olvidan que esa persona —su hermano o hermana— procede de la misma luz que ustedes y que, por el momento —¡únicamente por el momento!—, ha perdido la conexión con su luz y su amor interiores. Créanme: también esa persona lleva en su interior el anhelo de paz y amor, incluso cuando ahora no lo siente ni puede expresarlo exteriormente. Quizá sea infeliz, temerosa, desamparada, inhibida, cohibida y mucho más. ¿Saben qué actúa sobre ella, qué le hace perder la paz o produce la impresión de que carece de ella?
Hermanos y hermanas Míos, no se trata de cerrar los ojos ante lo negativo que existe ni ante las injusticias que ocurren en el mundo. De este modo caerían muy pronto en las trampas de las tinieblas, que saben muy bien ocultar sus intenciones y presentar lo negro como blanco y lo malo como bueno. Pero, como les dije una vez, deben aprender a mirar y, sin embargo, amar.
Las personas que se esfuerzan por seguirme intentarán una y otra vez comprender a su prójimo en lo profundo. No lo evaluarán precipitadamente ni emitirán un juicio sobre él. Quienes han seguido Mis huellas harán lo mismo que Yo hice: irán tras cada oveja —cada uno de sus hermanos y hermanas— que se encuentre en necesidad; ayudarán donde puedan; actuarán conscientes de Mi palabra: no son los sanos quienes necesitan médico, sino los enfermos.
Esta sería una contribución a la paz que comienza en el interior: oponer sus aspectos positivos a todo cuanto encuentran y, al mismo tiempo, examinar por qué vuelven a surgir en ustedes los mismos pensamientos negativos ante esta o aquella persona, o en una u otra situación. Si es necesario, porque se trata de algo grave, pídanme que los ayude a mirar dentro de su alma para encontrar la causa. Pero muchas veces basta con permanecer atentos y venir de inmediato a Mí para decir: «Señor, acabo de caer de nuevo en un antiguo error. Tú sabes que no quiero hacerlo. Por favor, ayúdame».
Este es el camino de quienes Me siguen y que, de este modo, comienzan a crear paz en su interior, una paz que produce efectos en sus familias, en sus lugares de trabajo y en las comunidades en las que viven; comienzan a resplandecer de manera invisible. Nadie que Me tome en serio y tome en serio el camino que recorre Conmigo puede eludir esta contemplación interior ni el trabajo interior relacionado con ella.
Ahora alguno podría decir: «Señor, pero con esto no se crea paz en el mundo». Yo te digo: «Ocúpate de lo tuyo, cambia lo que puedas cambiar y ¡deja que el cielo haga el resto!».
Quien medite Mis palabras en el corazón podría hacer lo siguiente durante estos días previos a la Navidad: realizar un pequeño inventario de su interior y pensar dónde podría haber pronunciado desde hace mucho una palabra de reconciliación y hasta ahora lo ha aplazado. Si se adentran en los detalles y preparan una lista semejante de nombres, les predigo: «Para muchos, esta lista no será corta». Pero con ello tienen la oportunidad de crear en su interior la paz que desean para ustedes mismos y para el mundo, y de comenzar de nuevo para volver entonces —como ya se lo he dicho repetidamente— a estar al día y, en la medida de lo posible, permanecer al día.
Yo Soy quien los ayuda a poner orden en su interior. Yo, el Príncipe de la Paz, cuyo deseo más profundo es que Mis hermanos y hermanas no solo escuchen Mi palabra, sino que la lleven a la práctica para convertirse ellos mismos en paz y amor. Y les digo algo más sobre lo que valdrá la pena reflexionar:
Una persona que recorre el camino Conmigo con un esfuerzo sincero no puede tener enemigos. Puede haber personas que vean en ella a su enemigo o se consideren sus enemigos; pero ¡depende de ti considerar a alguien tu enemigo! Si lo encuentras con amor, con la comprensión debida, la tolerancia necesaria o quizá incluso con indulgencia fraternal, él podrá comportarse como quiera: tú ya no verás en él a tu enemigo, porque la paz habrá entrado en tu corazón.
Yo, el Príncipe de la Paz, reúno a todos los que tienen buena voluntad. Los recibo bajo el manto de Mi paz, que al mismo tiempo es el manto del amor y ofrece protección a todos los que llevan en su interior el anhelo de alcanzar su propia paz interior. ¡Paz!
Amén
Revelación divina
Amados Míos, les traje Mi amor y Mi amor permanece con ustedes, pues nada puede existir sin él.
Han cantado: «Cristo, el Salvador, está aquí». Oh, sí, Yo Estoy aquí. Siempre he estado aquí y siempre lo estaré. Y espero con anhelo a todos aquellos que Me reconocen como Salvador, como guía, como consolador, como médico y sanador en lo más íntimo de su corazón, donde vivo desde el principio y por toda la eternidad.
Les hablé de la paz que cada uno está llamado a buscar y crear en su interior. Antes de hacer esfuerzos por cambiar cuanto los rodea y todos los demás lugares donde reinan la disputa, los conflictos y la guerra: ¡creen la paz en ustedes! Perdonen y pidan perdón, y absténganse de juzgar a sus hermanos y hermanas.
Entonces Mi amor fluirá a través de ustedes y los llenará de tal manera que comenzarán a resplandecer, no solo para iluminar su propio camino, sino también los caminos de sus hermanos y hermanas. Participarán de una fuerza a la que nada ni nadie puede resistirse.
Así, sean bendecidos una vez más y siéntanse amparados en la paz que he depositado en sus corazones abiertos y que los acompañará durante el tiempo venidero: a ustedes, hijos Míos, hermanos y hermanas Míos, que viven en el espacio y el tiempo, y también, no en menor medida, a ustedes, almas que son Mis hijas.
Permanezcan en Mi paz, recuérdenme y sepan bien: Yo Soy la esencia más profunda de todo cuanto existe. Yo, el Eterno, su Creador y Padre, que en Cristo es también hermano de ustedes.
Amén