Revelación divina
Yo, Cristo, que soy el Amor en el Padre, dirijo hoy Mi palabra a ustedes, Mis amados hermanos y hermanas. Como Jesús de Nazaret fui un ser humano entre Mis hijos humanos y viví bajo las mismas condiciones en las que ellos vivían entonces y a las que los seres humanos siguen sujetos todavía hoy.
En cada persona habita un ser espiritual cuyo hogar original está en los cielos, y en Mí no fue diferente. Pero, aunque fue el Amor divino quien encarnó en el niño Jesús, la vida no le ofreció condiciones exclusivas. No podía ser de otra manera, porque Mi vida debía constituir un ejemplo que toda persona de buena voluntad —tanto entonces como hoy— pudiera seguir.
Por eso también Yo tuve que luchar y esforzarme, reconocer Mi naturaleza humana con sus errores y debilidades —que, sin embargo, asumí voluntariamente y no traje a la vida como carga de Mi alma— y empeñarme en vivir el amor que llevaba dentro de Mí y expresarlo progresivamente también en lo exterior. Ese fue Mi «trabajo interior», aunque no llevara ese nombre. Se alimentaba de la fuerza de Mi alma y del conocimiento de que debía glorificar a Dios mediante Mi vida; debía permitir, por tanto, que el Espíritu en Mí se manifestara y, al mismo tiempo, que Mi parte humana fuera perdiendo importancia, hasta que no solo pude decir, sino también vivir: «¡Yo para Ti, y Tú a través de mí, Dios mío!». Y esto en cada instante de Mi vida.
Hoy deseo profundizar un poco con ustedes en este aspecto de dirigirse y, finalmente, entregarse al Amor que todo lo gobierna, desinteresado e incondicional, al cual presenté a los seres humanos como la fuente de su vida: como su Padre.
Para ello los conduciré a una contemplación interior que, si lo desean, también pueden llamar meditación; pero más adelante hablaré todavía de su significado.
Respiren con calma, desconéctense de los pensamientos mundanos que todavía estén presentes y dirijan su atención hacia el interior… Así se disuelven poco a poco las limitaciones corporales y aumenta su capacidad de sentir… Dejen que sus ojos interiores miren hacia la inmensidad… Todo es luminoso, todo es ligero… Todo es ilimitado… Flotan en otro mundo, en un mundo de libertad, despreocupación y satisfacción… Colores maravillosos los rodean… El movimiento de una vida multiforme recorre las vastedades… Sonidos hasta ahora desconocidos llegan a sus oídos… Un soplo de eternidad los envuelve…
A lo lejos ven seres luminosos que se acercan a ustedes sin peso alguno… Aunque no recuerdan haberlos visto antes, no les resultan extraños… Irradian algo que despierta de inmediato su confianza… Cuando les piden que los sigan, no dudan en hacerlo… Su entorno va adquiriendo contornos… Ante ustedes se abren paisajes de belleza sobrenatural… Cada vez más seres de luz se unen a ustedes… Los saludan y abrazan como viejos conocidos, y ustedes intuyen que ellos y ustedes son realmente «viejos conocidos»… Sobre todo descansa una profunda quietud que, sin embargo —aunque no saben cómo explicarlo—, está llena de vida…
Pero lo que predomina es una paz que ustedes no conocen, comparada con la cual los momentos de la llamada paz que han vivido hasta ahora son apenas un débil reflejo… Les llama la atención la manera como todos se tratan; no existen «superiores» ni «inferiores», y todos se manifiestan el mismo aprecio: los «pequeños» hacia los «grandes» y también a la inversa… No hay diferencias de rango en el sentido terrenal; y cuando un ser irradia una fuerza luminosa mayor, esto da testimonio exclusivamente de su disposición para servir, de su humildad y de la capacidad que ya ha adquirido para ayudar a sus hermanos y hermanas en el camino…
Piensan en sus conceptos terrenales de «libertad, igualdad y fraternidad» y, al mismo tiempo, reconocen que esto es muchísimo más y posee un significado completamente distinto y más profundo… Sobre todo, perciben que aquí predomina un aspecto —una vibración— que identifican como el amor, aunque nunca antes lo hayan encontrado en esta forma durante su vida… De algún modo todo les resulta familiar, a pesar de que, en realidad, debería parecerles extraño… Dentro de ustedes surge la pregunta: ¿me resulta familiar porque despierta en mí antiguos recuerdos?… ¿Recuerdos de qué? ¿De quién? ¿De qué época?…
Se vuelven hacia uno de sus acompañantes y, antes de que tengan que formular la pregunta, él les responde: «No es la primera vez que estás aquí. Se nos permite hacerte consciente nuevamente de aquello que olvidaste y cumplir tu deseo de mirar y sentir una vez lo que te espera más adelante. Hace tiempo reconociste que la Tierra no es tu verdadero hogar. Tu auténtico hogar son los cielos, de los que procedes y a los que regresarás. Ciertamente, estos todavía no son los cielos —es decir, tu hogar original y también futuro en la conciencia de Dios, pues aún no podrías comprenderlos—; pero deben ofrecerte una impresión de dónde perteneces y de hacia dónde se dirigen todo tu anhelo, que muchas veces tú mismo todavía desconoces, y tu amor»…
Apenas logras desprenderte de esta belleza y magnificencia… de esta armonía… de la vida palpitante que, sin embargo, fluye serenamente… de la franqueza y cordialidad… de la ligereza y la comprensión que te rodean por todas partes… de la profunda sensación de que todo está bien… y del amor que todo lo penetra y que cada ser te brinda… Te has sumergido en una vida nueva, hasta ahora desconocida, y desearías permanecer en ella para siempre… Percibes que algo te atrae y que lo seguirías sin preguntar, si ya hubiera llegado el momento…
Pero debo recordarte que todavía vives aquí y ahora, y debo traerte de regreso con suavidad y amor.
Es bueno y valioso que de vez en cuando se tomen el tiempo para entrar en la quietud de esta manera o de otra semejante. Las palabras que formula su entendimiento no desempeñan necesariamente el papel principal; solo deberían ayudarlos a sumergirse mejor en su mundo de sentimientos, allí donde se encuentran sus percepciones más profundas. De estas percepciones nacen sus pensamientos y, posteriormente, sus palabras y acciones. Si logran percibirlas, encontrarán partes de su propio ser, aquello que hasta ahora han desarrollado en su alma; y si esas percepciones son positivas, fluyen hacia ustedes fuerzas de los cielos que les facilitan recorrer Conmigo la vida cotidiana.
Una meditación es, por tanto, una fuente de fuerza que puede proporcionarles la energía necesaria para las tareas que la vida les presenta. No sustituye el trabajo interior, del mismo modo que el camino por sí solo tampoco es la meta. ¡El camino no es la meta! Mucho menos lo es para quien conoce su meta.
Los conduje a este pequeño ejercicio de interiorización para que volvieran a tomar conciencia de quiénes son en verdad: hijos del Amor inmensamente grande del que todo procede; un Amor que deja libres a Sus hijos incluso cuando se apartan de Él y recorren sus propios caminos; un Amor que es también la omnipotencia y que, por eso, sabe que puede y sabrá traer nuevamente a Sus hijos de regreso.
Quien conoce el Amor que lo espera no vacilará en hacer todo lo posible por correr a Su encuentro. ¿Tú, tú y tú ya lo saben? ¿Lo saben realmente, en lo más profundo de su corazón, en el nivel de sus percepciones interiores? ¿Han dado ya el paso de dirigirse hacia Él, quizá incluso de entregarse? Entonces, por decisión libre, ya se han puesto en camino. Y si todavía no lo saben con certeza, si su entendimiento ya lo ha comprendido pero su corazón aún vacila, den libre curso —aunque sea a modo de prueba— al anhelo que acabo de despertar dentro de ustedes.
Ya les he explicado repetidas veces la ley de la atracción. Rige tanto en lo pequeño, es decir, en su vida cotidiana, como en lo grande: como una fuerza que, inevitablemente, tarde o temprano volverá a atraerlos a Mi corazón, a su verdadero hogar. Ningún ser puede resistirse a esta atracción; por eso conduciré nuevamente a casa a todos Mis hijos, sin excepción. Y ahora les hablo como su Hermano divino, como Cristo, que es el Amor en el Padre: acompañaré a cada hermano y a cada hermana a través de todos los tiempos y todas las vidas; esperaré a cada uno y volveré a estrecharlos a todos entre Mis brazos. Si lo desean, entréguense por un momento a la verdad de esta promesa y olviden con ello todas las ideas falsas que todavía existen dentro de ustedes, todo aquello que les hace parecer difícil o incluso imposible el camino y las necesidades y sufrimientos que quizá estén soportando en este momento. Yo soy la garantía de que regresarás a tu punto de partida, a tu hogar celestial, sin importar qué hagas actualmente ni dónde te encuentres; sin importar qué camino hayas dejado atrás ni cuál tengas todavía por delante.
Yo soy el que soy. ¿Quién podría impedirme restablecer la unidad de Mi Creación?
Si el camino no es la meta, pero la meta solo puede alcanzarse recorriendo el camino, toda persona dispuesta debe preguntarse cómo hacerlo, cómo avanzar y en qué consiste la ayuda prometida: «el Hermano a tu lado».
Debido a las enseñanzas falsas de sus teólogos, a su desconocimiento o a la fe que han perdido, muchas personas sienten que su vida carece de sentido, porque les parece un barco sin timón en un océano embravecido. Sobre todo, no comprenden las etapas de su vida que les traen preocupaciones, aflicción y sufrimiento, y que por ello les dificultan creer en un poder superior, en una guía divina o incluso en un Amor infinito. Aun a quienes creen en un Padre celestial les resulta muchas veces difícil descubrir un sentido en tiempos de necesidad. Y decir además «todo está bien» es algo que logran muy pocos.
Quiero darles una imagen que puede ayudarlos a comprender los «caminos tortuosos» de su vida; quizá los lleve no solo a aceptar con resignación esas etapas, sino a considerarlas necesarias, aunque siempre con una mirada positiva hacia adelante. Porque, si se limitan a aceptarlas pasivamente, les faltará algo decisivo: el conocimiento, el deseo y la voluntad de sortear, mediante una colaboración intensa Conmigo, esos escollos de su vida y de transformar los caminos tortuosos en caminos rectos. Esto es más que limitarse a aceptar el sufrimiento, bajar la cabeza y pensar o decir: «Seguramente Dios quiere que me vaya mal. ¿Qué puedo hacer contra eso? Entonces me someteré a Su voluntad».
Ninguna actitud —¿quizá la tuya?— hacia la vida y hacia el camino de regreso a Mí podría ser más equivocada. Yo no envío sufrimiento a ninguno de Mis hijos. El sufrimiento es producido por uno mismo y procede de esta vida o de una anterior. Sirve como medio de conocimiento y transformación, activado por la ley de la vida. El sufrimiento resultaría innecesario o, al menos, entraría en la vida de una persona de forma atenuada si esta se hubiera orientado previamente hacia la ley del amor y se hubiera esforzado por integrarla en su vida cotidiana.
Contempla desde el aire la imagen de un río, quizá una gran corriente que ha buscado su cauce entre montañas y valles, y cuyas aguas avanzan ahora por él hacia su destino. Advertirás que el río —al principio, cuando comenzó a abrirse camino— cambió de dirección muchas veces; en algunos lugares incluso se distinguen curvas más o menos grandes. ¿No fue necesario cada cambio de dirección? Sin ellos, ¿habría llegado finalmente el agua a su destino? Cada obstáculo obligó al río a buscar nuevos caminos; y aunque muchas veces parecía que el agua fluía ahora en la dirección equivocada y que nunca alcanzaría su meta, no podía prescindirse de ningún cambio de curso, porque sin ellos no habría habido solución, nueva orientación, un nuevo tramo ni, finalmente, desembocadura en el mar. Sin «rodeos» no habría avance ni continuidad del flujo. Cada tramo era absolutamente necesario como parte del conjunto, aunque obligara al agua a buscar una nueva ruta. Cada recodo, cada arco y cada curva: todo estaba bien.
¿Resulta difícil trasladar esta imagen a la vida de una persona, a la vida de ustedes? Si la vida es una escuela que desea enseñarles algo sin interrupción, ¿cómo podría haber algo equivocado en la materia que les presenta, la cual, aunque es distinta para cada uno, precisamente por ello está diseñada personalmente para él? ¿Cómo podría algo parecer inútil, innecesario o requerir demasiado tiempo y esfuerzo, si contribuye a acercarlos a su meta?
También ustedes deben superar en su vida muchos obstáculos que quieren impulsarlos a cambiar de dirección. No están obligados a realizar esos cambios, pues poseen libre albedrío. Pero entonces «el vaso terminará por desbordarse», y el destino iniciará un cambio de una manera —y, desde su perspectiva, también en el momento equivocado— que ustedes, por haberse negado a ver las señales de su tiempo vital, es decir, las tareas que les correspondían, considerarán injusta e incluso un error de Dios. Todo cuanto les sale al encuentro constituye, en último término, una confrontación con sus propios errores. Sin embargo, la palabra «error» no debe entenderse como condena ni menosprecio, sino como la posibilidad de aprender algo que hasta ahora no se había aprendido.
Cuando hayan comprendido el sentido de su vida terrenal y se esfuercen por seguir los mandamientos del amor en su vida cotidiana, seguirán encontrando obstáculos, recodos, arcos y curvas; pero los considerarán etapas importantes de aprendizaje que esperan ser abordadas y superadas. ¡Sin el impedimento que se alza ante ustedes no hay avance! ¡Sin superar un tramo difícil o peligroso durante una caminata por la montaña no se llega a la cumbre! Pero si han reconocido la cumbre como la meta hacia la cual los atrae cada fibra de su corazón y que deben alcanzar a toda costa, ¿cómo podría no ser bueno, en último término, cada tramo y cada paso, por difícil que sea? Sin ese tramo que tanto habrían querido evitar u omitir, que de buena gana habrían eliminado por completo de su caminata, no habría sido posible continuar avanzando y, por tanto, tampoco alcanzar la meta.
¿No puedes, hermano Mío, hermana Mía, decir desde esta perspectiva: «Todo está bien»? ¿No depende del grado de tu anhelo y de la grandeza de tu amor que también consideres los períodos menos exitosos de tu vida como pasos importantes y necesarios hacia la maduración de tu alma? Si puedes responder afirmativamente, se ha abierto dentro de ti una puerta que tu manera anterior de pensar mantenía cerrada, y que en el futuro te facilitará continuar el camino sin vacilar.
Si aún no puedes hacerlo, pero deseas crecer hacia esta manera de pensar, que está unida a una confianza profunda en Mí y en la acción infalible de las leyes divinas, ven a Mí. Hablemos como hermanos que se aman. Te escucho, te comprendo y te concederé toda la ayuda que te permita penetrar cada vez más profundamente en la sensación de que todo está bien, porque todo cuanto te sale al encuentro procede del amor.
Que consideres aquello que la vida te presenta como una oportunidad y, por tanto, como una mano que Yo te tiendo, depende de si has reconocido y aceptado que soy el Amigo y Hermano a tu lado y dentro de ti, y que soy Yo quien te ofrece y concede innumerables ayudas en tu camino de regreso, si tomas Mi mano. Entonces se rebajarán montañas elevadas y lo aparentemente imposible será transformado, perderá su carácter aterrador y se revelará después como lo que fue en realidad: una tarea de aprendizaje sin la cual no habrías podido avanzar.
Sin reconocer estas relaciones y sin aceptar Mi ayuda, no podrás considerar bueno nada de cuanto suceda en tu vida. Verás las dificultades como obstáculos colocados en tu camino por personas que no te desean el bien o por el llamado azar. Te esforzarás desde tu naturaleza humana sin conseguir «moverte del lugar», y, pese a todos tus intentos y esfuerzos, te resultará difícil reconocer el sentido de todo y lo que se encuentra detrás. En el peor de los casos pagarás con la misma moneda y levantarás así nuevos obstáculos que quizá terminen llevándote a incorporar tú mismo una curva adicional en tu vida. Esto no interrumpirá tu camino, pero hará que sea más difícil recorrerlo.
Quiero evitarte —evitarles a todos— todo esto, porque son Mis hermanos y hermanas, a quienes amo.
Si ahora he tocado tu corazón —si no lo había hecho ya desde hace mucho— podría surgir la pregunta de si afrontar las tareas de tu vida no es una empresa difícil. Algunos incluso lo expresan así: «¡Pero eso significa un trabajo muy duro!».
En verdad te digo, y les digo a todos: cada uno de ustedes tendrá que emprender este trabajo. Es una necesidad —una de las pocas que existen a pesar del libre albedrío, pues forma parte de Mi inquebrantable ley divina— que Mi Creación vuelva a unificarse. Para alcanzar esta meta, todo lo que cayó o abandonó los cielos por otros motivos volverá a emprender el camino hacia el hogar. Sin camino de regreso no hay retorno; y sin el retorno de todos no hay unidad. Pero la unidad está inscrita en Mi ley, y Mi voluntad divina se cumple.
Si de todos modos debes realizar el trabajo necesario de conocimiento y transformación, ¿por qué no quieres emprenderlo junto Conmigo? Tiene que hacerse, ahora o más adelante, a solas bajo tu propia voluntad o con Mi ayuda. Te prometo que será incomparablemente más fácil si Me tienes a tu lado.
No relego los frutos de tu esfuerzo únicamente al futuro ni me limito a consolarte con una vida mejor en el más allá que seguirá a tu actual existencia terrenal gracias a tu trabajo interior. Ciertamente, también entonces actuará la ley de la atracción y elevará tu alma hacia esferas luminosas conforme a su fuerza y constitución; pero te digo: tu vida cambiará desde ahora. Muchas cosas te serán ahorradas, muchas se volverán más fáciles y, en conjunto, entrarán en ti una sensación de amparo, una confianza y una paz que antes no conocías en esa medida. Por esto vale la pena luchar.
Cuando hayamos dado juntos y con éxito numerosos pasos, cuando una u otra curva —que ya comenzaba a anunciarse— haya sido enderezada o ni siquiera haya sido necesario recorrerla en toda su extensión, tu vida habrá cambiado. La ley de compensación, que sin tu amor hacia Mí, hacia tu prójimo y hacia ti mismo ajusta las cuentas hasta el último centavo, ya no podrá desplegar sus efectos sobre ti. Verás tu meta con creciente claridad, y ninguna persona, tentación, intimidación ni juego intelectual podrá apartarte de tu camino. Sabrás quién eres y qué quieres; sentirás el amor que te sostiene en tu vida cotidiana y verás los caminos que Yo allano para ti.
Entonces llegará el momento en que también dentro de ti surgirá el sentimiento que se convierte en una promesa y expresa la entrega al Espíritu del amor: «Yo para Ti, y Tú a través de mí». ¿Qué puede haber en la Tierra más grande y hermoso que haber llegado a este punto, hermano Mío, hermana Mía?
Te bendigo, y con Mi bendición fluye hacia ti —y hacia todos los que siguen Mis palabras— Mi fuerza intensificada. La luz te envuelve y Mi protección te rodea. Ha comenzado un nuevo inicio que puedes realizar Conmigo cada día, una y otra vez. Amén.