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En verdad, les digo: ¡Alégrense!

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Wahrlich, Ich sage euch, freuet euch!

Fecha original: 24 de diciembre de 2014

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

¡Alégrense, Mis amados! Y una vez más: ¡alégrense! Se los digo como su hermano Jesucristo, que es el amor en el Padre. Lo proclamo también a todas las almas que han venido Conmigo y se han reunido aquí en una multitud imposible de abarcar con la mirada. Este «¡alégrense!» se dirige también a ustedes; se dirige a todos, se encuentren en el más acá o en el más allá. Pues todos son caminantes que tienen una sola y misma meta: regresar al corazón de su Padre celestial.

Cuando digo «alégrense», algunos de ustedes no lograrán comprender del todo por qué deben alegrarse durante este tiempo difícil. Por qué deben sentir alegría cuando contemplan el mundo y su propia vida y ven las dificultades que tienen que afrontar constantemente; cuando miran el sufrimiento y piensan en las preocupaciones que quizá los acompañan desde hace muchos años. «¿Cómo puede surgir alegría en estas condiciones?», se preguntan no pocos de quienes oyen y leen Mi palabra.

Mi afirmación encontrará incomprensión principalmente entre aquellos cuya mirada se dirige exclusivamente hacia su existencia material; quienes tienen una imagen falsa de Dios o no tienen ninguna; quienes no Me incluyen en su vida cotidiana; quienes son arrojados de un lado a otro por la tempestad de su destino. Se sienten perdidos y no saben qué hacer con Mis palabras que los llaman a alegrarse.

Pero quienes han dado los primeros pasos en su camino espiritual se han reconocido como hijos del Altísimo. Saben que su vida es eterna. Saben que su excursión a la materia es únicamente temporal y tiene como finalidad aprender. Saben que la muerte no existe. Y han reconocido que este período sirve para purificar su alma y perfeccionarla así paso a paso. Por tanto, que puedan seguir de inmediato Mis palabras de alegría depende de si se consideran hijos de Dios o exclusivamente criaturas de este mundo.

Para que lo comprendan mejor, deseo darles una imagen.

Cada uno lleva dentro de sí anhelos de ver, visitar, experimentar o recibir esto o aquello. Imaginen ahora que alguien se presenta ante ustedes dispuesto a satisfacer su deseo. Pone en sus manos un boleto de viaje gratuito. Ese boleto —si no solo lo aceptan, sino que también lo utilizan— los llevará hasta la meta de sus deseos.

En esta imagen Me reconocen a Mí y se reconocen ustedes; pues Yo soy quien les promete conducirlos de regreso adonde los atrae su mayor anhelo: a la casa del Padre. Lo conseguiré sin excepción porque el recuerdo de su patria eterna y el deseo de regresar están firmemente arraigados en cada uno; y por medio de ese ancla llego hasta ustedes tarde o temprano.

En el camino que los conduce de regreso soy su acompañante. Su boleto gratuito es Mi promesa de que regresarán sanos y salvos al hogar. Se asemeja a una garantía de valor incalculable. Puede ser que su regreso todavía pase por algunas o incluso muchas estaciones terrenales; pero en el momento en que estén dispuestos a tomar Mi mano comienza su camino de retorno. ¡Y nada ni nadie puede impedirles recorrerlo de manera permanente! Es cierto que las fuerzas de las tinieblas intentan dificultárselo trabajando con todos los medios para apartarlos del camino. En cierto sentido tienen derecho a hacerlo porque su libre albedrío no fue restringido. Pero también ustedes, Mis hermanos y hermanas, pueden utilizar el suyo para responder que no a sus atracciones y tentaciones.

¿En qué consiste entonces la astucia de Mi adversario y el de ustedes? Regresen a la imagen que les di. Han recibido la garantía, han dicho que sí y han emprendido el camino de regreso. Esto no significa que no vayan a encontrarse con dificultades; pero tan peligrosos como los obstáculos —o incluso más peligrosos— son los senderos laterales que parecen interesantes y que la oscuridad ha preparado y ofrecido. Son trampas sofisticadas y sumamente complejas. Y en verdad, les digo: resultan muy difíciles de reconocer si no caminan realmente tomados de Mi mano porque Me aman.

Se les hacen ver toda clase de cosas interesantes que supuestamente los esperan en caminos que parecen más fáciles que el sendero principal. En los senderos del tentador todo brilla y resplandece; allí se les ofrecen apariencias y distracciones de toda clase, tradiciones, enseñanzas transmitidas, ritos, ceremonias, pseudorreligiosidad y muchas otras cosas destinadas a seducirlos para que comprendan erróneamente Mi sencilla enseñanza del amor y la pierdan así de vista. De esta manera el centro se desplaza del interior hacia el exterior. La mirada se dirige hacia un envoltorio colorido que deslumbra a muchos hasta el punto de que dejan de preguntar por el contenido original y verdadero.

Les prometieron un vino noble y después les dieron agua azucarada y dulce, con un sabor amargo que solo se percibe más tarde, ¡muchas veces muchísimo más tarde!

Cuanto más se adentran por los caminos secundarios, menos capaces son de reconocer la verdad que dice: ¡ama, y nada más! En algún momento la persona se asombra de que aquello que comenzó con tanta facilidad y ligereza ya no continúe de una manera tan sencilla y sin problemas. Sin embargo, su alma hace mucho tiempo reconoció las cadenas que permitió que le pusieran. Y cuando advierte que sus pasos se vuelven más pesados y que encuentra cosas que nada tienen que ver con lo prometido, en su ignorancia Me acusa a Mí, aunque Yo deseo conducirla por el camino principal. No reconoce que fue ella misma quien soltó Mi mano.

Entonces la persona queda atrapada en la espesura, en su propio pantano. Todos conocen las consecuencias, pues cada uno de ustedes se ha apartado alguna vez del camino principal. Son las adversidades y aflicciones que surgen en su vida cotidiana, no pocas veces acompañadas de falta de energía porque les han robado la fuerza y el impulso; y con frecuencia aparece una ausencia de alegría que puede llegar hasta la depresión. La persona que vive semejante situación ha quedado atrapada en los lazos de los vistosos senderos secundarios.

En esta situación se encuentra gran parte de la humanidad, de forma más o menos pronunciada. Yo soy la llave de su libertad. Soy el guía que los saca del pantano. Soy quien les extiende la mano. Y ahora díganme ustedes mismos: ¿no es esta oferta verdaderamente un motivo de alegría?

Muchas veces son los temores los que los mantienen en el punto donde ahora están porque tomaron un camino equivocado. Son fuerzas que quieren atarlos o ya los han atado y les roban la seguridad y la confianza de que existe un camino de regreso.

En verdad, les digo: todo cuanto viola por voluntad propia y de manera continuada la ley del amor lleva ya dentro de sí la semilla de su caída. Esto se aplica a todos y a todo en Mi Creación entera. Se aplica a cada persona, cada grupo y cada ideología. Del mismo modo que Mi ley del amor sirve a quien sirve a la ley, también permite que se manifiesten los efectos de las causas puestas en movimiento allí donde se actúa contra la ley.

Si creen en estas palabras Mías, también saben que Yo soy el único que puede liberarlos si han quedado enredados. Resulta relativamente sencillo reconocer cuándo y cómo ocurrió. Vuélvanse —hablando en sentido figurado— y dirijan su mirada hacia el camino que los condujo a la espesura y, especialmente, hacia el lugar donde abandonaron el sendero principal. Entonces sabrán qué los sedujo, cómo pudo suceder y qué había o todavía hay dentro de ustedes que lo hizo posible.

¿Y después, Mis amados? Cuando pueda llegar hasta ustedes por medio de su anhelo porque este haya comenzado a arder nuevamente en su interior —aunque solo sea como una pequeña llama—, denme su mano, pues Yo soy quien puede deshacer sus cadenas. Entonces comenzará nuestro camino común de regreso.

Vuelvo a la imagen que les di al principio. La alegría de poder alcanzar una meta ya comienza durante los preparativos, continúa a lo largo del viaje o la caminata y, naturalmente, culmina con la llegada. Pero todo el período que comienza con el sí que han dado y termina con el regreso a la casa del Padre es un tiempo de alegría. Eso expresan Mis palabras.

La alegría ya está dentro de ustedes. La alegría forma parte del Cielo, y ustedes son hijos del Cielo. Conocen estas palabras: quien quiera entrar en el Cielo tiene que llevar el Cielo dentro de sí. Esto significa que la alegría, que quizá en este momento esté un poco enterrada, debe volver a hacerse visible. Yo los ayudo a conseguirlo. Entonces se expresará en su vida. Resplandecerán y, sin muchas ni grandes palabras, transformarán a las personas de su entorno. Finalmente habrán vuelto a convertirse en discípulos Míos que se han reconocido como hijos e hijas de los Cielos.

Desde el instante de la comprensión, apoyada por el deseo de regresar al hogar —sin importar cuán profundamente estén atrapados en su pantano—, comienza el camino de regreso. Al mismo tiempo, si así lo desean, la alegría empieza a crecer en su corazón, pues debe ser el motor de todas sus decisiones y acciones. No avanzan gracias a la obstinación, el cumplimiento del deber, la obediencia a la ley ni una sumisión mal entendida, sino mediante la alegría que nace del deseo de amar a Dios y al prójimo.

Estas palabras se dirigen en la misma medida también a ustedes, almas, pues tienen ante sí el camino hacia la casa del Padre igual que sus hermanos y hermanas vestidos con el ropaje terrenal. También ustedes deben tomar decisiones; y si reflexionan sobre lo que hoy les ofrecí como ayuda fraternal, no les resultará muy difícil tomarlas.

Yo soy el amor y la misericordia; a quien venga a Mí y Me pida que sea su guía de viaje hacia la casa del Padre lo tomaré de la mano. Si no se limita a aceptar el boleto gratuito, sino que además lo utiliza, se liberará de todas las ataduras y de todo aquello en lo que se involucró.

Está bien que celebren Mi nacimiento. Pero les hago una propuesta: ¡celebren su propio nacimiento! Pues si llevan a la práctica aquello que puse en su corazón, será para ustedes como un nacimiento, un nacimiento hacia lo espiritual.

Por eso vuelvo a llamar en sus corazones: ¡alégrense, Mis amados, alégrense!

Amén