Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, son hijos del Altísimo, criaturas de la omnipotencia que llamó a la vida todo cuanto existe. Son seres del infinito y participan de Mi fortaleza, Mi belleza y Mi conciencia, de todo cuanto existe; pues Me regalo desde la eternidad y por toda la eternidad. Quien se esfuerza con un corazón sincero por encontrarme en su interior experimentará cada vez más las delicias de Mi amor. Entonces ya no se preguntará si debe intercambiar sus propios deseos y su voluntad por la seguridad, la alegría, la plenitud y la salvación que recibe a cambio.
Por una parte, poseo una diversidad sin límites y una profundidad que nadie puede medir, y las posibilidades de las que Me valgo superan la capacidad de imaginación de toda criatura, con mayor razón la de una persona que vive dentro de las limitaciones de la materia. Mi conciencia no tiene principio ni fin. Cuando les digo que Yo Soy, estas dos palabras expresan todo cuanto puede decirse en su idioma; más palabras y explicaciones detalladas no sirven de nada. Únicamente confundirían y seducirían a su intelecto a debatir en voz alta o mentalmente. Pero quien no coloca su entendimiento en primer plano, sino que lo utiliza —como está previsto— como «mano derecha del corazón», Me reconocerá en el «Yo Soy».
Aunque ningún ser puede comprenderme, sí puede experimentarme. Mi infinitud no hace que reine en Cielos lejanos, fuera del alcance de Mis criaturas; y el hecho de que nadie pueda penetrar por completo en Mi inteligencia no significa que Yo sea incomprensible. En Mi sabiduría Me he asegurado de poder llegar en todo momento hasta cada uno —y de que él pueda llegar hasta Mí— de una manera que une la complejidad de Mi Creación con la sencillez de una conexión amorosa: ¡vivo en todo cuanto he creado! Por tanto, entre tú y Yo existe una relación eterna, es decir, indestructible.
Además, establecí como fundamento de toda vida, toda pertenencia, toda felicidad y toda aspiración una ley que, cuando existe buena voluntad, resulta tan fácil de comprender que no excluye a nadie debido a sus capacidades y posibilidades particulares: Mi ley del amor universal, desinteresado e incondicional. Su afirmación esencial, reducida a su mínima expresión, dice así: ¡ama, y nada más!
Soy un Dios cuya presencia inmediata, cercanía y guía directa pueden experimentarse cuando Me hacen descender de los Cielos lejanos y de sus altares, y cuando Me liberan de las letras muertas de sus Escrituras. Entonces Me convierto para ustedes en un Padre vivo que los cuida fielmente, una Madre tierna, un amigo íntimo y un hermano confiable. Entonces —y solo entonces—, cuando Me hayan reconocido en su interior y comiencen a vivir Conmigo en su vida cotidiana, experimentarán qué significa verdaderamente quedar envueltos en Mi amor, como cantan muchas veces. Todo lo demás, aunque siempre estoy con ustedes y los acompaño en cada instante de su vida, no es más que un débil reflejo de lo que representa una íntima conexión de amor entre ustedes y Yo.
Cuando dentro de algunos días celebren la Navidad, para algunos será una ocasión de detenerse y reflexionar sobre el sentido de esta fiesta, sobre sí mismos, su vida, sus metas y muchas otras cosas. Deseo señalarles algunos aspectos —y con ello Me dirijo especialmente a quienes procuran acercarse cada vez más a Mí— que pueden ayudarlos a modificar un poco su perspectiva. Así, de pronto, podrán contemplar algunas cosas con otros ojos y quizá reflexionar sobre ellas con mayor profundidad.
En Navidad celebran Mi llegada y Mi nacimiento; en Pascua celebran Mi «Todo está cumplido», Mi redención. Ambos son el principio y el final de un acontecimiento único que ustedes no pueden comprender verdaderamente; los dos están unidos y forman una unidad, aunque destaquen aspectos distintos. No son más que las dos caras diferentes de una misma moneda. El punto final terrenal se puso en el Gólgota, después de que Yo, como Jesús de Nazaret, proclamara y viviera durante muchos años el amor de Dios.
La meta de Mi misión, que comenzó en Belén y se consumó en la cruz, fue iniciar el regreso al hogar de todo cuanto cayó. Volví a abrir —en sentido figurado— los Cielos para que toda persona dispuesta pudiera y pueda encontrar el camino de regreso a la casa del Padre. La palabra «redención» representa aquello que hice por Mis hijos.
Hoy deseo definir la «redención» de otra manera, porque para muchos esta palabra es muy abstracta, se pronuncia con frecuencia sin reflexionar y en muchos casos no se comprende. En lugar de redención utilizo el concepto de «libertad»: una libertad que ciertamente fue regalada a Mis hijos humanos, pero que solo se vive en unos pocos casos. Me refiero a una libertad interior capaz de convertir en hijos libres de Dios a las personas que todavía están atadas a sus ideas y maneras de comportarse. Esa fue la meta de Mi encarnación: poner en sus manos la llave con la que puedan abrir la cerradura de sus cadenas humanas y entrar después en la tierra de la libertad y la luz, en cuyo final los espero para caminar con ustedes hacia los Cielos reabiertos mediante Mi muerte en la cruz.
Cuando hablo de «llave, puerta y Cielos abiertos», utilizo un lenguaje figurado, porque no es posible representar con sus palabras un acontecimiento energético que se desarrolla en otras dimensiones. Ni los planos sutiles ni los ámbitos de los Cielos con las vibraciones más elevadas están arriba o abajo. Debido a su vibración superior, penetran toda la materia densa; se encuentran «uno junto a otro», como las distintas frecuencias de sus emisoras de radio. Y conforme a la ley de atracción, lo semejante encuentra a lo semejante.
Por eso, «venir de los Cielos a la Tierra» significa reducir la vibración y adaptarse a las condiciones materiales. Y «volver a abrir los Cielos» significa que fue disuelta una especie de bloqueo energético que había surgido como consecuencia de la Caída y rodeaba los Cielos. Así se hizo posible entrar nuevamente en la patria eterna, siempre que exista concordancia de vibración entre los Cielos y el alma que desea regresar al hogar. Mi parábola del hijo perdido, a quien el anhelo de la casa de su Padre mueve a cambiar de rumbo, describe este proceso de una manera fácil de comprender.
En cada uno existe el deseo de libertad, porque a todos los he dotado con el regalo de la libertad. Forma parte de ustedes, y tarde o temprano el deseo de alcanzarla se hará tan fuerte en cada persona que determinará sus pensamientos y sus actos. A los hijos libres de Dios no se los puede tutelar, manipular, encadenar ni someter. Por eso las tinieblas tuvieron que hacer todo lo posible para restringir la libertad de Mis criaturas, procurando que ellas no lo advirtieran. Lo hicieron ofreciéndoles un sustituto colorido y brillante de su libertad interior; también tergiversando Mi palabra y produciendo así incomprensión hasta llegar a la incredulidad; y no en último lugar continúan trabajando con el miedo, destruyendo de ese modo la confianza en un Dios amoroso.
Mi enseñanza del amor a Dios y al prójimo pone en manos de las personas la herramienta para hacerse libres: en primer lugar, libres de sí mismas, de sus errores y debilidades, de sus imperfecciones y cadenas; después, también de sus numerosas ataduras a aquello que el mundo considera imprescindible desear y poseer. Esta sencilla enseñanza es una orientación válida para todas las personas y almas y no exige de nadie más de lo que puede realizar. Pero hace necesario recorrer el camino del conocimiento de uno mismo y la transformación, tanto aquí como allá. Pues también allá continúa el desarrollo, paso a paso, iniciado por la propia voluntad y el esfuerzo y acompañado por Mi apoyo incesante en forma de Mi amor y misericordia.
Como Jesús de Nazaret les di como una especie de «encabezado» el mandamiento del amor a Dios y al prójimo; como el Espíritu de Cristo y de Dios que se revela en su época, explico mediante numerosas enseñanzas y ayudas detalladas para la vida cotidiana cómo pueden cumplir este mandamiento. Pueden reconocer, entre otras cosas, si ya están «trabajando» con éxito mediante este instrumental observando cuánto ha crecido su confianza en Mí. Los hijos e hijas que han emprendido el camino hacia la casa del Padre comienzan a desarrollar una confianza en Mi guía que el mundo desconoce y que anteriormente también era extraña para ellos.
«La confianza —dije una vez— expresa la suma de las experiencias vividas Conmigo». ¡Cuanto mayor y más inquebrantable sea su confianza, más etapas difíciles de la vida habremos superado juntos con éxito! Dejen que esta frase penetre profundamente en ustedes y, si lo desean, reflexionen sobre ella durante un momento de silencio. Y si descubren que su confianza todavía podría crecer más, consideren en qué situaciones y de qué manera pueden contribuir a forjar cada vez con mayor firmeza el vínculo entre ustedes y Yo. Tan firme que —como dice uno de sus refranes— «ni siquiera quepa una hoja de papel entre los dos».
Esto es lo que deseo: que atraviesen su vida cotidiana y todos sus obstáculos de manera resuelta y orientada hacia la meta; que Me lleven como piloto a bordo del barco de su vida; que maduren tanto en su interior y lleguen a ser tan fuertes que en cada situación de su vida pueda transmitirles esta certeza: «Venga lo que venga, he hecho cuanto podía. Ahora le corresponde actuar a mi Padre, que me ama. Y sé —no únicamente creo o estoy convencido, sino que sé— que Él jamás comete un error. ¡Nunca! Por tanto, aquello que venga tiene que ser bueno para mí, incluso cuando no pueda ver o no siempre comprenda los caminos por los que Él me conduce y todavía desconozca Su plan para mí».
¡Eso, Mis amados, es confianza!
Vine al mundo para que Mis hijos aprendieran a crecer hacia esa confianza y desarrollaran el amor hacia Mí, a fin de poder emprender el camino de regreso a los Cielos. Ese fue y continúa siendo —con validez eterna e incondicional— el regalo que les traje con Mi encarnación. Ese fue y sigue siendo Mi regalo de Navidad: ¡Mi amor para su libertad! ¿Lo aceptas? Su ser y su acción se hacen cada vez más amplios e intensos cuanto más «trabajas» con él.
Todo en Mi Creación es evolución; esto significa que nada queda excluido de un desarrollo gradual que sirve para aprender y experimentar. Si —hablando en sentido figurado— ven «arriba» Mi mandamiento del amor y «abajo» las conductas humanas, resulta evidente que existe un abismo que no puede superarse con facilidad ni hacerse desaparecer de un plumazo. Soy un Dios de paciencia, mansedumbre y misericordia. Jamás exigiría a Mis hijos humanos algo que no fueran capaces de realizar.
Por eso, aunque Mi amor se dirige a todos por igual, no todos pueden superar con unos cuantos pasos el abismo del que hablé; mucho menos en una sola vida a la que, según una doctrina falsa, sigue además un juicio definitivo.
Entonces, ¿qué oportunidades y posibilidades tienen quienes todavía no quieren o no pueden orientarse de inmediato hacia las metas más elevadas de Mi enseñanza divina y hacia Mi vida como Jesús de Nazaret? ¿Debo dejarlos solos en su incapacidad y quizá en su soledad?
¿Alguna vez han pensado cómo serán su vida y su desarrollo posterior en el más allá? ¿Y cómo eran antes de que entraran en esta vida? Sin duda no creen que los seres que habitan los Cielos o los ámbitos sutiles luminosos pasen su «tiempo» dando gritos de júbilo y alegría. Su alegría —que de cierta manera, aunque distinta, también es júbilo y regocijo— nace del hecho de que se les permite colaborar para que otros hermanos y hermanas puedan dar los pasos de aprendizaje necesarios. Al mismo tiempo, ellos mismos se desarrollan por medio de este servicio de amor. Eso es «trabajar en la viña del Señor».
Precisamente durante esta época difícil, innumerables seres fieles a Mí han encarnado por amor a su prójimo. Del mismo modo que allá el crecimiento del alma solo es posible mediante el servicio —desarrollándose al mismo tiempo la humildad—, así sucede también en su Tierra: muchos seres de los ámbitos luminosos escucharon en su corazón Mi llamado a colaborar en el regreso de sus hermanos y hermanas terrenales y, de esta manera, madurar y avanzar anímicamente. Esto significa que por todo el mundo existen personas que decidieron encarnar de manera consciente y voluntaria.
Si ahora te preguntas si tú también formas parte de quienes se colocaron a Mi lado para esta tarea, presta atención a tus sentimientos. ¿Te toca Mi palabra? ¿Percibes dentro de ti una emoción alegre que te dice: «No he encarnado únicamente para mí mismo. También he venido para ayudar y colaborar en la preparación del gran regreso»?
No aparten de inmediato estas emociones y otras semejantes. Desean revelarles algo acerca de ustedes mismos y de aquello que se propusieron para esta vida.
Al comienzo de Mi revelación dije que mediante Mi palabra Me dirigiría a quienes se esfuerzan por recorrer el camino hacia Mi corazón, aunque no solamente a ellos. Son aquellos de quienes acabo de hablar: Mis hijos e hijas fuertes, que han convertido en su tarea llevar a la práctica de manera muy concreta su amor hacia Mí y hacia su prójimo. Son los innumerables seres —aunque todavía no pueda llegar a todos en la misma medida— que en su vida cotidiana procuran cumplir Mi mandamiento del amor en el lugar donde los he puesto; incluso lo cumplen muchas veces sin saber que así Me sirven a Mí y a su prójimo. Su buena voluntad, su intención sincera y su esfuerzo serio Me bastan.
Algo está escrito en el alma de todos los que van a la Tierra como mensajeros de la luz: su propio desarrollo no constituye un fin en sí mismo, sino que el trabajo sobre ellos mismos —su trabajo interior— es el requisito para poder cumplir aquello que se propusieron. Lo hacen en sus matrimonios, sus familias, sus profesiones y su vecindario; en resumen, en la convivencia con su prójimo. Así representan muchas veces, mediante su ejemplo, una especie de enlace y pueden ayudar a más de una persona para quien el abismo entre «arriba» y «abajo» todavía parece muy grande o incluso imposible de superar.
Como saben por experiencia propia, el ejemplo vivido continúa siendo el mejor argumento cuando se trata de mover al prójimo a reflexionar y quizá también a cambiar su conducta. En su mundo faltan ejemplos de personas que lleven a la práctica Mi enseñanza del amor con un esfuerzo sincero. Se habla y se escribe mucho. Son innumerables las palabras que, procedentes principalmente del intelecto, de un afán misionero o del fanatismo, prácticamente inundan a las personas. Producen muy poco efecto cuando y porque muchas veces carecen de corazón, calidez, experiencia propia y conocimiento de la vida en íntima unión Conmigo. Y cuando los frutos de ese trabajo no aparecen de la manera esperada, no pocas veces entran en juego las prohibiciones, las amenazas y el miedo para mover a las personas a creer en un Dios.
Pero de esta manera, Mis amados, el mundo no podrá transformarse para bien. Lo transformarán quienes viven Mis mandamientos en su vida cotidiana, no quienes dicen: «Señor, Señor…». Lo transformarán quienes se esfuerzan por ser un ejemplo; quienes ejercen así una influencia positiva sobre las personas que los rodean; quienes, sin hablar demasiado de ello, manifiestan mediante su vida que están unidos a Mí; quienes desarrollan dentro de sí la confianza inquebrantable de la que hablé antes.
Son quienes están dispuestos a reflexionar sobre sí mismos y cambiar algo cuando sea necesario.
Quien partió para servir a Mí y a su prójimo conoce la necesidad de convertirse en un ejemplo dentro de sus posibilidades. Sabe también que estoy a su lado con numerosos ayudantes espirituales. No se limita a oír o leer Mi palabra, sino que comienza a utilizar los instrumentos que pongo a su disposición. Se ha entregado a la aventura de una vida íntima y compartida Conmigo, e irradia el amor, la comprensión y la confianza que ya se han desarrollado dentro de él. De esta manera transforma su «pequeño mundo» y a las personas que viven en él.
Quienes emprendieron el camino para convertirse finalmente en un ejemplo han aceptado el regalo de la libertad. Así resultará más fácil dar los primeros pasos a algunos que todavía tienen dificultades para poner en práctica el mandamiento del amor a Dios y al prójimo porque sus exigencias les parecen demasiado elevadas. La piedra que cayó al agua extiende sus círculos…
Con Mi bendición fortalezco toda Mi Creación, pues Mi bendición es igual a la fuerza de Mi amor, que lo vivifica todo. Pero reciben una fortaleza especial quienes han abierto ampliamente sus corazones mediante el sí que Me dieron. Este fortalecimiento particular no es privilegio de unos cuantos. Hacia todo corazón abierto y toda conciencia dispuesta que exprese mediante su sí su entrega a Mí: «Padre, Me esforzaré por ser, conforme a Tu voluntad, un ejemplo para mi prójimo», puede fluir más fuerza que hacia un corazón que apenas comienza a abrirse o que todavía permanece cerrado. Pero también allí estoy presente con Mi amor y sé que ¡volveré a estrechar a todos entre Mis brazos!
Amén