Revelación divina
Yo, el Uno que todo lo abarca, estoy presente. Han invitado en sus corazones a Aquel a quien aman y por quien sienten anhelo para que esté aquí, en medio de ustedes, y una petición semejante nunca queda sin ser escuchada. Pues también es Mi deseo y Mi voluntad cultivar la comunión interior con los Míos y estar muy cerca de cada uno de Mis hijos, de Mis hijos e hijas.
Les traigo Mi amor paternal y la paz de los cielos, y con ellos toco lo más profundo de sus almas para que reconozcan en Mí a su Padre eterno y se eleven hacia Mí. Entréguense a esta corriente sagrada y experimenten lo que significa ser tocados por la mano divina de bondad infinita: ustedes que están aquí y escuchan, y también, en igual medida, ustedes que leen.
Con gran seriedad, cobijada en Mi amor paternal, misericordioso e ilimitado, les regalo incesantemente Mi palabra, despliego ante ustedes Mi verdad eterna y les permito participar de todos sus múltiples aspectos que los Míos pueden captar con su conciencia limitada, para que cada uno, con buena voluntad y un corazón vuelto hacia Mí, se forme una idea y adquiera conocimiento de la dirección que debe tomar y del sendero en el que debe dar sus próximos pasos.
Oh, vean: el núcleo más íntimo y la esencia más profunda de todo amor verdadero consisten en servir de manera incondicional y humilde a todo cuanto existe. Yo, su Dios creador y Padre celestial, soy el Amor y, por tanto, en el tiempo y en la eternidad nunca puedo ni podré hacer otra cosa que servir, sin excepción, a cada una de Mis criaturas, sin importar las ideas confusas que Mis hijos humanos hayan elaborado, en el transcurso de su creciente ignorancia espiritual, acerca de lo que significa servir divinamente. Significa que Mi omnipotencia divina y el conjunto de Mis leyes divinas, tanto en el espíritu como en la materia, actúan únicamente para el bien y la salvación de todo ser creado.
Miren la naturaleza que los rodea: ¿todavía son capaces de maravillarse ante el despliegue de esplendor tan generoso que, precisamente en esta época, parece producir por sí misma sin que el ser humano pueda aportar ni lo más mínimo? Sí, al contrario: mediante su conducta y su manera de tratarla a ella y a todo lo natural, el ser humano crea innumerables adversidades, perturbaciones y cambios que interfieren en el equilibrio finamente armonizado de la naturaleza y en la armonía que Yo destiné para ella, de tal manera que —sin comprensión ni conversión— solo pueden resultar, en mayor o menor grado, confusión, agitación y efectos destructivos.
Mientras Mis hijos humanos desprecien las leyes universales del amor y la armonía, a las que está sujeto todo ser vivo; mientras las pisoteen y procuren someterlas de manera egoísta, codiciosa e incluso violenta, estas se sustraerán a ellos; y su servicio amoroso al ser humano, que corresponde a la verdadera esencia espiritual de esas leyes, se convertirá en lo contrario.
Así, Mis amados, reconocen por los dolorosos efectos cuán amargas deben ser las causas de las que proceden. Y cuando reconozcan que es deseable y necesario, realicen con Mi ayuda los cambios en su vida y esfuércense por servir a la ley del amor y, con ello, a su crecimiento espiritual y al de su prójimo, y por favorecerlo con todas sus fuerzas, al igual que todo crecimiento y florecimiento en la naturaleza.
Amar significa servir, para que todo cuanto vive —tanto quien da como quien recibe— participe de las bendiciones y alegrías que brotan del amor desinteresado. Son las sorpresas pequeñas y grandes que a veces les parecen milagros: como el esplendor de las flores y su fragancia cautivadora, o un gesto de amor de su prójimo, que estimulan sus sentidos exteriores e interiores, elevan su conciencia y —si lo permiten— los llenan de gozoso asombro, de humilde quietud y gratitud, y que, no en último lugar, quieren recordarles a Mí, su Padre, la única fuente.
Como Yo, la Divinidad amorosa, soy la vida en toda Mi creación, el principio primordial y universal de servir constituye también el fundamento de todo lo creado por Mí y está eternamente presente como la esencia más íntima de todo cuanto vive por Mí, procurando incansablemente realizarse y alcanzar su plenitud en la luz. ¿Acaso no les sale al encuentro en las incontables formas de vida de su tierra, de las aguas y del aire? ¿En la florecita discreta al borde del camino, que sin embargo irradia desde sí misma? ¿En la alondra que eleva jubilosa su canto de alabanza hacia el cielo? ¿En el viento que hace susurrar los bosques y los mares, en cada gota de lluvia? ¿Y no habita en los rayos vivificadores del Sol, la Luna y las estrellas?
En verdad les digo: ¡no existe una sola criatura que esté excluida de este principio! Mucho menos el ser humano, Mis amados dotados de razón y de la más alta herencia espiritual: el libre albedrío.
Contemplen, pues, su vida en el espejo del servicio amoroso mutuo y, si quieren, conversen también entre ustedes acerca de ello.
El amor desinteresado, comprendido correctamente, no conoce otra meta que ayudar activamente a todo ser vivo a alcanzar un mayor desarrollo y madurez espirituales, la alegría y la felicidad, la sanación y la plenitud en Mí. Nada de lo que tú, hijo Mío, puedas hacer iguala a semejante aspiración y esfuerzo en cuanto al provecho y beneficio que aporta en todos los sentidos.
Yo soy su Padre celestial, el Uno, el servidor de todos los que sirven en el tiempo y en la eternidad. Amén.
Revelación divina
El amor que sirve es el principio de la vida. Yo lo encarno y lo he depositado en cada uno para que también pueda y llegue a florecer por medio de cada uno, para el bien de toda Mi creación.
Fue el amor que sirve el que Me movió, hace dos mil años, a entrar en la materia para llevar a todos Mis hijos humanos y a todas Mis almas aquello que ustedes llaman redención. Sin embargo, Mi obra redentora tiene en muchos aspectos un significado diferente del que le atribuyen las Iglesias. La interpretación de estas ha adoptado en parte formas tan abstractas e incomprensibles que hoy apenas alguien sabe en qué consistió Mi acto único de amor que sirve, qué finalidad tuvo y qué fue lo que con él no solo quise conseguir, sino que conseguí.
Hace algunos días celebraron su fiesta de Pascua, y durante esas celebraciones apareció una y otra vez la palabra «redención». Que los lavé con Mi sangre; que a quien cree en Mí le quito sus pecados únicamente por Mi gracia y por su fe, y muchas otras interpretaciones circulan en este mundo. Difícilmente podría presentarse una redención de manera más errónea. Fueron las fuerzas de las tinieblas las que, a lo largo de muchos siglos, se sirvieron y aún se sirven de instrumentos dóciles para desfigurar Mi acto de amor —y también Mi enseñanza del amor— de tal modo que apenas alguien comprende todavía lo que realmente sucedió.
Por eso quiero describirles algunos aspectos de lo que hice por Mi creación, en la medida en que la conciencia de Mis hijos humanos pueda comprenderlos. Quienes afirman poder instruirlos porque Me han estudiado no conocen los acontecimientos espirituales; saben poco o nada de los mundos espirituales; nada saben de la lucha continua entre la luz y las tinieblas; no saben que Mis hijos humanos reciben influencias sin cesar. Por tanto, tampoco saben que lo que sucede en la materia no es la realidad, sino apenas un pálido reflejo de lo que tiene lugar en lo invisible. Y allí siempre se trata de obtener o conservar influencia y poder; al final, siempre se trata de energía.
El ser humano Jesús de Nazaret estaba lleno de Mi espíritu, pues Yo vivía en él. Mi encarnación había sido preparada durante muchos siglos, y la envoltura humana de Jesús sirvió de recipiente a Mi ser divino, del mismo modo que cada ser humano posee un alma con un «centro»: su ser espiritual que existe eternamente. Como Jesús enseñé las leyes del amor eternamente válido y las viví con Mi ejemplo. Pero esa fue solo una parte de la tarea que Yo mismo Me había impuesto; la parte más importante tuvo lugar en el ámbito invisible y fue de naturaleza energética. En Mi omnisciencia vi el peligro en el que se encontraban Mis hijos. En quienes tenían buena voluntad vi, por un lado, sus esfuerzos y empeños y, por otro, la imposibilidad de elevarse nuevamente hacia la luz por su propia fuerza desde la profundidad de la caída.
Así, solo había un camino para liberar de sus ataduras, para redimir, a todos Mis hijos en todos los ámbitos situados fuera de los cielos puros: llevarles una energía adicional que, al morir Mi cuerpo, fluyó dentro de cada ser humano y de cada alma; una energía que muchos hombres y mujeres iluminados llaman la «chispa de Cristo» y que algunas personas cercanas a Mí perciben en su interior. La transmisión y la implantación de esta energía de Mi amor detuvo la caída y, hablando en sentido figurado, volvió a abrir los cielos.
Mi acto de amor consistió, por tanto, en dotar a cada uno de una energía de amor que le abre la posibilidad de utilizar, por libre decisión, esta fuerza amorosa dentro de sí para emprender el camino de regreso a su hogar celestial. Anunciar en el mundo la enseñanza del amor y vivirla mediante el ejemplo de Jesús de Nazaret fue una parte; el acto único de amor, que nadie más que Yo podía realizar, fue la otra: implantar una energía adicional en lo profundo de cada alma humana y de cada alma en los ámbitos de materia sutil.
Desde entonces, esta fuerza puede servir a cada uno para liberarse de las cadenas que las tinieblas le han impuesto y que él permitió que le impusieran. Si la cristiandad conociera esto, si no redujera la redención a Mi sangre derramada en la cruz, ni a vagos artículos de fe y dogmas, doctrinas falsas y prohibiciones, sino que supiera que la energía de Mi amor vive en el ser humano, ¿pueden imaginar lo que eso significaría?
Las personas sabrían que estoy dentro de cada una. Sabrían que todos reciben ayuda cuando simplemente cierran los ojos y entran en su interior con un corazón sincero. Sabrían que en ese mismo instante están conectados con la fuente de su vida. Con este conocimiento, hermano Mío, hermana Mía, creerás con mucha mayor facilidad en Mi ayuda; más aún, la experimentarás, sentirás la corriente de fuerza y comenzarás a cambiar las cosas de tu vida que hayas reconocido como necesitadas de cambio. ¿No es esto incomparablemente más que recitar oraciones y cantar canciones cuyo tema es Mi sangre derramada en el Gólgota, para regresar poco después a la vida cotidiana y volver a mostrar la misma conducta de antes?
Eso, Mis amados, habría producido en muy poco tiempo un cambio radical, una redención de los seres humanos en el verdadero sentido de la palabra. En cambio, la humanidad fue conducida por un camino cuyo final sigue siendo el regreso a los cielos, pero que ahora se ha vuelto un poco «más largo», para expresarlo con sus palabras.
Las tinieblas no pudieron impedir que Yo aportara la energía de Mi amor, pero sí pudieron encubrir el significado de este acto y, con ello, también el conocimiento de aquello que llamo trabajo interior, el cual puede realizarse con Mi fuerza dentro de ustedes.
Para que lo comprendan mejor, quiero darles otra imagen. Comparen su vida y el destino creado por ustedes mismos con una jaula cerrada en la que cada ser humano está sentado. Pero Yo quiero verlos libres, pues solo entonces pueden regresar a Mí. Con Mi fuerza redentora les he dado ahora la llave. Cada uno puede aceptarla o rechazarla conforme a su libre albedrío. Quien quiera escapar de su jaula debe introducir su llave en la cerradura y hacerla girar para poder emprender el camino hacia la libertad. La llave es Mi parte; usarla por libre decisión es la parte de ustedes.
Y si ahora dices: «Señor, todavía es mucho el trabajo que debo realizar», simplificaré un poco la imagen para ti. Incluso Yo te abro la puerta de tu jaula. ¿Y ahora qué? Todavía hace falta tu participación, pues aún debes decidir si quieres salir de tu jaula. La jaula es tu yo, son tus costumbres, tus opiniones, aquello que has construido, aquello que crees que necesitas poseer y conservar a toda costa, aquello que te da una seguridad engañosa. Quizá incluso te parezca que tu jaula está bañada en oro y digas: «¿Se supone que debo salir de aquí?».
Este paso, esta decisión, amado Mío, amada Mía, no puedo ni voy a tomarlos en tu lugar, pues posees libre albedrío. Te llamaré una y otra vez, procuraré atraerte, haré que sientas Mi amor; pero tú debes tomar la decisión de si quieres salir para entrar en el camino de la luz. Siempre ha sido así y así seguirá siendo en el futuro. Esta es la otra cara del libre albedrío, la que para algunos no resulta tan agradable.
Tal vez preguntes: «¿Dónde está entonces Tu amor, Señor? ¿Dónde está Tu misericordia, de la que tanto se habla? ¿No puede Tu misericordia sacarme simplemente de mi jaula?». También quiero decirte algo al respecto.
Cuando vine junto a ustedes a este recinto traje innumerables almas Conmigo. Lo que ha sucedido aquí, lo que sucedió en todo tiempo y seguirá sucediendo, es que las almas son atraídas por la luz. Allí donde una persona irradia amor, donde se vuelve hacia Dios, resplandece; y un grupo resplandece con mayor intensidad que una persona sola. Y cuando resuena a través de los cielos el llamado: «El Señor alzará Su palabra aquí o allá», innumerables almas se reúnen porque anhelan la luz y el amor.
Muchos grupos realizan la labor desinteresada de ayudar a las almas y mostrarles el camino que las conduce fuera de su oscuridad. Es un servicio de amor, un servicio a los más pobres entre los pobres, a quienes ustedes no ven y que, sin embargo, a menudo están cerca. En todos los encuentros en los que actúa Mi espíritu están presentes cientos, incluso miles y muchas veces decenas de miles de almas que esperan que se les permita recibir sentimientos de amor.
Y les digo: no pocas veces, después se conduce hacia la luz a grupos enteros de almas que han reconocido su injusticia. Y así sucederá también en este encuentro de ustedes hoy.
Ustedes escuchan Mi palabra y la transmiten; esto es lo que ocurre en lo exterior. En lo invisible sucede mucho más, cuando y porque las almas abandonan su jaula. También esto, Mis amados, es redención. Allí actúa Mi misericordia, pero solo puede actuar cuando previamente se ha producido una conversión. Sin embargo, la conversión verdadera presupone reconocer la propia conducta equivocada y arrepentirse; a ello le sigue el llamado pidiendo ayuda. Y les digo: muchas de las almas —que son sus hermanos y hermanas, algo que se olvida con demasiada frecuencia— se encuentran en un estado digno de compasión. Viven en los efectos que ellas mismas causaron. Quien experimenta esto durante algún tiempo, quien se ve confrontado con el sufrimiento que causó, con los dolores que infligió a otros y con las falsas enseñanzas con las que extravió a los demás, yace en el suelo —no solo en sentido figurado—, en el frío y la oscuridad. Entonces ya no es grande el paso hacia un sincero llamado de auxilio y un profundo pesar. En ese mismo instante, Mi misericordia envuelve al individuo o incluso a una multitud de almas dispuestas a regresar, que dan este paso de abandonar su ego y entregarse a Mí. Mi misericordia, por tanto, no se contiene aunque algunos sostengan que no existe; al contrario: entra en acción porque amo a cada uno de Mis hijos. Y la misericordia no lleva las cuentas del debe y el haber como un contador.
Apliquen ahora semejante situación a la vida de muchas personas en esta Tierra. Quien pueda realizar la misma entrega, quien permita que el mismo arrepentimiento surja en su corazón y quien Me envíe el mismo llamado de auxilio experimentará la misma misericordia, porque Yo soy un Dios de misericordia. Pero no actúo contra el libre albedrío de Mis hijos.
También experimentarán esta misericordia Mía quienes permitieron que se abusara de ellos para servir a los fines de las tinieblas y desfigurar Mi enseñanza, y que de ese modo impidieron y todavía impiden que muchos de Mis hijos ignorantes emprendan el camino hacia Mi corazón. En verdad, se han hecho culpables. Pero también es verdad que Mi misericordia les sirve a ellos y que volveré a estrecharlos entre Mis brazos. Ellos mismos deciden cuándo sucederá.
Mis amados, les he recordado Mi fuerza dentro de ustedes y que no solo pueden invocarla, sino que también pueden trabajar con ella —Conmigo— para salir paso a paso de las profundidades más o menos agobiantes de su vida, entrar en ámbitos más luminosos y experimentar cómo es vivir Conmigo en la vida cotidiana. Quien hace esto acepta conscientemente el regalo y el sacrificio de Mi redención.
Mantengo Mis manos sobre ustedes para bendecirlos y también sobre quienes llenan con ustedes este recinto. Les digo: la luz ha surgido dentro de muchos, y muchos abandonarán Conmigo su valle oscuro. Con ello se ha realizado una parte más de la redención, una entre incontables, a la que seguirán incontables más. Amén.