Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, como su Padre estoy más que dispuesto a ayudarlos a derribar los límites y las ideas humanas que ustedes mismos han establecido [esto había formado parte previamente de una oración]. Esto significa que les brindo ayuda tras ayuda para que puedan llevarla a la práctica en su vida cotidiana, con el resultado de que su conciencia se amplíe y sus ojos y oídos interiores se abran cada vez más.
Así, hoy quiero profundizar con ustedes en un aspecto de la ley de causa y efecto —conocida también como la ley de siembra y cosecha—, una ley que conocen a grandes rasgos, pero cuyos detalles les son desconocidos. Por así decirlo, les permito mirar un poco más detrás de bastidores, para que reconozcan relaciones más amplias y aprendan de este modo a ver y oír mejor; pero también para que comprendan mejor lo que sucede tanto en este mundo como en su vida personal.
En la perfección, que es su hogar eterno, no existen ni el tiempo ni el espacio, ni tampoco la necesidad de un principio de causa y efecto. Este surgió solo a raíz de la caída; Yo lo creé como instrumento para conducir, tarde o temprano, a la conversión a Mis hijos que habían abandonado los cielos. Por eso siempre recalco, y aquí lo repito: la ley de causa y efecto nace de Mi amor por Mis hijos caídos, pero también por aquellos que han ido y siguen yendo a la materia para ayudar allí a sus hermanos y hermanas. Pues ellos también necesitan la guía de Mi ley.
Los seres caídos se dieron cuenta muy pronto de que, fuera de los cielos puros, se encontraban bajo la influencia de Mi principio educativo de siembra y cosecha. Esto les resultaba muy molesto, pero no podían sustraerse a esta ley. Sin embargo, llegado el momento —y especialmente después de Mi obra de redención y del florecimiento de una nueva humanidad—, lo hicieron todo para encubrir el significado de esta ley o impedir que Mis hijos siquiera tuvieran acceso a ella.
Cuando entré en esta Tierra hace dos mil años, enseñé los mandamientos del amor, pero también hablé de que el ser humano cosechará lo que haya sembrado. Ninguna persona que piense razonablemente puede sustraerse a esta lógica, pues la naturaleza por sí sola le muestra sin cesar la veracidad de esta enseñanza. En sus Biblias aún se conservan fragmentos de esta ley.
Como las tinieblas no podían tener interés alguno en que los seres humanos fueran capaces de partir de los efectos evidentes para sacar conclusiones sobre las causas establecidas anteriormente, o al menos de considerar la existencia de causas no solo como algo posible, sino como una realidad, se ocuparon desde temprano de encubrir ampliamente Mi enseñanza. De este modo ya no podían reconocerse las relaciones y, por consiguiente, apenas era posible reflexionar sobre la propia responsabilidad.
Para ello fue necesaria cierta preparación, hasta que las fuerzas contrarias pudieron finalmente cubrir con el manto de la ignorancia a una gran parte de los seres humanos, sobre todo a quienes, como cristianos, estaban bajo la influencia de la Iglesia. Ellas erigieron y ampliaron el poder de la Iglesia, que durante muchos siglos se convirtió en un poderoso instrumento para tergiversar Mi verdad eterna y que todavía lo es hoy; pero su poder, a diferencia de épocas anteriores, ha disminuido mucho y, de hecho, ya está quebrantado.
En su mayoría, las personas ignorantes estaban totalmente a merced de esta institución, especialmente porque carecían de conocimientos propios —y, por tanto, dependían del conocimiento de los teólogos— y porque, además, se trabajaba con el miedo. Así se veían más o menos obligadas a someterse a las opiniones, mandamientos y prohibiciones de las autoridades eclesiásticas. Pensar por cuenta propia o dudar era peligroso y no pocas veces traía como consecuencia el castigo o la muerte de quien disentía.
En primer lugar, la enseñanza de la reencarnación fue presentada como una doctrina falsa y sustituida por dogmas que prescriben creer en una sola vida. En el curso posterior del encubrimiento y la tergiversación, la ley de causa y efecto fue silenciada o interpretada de manera completamente errónea: siempre con la mirada puesta únicamente en el futuro, en algún tipo de existencia después de la muerte, en la que el ser humano cosecha lo que sembró durante su única vida.
Esta sigue siendo la doctrina eclesiástica de la inmensa mayoría de las agrupaciones religiosas, grandes y pequeñas, que a lo largo de muchos años se separaron de la Iglesia romana dominante o se constituyeron de alguna otra manera. Así se explica el conocimiento actual de quienes se llaman cristianos: no solo creen —o tienen que creer, si no quieren contradecir la doctrina de su Iglesia— en una sola vida terrenal, sino que tampoco tienen explicación para las muchas incoherencias que de ello se derivan. Quien pasa así por la vida no puede avanzar espiritualmente al mismo tiempo. Con ello, las tinieblas habían alcanzado una meta provisional.
Pero la verdad es diferente. En Mí y en Mi creación no existen principio ni fin; e incluso cuando un ser espiritual abandona los cielos, su camino se asemeja a un ciclo cuyo punto más distante es la Tierra y que finalmente lo conduce de regreso a su punto de partida. En este camino, Mi hijo establece causas una y otra vez y se ve confrontado una y otra vez con sus efectos; pero al final —por mucho que dure semejante camino—, este siempre terminará en la luz. Sin excepción.
De este ciclo, que comprende una vida terrenal repetida o incluso varias, se extrajo un solo segmento —una sola vida— y se lo presentó como una vida independiente, completamente aislada y sin relación con lo anterior ni con lo posterior, y además como si fuera Mi voluntad y Mi ley. Así surgieron el nacimiento, los años de vida, la muerte y, en algún momento, un juicio no definido con mayor precisión.
De esta manera ya no podía reconocerse que cada vida es solamente una parte de un gran ciclo y que cada ciclo siempre vuelve a concluir en la perfección. Porque las tinieblas no podían hacer nada con la enseñanza de que todo volverá a encaminarse hacia el bien —siempre y en todas partes, cuando se contempla con los ojos del amor eterno y no se presentan como absolutos los límites del tiempo y del espacio—.
Por tanto, declararon inexistente este ciclo y, en su lugar, lo dividieron en innumerables secciones pequeñas y grandes a las que otorgaron independencia. La consecuencia es que las personas ignorantes solo ven esta única sección; no saben nada de lo pasado, no saben nada de lo que vendrá después, ni saben que todo volverá a terminar siempre en el bien y en la luz, hasta que al final todo repose nuevamente en Mi corazón.
Con esta forma engañosa de considerar las cosas, quienes se aferran a esa doctrina podían y pueden ser dirigidos a voluntad; pues ahora ya no resulta difícil, ante el sufrimiento inexplicable y la gran necesidad, inculcarles ideas acerca de un Dios injusto —o incluso fomentar su incredulidad, lo que encaja aún mejor en los planes del bando contrario—, infundirles miedo a un juicio posterior y quizá hasta a una condenación eterna, privarlos de libertad y mantenerlos así, volverlos inseguros y, con ello, dependientes y útiles para sus fines.
Quiero mostrarles la astucia de este procedimiento mediante un ejemplo, para que ustedes mismos reconozcan cómo la división en una sección parcial, en secciones pequeñas y diminutas, obstruye la visión del conjunto. Cuanto más pequeña se hace esta sección —y Yo la reduzco de manera exagerada para dejar claro lo que quiero decir—, más fácil puede servir como prueba del abuso que se ha cometido aquí: ¿Puede un ladrón que huye con su botín afirmar al cabo de diez minutos —si hasta entonces aún no se ha descubierto su acto— que la ley de causa y efecto no puede existir porque ningún efecto lo ha alcanzado, o todavía no lo ha alcanzado? Sin duda puede afirmarlo. Pero con ello solo revela su necedad, porque no se ha dado cuenta de que fue observado y pronto será identificado.
Pueden tomar cualquier ejemplo y reducir cada vez más el periodo considerado: nada cambiará en Mi ley. Tampoco cambiará el hecho de que una sección parcial se une a otra y así forma un todo grande y completo que está y permanece dentro de Mi ley.
Ustedes tienen el dicho de que los molinos de Dios muelen despacio, pero con justicia y precisión. Por eso Mi justicia, entendida como compensación, exige que una causa establecida no se disuelva por sí sola. La única posibilidad de disolverla —acompañada por Mi amor y Mi misericordia— consiste en que quien la causó esté dispuesto a reconocer lo que hizo contrario a la ley, a arrepentirse y, en la medida de lo posible, a repararlo. No importa cuándo se estableció la causa: hace horas, días o algunos años, durante la vida anterior o hace mil años o más. Mi ley es misericordiosa, pero incorruptible.
Por tanto, Mi amor no disuelve una causa sin más, pues su efecto debe llevar a quien la causó a reconocer que no actuó conforme a la ley del amor. ¿Cómo podría entonces eliminar una causa sin más? Eso equivaldría a privar a un hijo de la posibilidad de conocerse a sí mismo; con ello dificultaría su regreso o incluso lo impediría por tiempo indefinido.
Debido a la ignorancia deliberadamente provocada en Mis hijos humanos acerca de que —en muchos casos— hubo una vida antes de esta y —en otros tantos casos— habrá una vida después de esta, el bando contrario pudo inducir a los seres humanos a realizar actos por los cuales creían, y aún hoy creen, que no tendrían que responder. Así, desde tiempos inmemoriales se responde a la violencia con violencia y a la provocación con provocación. Como tú me haces, yo te hago. Casi no existe, o no existe en absoluto, el temor de que sus actos lleguen algún día a alcanzarlos. La incredulidad en Mí o las ideas falsas son —como ya expliqué— la causa de ello. Ninguna guerra se libraría si se supiera que inevitablemente seguirán efectos y que el sufrimiento, la necesidad y el dolor se experimentarán en carne propia.
Dondequiera que miren —sea en su política, en la economía, en las religiones, en los más diversos ámbitos de su sociedad o en su propia vida—, ¿dónde se plantea seriamente la pregunta por quien causó algo o por su causa? Este no querer mirar, este «cierro los ojos y los oídos ante lo que haces para que tampoco se me señalen mis propios errores», es práctica cotidiana y responde por completo a los intereses de las tinieblas. Miren sus noticias, observen el comportamiento de muchos políticos, para quienes los intereses económicos tienen prioridad sobre los criterios de humanidad y decencia. En lugar de mirar y preguntar cómo pudo llegarse a esta o aquella situación, se intenta encontrar soluciones en lo exterior, y muchas de ellas no se ajustan a la ley. La gama de intentos humanos de solución abarca desde aprovecharse de otros y manipularlos hasta el puro ejercicio del poder. La ley de causa y efecto queda excluida de estas consideraciones.
Ahora conocen el trasfondo, ahora saben qué se pretendía y qué se logró con esta interpretación errónea de la ley de causa y efecto: una conducta equivocada incesante por parte de la inmensa mayoría de las personas que, por ignorar los principios espirituales y divinos, reaccionan sin amor ante un efecto y establecen con ello una nueva causa, que a su vez produce nuevos efectos. Así gira la rueda desde tiempos inmemoriales; se la puso en movimiento y se la mantiene girando porque ya no se reconoce la gran relación de conjunto.
Deseo que Mis hijos e hijas recuerden su verdadero origen y maduren hasta convertirse en seres del cielo que comiencen a irradiar ya durante su vida, porque ponen en práctica el conocimiento que les transmito; porque sacan de él las conclusiones correctas y orientan su rumbo en consecuencia. Deseo que Mis hijos no pasen demasiado pronto a los asuntos del día ni pasen por alto lo que ocurre incesantemente en su propia vida; que no aparten la mirada de las dificultades y los problemas que todavía llevan consigo y dentro de sí. Pues cada día brinda a todo aquel que esté dispuesto a mirar la oportunidad de reconocer lo que todavía lo agobia, lo priva de libertad y lo hace circular por viejos carriles. ¿De qué se trata con mucha frecuencia? De aquello que desde el pasado sigue influyendo en esta vida y espera ser transformado y, con ello, redimido.
Solo existe un camino para resolverlo, y está condicionado por el libre albedrío que regalé a Mis hijos. Este camino consiste en convertirse por decisión propia, tal como se los expliqué en la parábola del hijo perdido. Lo decisivo es hacerlo por decisión propia. Para ello sirve, entre otras cosas, la ley de causa y efecto, que algún día hará comprender a cada persona que algo en su vida no marcha como en realidad desea. En ese punto comienza el regreso.
Como ya les he dicho muchas veces, el regreso se compone de los pasos del arrepentimiento, la reparación, el cambio y el no volver a hacerlo. Pero antes de que pueda surgir el arrepentimiento en el ser humano hace falta el conocimiento de sí mismo, porque sin este no puede existir un arrepentimiento auténtico; pues nadie se arrepentirá realmente de algo ni pedirá perdón de corazón solo porque otra persona se lo haya exigido.
El conocimiento de sí mismo, Mis hijos e hijas, es algo diferente de la simple comprensión. Quien dice: «He reconocido que les grité a mis hijos» o «He reconocido que traté con descortesía a mis compañeros de trabajo» todavía no ha alcanzado el conocimiento de sí mismo. Porque cualquiera podría habérselo dicho. El conocimiento de sí mismo comienza allí donde se vuelven claras para ustedes las causas de su conducta. Pueden tener muchas capas, pero por el momento basta con comenzar por la capa superior. A menudo ni siquiera es necesario descender a las capas inferiores. Según el error o la debilidad de que se trate, puede ser suficiente acudir a Mí en una oración profunda y decir: «Señor, por favor, ayúdame. Hay algo en mí que no corresponde a un hijo de Dios». Y créanme: en ese mismo instante Mi ayuda está presente.
Pero si se trata de una conducta cuyas raíces son más profundas, sucede algo semejante a una enfermedad: ustedes tampoco se conformarían con que el médico tratara únicamente el síntoma sin intentar descubrir la causa más profunda. También quiero darles un ejemplo de ello:
Si se enojan regularmente con un superior cuando los reprende y porque los reprende, por lo general no basta con bendecirlo, lo cual no disminuye en absoluto la fuerza transformadora de la bendición. Esto puede ser una ayuda, especialmente cuando no son conscientes de haber actuado mal. Pero si una reprensión, una amonestación severa, es necesaria tres veces por semana, no se gana mucho con limitarse a bendecir a su superior. Entonces mírense a sí mismos y, si quieren, reconocerán que el motivo de las conversaciones serias quizá radique en que llegaron tarde tres veces. ¿Qué hacen ahora? ¿Vienen a Mí y dicen: «Señor, he reconocido que llegué tarde. Pongo ante Ti mi impuntualidad; por favor, quítamela»? ¿Creen realmente que sería tan sencillo? ¿No piensan que, en semejante caso, sería apropiado mirar un poco más profundamente para saber por qué este error se repite una y otra vez? ¿Podrían entonces reconocer quizá que en su vida hay algunos aspectos —por ejemplo, el desorden— en los que deben trabajar? ¿O que quizá hace falta cierta disciplina o cambiar una conducta arraigada que necesita mejorar?
Cuando vienen a Mí con este conocimiento, Yo soy Aquel que está a su lado como su hermano y amigo; pues quiero que cambien y que, en aquellos aspectos en los que todavía no vibran conforme a la ley divina, adopten cada vez más una conducta correcta, amorosa y acorde con Mi ley. Esta es Mi oferta, este es Mi amor y esta es la ayuda que concedo a todo hijo perdido y a toda hija perdida cuando existe el deseo de emprender el camino de regreso al hogar.
¿Qué sucede entonces? Han hablado de las experiencias que pueden vivirse Conmigo. Las experiencias surgen de una vida vivida Conmigo, y quien vive Conmigo actúa responsablemente. No entrega su responsabilidad a otras personas que no han vivido esas experiencias. Y quien conoce la ley de causa y efecto, ¿puede confiarse a dirigentes que carecen de ese conocimiento e incluso lo rechazan o lo combaten?
Les pido, Mis amados: ¡despierten! Crezcan hasta alcanzar la grandeza y la luminosidad de un hijo o una hija de Dios. Asuman su herencia divina y sean en este mundo aquello que prometieron ser: anunciadores de Mi amor que edifican su vida sobre las experiencias vividas Conmigo, sobre la roca que Yo soy en medio de todo oleaje.
Les dejo esta imagen como meta; ténganla ante sus ojos siempre que quieran. Que actúe como un imán que los atrae hacia Mi corazón. Y en el camino hacia allí son Mi amor y Mi misericordia los que los acompañan, allanan sus caminos, los ayudan a levantarse cuando han caído y, cuando sea necesario, también los llevan en brazos.
Los bendigo, Mis hijos grandes, adultos y magníficos. Amén.
Revelación divina
Mis amados, escuchen una vez más la palabra del Altísimo, que es el Padre de todos ustedes de eternidad en eternidad. Todos han surgido de Mi amor ilimitado y de Mi voluntad creadora que todo lo gobierna. Y sin la chispa espiritual eterna, sin la llama divina que se entrega eternamente, que los nutre y constituye el núcleo de su ser, no podría existir ninguno de Mis hijos ni criatura alguna. Todo cuanto vive se alimenta de una fuente divina e inmutable. Si detuviera tan solo durante el soplo de un instante temporal el aliento que sostiene Mi creación y fluye eternamente, se privaría de su esencia vital a todo cuanto existe y tendría que perecer. Oh, vean cuánto han olvidado esto los Míos.
Por medio de la voluntad contraria de un espíritu de la época funesto, se dejaron y se siguen dejando seducir y engañar; y muchos de ellos estiman en estos días el afán humano de dominar la naturaleza y sus leyes por encima de la omnipotencia de la Divinidad, en cuyas manos se encuentra todo y cuyas leyes universales de vida y amor se niegan a comprender y están demasiado ciegos para ello.
Si Mis hijos humanos estuvieran dispuestos a sustraerse a la influencia y las garras de todas las ideas y opiniones perniciosas; si se liberaran de todas las indecibles doctrinas falsas, elevadas a la categoría de religiones, de las ideologías y sus dogmas de aparente sabiduría humana; y si, en su lugar, reconocieran la infalibilidad y el poder de Mi omnisciencia divina y tomaran como fundamento de su reflexión y de sus actos las leyes que enseñé y enseño, en verdad podrían extraer y recibir infinitamente mucho de la fuente eterna.
Pero el ser humano, aun ante problemas y obstáculos insuperables para él, sigue creyendo que puede prescindir de la asistencia de Dios y carecer de una verdadera salida en el espíritu de su Padre. ¡Qué soberbia tan perniciosa y funesta domina y marca a Mis hijos humanos! ¿Acaso no sabe el Creador, mejor que nadie, lo que necesitan Sus criaturas para vivir sin aflicción ni temor, y en cambio con armonía, seguridad y amparo?
Oh, ser humano, eleva tus pensamientos y aspiraciones hacia Mí, el infinitamente Bondadoso y Sabio, para que pueda guiarte, enseñarte y hacerte partícipe del verdadero conocimiento procedente del espíritu de tu Padre, que conoce la situación y la necesidad de cada uno, así como la solución y la sanación.
El ser humano se ha enredado de manera ineludible en la red de su vida y de sus actos olvidados de Dios, y ahora se ve confrontado con las sombras oscuras de los efectos que se ciernen amenazantes sobre él.
Cuando hablan de su crisis de deuda y de sus crisis energética y ambiental, les digo: esta es una crisis de conciencia humana y, por tanto, una crisis existencial planetaria como esta Tierra todavía no había tenido que padecer. Pero además les digo, Mis amados: esto solo puede suceder, una crisis exterior solo puede surgir, cuando tiene como fundamento una crisis interior previa, es decir, anímica y espiritual. ¡Cuánto más fácil podría ser el futuro de cada uno de Mis hijos si, a partir de las señales, circunstancias y evoluciones exteriores, sacara conclusiones sobre las correspondencias interiores que les dieron origen! Pues el espíritu, la ley de la vida interior, gobierna sobre la materia, que solo puede ser imagen de la pureza interior y la fidelidad a la ley o, en caso de que se desprecie Mi ley del amor, expresión de lo contrario.
Si quieres estar preparado ante la crisis de deuda o esa crisis existencial, hijo Mío, reconoce el verdadero origen y la verdadera naturaleza de tu propia existencia. Aparta la mirada de todos aquellos a quienes crees identificar y condenas como causantes. Contémplate a ti mismo y pide para ello Mi ayuda divina.
¿No estás en deuda con tu prójimo cuando lo desprecias, lo desvalorizas y lo condenas? ¿Cuando le niegas tu mano para perdonar y reconciliarte, y de ese modo le retienes tu amor a él, que es tu hermano o tu hermana? ¿Cómo y dónde te haces culpable ante la inocencia de la naturaleza y de las criaturas que le di para que los amaran, les sirvieran y les brindaran alegría?
Mientras no reconozcas tus sentimientos, pensamientos, palabras y actos contrarios a Mi voluntad, y no decidas imponer a tu vida un cambio fundamental de dirección y una transformación por amor a Mí y a tu prójimo, mientras tanto —lo repito— acumularás una causa tras otra, las cuales tarde o temprano se convertirán en efectos.
Es semejante al acreedor del mundo que un buen día llama a la puerta del deudor moroso para exigir el pago y la reparación en los que este se negaba a creer o que esperaba que fueran olvidados y pasaran de largo ante su casa. Pero la ley de su Padre celestial no olvida. Sin embargo, Mis amados, a diferencia de las costumbres de sus acreedores, que tienden a cobrar la deuda con dureza humana y rigidez legal —y no pocas veces lo hacen de manera injusta—, Mi justicia, Mi sabiduría y Mi amor divinos aplican otros criterios.
Si Mi ley de compensación —es decir, la ley de causa y efecto— actuara enteramente conforme a la comprensión humana y no permitiera siempre que la misericordia y la gracia prevalecieran sobre la justicia, díganme: ¿a cuántos de Mis amados caídos podría volver a estrechar algún día entre Mis brazos?
Reconozcan esto: Mi gracia, Mi misericordia y Mi paciencia se elevan a una altura indecible por encima de su conciencia humana, y la medida paternal con la que mido con una justicia infalible y colmada de amor escapa a su imaginación.
Llámala como quieras, hijo Mío, pero Yo, tu Padre celestial, te digo: la liberación de todas tus crisis y aflicciones, la superación de todos los desafíos y las respuestas a todas tus preguntas tienen su único fundamento en Mí y, por tanto, en nuestro vínculo, que debes permitir que surja entre nosotros por amor a Mí. Elévate hacia Mí para que ya no fracases en la búsqueda infructuosa de soluciones, salidas y respuestas sin Mí.
Reconozcan que una vida exteriorizada y olvidada de Dios los conduce a una situación que, según el criterio humano, no tiene salida. No sigan depositando su esperanza y su fe, su seguridad y su confianza en este mundo, sino en Mí, que conozco todas las cosas. Hagan que al reconocimiento de sus defectos y debilidades le sigan el arrepentimiento sincero y la transformación seria de su yo inferior. Entonces, amado Mío, le das a la mano de tu Padre celestial la posibilidad de quitarte tu carga, de conducirte paso a paso por el sendero cada vez más luminoso y gozoso de una persona espiritualizada, y de hacerte sentir Mi presencia protectora y consoladora.
¿Todavía luchas por alcanzar la confianza en Mí? Entonces, como te lo revelé, vence Conmigo los aspectos contrarios de tu yo humano. Supera Conmigo las faltas de amor que, como una carga, todavía frenan la elevación de tu alma, para que la acción de Mi gracia y Mi misericordia y el despliegue del amor en ti te liberen de la culpa y de las sombras del yo inferior. Tus pensamientos y actos de amor y bondad, de compasión y reconciliación harán que Mi presencia y Mi acción sanadora sean cada vez más perceptibles para ti. Así se abrirá para ti la confianza en Mí.
Entrégate a Mí, tu Dios creador y Padre, tu Salvador y amigo, y ábrete a la experiencia vivificadora de Mi acción y de Mi presencia en tu vida. Y verás cumplidos el anhelo de confiar y el deseo de nuestra cercanía íntima y dichosa. La firmeza de tu certeza te llevará por encima de toda duda, a través de todo cuanto se encuentre ante ti, hasta Mí.
No vacilen y tomen la decisión que les recomiendo una y otra vez, para su salvación y bienaventuranza y para la de su prójimo. Pues los amo, hijos Míos, hijos e hijas Míos. Amén.