Revelación divina
Una luz sobrenatural llena este recinto, Mis hermanos y hermanas, pues Yo, el Amor, he entrado en este recinto, invitado por los sentimientos de amor que fluyen de sus corazones. ¿No les dije: «Donde dos o tres están reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos»?
Y así, en esta hora tocaré sus corazones abiertos. Pero Mi palabra revelada contendrá también la seriedad necesaria, que igualmente forma parte del amor y sirve para invitar a Mis hijos a reflexionar.
Quiero profundizar con ustedes en lo que significa creer en Mí, amarme y vivir Conmigo. Y antepongo esta pregunta: ¿Es posible que alguien que realmente Me ama se detenga en el camino hacia Mí y, por tanto, siga siendo la misma persona de antes, sin cambiar para bien?
He venido a este mundo para ayudar a Mis hijos humanos a emprender de nuevo el camino de regreso a los cielos. Mucho de lo que enseñé se perdió, fue mutilado y tergiversado por instigación de las tinieblas y con ayuda de personas a las que estas pudieron influir. Así, a los ojos de muchas personas que se llaman cristianas, Me he convertido principalmente en un Dios para el domingo, porque ya nadie conoce el hecho de que vivo en cada uno y de que lo que hace avanzar al ser humano no es creer en Mí, sino poner en práctica lo que enseñé y viví con Mi ejemplo.
Existe entre los seres humanos una gran ignorancia que ha sido provocada deliberadamente. Por eso muchos andan a tientas en la oscuridad, ciertamente con buena voluntad, pero sin saber cómo recorrer el camino que deben y, en muchos casos, desean recorrer. He venido a transformar a los Míos, y de tal manera que esos cambios puedan sentirse en ellos y a su alrededor ya durante su vida, y no queden tan solo como una meta lejana —algún día, más adelante— en los ámbitos celestiales.
Yo soy un Dios de acción, y con esta palabra Mía les recuerdo esa acción; en ello reside el aspecto de seriedad del que hablé.
En sus oraciones y cantos han hablado y cantado de su amor por Mí. Como rayos de luz de un resplandor maravilloso, esos sentimientos han llegado a Mi corazón y vuelven a irradiar sobre ustedes como un eco. Pero el amor, si no ha de quedarse solamente en una palabra, contiene muchos otros aspectos, y entre ellos está la confianza. Cuando miro los corazones de Mis hijos, veo lo que a menudo les impide poner en práctica aquello que en realidad se habían propuesto. Y cuántas veces escucho, expresado en voz alta o en silencio: «Tengo muy poca confianza».
La confianza, Mis amados, es la suma de las experiencias vividas Conmigo. Quien vive Conmigo porque Me ama habrá tenido experiencias Conmigo y las tendrá una y otra vez. Conoce Mi fidelidad y Mi confiabilidad; sabe que cumplo una promesa; conoce la protección con la que lo envuelvo; conoce Mi amor. Trasladen esta imagen de un amor que todo lo abarca a su pareja, a su amigo o a su amiga, y respondan ustedes mismos si en ese amor, cuando es profundo y auténtico, puede existir al mismo tiempo —aunque sea apenas como un soplo— desconfianza o duda. Saben que esto no puede ser ni es así cuando esa relación está marcada por los sentimientos más profundos y sinceros.
¡Cuánto más fuerte y profundo debe ser el vínculo que existe entre el Padre —o Yo, que soy el Amor en el Padre— y Su hijo! ¿Puede alguien decir realmente: «Señor, Te amo» y, al mismo tiempo, pensar —lo exprese o no—: «Pero no quiero recorrer Contigo el camino de la transformación»? ¿No puede toda persona que siente y piensa así deducir para sí misma cuál es en realidad la condición de su amor a Dios y cuál necesariamente debe ser, sobre todo cuando sabe —y cree(?)— que el amor de Dios es infinito, desinteresado, incondicional y todopoderoso? ¿Puede existir realmente algún motivo para no dar los pasos que se han reconocido como necesarios? ¿O quizá ni siquiera se consideran necesarios esos pasos porque falta el debido conocimiento de uno mismo? ¿O porque no se conoce ni se practica la vida Conmigo en la cotidianidad?
La falta de confianza, junto con la ignorancia y la indolencia, es la razón más frecuente por la que muchos de Mis hijos humanos permanecen estancados. Se lo digo una vez más: «¡La confianza es la suma de las experiencias vividas Conmigo!». La confianza surge como consecuencia cuando aceptas vivir Conmigo. Esto es lo que llamo la práctica de nuestra convivencia en la vida cotidiana. Esta es la vida Conmigo que no se limita al domingo y que no tiene límite alguno de tiempo. Pues vivo en ti, y no hay un solo momento en el que no puedas acudir a Mí.
Tal vez todavía no hayas considerado estas cosas con esta profundidad. Entonces te pido: sigue Mis reflexiones y mírate a ti mismo. ¿Qué hay todavía dentro de ti que te oprime, que te priva de libertad, que te vuelve melancólico, imprudente, envidioso, celoso y muchas cosas más? ¿Todavía hay temores y preocupaciones? ¿Podrías imaginar que te liberas de ellos si tomas la decisión de abordarlos Conmigo? ¿Podrías imaginar que ya desde hace mucho estarías libre de ellos si hubieras venido a Mí y hubieras orado como acaba de hacerlo su hermano, quien pidió que Yo lo guiara a través de su vida cotidiana? Nadie que crea en Mí y Me ame de verdad puede pensar que no cumpliré semejante deseo. Estoy esperando. Espero que cada uno de Mis hijos convierta a un «Dios del domingo» en un «Dios de las veinticuatro horas del día» y reconozca en ello que Yo soy la única fuerza en cada persona que inicia y acompaña esos pasos que, de todos modos, tarde o temprano serán necesarios para todos.
Si reconoces que tu amor todavía no es tan grande como tú mismo desearías, no estés triste. Ven a Mí. Entra en tu interior y toma una decisión. Di, en esencia: «Amado Señor, me he reconocido como Tu hermano, como Tu hermana. Conozco el potencial espiritual que hay en mí, pero también conozco mis errores y debilidades, mis temores y descuidos, los “rincones aún desordenados” y aquello que todavía debo afrontar. ¿Me ayudas a abordar estas cosas de la manera correcta? Y estoy seguro —porque Te lo pido— de que también me mostrarás aquello que todavía desconozco. En este camino del conocimiento de mí mismo, Tú estás junto a mí con todo Tu amor. Elijo este camino».
Cuando das este paso comienza nuestra aventura conjunta. Cambiarás, esa es Mi promesa, y lo harás de una manera que, al mirar atrás, no habrías creído posible. Pero Yo conozco caminos y posibilidades para resolver todas las dificultades y problemas, y para realizar junto con Mi hijo todos los cambios necesarios. Sin embargo, para ello hace falta más que creer en Mí: se requiere tu entrega, nacida del amor por Mí, que Me deja el camino libre para guiarte de manera segura y protegida hacia la meta.
Mi amor fluye dentro de sus corazones abiertos. Permitan que este amor los toque profundamente, que los conmueva y que, allí donde sea necesario, también los sacuda un poco. Abandonen sus actitudes meramente humanas. Aquello que recibirán a cambio es infinitamente más grande.
Los bendigo, Mis amados; no solamente aquí, en este recinto, ni solamente a quienes leen Mi palabra, sino a todos Mis hijos humanos. Que este amor Mío sea el combustible para su motor, para la decisión que día tras día los acercará un poco más al cielo, y esto ya aquí en la Tierra.
Los amo; permitan que este amor entre en ustedes y en su vida. Amén.
Revelación divina
En verdad, quien entre ustedes, Mis amados, escucha con seriedad y fervor Mis enseñanzas divinas, y permite voluntaria y alegremente que la fuerza vivificadora de Mi palabra entre en lo profundo de su corazón, reconoce el inmenso valor de los dones con los que quiero enriquecer y hacer dichoso a cada uno de ustedes. Es una riqueza que se extiende infinitamente más allá de su vida terrenal, pues posee valor eterno y les permite encontrar el camino recto y seguro a través de los senderos sinuosos y las vicisitudes de su existencia material, de regreso al reino de luz de su Padre, que es su origen.
¿No ha sido tomada y formada su envoltura humana exterior con la materia perecedera de este mundo? Pero ustedes, en el fundamento más verdadero y profundo de su ser, son como soles que eclipsan todo con su resplandor en el firmamento de Mi creación pura y divina. ¿Quién, aparte del Padre eterno, puede regalarles tesoros de un valor tan imperecedero?
Oh, vean: el hijo que Me ama y cree en Mi palabra reconoce en su interior la grandeza y la importancia de todo aquello que el amor ilimitado, la misericordia y la bondad que Yo soy ponen en sus manos. El hijo que Me ama reconoce el favor de su destino. Siente en su interior Mi cercanía constante, que se entrega a sí misma, y alimenta día tras día, con todas sus fuerzas, el anhelo por Mí; pues se esfuerza por convertir Mi palabra en realidad en su vida. Así sale de la aflicción y la tribulación, de la inquietud y la falta de paz, y de los impulsos del yo humano, porque con todo ello este mundo procura esclavizarlos.
¿No llaman insensata a más de una persona que no sabe utilizar correctamente la riqueza que su vida exterior le hace posible y pone a sus pies, porque no quiere o no puede comprender ni su sentido ni su valor? ¡Cuánto más se aplica esto a todos aquellos que no saben apreciar ni utilizar para el bien los dones de la fuente eterna con los que lleno sus manos, a fin de bendecir con ellos su propia vida y la de su prójimo! ¿De qué le sirve a Mi hijo recibir y aceptar los dones celestiales si no permite que la energía de amor inherente a ellos se despliegue activa y desinteresadamente? ¿Y si quizá llega incluso a sacrificarla al egoísmo y al interés propio?
¡Reconozcan cuán verdaderamente insensato es quien actúa de esa manera, quien desdeña Mi palabra de amor y echa con ligereza al viento las enseñanzas de los cielos!
Viven en el tiempo que precede a la gran transformación de la Tierra, en el que las fuerzas contrarias lo ponen todo en juego de una manera que el ser humano no puede imaginar, con el fin de apoderarse de toda alma humana que, mediante una vida contraria a Mi voluntad —consciente o inconscientemente—, esté dispuesta a servirles como fuente de energía. Pero en verdad les digo: los días del dominio de las tinieblas en la Tierra están contados. ¡El alba del tiempo venidero de verdadero amor y fraternidad en Mi espíritu se alza inexorablemente desde la noche oscura de la ceguera espiritual, la cual, penetrada por el resplandor de Mi luz primordial, debe retirarse!
Mi deseo es que ustedes, Mis amados, salgan de la masa de todos aquellos hijos Míos que, ante la gran transformación, se dejan arrastrar inconscientemente por la corriente indolente de la vida humana, sin saber ni considerar lo que atraen sobre sí mismos y sobre su prójimo. Si lo hacen por amor a Mí, muchos de sus hermanos y hermanas despertarán todavía y, siguiendo su ejemplo, darán la vuelta para preparar Conmigo el camino hacia una nueva era en la Tierra, verdaderamente espiritualizada y resplandeciente en la luz de la Divinidad.
No teman ni se preocupen, pero permanezcan atentos y vigilantes. Yo soy el Padre de todos ustedes y, por tanto, también la ley universal del amor, a la cual está sujeto todo cuanto existe. Bienaventurado quien decide servir a la ley del amor siguiendo Mi enseñanza y actuando conforme a ella con el corazón y con las manos. Para Mis hijos, para Mis hijos e hijas, no existe recompensa ni bendición mayor en el cielo y en la Tierra que vivir de este modo.
Los bendigo y estoy a su lado, pues Yo soy el Dios fiel. Sean también ustedes fieles a Mí. Hablen Conmigo, confíenme todo. Nada es tan insignificante como para que no puedan venir a Mí con ello. Y les digo: no será en vano, pues Yo, su Padre, nunca dejo que se vayan con las manos vacías ni les niego Mi respuesta. Amén.