Revelación divina
Mis amados hermanos y hermanas, Yo, Jesucristo, el amor en el Padre, alzo Mi palabra para dirigir nuevamente su atención hacia algo que todos ya conocen, pero que, a pesar de toda su sencillez, es tan complejo que una y otra vez requiere una nueva manera de contemplarlo, capaz de mostrarles otros fundamentos y relaciones. Hablo del amor divino que todo lo abarca.
El principio sobre el que está edificada toda la Creación es el amor; la ley que garantiza hasta en el más pequeño detalle el funcionamiento perfecto dentro de la Creación es el amor; y también el camino que llevará a cada uno de regreso al corazón de su Padre celestial no es otra cosa que amor. Quien vive el amor o procura hacerlo según sus posibilidades y fuerzas volverá a encontrar —con absoluta certeza, porque así lo establece la ley— su patria eterna. Esto corresponde a la palabra que ya les he dado repetidamente: ama, y nada más.
Entonces, si solo se necesita este esfuerzo, si es «tan sencillo» hacer renacer el Cielo en su interior, ¿por qué resulta tan difícil en la práctica de la vida cotidiana?
Llevar a la práctica una enseñanza sencilla no significa automáticamente que esto deba suceder sin problemas ni esfuerzos. Pero tampoco significa que este camino no pueda recorrerse con éxito. Al caminante lo esperan muchas dificultades con las que inevitablemente tendrá que enfrentarse. Ciertamente son dificultades que llegan desde el exterior, pero —y aquí comienza a vislumbrarse la solución— al final siempre tienen que ver con él mismo, con su interior. Por eso, también en él mismo debe buscarse y encontrarse el punto de partida que le permita retirar del camino, piedra por piedra, de manera decidida y coronada por el éxito, con Mi ayuda divina y fraterna.
Esta ayuda Mía consistió y sigue consistiendo, entre otras cosas, en explicar ampliamente mediante la palabra la ley de siembra y cosecha, que las iglesias institucionales interpretan y enseñan de manera equivocada y que, por consiguiente, encuentra poco eco en la conducta de las personas. Sin embargo, cada vez son más quienes ya no creen en la llamada casualidad, sino que intuyen que deben existir ciertas reglas sobre las cuales está edificada la Creación y que actúan dentro de ella.
La ley de causa y efecto ya no puede descartarse sin más; el estado de su Tierra les muestra por sí solo que existen relaciones directas entre una conducta y sus consecuencias. Este es un principio universal que sus filósofos y científicos descubrieron hace mucho tiempo. El hecho de que no siempre sea posible deducir inmediatamente las causas a partir de los efectos no significa que esas causas no existan. Muchas veces la persona no quiere verlas, o realmente no puede reconocerlas porque fueron puestas en marcha en un pasado al que no tiene acceso. Esto se aplica no solo a lo negativo que se expresa en la materia, sino también, en igual medida, a lo espiritual, tanto en la vida personal como en las sociedades, culturas y pueblos.
Pero reconocer que también en la vida humana todo se basa en el principio de que quien causa responde es solo una cara de la moneda. Es una cara importante, capaz de producir un cambio duradero cuando no se acepta únicamente como teoría, sino que influye en la práctica de la vida diaria y en el trato con el prójimo.
La otra cara de la moneda no es menos importante: saber que existe una influencia ininterrumpida de las fuerzas contrarias, las cuales aprovechan el principio de atracción para irradiar hacia el alma y el subconsciente de las personas. Utilizan la ley de siembra y cosecha para sus propios fines, sembrando semillas negativas en las almas o fortaleciendo las que ya existen allí, con el propósito de obtener una cosecha perjudicial para la persona. De esto viven esas fuerzas, que no son en absoluto abstractas, sino sumamente reales.
Esta «tentación al pecado», como suele llamarse, ha sido practicada con éxito por las tinieblas desde que existen los seres humanos. Y continuará mientras la humanidad —todavía— no esclarecida y poco dispuesta a cambiar permita que la seduzcan. Cuando comience a volver sobre sus pasos, dejará de ser fuente de energía para las fuerzas demoníacas contrarias y sus seguidores. De este modo, aunque solo después de períodos imposibles de determinar, también ellos acabarán recapacitando y tendrán que renunciar al poder que reciben exclusivamente de las personas y de las almas. Porque también a ellos los llevaré de regreso, ya que son hijos e hijas de los Cielos y el Cielo no pierde nada de lo que ha creado.
Todo aquel que vive en la materia todavía lleva, en mayor o menor medida, las cargas y «sombras» de su alma. Solo cuando vuelva a entrar algún día en su patria celestial original habrá recuperado la perfección de un hijo divino. Pero antes —especialmente en su Tierra, aunque también en las regiones astrales inferiores— representa para las tinieblas un objetivo al que procuran atacar, impedir en su desarrollo y, si es posible, atar a lo negativo. Aunque no puedan establecer una atadura en todas las personas debido a la espiritualidad que ha despertado en ellas, cada una está expuesta, en distinto grado, a sus influencias e interferencias.
Por tanto, los ataques se dirigen hacia los errores y debilidades que existen en la persona. Lo que facilita tanto la tarea de la parte contraria es la ignorancia total de que Mis adversarios y los de ustedes existen realmente, y precisamente en la realidad de su vida: en cada instante del día y en todo lo que piensan, dicen y hacen. Sin embargo, esto no debe asustarlos, porque también existe Mi realidad y la de todas las fuerzas buenas y luminosas que igualmente los rodean para ayudarlos y asistirlos. Y la luz es y seguirá siendo por toda la eternidad la fuerza más poderosa.
Por consiguiente, la raíz de una conducta humana contraria al amor no se encuentra únicamente en pensamientos y actos anteriores, sino a mayor profundidad: en el empeño incesante de fuerzas inferiores por incitar repetidamente a la persona a mantener sus hábitos, defender por todos los medios su visión de las cosas, fortalecer su ego, buscar su ventaja e imponer su voluntad. Una persona que, debido a la debilidad que ya existe en su alma, sigue este camino no sabe que está siendo arrastrada cada vez más profundamente hacia el pantano. Las causas que ella misma pone en marcha una y otra vez determinan ciertamente su destino, pero este se prepara, en un plano invisible para ustedes, por fuerzas que emplean la mentira, las promesas vacías, el engaño y la intimidación.
Mis amados, quien ha abierto su corazón reconoce ya en estas pocas palabras que, en realidad, todo es completamente distinto de lo que parece. Ustedes siempre miran únicamente la superficie; pocos observan las profundidades. Pero la superficie se embellece o, allí donde esto ya no es posible —porque los acontecimientos comienzan a precipitarse—, se presenta como producto de las imperfecciones humanas, moldeado por casualidades que uno se ve obligado a aceptar.
Por tanto, puede ser útil adquirir conocimiento o, al menos, desarrollar sensibilidad ante aquello que aparece vestido con piel de oveja, pero que en realidad es un lobo sin intenciones honradas. Esto no debe ni puede hacerse con el propósito de juzgar o combatir a una o varias personas, sino exclusivamente para reconocer las trampas instaladas, cuyos efectos a largo plazo son muchas veces imprevisibles; para evitarlas y, hasta donde ya sea posible, oponerles un no claro, pero amoroso.
En su época es más necesario que nunca aprender a discernir los espíritus. Como nunca antes, irrumpen en su mundo ideologías y doctrinas que no tienen como fundamento el amor desinteresado e incondicional. Por su lenguaje apenas pueden distinguirlas o ya no pueden hacerlo, porque emplean con tanta naturalidad conceptos como paz, amor, silencio, armonía, desarrollo superior y justicia que parece como si quisieran conducir a las personas por un buen camino; tanto más cuanto que los nombres de Dios y de Jesús ya tampoco constituyen un tabú para ellas.
De esta manera responden al anhelo de muchas personas que buscan esos valores, pero que lo hacen fuera del cristianismo establecido porque allí no reciben respuestas satisfactorias a sus preguntas apremiantes; o porque —muchas veces también en vidas anteriores— tuvieron que soportar mucho sufrimiento e injusticia de parte de autoridades que afirmaban actuar en Mi nombre, pero que abusaron de él.
Aquí se ha abierto para las fuerzas contrarias un mercado que atienden con sumo gusto. No pocas veces caen en sus promesas y afirmaciones y las siguen incluso quienes Me conocen, pero todavía no han establecido una relación íntima Conmigo, con su Hermano Jesucristo, o con su Padre celestial; es decir, quienes aún están desarrollando el don del discernimiento.
Los caminos que las tinieblas han preparado para quienes creen en sus palabras son tan numerosos como la proverbial «arena del mar». Su astucia, como ya les he dicho muchas veces, está muy elaborada y supera todo cuanto pueden imaginar. Ni siquiera tiene que tratarse siempre de verdades a medias o de falsedades; resulta mucho más eficaz tergiversar la verdad apenas en un detalle diminuto, por así decirlo, «mentir con la verdad», e impresionar de ese modo a quienes todavía no ven lo que se oculta detrás del peligroso «juego»; a quienes aún no están suficientemente afirmados en su interior; a quienes todavía no han encontrado en sí mismos al Cristo interior; a quienes apenas comienzan a hacer del amor el fundamento de sus pensamientos y actos.
En verdad, les digo: desde tiempos eternamente remotos, las fuerzas oscuras aprovechan, desde su posición segura porque es invisible para las personas, las debilidades que existen en estas como consecuencia de antiguas infracciones al mandamiento del amor y que permanecen en sus almas. Las personas representan para ellas la fuente de la que se abastecen a voluntad, siempre que se lo permitan.
Estas debilidades no tienen que ser necesariamente defectos graves de carácter; basta un poco de fanatismo, ambición, rencor, negligencia, superficialidad, afán de tener siempre la razón, envidia y muchísimo más. En cada caso, el objetivo es convertir una brasa en una pequeña llama y luego hacer que esta se vuelva grande. Así surge —casi siempre sin que la propia persona lo advierta— una nueva conducta que puede constituir la base de otras complicaciones y daños en el alma, al menos si la persona no comienza a cuestionarse a tiempo a sí misma y su conducta, a reconocer la influencia de las fuerzas negativas y a decidirse contra este control ajeno.
Para que comprendan mejor lo dicho, les doy una imagen:
Dos bandos se encuentran frente a frente: de un lado, una multitud incalculable de figuras oscuras; del otro, innumerables seres de luz encabezados por Mí, Jesucristo. En medio se encuentra la humanidad, en su mayoría ignorante, indefensa y debilitada. Muchas personas ya irradian luz; otras llevan un color gris oscuro o negro; pero la mayoría simplemente espera. Ninguno de los dos bandos permanece inactivo: ambos envían mensajeros a las personas y ambos tienen intenciones completamente distintas.
El lado oscuro atrae con luces, adornos, placeres pasajeros, promesas de toda clase, belleza, riqueza, poder y muchas cosas más. Sus representantes se mueven entre las personas, hacen ofrecimientos, a veces también infunden temor, se dirigen a sus vasallos grises oscuros y negros y se aseguran su apoyo; pero, ante todo, les interesa influir en la mayor cantidad posible de integrantes de la gran masa de indecisos. Esto les resulta relativamente fácil, porque reconocen en la irradiación de cada persona dónde están sus puntos débiles y los utilizan como puntos de entrada. Allí comienzan a actuar, procurando seducir incluso a quienes ya irradian luz. Así fortalecen, en quienes lo permiten, las consecuencias de faltas anteriores y crean con ello el fundamento para nuevas complicaciones. No pocas veces también paralizan a las personas penetrando una y otra vez en los sentimientos de inferioridad y culpa que todavía existen. Aunque esto no produce necesariamente un deterioro permanente, sí causa un estancamiento que, desde su perspectiva, tampoco debe subestimarse.
El lado luminoso también atrae, pero de una manera completamente distinta, abierta y sincera. Conoce la vida divina que existe en cada uno; apela al anhelo que yace en el alma; infunde valor; ofrece aliento y consuelo; brinda ayuda sin condiciones; esclarece; dice la verdad; presenta la imagen de la libertad que espera a todos; y deja a la persona el libre albedrío para decidir. No impide la acción de los oscuros, porque también ellos tienen libre albedrío. Pero opone la fuerza del amor a sus insinuaciones y apela a la conciencia. Y acudo a todo aquel que Me llama, pongo Mi mano sobre su cabeza y, como su Hermano, lo fortalezco mediante Mi bendición divina.
Aunque se trata únicamente de una imagen, muestra con claridad la situación en la que se encuentra la humanidad. También tú, hermano Mío, y también tú, hermana Mía, estás entre aquellos por quienes ambos bandos se esfuerzan incesantemente.
Esta es la situación mientras la persona permanece en la Tierra. Cuando deja su cuerpo y pasa como alma al más allá, también allí las fuerzas luminosas y oscuras procuran acercarse a ella. El éxito o fracaso de unas y otras depende de la dirección que la persona haya seguido ya durante su vida.
Quiero darles una alegría hablándoles de su alma. El alma contiene en ustedes la chispa divina de vida. Es su divinidad, porque todos son hijos del único Padre, que es el amor. Él depositó este amor en cada uno. Los dotó de una plenitud de poder que todavía no pueden imaginar y de una fuerza inagotable, de modo que, cuando hayan regresado a la patria, serán capaces de participar en la creación del universo infinito. Puesto que sus acciones procederán del amor eterno, no tendrán límites dentro de las capacidades que ya hayan desarrollado. Y cuando hablo de gloria y belleza, vuelvo a sobrepasar su imaginación. Porque su pensamiento humano no basta para describir ni siquiera de manera aproximada su libertad interior, su grandeza, su humildad y su amor.
Si en un momento de silencio sienten su interior, si consiguen descender profundamente dentro de sí mismos, percibirán una intuición muy tenue y delicada de lo que significa ser hijo o hija del Altísimo. Entonces quizá aparezca en el horizonte de su conciencia un destello de comprensión de que también reside en ustedes la autoridad —entendida correctamente, reconocida y aceptada con humildad— para representar Su nombre como criaturas perfectas de Dios y actuar en Su Espíritu.
¡Eso son ustedes! Este es el centro de su alma, que cumple su tarea como vínculo entre el espíritu y el ser humano. Todo ser que abandona los Cielos puros coloca alrededor de su «núcleo», de su cuerpo espiritual, las llamadas envolturas del alma, denominadas en conjunto «alma». Cada alma posee una personalidad propia y absolutamente individual. Si decide encarnar, necesita un cuerpo de carne y sangre en el cual entra al nacer y que vuelve a abandonar al terminar la vida. Por tanto, el cuerpo sirve al alma únicamente de manera temporal como «vehículo».
Si la encarnación fue bien preparada con ayuda de su ángel guardián bajo la perspectiva de aprender y amar, el alma elige las circunstancias de la Tierra que le corresponden y, con ellas, también su cuerpo humano. Luego atraviesa el país del olvido, lo cual hace que la persona se considere lo único importante, pues, al fin y al cabo, es ella quien siente, piensa, habla y actúa. No sabe nada del alma, que vive casi sin ser reconocida en el «fondo». Sin embargo, el alma fue la razón por la que esa persona llegó a la vida, pues sin la decisión del alma de encarnar, la persona no existiría.
El alma lleva, por así decirlo, una existencia en la sombra, al menos en cuanto no aparece de manera visible. Depende de que la persona lleve a cabo aquello que ella se propuso antes de encarnar y procure alcanzar las metas que el alma escribió en su plan de desarrollo. Por eso se esfuerza incesantemente por hacer llegar sus ideas a la persona. Esta, a su vez, ha desarrollado con el paso de los años una vida propia, con sus ideas, hábitos y comportamientos, que no tienen que coincidir necesariamente con los deseos del alma ni con la dirección que ella quisiera tomar.
Si la falta de coincidencia se hace cada vez mayor, el alma dispone de diversas posibilidades para hacerse notar ante la persona y darle a entender que debería cambiar algo, pues de lo contrario existe el peligro de no alcanzar la meta que se había propuesto.
Por tanto, durante el tiempo terrenal, la persona y el alma forman una unidad inseparable compuesta por una parte espiritual y otra material. Por un lado, la parte del alma hace fluir sus impulsos hacia la parte material —y recibe para ello toda la ayuda de los Cielos—; por otro, la parte material imprime su marca en el estado del alma. Si, en el transcurso de su vida, la persona se coloca cada vez más del lado del bando luminoso, esto ejerce una influencia decisiva sobre el estado de su alma o, dicho de otro modo, sobre el ser sutil que, después de la llamada muerte, abandona el cuerpo corruptible que ya no necesita, ¡y que es ella misma! Si la persona se inclina más hacia el bando contrario, sucede lo mismo, pero con resultados negativos. Si permanece «neutral», el alma no habrá ganado ni perdido nada; en algún momento decidirá realizar otra vuelta por la Tierra y buscará un cuerpo nuevo. Porque el anhelo que lleva dentro no la deja descansar para siempre.
Cuando procuren entrar en el silencio, escuchen también alguna vez dentro de ustedes mismos. Con un poco de práctica podrán percibir sentimientos que ascienden desde su alma hasta su conciencia. Así experimentarán poco a poco el amor que su alma lleva consigo, un amor que también se dirige a su ser humano y que puede servirles de ejemplo para amarse aún más a ustedes mismos. Ese amor desea comunicarles que el alma se alegra por los esfuerzos que realiza su ser humano; que también se alegra porque, gracias a ellos, ha ganado más ligereza y luminosidad, las cuales proyecta gustosamente hacia su vehículo humano.
Según la situación de su vida, también puede suceder que perciban cierta tristeza en su alma, que quisiera dar pasos más decididos hacia la luz, pero que ustedes, como seres humanos, llevan a cabo con vacilación. Esto podría estimularlos a reflexionar sobre ustedes mismos y tomar decisiones para que la tristeza existente pueda ser reemplazada por alegría. Y podría recordarles quiénes son en realidad, qué ser espiritual elevado y divino ha encontrado por unas décadas un hogar transitorio en su cuerpo material.
La imagen de los dos bandos expresa el esfuerzo ininterrumpido por influir en las personas. Aunque sus efectos se manifiesten tarde o temprano en lo exterior, en la superficie solo reflejan aquello que antes tuvo lugar en el fondo, en lo oculto, es decir, en el interior de la persona. En el interior, las fuerzas del Cielo edifican a la persona y la impulsan hacia adelante; pero también en el interior las fuerzas destructivas la debilitan hasta dejarla indefensa. Finalmente, esas fuerzas alcanzan así su objetivo también en lo exterior, que a su vez les sirve para atraer a otras personas a su esfera, manipularlas y, incluso a largo plazo, dirigir mediante la infiltración todo un movimiento hacia una meta que no corresponde a la voluntad divina.
Esto ocurrió, por ejemplo, en el cristianismo primitivo, que pocas décadas después ya estaba dominado por un espíritu que apartó lenta, pero seguramente, del camino a los seguidores de Jesús. Después de dos siglos, el Espíritu profético de Dios acabó retirándose porque el Espíritu vivo había sido sustituido por un celo misionero mal entendido, por una jerarquía construida y dirigida por seres humanos y por una estructura religiosa exterior. Los cambios se iniciaron en el interior de las personas, sin que estas los quisieran o supieran conscientemente, pero sí mediante una lógica falsa que se valió del entendimiento y dejó de lado el corazón, el amor ardiente a Dios.
Los instruyo acerca de todas estas cosas para que no caigan en las mismas trampas ni cometan los mismos errores. Quien comienza a educar su atención y deja pasar aquello que encuentra cada día por el filtro de su conciencia en expansión tiene que reconocer la peligrosa situación a la que el mundo se ha llevado al volverse hacia el bando de las tinieblas. El peligro, que se hace cada vez más evidente en muchos lugares, revela a quien ha abierto los ojos y los oídos la acción de un poder oscuro e invisible. Al examinar críticamente las cosas, no excluyan ningún ámbito —político, económico, social o religioso—, porque tampoco el mal se detiene ante ninguno. Espera a los incautos también, o precisamente, allí donde menos se sospecha.
Mis amados, hagan suyo el conocimiento que les traigo. Pero no miren con temor aquello que se está preparando y comienza a producir sus primeros efectos, sino tomen Mis palabras como motivo para observar sobre todo su propio ámbito. Allí pueden cambiar algo; allí tienen el poder de decidir.
Sin embargo, no solo se preparan cambios negativos sin que la humanidad ni cada persona los adviertan. En verdad, les digo: entre ustedes se encuentran innumerables mensajeros Míos, hermanos y hermanas de la luz que han venido para fortalecer el bien. Ya los he tocado o llamado en su interior, o lo haré en el momento oportuno. Conocerán las leyes que les facilitarán caminar por el mundo con los ojos abiertos. Y sabrán que solo existe un «antídoto» —uno solo— capaz de anular los esfuerzos del bando contrario y quebrar su fuerza, y que así lo hará: el poder del amor, llevado a la vida cotidiana por personas que han buscado y encontrado la luz interior, es decir, a Cristo en el ser humano.
Para quien Me ama, Me pide ayuda y está dispuesto a recorrer su vida tomado de Mi mano, sigue siendo válido lo dicho al principio —que llevar a la práctica una enseñanza sencilla no significa que esto deba suceder sin problemas ni esfuerzos—, pero pierde su pesadez y su falta de alegría.
Yo estoy a la cabeza de quienes luchan por la luz; Yo, el amor invencible en el Padre. Pero no solo voy delante de todos los combatientes de lo visible y lo invisible: en el mismo instante también estoy a tu lado cuando Me llamas. Si lo deseas, te ofrezco Mi brazo fuerte; y si despierta en ti el deseo de colocarte también a Mi lado —como ya lo han hecho muchos otros—, te equipo con la espada del amor y el escudo de la sabiduría.
Si en el pasado te abriste a las promesas de las tinieblas —quizá sin tener conciencia de ello porque pertenecías a los muchos que no veían lo que se ocultaba tras sus ardides y engaños—, esto no tiene por qué ser motivo para seguir prisionero de esas fuerzas. Nadie tiene derecho sobre ti; nadie podrá retenerte si quieres ir hacia la luz. Extiendo Mi mano hacia ti, desato las cadenas con las que te han atado y te abro la puerta que conduce a la libertad. Mi amor y tu sí forman un equipo invencible.
Esto te lo dice tu Hermano divino Jesucristo, que quiere y va a liberarte a ti y a todos; que quebrará el poder de las tinieblas y, finalmente, conducirá también al último de los adversarios por el camino de regreso, porque algún día él también comprenderá y aceptará Mi ayuda.
Sean bendecidos, Mis hermanos y hermanas; sean fortalecidos en su vigilancia y en su capacidad de ver más allá, y queden envueltos en el amor ilimitado de su Padre celestial. Amén