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Sobre la misericordia: Yo no llevo cuentas

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: über die Barmherzigkeit: Ich Bin kein Buchhalter

Fecha original: 12 de mayo de 2015

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, entre Mis hijos humanos existe una ignorancia de proporciones inmensas acerca de aquello que ustedes relacionan, de manera totalmente insuficiente, con el concepto de «misericordia». Para su camino hacia Mí no es decisivo que la llamen entidad o cualidad, que empleen para ella la palabra «gracia» o que elijan otra expresión. Yo soy la misericordia, así como Yo soy todo, porque fuera de Mí no existe nada.

Comprender esto en su significado, en su profundidad y grandeza —al menos de manera aproximada, es decir, hasta donde les sea posible— no solo puede ser decisivo para su regreso a Mí: es decisivo. Porque conocer Mi misericordia e incorporarla a la manera en que se relacionan Conmigo transforma esa imagen poco edificante de «soy un pobre pecador» que muchos todavía conservan de sí mismos debido a su educación religiosa. Si de verdad interiorizan esta corrección, se verán a sí mismos como «conquistadores del cielo» que, llenos de valor, confianza y un impulso renovado, se disponen a transformar su vida.

Nada en toda Mi Creación queda librado al azar, porque todo está ordenado sobre la base de Mis leyes espirituales y divinas. Quien reconoce esto, aunque apenas pueda comprender sus razones y detalles, establece así un cimiento inquebrantable para su fe en Mi omnipotencia, que obra sin error y no deja abandonado a sí mismo ni un solo acontecimiento, por pequeño que sea. Mi santa voluntad es la garantía de que aquello que Yo he creado permanece lleno de vida por Mí, es acompañado por Mí, amado eternamente y, si ha caído, conducido de regreso a la unidad.

Mi misericordia también forma parte de este mecanismo perfecto de la Creación. No actúa, como algunos suponen, según reglas inescrutables que la hacen eficaz en una persona y no en otra. Si esta falsa suposición fuera cierta, imperaría una arbitrariedad que concede a uno lo que niega a otro. La lógica de su corazón puede ayudarlos a reconocer el error de semejante manera de pensar. Pero si Yo no derramo Mi misericordia arbitrariamente, entonces, en principio, debe manifestarse en todos, siempre que antes se hayan «dispuesto las vías» mediante una conducta adecuada. Esta es la condición que establece Mi ley. Este requisito, que algunos de ustedes percibirán como una limitación, se debe al libre albedrío que le ha sido dado a cada uno.


Con razón califican su época de vertiginosa. Pero no lo es solo en lo exterior; también en lo espiritual algo ha cambiado: aquello que antes permanecía muchas veces oculto durante largos períodos como una culpa no reconocida sale hoy a la superficie con mucha mayor rapidez. La ley de causa y efecto lo hace emerger: por una parte, para que se revele más pronto como algo contrario a la ley —sus medios de comunicación, por ejemplo, ya no dan abasto con las noticias correspondientes— y, por otra, para ofrecer a quienes poseen discernimiento la posibilidad de corregir y reparar sin mucha pérdida de tiempo aquello que antes provocaron al infringir el mandamiento del amor. Esto no se aplica únicamente a lo grande, sino también a lo pequeño; es decir, muchas cosas comienzan a moverse también en su ámbito personal. A veces sucede con mucha mayor rapidez y, en apariencia, de una forma más indiscriminada de lo que ustedes hubieran creído posible.

La posibilidad de reconocer una conducta equivocada del pasado y sus consecuencias, arrepentirse y, cuando sea posible, eliminar sus efectos se ofrece a quienes tienen discernimiento y buena voluntad como una ayuda del Cielo, como una oportunidad de liberarse de las más diversas culpas del alma. Sin Mi misericordia no sería posible una condonación semejante, parcial o total. Si únicamente la justicia tuviera la última palabra, ustedes seguirían siendo deudores hasta haber pagado, hasta el último centavo, toda la carga acumulada. Solo entonces su cuenta volvería a estar saldada y la justicia quedaría satisfecha.

Pero, en verdad, les digo: Yo no llevo cuentas. Yo soy un Dios de amor, de comprensión, de perdón y de misericordia. Yo soy un Padre que ofrece sin restricciones a Sus hijos toda la ayuda que necesitan. No espero para ofrecerla hasta que los platillos de la balanza de su vida hayan recuperado el equilibrio. Aquí y ahora, y por siempre, les ofrezco la posibilidad de experimentar Mi misericordia: una misericordia cuya magnitud supera toda imaginación humana; una misericordia que representa Mi afecto por Mis criaturas en su forma más hermosa, sublime y noble, como la coronación insuperable de Mi amor divino.

Para que puedan comprenderlo, les mostraré las diferencias entre Mi justicia, Mi amor y Mi misericordia, y responderé así a las preguntas que algunos de ustedes llevan desde hace mucho tiempo en el corazón.

El hecho de que Yo no castigue una falta, pero que la justicia exija una compensación por el daño cometido, conduce necesariamente a la conclusión de que debe existir una instancia que produzca esa compensación. Esto sucede mediante la ley de siembra y cosecha, que actúa sin error a través de todas las fronteras del espacio y del tiempo. Es cierto que la mayoría de las personas desconoce esta ley y su forma de actuar; si acaso, solo la conocen de nombre, pero no la relacionan con los acontecimientos de su vida. Por eso tampoco pueden verla como el elemento que dirige, equilibra y regula. E incluso allí donde se la conoce, no se la acepta como un instrumento de Mi amor. Sin embargo, tiene su fundamento en Mi amor, porque si no existiera la posibilidad de experimentar en el propio cuerpo y en la propia vida los efectos de las causas que uno mismo puso en marcha, tampoco sería posible una compensación. Sin esa compensación solo quedaría la alternativa que numerosas corrientes religiosas proclaman como falsas doctrinas: el castigo de Mi parte, hasta llegar a la condenación eterna.

Para evitarles a Mis hijos, si permanecen obstinadamente sin discernimiento e infringen de manera continua el mandamiento del amor, el destino de un «ajuste de cuentas» justo, pero severo, mediante la ley del karma —según el principio de «ojo por ojo y diente por diente»—, entró y sigue entrando en acción Mi amor incondicional y desinteresado. Este acompaña a quien ha comprendido y le permite «trabajar» Conmigo, en el sentido del amor, los efectos que él mismo provocó, atenuando o disolviendo así muchas cosas. Esto puede suceder de antemano, antes de que los efectos lleguen a manifestarse, o durante el proceso de compensación; en este último caso, supone un alivio considerable de aquello que el destino trae consigo, porque Mi hijo tendrá que soportar menos y lo que deba cargar será más llevadero. Al mismo tiempo, concede al hijo o a la hija que desea regresar la experiencia de un alivio a menudo ilimitado, unido a una profunda gratitud.

Para eso vine al mundo como Jesús de Nazaret: para enseñar el amor, vivirlo como ejemplo y depositarlo en su corazón como una energía adicional que los fortalece. Allí estoy Yo; allí espero a cada uno con los brazos extendidos, para poder ser su guía, ayudante y salvador. Lo único que necesito es su deseo de liberarse de las cargas del pasado y su propósito de vivir en adelante de manera distinta. Cuando ustedes colocan en uno de los platillos de la balanza el conocimiento de sí mismos, el arrepentimiento y la decisión, Yo deposito en el otro Mi amor divino y fraternal, que pesa muchísimo más que aquello que ustedes Me entregan.

A lo largo de sus vidas, con frecuencia numerosas, cada uno de ustedes ha acumulado muchas cosas que pesan sobre su alma. Mucho ya fue saldado, mucho fue reparado, mucho se anotó en la columna del haber y mucho pudieron registrarlo como un aprendizaje logrado; pero una y otra vez también se cargó la columna del debe: hubo retrocesos, decepciones, errores repetidos debido a viejos hábitos y muchas cosas más. Así, el estado actual de su alma, que también se expresa de manera más o menos clara en lo exterior, constituye una mezcla de lo bueno y lo menos bueno, de cargas antiguas que todavía actúan y de otras adquiridas recientemente.

Cuando miran con honestidad, pueden reconocer como tales algunas cosas que se manifiestan en forma de errores y debilidades. Esto les resulta más fácil cuanto mayor es su disposición a reconocerlas y, muchas veces, también cuando y porque aparecen consecuencias desagradables en su vida. Pero ¿qué sucede con aquello que escapa a su alcance y comprensión porque permanece oculto en su alma, quizá desde hace mucho tiempo? Ustedes no pueden penetrar en esa profundidad, y ninguna otra persona puede hacerlo. Es cierto que ustedes también alimentan su alma, la fortalecen o la debilitan mediante lo que hacen y dejan de hacer; pero un cambio profundo y eficaz que dé a su alma un verdadero impulso, que en poco tiempo la haga más ligera y luminosa, que la eleve y la prepare para el regreso, no puede ser realizado por otra persona ni por ustedes mismos, es decir, por su propio esfuerzo. En su alma solo una fuerza puede producir ese cambio: la fuerza de Cristo, el amor divino y su coronación, la misericordia.

Dije que Yo no llevo cuentas. Entonces, si para producir un cambio decisivo no se necesita un cálculo detallado, ¿qué se necesita? ¿Qué hace falta para acercarse verdaderamente a Mí y poder experimentar Mi misericordia, que está más allá de toda lista, por correcta y justa que sea?

La respuesta es tan lógica como sencilla. Muchos de ustedes conocen Mi palabra: «A quien sirve a la ley, la ley le sirve». Por consiguiente, quien sirve a la ley del amor es guiado por Mi amor. Y, además, experimentará Mi misericordia en la medida en que integre su esfuerzo sincero en su entrega a Mí.

¡Entrega a Mí, el Creador, cuya ley es el amor!

No desempeña un papel decisivo que esta entrega nazca como consecuencia de un esfuerzo sincero surgido del corazón o que, expresada con palabras o sin ellas, manifieste la decisión consciente de la persona. En cualquier caso, expresa el deseo de fundirse cada vez más en Mí, lo cual significa, al mismo tiempo, relegar cada vez más el ego, los deseos, las ideas y las propias concepciones de cómo debería ser la vida. Tomar una decisión así en un momento de silencio, una decisión que quizá deba renovarse de vez en cuando, representa algo especial en la vida de una persona. Es una especie de punto culminante; aspirar a él requiere un gran amor y una profunda confianza. Pero vale la pena.

Existe, sin embargo, otra forma de entrega que, a primera vista, ni siquiera quien la realiza reconoce como tal: es el arrepentimiento nacido del reconocimiento de la culpa; el conocimiento del propio fracaso o del daño causado; el profundo y doloroso pesar por lo sucedido; el abandono, entre lágrimas, de toda resistencia contra Mí. Cuando esta comprensión va unida al deseo de reparar lo que aún puede repararse, Yo no Me apartaré de Mi hijo, por grande que sea su culpa. Yo soy la misericordia.

Así ven, Mis amados hijos e hijas, que existen muchas posibilidades de acercarse cada vez más a Mi corazón. Todas ellas apelan no solo a Mi amor, sino también a Mi misericordia, de la que todos necesitan. Porque ninguna persona puede eliminar sus cargas una tras otra, punto por punto. Esto no es posible, entre otras razones, porque ustedes desconocen lo que traen de vidas anteriores a esta vida, aunque ahora se manifieste de distintas maneras.


Muchos de Mis hijos humanos se ven en el papel de un pobre pecador que carece de la fuerza y de los medios para producir un cambio. Esperan Mi gracia, buscan ayuda en la oración, en el cumplimiento de sus deberes religiosos y en muchas otras cosas. No se les ocurre que podrían cambiar su situación haciendo algo por sí mismos, reconsiderando su vida y dándole una nueva dirección, porque nadie les ha enseñado algo semejante. Oyen hablar de Mi amor y de Mi misericordia, y esperan que Yo tenga compasión de ellos cuando su alma entre en el más allá al producirse la llamada muerte. Yo tengo compasión de ellos, en todo caso, pero Mi gracia podría actuar en ellos en una medida mucho mayor si durante su vida ya hubieran dispuesto algunas vías para ello.

Por eso quiero dirigir la mirada de todos aquellos que todavía no se reconocen como hijos e hijas fuertes y radiantes de Mi amor hacia el camino que les permite alcanzar su meta con menos esfuerzo y aflicción. Y a quienes ya Me conocen, pero aún no han incorporado la grandeza de Mi misericordia a la ayuda que esperan de Mí, quiero mostrarles una posibilidad para emprender con alegría el trabajo interior cotidiano, sabiendo que nada es imposible para Mí y que Mi asistencia, Mi comprensión y Mi perdón superan infinitamente todo cuanto pueden imaginar.

Les doy una imagen:

Consideren una situación en la que unos padres piden explicaciones a su hijo porque se ha comprobado que causó algún daño. Si al principio niega lo sucedido o, finalmente, lo admite bajo el peso de las pruebas, pero permanece desafiante y sin reconocer su falta, los padres tomarán alguna medida educativa.

Si el hijo muestra pesar, quizá incluso una profunda contrición, y está dispuesto a reparar el daño, los padres le darán la oportunidad de hacerlo. Y el asunto quedará resuelto.

Si el hijo lamenta de corazón su conducta y, quizá porque se trató de algo más grave, llega incluso a conmoverse profundamente, a llorar y, finalmente, a pedir perdón, entonces entra en juego la misericordia de unos padres que aman a su hijo. Es muy posible que ni siquiera tenga que pagar el daño con el dinero que recibe para sus gastos.

Nadie puede creer de verdad que Mi misericordia no supere muchas veces la de esos padres. Pero ¿qué significa este hecho para Mis hijos?

Cuando un hijo deja ver —y este reconocimiento no se mide por palabras bellamente formuladas— que procura cambiar su conducta porque su comportamiento anterior no correspondía en algunos aspectos a Mi mandamiento del amor, Yo le daré la oportunidad de practicar una nueva manera de actuar. Le concederé una nueva oportunidad, una y otra vez si fuera necesario, para que pueda ejercitarse en llevar también a la práctica sus propósitos. Según la tarea o la misión asumida voluntariamente de que se trate, dotaré a Mi hijo de fuerzas especiales y de una asistencia particular. Esto puede suceder tanto antes de una nueva encarnación como durante su vida, cuando dentro de su existencia actual se produce una transformación verdadera a partir de una decisión fundamental.

Esto significa también que reduzco o elimino en gran medida las cargas del pasado, cuando es posible y necesario. Nadie puede afrontar nuevas tareas con la fuerza de voluntad y la seriedad requeridas si todavía está lastrado por errores y debilidades graves de tiempos pasados. Yo no los enviaré por el camino hacia la libertad mientras, al mismo tiempo, los mantengo encadenados.

Cuando veo que un hijo humano procura seriamente, por amor a Mí, transformar su vida, creo las condiciones para que su esfuerzo no se vea obstaculizado, o no lo sea en exceso, mientras trabaja para afrontar el tramo de vida que aún tiene por delante con sus tareas de aprendizaje. Esto significa que retiro del camino todas o muchas de las piedras que él mismo colocó.

La medida en que esto puede suceder depende de la disposición del hijo a cambiar, de su buena voluntad y de su amor por Mí. Cuanto más profundo sea su deseo, tanto más intensamente podrá fluir la energía fortalecedora de Mi amor. Y si, debido a su conducta pasada, el arrepentimiento fuera necesario, este influirá de manera decisiva en la acción de Mi misericordia.

Cuando veo la conversión que nace del corazón, Mi misericordia se asemeja a una gran escoba que limpia por completo, o en gran medida, el paisaje del alma de toda persona que aspira a llegar a Mí, liberándola de aquello que obstaculizaría su camino futuro.

Por eso nadie debe temer que siempre será medido por aquello que una vez hizo como pecador. Porque Yo no llevo cuentas.

Con este conocimiento de que Mi misericordia puede actuar en ustedes y dentro de ustedes según el grado de su entrega, deberían reflexionar sobre lo siguiente:

El alma es el manantial del que extraen su fuerza vital. Todo malestar o indisposición que experimentan en lo exterior tiene su causa más profunda en el interior, en su alma. La falta de energía solo puede reconocerse por sus efectos físicos y psíquicos. Estos indican que en el ámbito del alma existe una alteración, cualquiera que sea su naturaleza. Pero esto no debe abatirlos ni desanimarlos, pues, al fin y al cabo, viven en la materia y están expuestos continuamente a muchas influencias. Solo pretende mostrarles las relaciones que existen; porque si la causa de una alteración exterior se encuentra en el alma, entonces también allí debe buscarse y encontrarse el punto de partida para corregirla.

Sin embargo, como ya mencioné, solo Yo puedo efectuar un cambio en el alma, un cambio que es el único que promete fortalecimiento o sanación duraderos. Si una profunda entrega a Mí y una conducta que se orienta cada vez más por Mi mandamiento del amor «activan» Mi misericordia y, como consecuencia, llenan de luz su alma y disuelven antiguas ataduras y cargas, entonces el único camino verdadero y correcto solo puede ser el de una relación aún más amorosa, seria e íntima Conmigo.

Esto no significa dar la espalda al mundo ni dejar de buscar ayuda en lo exterior. Pero podría significar concentrar con mayor intensidad sus esfuerzos en el alma, porque al fortalecimiento de su alma le sigue también una armonización del cuerpo y de la psique, aunque no siempre de inmediato ni en la medida que ustedes desean. Cuando Mi misericordia los envuelva, muchas de las cosas que antes les causaban molestias quedarán fuera de su vida para siempre. Entonces su manantial comenzará a fluir nuevamente en la medida que Yo he previsto para ustedes.


Permitan que Mis palabras sean para ustedes consuelo y estímulo. Extraigan de ellas el valor para procurar un nuevo comienzo, si fuera necesario. Si toman una decisión semejante, alégrense por el tiempo que tienen por delante, que será nuestro tiempo compartido. De este modo dejarán atrás las sombras del pasado. Estas se harán cada vez más pequeñas; la confianza y la alegría de vivir serán sus compañeras, y, naturalmente, también Yo, que habito en ustedes como el amor y camino a su lado por todos los senderos. Yo soy Aquel a quien en esta hora han reconocido como la misericordia, la que Yo siempre fui y siempre seré. Amén