Revelación divina
Como Jesucristo, Yo Soy el Amor en el Padre y hoy, Mis amados hermanos y hermanas, volveré a introducirlos un poco más profundamente en las leyes divinas. Les pido que sigan la lógica del corazón que les enseño, porque los hijos e hijas de los Cielos fueron creados libres y llevan en sí la capacidad de alcanzar el conocimiento y de decidir y actuar bajo su propia responsabilidad. La lógica del corazón les permite ir más allá de la obligación de limitarse muchas veces a creer lo aprendido y llegar a una comprensión interior propia.
Un amor que no lleva la justicia en sí, así se lo dicen el corazón y la razón, no es amor. El verdadero amor jamás puede permitir la injusticia, mucho menos actuar él mismo injustamente. Cuando sienten en su corazón que Dios es el amor, solo pueden llegar a esta conclusión: entonces Dios también debe ser justo, aunque no siempre lo reconozca ni lo comprenda de inmediato. Quien no está convencido de ello pone en duda al mismo tiempo los cimientos del edificio de su fe, pues el amor y la injusticia son incompatibles. Por eso predominan con tanta frecuencia una religiosidad inmadura, la inseguridad, la superficialidad, la incomprensión y muchas otras cosas. Una fe así se parece a la conocida hoja llevada por el viento, que, según la situación, la dificultad y la aparente necesidad, gira unas veces en una dirección y otras en la contraria.
¿Demuestra semejante actitud interior —o, mejor dicho, semejante falta de firmeza— una fortaleza capaz de oponer una confianza sólida en Dios incluso a las fuertes tormentas de la vida? Ustedes mismos conocen la respuesta. Que esta combinación incoherente de «probablemente Dios es el amor, pero no es justo» se haya arraigado de muchas maneras en la mente y el corazón de Mis hermanos y hermanas está relacionado con la falta de conocimiento acerca de la ley de causa y efecto y de la ley de las repetidas vidas terrenales. Pero la ignorancia, de la que con mucha frecuencia nacen la rebeldía y finalmente el rechazo, jamás puede constituir la base para decidir libremente crecer espiritualmente.
Por eso, un objetivo prioritario de las fuerzas contrarias tenía que ser impedir ese conocimiento, y no solo ese, sino el conocimiento de las leyes espirituales en general. Es sabido que lo consiguieron; la manera en que lo hicieron puede leerse en los libros de historia de su Iglesia.
Las consecuencias son de tres clases: una ignorancia ampliamente extendida acerca de que, conforme a la ley de causa y efecto, cada persona es responsable de sus propios pensamientos, palabras y acciones; como resultado de ello, una convivencia humana que se aleja cada vez más de aquello que enseñé mediante el mandamiento del amor a Dios y al prójimo; y, finalmente, el desconocimiento absoluto de lo que espera al alma inmortal en el más allá cuando, en la llamada muerte, abandona el cuerpo humano, entra en ámbitos acerca de los cuales nunca fue instruida y continúa viviendo allí.
Esta ignorancia extendida por todo el mundo es la razón por la que hoy hablo del principio de que quien causa responde, pero no solo desde el punto de vista de que «lo que el ser humano siembra, eso cosechará», sino desde el aspecto mucho más importante para Mis hermanos y hermanas: Mi ayuda para disolver las deudas causadas en el pasado.
El principio de que quien causa responde forma parte de Mi justicia divina. Significa que todo aquel que actúa contra la ley del amor mediante una decisión libre se enfrentará a las consecuencias resultantes, a menos que, antes de que estas se manifiesten, se produzca un cambio interior y, cuando sea necesario, también exterior mediante el conocimiento de sí mismo, el arrepentimiento y la petición de ayuda espiritual. Si esto no sucede y la persona incluso continúa por voluntad propia el camino equivocado que emprendió, Mi ley entra en vigor tarde o temprano, porque el tiempo solo existe en su dimensión. Este «más tarde» induce a muchos a suponer erróneamente que la ley de siembra y cosecha no existe o que ellos no están sometidos a sus efectos, solo porque han transcurrido algunos años o decenios sin que haya sucedido en su vida algo negativo que corresponda a sus acciones.
En verdad les digo: el principio de que quien causa responde, como todas Mis leyes, no está sujeto a las limitaciones del espacio y el tiempo. Esto significa que ninguna causa se disuelve por sí sola en la nada únicamente porque termina la vida humana en la materia. El alma lleva en sí su «debe y haber» y, cuando cruza el umbral y entra en el mundo situado al otro lado del velo, no ha adquirido automáticamente nada que antes le fuera extraño ni ha perdido nada de lo que previamente estaba adherido a la persona. Tal como cae el árbol, así queda tendido, con todas sus flores espléndidas, su follaje que brinda sombra o sus frutos maravillosos, pero también —siempre en sentido figurado— con sus deformaciones, heridas, parásitos y mucho más.
Todo es energía, algo que sus científicos reconocieron hace mucho tiempo; también reconocieron que la energía no puede destruirse. Pero si todo es energía, la constitución de un alma al realizar su tránsito también forma parte de ella; y si nada puede destruirse, aquello que la persona causó anteriormente sigue existiendo, tanto para bien como para mal. Por tanto, sin importar que según su cálculo del tiempo hayan transcurrido decenios, siglos, milenios o incluso eones —si piensan en la caída—, aquello que no se transforma en energía positiva y constructiva permanece en su estado negativo y de baja vibración. Esto se aplica tanto al estado general del alma como a cada uno de sus aspectos.
Muchos de sus hombres y mujeres, dotados de un sentido de la justicia suficientemente grande y de la razón necesaria, recibieron inspiración del espíritu para establecer en la Tierra un orden jurídico que, pese a todas sus imperfecciones, refleja el deseo y persigue la meta de organizar la convivencia humana conforme a los principios del orden y la igualdad. Cuando dicen que no existe justicia en este mundo, esta afirmación es correcta en la medida en que sus leyes no pueden abarcar ni, por tanto, tomar en cuenta muchas cosas, debido a los errores, los vacíos y la falta de madurez que necesariamente deben presentar por haber sido creadas sobre la materia y dentro de ella.
Además, quien dispone de los recursos económicos necesarios, ocupa una posición de poder en la economía, la sociedad o la política, cuenta con las relaciones adecuadas y procede con métodos contrarios a la ley de forma más astuta que sus semejantes, muchas veces tiene la posibilidad de escapar al brazo de la justicia terrenal. Esto provoca incomprensión, enojo e ira en quienes se sienten perjudicados de ese modo; y adormece en la falsa seguridad de haber burlado con éxito la ley a quienes se consideran vencedores. Pero se trata únicamente de una seguridad aparente. Desde la perspectiva espiritual, semejante conducta puede tener consecuencias fatales. Y lo espiritual es lo que finalmente resulta decisivo, aunque a menudo se desconozca, ridiculice, rechace o desprecie.
Por eso, en el mundo, el principio de que quien causa responde, junto con las consecuencias que debe tener conforme a una justicia superior, no puede funcionar sin errores. ¿Significa esto que quizá sea imposible aplicarlo? ¿Qué conocimientos y respuestas surgen cuando se abren a una consideración mucho más profunda? ¿Cuando, partiendo de que Yo Soy el Amor, la Misericordia y la Justicia, buscan una solución justa para todos porque amo a todos?
Den Conmigo un paso que los lleve de su visión humana a una perspectiva superior. Miren Conmigo «detrás del escenario» y no olviden esforzarse por ejercitar la lógica del corazón.
La justicia divina significa que nadie debe experimentar ni sufrir algo que no tenga relación con él. La ley de atracción garantiza aquí una secuencia sin errores. En su mundo se aplica con toda razón: quien compra o encarga algo debe pagar el precio correspondiente, y no un desconocido que no tuvo nada que ver con la compra ni el encargo. Y quien se encuentra en un hospital con una pierna enyesada sabe que él mismo se fracturó la pierna, no su vecino, aunque quizá no recuerde el accidente. ¿Creen que este principio no se aplica en la Creación divina, incomparablemente más grande y compleja que su pequeño mundo?
En verdad les digo: si una sola estrella no ocupara su posición, si una sola florecita no creciera y prosperara en su lugar, si una sola nube no siguiera el camino que le corresponde; más aún, si existiera en la Creación un solo acontecimiento que no se desarrollara dentro de Mis leyes, la Creación habría dejado de existir hace mucho tiempo. Pero la Creación no solo existe: se expande y crece sin cesar.
¿No demuestra esto que, como se ha dicho tantas veces, Dios no comete errores? ¡El sistema de la Creación solo puede existir sin errores o no existir en absoluto! Si quienes dudan señalan ahora las muchas imperfecciones que se manifiestan a su alrededor en una medida cada vez mayor, recuerden que es el ser humano quien intenta corregir la Creación. Pero incluso ese empeño humano está sometido a Mis leyes, con todas sus consecuencias, porque el principio de que quien causa responde no puede eludirse. Sin embargo, al reconocer sus errores y debilidades, la persona puede someterse a él y pedir al Amor y a la Misericordia que orienten hacia el bien, mitiguen o disuelvan aquello que causó por voluntad propia.
Aunque incluso la mente más sencilla comprende que quien causa un daño, una carencia o una pérdida debe responder por aquello que hizo, este principio se desprecia gravemente de muchas maneras cuando se trata de alcanzar una aclaración sincera en la vida privada o comercial cotidiana, o en el gran escenario de la vida pública.
No investigar las causas, evitar los asuntos desagradables, mirar hacia otro lado y no señalar las incoherencias y transgresiones evidentes de la ley están a la orden del día. Respondan ustedes mismos si esa conducta nace de la consideración hacia el otro o del cálculo. ¿O del miedo a recibir críticas como respuesta? ¿O del temor de quedar uno mismo «en la línea de fuego»? ¿O sencillamente del desprecio por el sentido de justicia vigente, que se pasa por alto —envuelto con elegancia y presentado como diplomacia o incluso como amor al prójimo—, sobre todo para no poner en peligro los propios intereses?
Semejante conducta, es decir, la suspensión temporal del principio de que quien causa responde, puede verse coronada por el éxito durante algún tiempo en la materia. Pero solo en apariencia, porque en la realidad de la verdadera vida, de la vida espiritual que está por encima de todo, una manipulación de esta clase no puede perdurar.
Hacer un balance sincero de uno mismo y, cuando exista motivo, de los demás con amor y comprensión, jamás tiene relación con atribuir culpas si se realiza conforme al amor desinteresado. El Cielo no conoce la atribución de culpa; el mundo sí. Allí donde se la utiliza como instrumento de opresión y control, adquiere rasgos satánicos y, tarde o temprano, se vuelve contra quien la originó.
El Cielo es amor; Mi ley es amor. En Mi ley no hay lugar para atribuir culpas, no porque la culpa no exista, sino porque dispongo de otras posibilidades para llevar a la persona a reconocer su conducta equivocada y a cambiar. Las acusaciones de culpa nunca han conducido a un pecador de regreso a la libertad. Ellas y los sentimientos de culpa que las siguen atan a la persona y, hablando en sentido figurado, la hacen «permanecer inmóvil». Lo que la libera es reconocer su conducta equivocada, arrepentirse y pedir al Cielo ayuda para cambiar de rumbo. Para expresarlo de manera breve y sencilla, en el lenguaje cotidiano: ¡los sentimientos de culpa proceden del diablo; el arrepentimiento procede de Dios!
Esto de ninguna manera pasa por alto el principio de que quien causa responde. Por el contrario, constituye la base y el requisito para una transformación profunda, para aquello que no hace mucho llamé «formación del carácter». Se acerca a la persona de un modo completamente diferente, que no tiene relación ni con la práctica humana de pasar las cosas por alto ni con atribuir culpas.
Mi ayuda divina y fraterna constituye la única solución, el único camino para liberarse de los efectos del principio de que quien causa responde. Por tanto, no anulo esta ley, sino que los conduzco —si así lo desean— hacia la libertad, fuera de las ataduras que surgieron por una conducta humana que no correspondía al mandamiento del amor.
Precisamente porque este principio constituye la base de la justicia, queda garantizado que no puede sucederte nada que no tenga alguna clase de relación contigo. Puede presentarse para servirte como proceso de aprendizaje —en sentido figurado, todo debe considerarse un proceso de aprendizaje—; para darte la oportunidad de practicar el servicio desinteresado; o como expiación, que siempre lleva consigo también la posibilidad de reparar. Sin embargo, en la mayoría de los casos el destino se presenta como una combinación de todos estos componentes.
Pero lo repito porque es importante para ustedes y porque pueden alcanzar una comprensión nueva y bien fundamentada de la fe si la arraigan en su corazón: aquello que está destinado a «su vecino» también será «entregado» a él. Por tanto, nadie tiene que cargar un paquete que no está dirigido a él. La suposición de que existe la casualidad o de que el Cielo cometió un error puede eliminarse de manera definitiva y sin preocupación.
El aspecto más importante de este principio, desconocido para la mayoría, es que tiendo Mi mano a toda alma dispuesta y a toda persona dispuesta para ayudarla de manera desinteresada, incondicional y activa a transformar y disolver sus cargas. No se trata únicamente de reconocerme como el Redentor que hace dos mil años volvió a abrir los Cielos. La fe en Mí y la esperanza en Mi gracia son, ciertamente, elementos importantes en el camino de regreso a la patria, pero no lo son todo. Pueden compararse con los pilares fundamentales sobre los cuales descansa la obra de su trabajo interior.
No solo es importante, sino decisivo, que Me incluyan en su vida; que sepan que vivo en ustedes y que Me den la oportunidad de tenderles una mano cuando se trate de permitir que su alma se vuelva más luminosa y libre. Se desconoce ampliamente el hecho de que Soy Yo quien puede ayudarlos, no solo de algún modo abstracto, sino de manera concreta y comprensible; que Soy quien desea y puede transformar su vida mientras todavía viven en la Tierra. Mucho menos se sabe que Soy el único capaz de hacerlo, porque Soy el único que puede realizar las transformaciones necesarias en lo profundo de su alma. Esto produce una vibración del alma radicalmente diferente y, como consecuencia, permite que la ley de atracción actúe de otra manera que antes.
Como las consecuencias de una transformación no se hacen sentir tan inmediatamente en su mundo, es decir, en el espacio y el tiempo, como en los ámbitos de materia sutil, quiero explicarles cómo se produce una transformación en las almas del más allá cuando tienen el deseo y la disposición de entrar en mundos más luminosos.
Todavía son pocos entre ustedes quienes prestan a sus hermanos en los ámbitos de las almas el servicio de amor conocido como «trabajo con las almas». Lo hacen de manera exclusivamente desinteresada, en Mi nombre y en Mi Espíritu. No tienen interés en establecer por curiosidad contacto con los mundos astrales, porque conocen los peligros de semejante acción. Pero poseen un corazón lleno de compasión por sus hermanos y hermanas, quienes muchas veces llevan su existencia en el más allá bajo circunstancias poco agradables. Saben con qué rapidez cambia la situación para las almas dispuestas cuando reconocen la injusticia que cometieron, se arrepienten y piden ayuda.
Como el más allá no está sometido a las limitaciones del espacio y el tiempo, allí puede producirse inmediatamente una transformación hacia la luz. No transcurre mucho tiempo antes de que se levanten los velos que hasta entonces cubrían los ojos de las almas y estas reconozcan a los numerosos ayudantes que solo esperan poder convertirse en acompañantes amorosos y comprensivos. Cuando, después de recibir el esclarecimiento y el conocimiento correspondientes, las almas deciden no permanecer más tiempo en el estado de incertidumbre, tristeza y desesperanza que ellas mismas causaron —muchas veces también en el frío y la oscuridad— y se vuelven hacia el Amor en oración, sucede aquello que ustedes llaman milagro:
La niebla se disipa; aparece una luz, primero en el horizonte, después se acerca y finalmente llena el espacio; entonces se abren los ojos y los oídos y se percibe a los ángeles guardianes y ayudantes espirituales. La pesadez anterior cede ante una ligereza y una alegría crecientes. Y cuando la situación lo requiere, también Yo estoy en medio de Mis hermanos y hermanas, y ellos Me reconocen como el Amor que anhelan. Ha comenzado una nueva etapa de vida para esa alma, que ahora recorre el camino al final del cual será recibida por la luz.
Allí no existen tiempos de espera. Todo llamado procedente de un corazón que anhela amor es escuchado de inmediato, no en algún momento futuro. Naturalmente, el ascenso no se produce de igual manera para todas las almas debido a sus cargas individuales. Pero no existe la posibilidad de no escuchar un pedido de ayuda, ignorarlo deliberadamente, hacer esperar a quien lo expresa ni consolarlo prometiéndole un momento posterior. La ley de Mi amor no lo permite.
Trasladen ahora esta imagen a la vida en la materia, quizá a su propia vida. Nadie puede creer verdaderamente que Yo haya creado dos leyes: una misericordiosa para los ámbitos de las almas y otra despiadada, injusta y defectuosa para la materia. ¿Qué conclusión se desprende entonces de ello? Recurre a la lógica de tu corazón.
Volverse hacia el Amor divino produce efectos tan inmediatos en su mundo de materia densa como en los ámbitos de materia sutil. Porque el mundo puramente espiritual está tan cerca de las almas como de los seres humanos. Y Yo vivo en cada uno como la fuerza redentora, fortalecedora y conductora de regreso al hogar.
Como ya les expliqué, que las consecuencias de una transformación no se hagan sentir —o no siempre— de inmediato se debe a su existencia en el espacio y el tiempo. Cuando, por ejemplo, debe iniciarse algo en la materia y orientarse en otra dirección, con frecuencia hay que preparar antes el camino. Muchas transformaciones tampoco pueden producirse inmediatamente porque es necesario incluir a otras personas en el proceso. Y, esto lo digo con una sonrisa, por propia experiencia saben lo difícil que puede resultar con alguien que se niega apelando a su libre albedrío…
Pero nada de esto cambia el hecho de que aquí y allá sucede lo mismo: la fuerza de Mi amor divino entra en acción tan pronto como la persona expresa que en adelante desea esforzarse, por decisión libre, por llevar una vida conforme a la ley de Mi amor. Para que lo comprendan mejor:
Según cuánto se haya enredado la persona en una conducta equivocada o en malos hábitos, le resulta difícil o incluso imposible liberarse de ellos por sus propias fuerzas. Le falta el apoyo espiritual sin el cual no puede producir una verdadera transformación. Pero siempre hay algo posible: ¡tomar una decisión! Esto no requiere fuerza, aunque en ocasiones sí un poco de valor, porque la persona no sabe lo que sucederá después.
Sin embargo, algo sucederá con certeza: en el momento de la decisión se intensifica el flujo de Mi energía, que finalmente llega a la persona a través de su alma. Esta energía le permite preparar y dar los pasos siguientes. Por tanto, el Cielo no espera ni mucho menos exige que haga algo previamente; solo necesita una decisión, un llamado de ayuda, una petición, y la Misericordia comienza Su obra.
Si Mi ley no lo hubiera dispuesto así, muchos de Mis hermanos y hermanas no tendrían ninguna posibilidad de avanzar por su camino, como sucedía antes de Mi sacrificio en el Gólgota, cuando los Cielos todavía estaban cerrados y solo mediante Mi obra redentora se crearon las condiciones necesarias para volver a entrar en la patria eterna. Desde entonces, todas las almas y todos los seres humanos llevan en su interior, como energía adicional, Mi chispa redentora que los sostiene y fortalece.
Por tanto, el deseo de dejar atrás errores y debilidades y transformarlos en cualidades positivas, reparar una injusticia o ser el primero en extender la mano para reconciliarse basta para que las fuerzas del amor entren en su vida con mayor intensidad que antes. Y no solo basta para comenzar de nuevo: ¡no existe otro camino!
De muchas maneras, Mis hermanos y hermanas humanos intentan eludir el principio de que quien causa responde, suponiendo que así podrán liberarse de sus cargas o mantener alejadas las futuras adversidades. ¿Pueden imaginar una fuerza tan poderosa que sea capaz de eludir Mi ley? Puesto que esto es imposible, todo intento en esa dirección se parece a tratar de «expulsar al diablo con Belcebú», es decir, combatir o sustituir un mal por otro, generalmente aún peor.
En verdad les digo: no es posible escapar de la ley de causa y efecto mediante la práctica de técnicas y ritos, la realización de sacrificios, la sustitución del conocimiento y el arrepentimiento por exterioridades, la repetición de oraciones pronunciadas solo con la mente u otras cosas semejantes. Aunque hayan transcurrido muchas encarnaciones desde que se originaron las causas —encarnaciones que quizá se vivieron sin mayores problemas—, ninguna deuda se disuelve por sí sola. Eso no correspondería a la justicia, a Mi amor ni al principio de igualdad, porque perjudicaría a quienes, al reconocer su culpa, especialmente cuando esta era grave, inclinaron la cabeza con humildad y arrepentimiento.
Pero existe un camino mucho más fácil que intentar eludir sin éxito las consecuencias de este principio. Es el camino que les he mostrado en muchas revelaciones y también hoy. De este modo, la ley de causa y efecto pierde el carácter aterrador que aún tiene para muchas personas que todavía no Me conocen correctamente. Conserva plenamente su validez porque garantiza justicia —¡no dureza!—, pero se reconoce como un instrumento del amor destinado a fomentar en el ser humano el conocimiento y la voluntad de cambiar de rumbo.
Este es el camino de solución que ofrezco a todas las almas y a todos los seres humanos, sin importar la gravedad ni la magnitud de la carga que lleven consigo: te tiendo Mi mano. Te hago fuerte y valiente. En adelante permanezco con mayor intensidad a tu lado. No espero ninguna acción previa. Me bastan tu buena voluntad, quizá el anhelo que comienza a despertar en ti y tu decisión. Te espero.
No tengan miedo ni se entierren en su culpa, que se disuelve cada vez más y finalmente deja de tener importancia ante Mí cuando su cambio de rumbo es sincero. Sin duda puede suceder, y sucederá, que vuelvan a caer. Entonces levántense; Mi brazo será su apoyo, y no solo en sentido figurado. No se hagan la vida más difícil de lo que ya es. Ciertamente, después de su decisión y de su primer paso hacia la libertad los espera «trabajo», ante todo trabajo interior. Pero mírenlo positivamente: emprenderemos juntos ese trabajo.
¿Qué puede ser más hermoso que la promesa divina de un futuro en el que el principio de que quien causa responde pierde cada vez más influencia y deja de pender como una espada sobre sus cabezas? ¿Y en el que Yo, el Amor en el Padre, Soy su Hermano y Amigo que vive en ustedes y permanece a su lado? Con todo Mi amor.
Bendigo a quienes escuchan y leen Mis palabras. Y con Mi bendición fluye hacia ustedes la fuerza de Mi amor. Abran sus corazones, mediten Mis palabras en su interior y recuerden una y otra vez: el Cielo es amor, nada más que amor. ¡Y ustedes son criaturas de los Cielos!
Amén