Revelación divina
Mis hijos e hijas, cuando era Jesús de Nazaret hablaba a las personas mediante parábolas. Utilizaba imágenes para las sabidurías y verdades que plantaba en sus corazones, lo cual facilitaba la comprensión de Mi enseñanza. De este modo, Mis oyentes —que al mismo tiempo eran alumnos, sin ser conscientes de ello— estaban en mejores condiciones de reconocerse a sí mismos y comprender su situación, así como de distinguir entre una conducta correcta y una equivocada.
Durante los dos mil años transcurridos desde entonces no ha cambiado la manera de transmitir Mis palabras, aunque he profundizado su contenido y lo he adaptado a la conciencia de las personas de cada época. Jamás he dejado de hablar, aunque Me hayan convertido en un Dios mudo y desterrado a Cielos lejanos y desconocidos. Mi palabra de entonces, de que les enviaría Mi Espíritu para guiarlos hacia toda la verdad, todavía se encuentra en sus Escrituras. Sus teólogos y conocedores de la Biblia comprenden muy bien la trascendencia de estas palabras. Por eso las interpretaron de otro modo o no las tomaron en serio y las transmitieron con una explicación falsa a las personas que buscaban y siguen buscando la verdad.
Pero no se Me puede hacer callar, porque ¡Yo soy la omnipotencia!
Durante Mi «ascensión» —que ustedes llaman subida al Cielo— dejé exteriormente atrás a aquellos cuyo amor por Mí se había encendido y cuyos corazones ardían, pero no los dejé solos. El cristianismo original, como suelen llamarlo retrospectivamente, fue durante las primeras décadas un movimiento sostenido por la alegría, el valor, el entusiasmo y, no por último, el amor a Mí. Todavía se estaba muy lejos de una organización jerárquica que más tarde se paralizó en exterioridades y normas, en mandatos y prohibiciones, en luchas de poder e intrigas. Yo era la cabeza y el guía de Mis comunidades.
Mi enseñanza del amor se vivía; pero también se cometían errores porque Mis seguidores, aunque estaban dispuestos, todavía cargaban con debilidades humanas. Esto era inevitable en una fase tan temprana de una revolución espiritual; y, naturalmente, las tinieblas procuraron desde el principio sembrar inquietud y discordia.
Ya después de pocas décadas comenzó a germinar la semilla que habían esparcido: primero un poco aquí y allá, y más tarde en extensas regiones. La fascinación, el fuego contagioso de una vida que practicaba el amor a Dios y al prójimo, fue disminuyendo. Las fuerzas contrarias habían obtenido una victoria parcial. Utilizaron el libre albedrío dado por Mí al ser humano para seducir —sin que lo percibieran y mediante pasos minúsculos— a quienes no poseían suficiente firmeza interior; algo que casi siempre se debía a no haber llevado a la práctica lo que sabían acerca de Mi enseñanza sumamente sencilla: ama, ¡y nada más!
Esta verdad Mía y eterna jamás cambiará.
Así, frente a toda resistencia y a lo largo de los muchos siglos, enseñé a Mis hijos humanos mediante Mi palabra, que jamás enmudeció por completo, aunque algunas veces tuviera que permanecer «en la clandestinidad» durante algún tiempo. Pero no solo soy la paciencia; también tengo la visión de conjunto. Solo Yo conozco la acción precisa de Mis leyes espirituales o, para expresarlo de otra manera: ¡Mi tiempo no es el tiempo de ustedes!
Ahora Mi Espíritu vuelve a soplar con mayor intensidad; y quienes han esperado Mi ayuda perciben que cumplo Mi promesa de enviar Mi Espíritu, el Consolador. Nunca antes había fluido al mundo una explicación tan amplia como en su tiempo; nunca antes habían dispuesto de tanta información ni habían conocido tanto acerca de los trasfondos espirituales. Quien tenga ojos y oídos para ver y oír puede ver y oír, ¡si realmente quiere hacerlo!
Entre los conocimientos fundamentales e indispensables para no caminar ciegamente por la vida se encuentra comprender por qué están en la Tierra. Debe surgir en ustedes una convicción profunda y firmemente arraigada de que son hijos de los Cielos que solo temporalmente llevan una existencia en la materia.
Si no reconocen que la muerte no existe en el sentido que han creído hasta ahora, sino que toda criatura posee vida eterna, no podrán comprender su presencia aquí, su destino, su pasado ni su futuro. Las preguntas «¿de dónde?», «¿por qué?» y «¿hacia dónde?» quedarán entonces sin respuesta. ¿Cómo quieren encontrar verdadero consuelo y una esperanza firme si solo encuentran respuestas imprecisas? ¿Cómo quieren construir una casa estable si sus cimientos se levantan sobre arena?
Una de las parábolas que he utilizado de vez en cuando es la imagen de un caminante. Hoy también quiero presentársela y profundizarla, especialmente porque la relacionaré con un aspecto que —aunque a primera vista no lo parezca— tiene que ver con comprender correctamente el amor al prójimo. Si imaginan que se trata de una caminata por la montaña cuyo objetivo es alcanzar la cumbre, comprenderán con mayor facilidad lo que deseo decirles.
El punto de partida y la meta de su caminata son el mismo lugar: los Cielos, su patria eterna. Se trata, por tanto, de un recorrido circular, aunque no sea tan «redondo» como permite suponer el nombre. La ruta no está fijada; cada uno puede caminar por donde quiera y de la manera que quiera. Solo la meta está claramente definida. Por eso, desde el momento en que se ponen en marcha ya se encuentran en el camino de regreso. De su propia decisión depende cuándo vuelvan al punto del que partieron. Ustedes mismos determinan la longitud y la dificultad de su camino.
Muy pronto comprobarán que no caminan solos. Descubrirán compañeros de camino por todas partes a su alrededor, aunque muy pocos son conscientes de que siquiera avanzan hacia una meta. La mayoría permanece en el valle, sin sospechar que sus esfuerzos cotidianos podrían tener un sentido más elevado. Caminan sin avanzar.
Con ello también queda bastante bien descrita la situación de la humanidad en la Tierra antes de Mi encarnación hace dos mil años. Solo que, a diferencia de hoy, entonces prácticamente no existía posibilidad alguna de reconocer un sentido superior de la vida. Tampoco era ya posible, salvo excepciones, que las almas regresaran a su patria celestial, debido a la llamada caída. Las puertas de los Cielos estaban cerradas; la humanidad se había alejado de su «cielo interior» como nunca antes. Decidí construir para Mis hijos un puente por el cual pudieran entrar de nuevo en su hogar original. Me encarné, les traje una energía adicional, volví a abrir el Cielo y puse en manos de las personas y las almas los medios necesarios para su camino de regreso: ¡Mi sencilla enseñanza del amor!
Las fuerzas de la caída no tenían ni siguen teniendo interés en permitir que partan los caminantes que viven en el valle; pero tampoco pudieron impedir que se liberaran de su abrazo quienes querían seguir Mi enseñanza, hablando figuradamente, las rutas de Mi mapa. Establecí, por así decirlo, una estación base que era y sigue siendo inexpugnable y que provee a todo caminante dispuesto de la energía necesaria y de innumerables ayudas. Hablé de este baluarte cuando dije que las puertas del infierno no podrían vencerlo. Pero los hombres de las iglesias dieron a Mis palabras un sentido distinto que les convenía.
También los he provisto a ustedes, a cada uno, con la energía de Mi amor y las herramientas necesarias. De no ser así, no habrían podido emprender el camino de regreso en el que ahora se encuentran. Además, les hice la promesa de esperarlos en la cumbre.
¿A qué punto de su camino hacia la cumbre han llegado? ¿Alguna vez se han hecho esta pregunta? Si reconocen que su vida terrenal se parece a una escuela en la que debe dejarse atrás lo antiguo y aprenderse lo nuevo, en algún momento tendría que surgir dentro de ustedes —casi de manera inevitable— la pregunta de cuánto han avanzado ya en su proceso de aprendizaje. ¿Han dejado atrás el valle? ¿Se ha vuelto más fácil el camino? ¿Los sigue atrayendo la cumbre en la misma medida que al inicio del recorrido y como lo desea su alma?
Alégrense cuando miren a su alrededor y comprueben que ya han salido del valle, que algunos tramos de su camino ya están iluminados por el sol, que todavía no han perdido su mapa, que son capaces de leerlo correctamente y que, si permanecen atentos, ya perciben las ayudas que reciben siempre y en todas partes.
Comprobarán que no están solos durante su caminata. Son incontables quienes avanzan a su derecha y a su izquierda, debajo y encima de ustedes. Cada uno tiene su propio ritmo, su propio estilo, sus propios lugares de descanso y sus propias ideas acerca de cómo, cuándo —¡y si acaso!— quiere llegar a la cumbre. ¡También ustedes!
Por tanto, debido al libre albedrío, no existen normas que determinen según qué criterios debe recorrerse el camino. Solo existe una indicación acompañada de explicaciones: la ruta se recorre con mayor facilidad si te orientas por el mapa llamado «amor». Esto significa que no solo conoces ese camino, sino que también lo recorres. Si tomas otros mapas como orientación, tal vez te parezca por el momento que facilitan las cosas, pero te digo: ningún mapa distinto de Mi «mapa del amor» te lleva con mayor rapidez y protección a tu meta. Sin embargo, posees libre albedrío…
Recalco especialmente la libertad de voluntad de Mis hijos porque esto Me sirve de transición hacia lo que deseo decirles acerca del amor al prójimo. Con ello vuelvo al principio de la evolución, ya mencionado tantas veces: el desarrollo que avanza ininterrumpidamente en Mi Creación y que también comprende el desenvolvimiento completamente personal de cada criatura; por tanto, también la maduración del ser humano y del alma que habita en él.
La lógica del corazón podría decirles que la enseñanza eclesiástica acerca de la creación del alma es falsa. Según ella, en cada concepción creo de la nada una nueva alma inmortal que, después de la muerte del cuerpo, lo abandona y descansa de algún modo y en algún lugar para ser luego evaluada y posiblemente condenada por Mí en un «Juicio Final»; y todo ello por los actos cometidos por la persona a quien supuestamente asigné esa alma.
Así se enterró la verdad de la reencarnación, de la incorporación repetida de un alma en un cuerpo humano. No encajaba en la construcción de esas ideas ilógicas e insostenibles. El miedo, los sentimientos de culpa, los complejos de inferioridad y muchas otras cosas fueron consecuencia de esta doctrina falsa, que al mismo tiempo sirvió como instrumento educativo para mantener sujetos a los ignorantes.
Mis hijos e hijas, ¡utilicen su entendimiento!
He creado hijos libres que llevan dentro un potencial inconmensurable de fuerza, sabiduría y amor y que, por tanto, expresan Mis cualidades divinas. Aquello que los constituye y los fortalece ha crecido dentro de ellos durante un proceso que dura eones. No aparecieron «de repente, de un solo golpe» como criaturas terminadas que no tenían nada que aprender. Habrían sido como robots, sin experiencias propias ni responsabilidad propia.
Para darles un ejemplo: también tuvieron que adquirir poco a poco el conocimiento que hay en su cabeza; tuvo que crecer dentro de ustedes. No habrían podido aplicarlo, ni habrían tenido nada a lo cual recurrir o con qué comparar y valorar las cosas, si una mañana hubieran despertado con el cerebro repleto.
En cada momento de su vida inmortal, toda criatura posee una conciencia individual. Cuando o mientras el ser se encuentra en los Cielos puramente espirituales, esa conciencia está ciertamente marcada por su propia voluntad, pero toda criatura ha subordinado esa voluntad propia a Mi santa voluntad, ¡por amor! Así como ustedes oran ininterrumpidamente al recitar el «Padre nuestro»: «Hágase Tu voluntad». Sin embargo, la entrega de una criatura de Dios en los Cielos se expresa de manera un poco distinta, por decirlo así, en un grado superior: «Cumplo Tu voluntad».
En cuanto un ser espiritual abandona los Cielos, entra en zonas más o menos densificadas y en ámbitos donde actúan fuerzas negativas. En el mundo material, el alma se ve afectada con mayor intensidad. Allí está sometida a insinuaciones e influencias que hacen todo lo posible por afectar —es decir, debilitar— la conciencia anteriormente clara y que intentan formarla según leyes no divinas. Esto se aplica a todas las personas y almas; también se aplicó a Mí. Cuanto mayores sean las tareas que un ser espiritual haya asumido para esta encarnación, mayores serán también las tentaciones y los ataques.
Presten atención a lo que ahora les digo: ¡nadie —ninguna alma y ninguna persona— puede actuar en contra de su conciencia! La conciencia determina lo que desean o dejan de hacer, aquello por lo que se esfuerzan o contra lo que luchan, hacia dónde se sienten atraídos o en qué dirección se mueven por libre voluntad. Pero su conciencia, la condición actual de su interior o de su alma, es el fruto de lo que ustedes mismos han creado mediante sus pensamientos, sus palabras y sus acciones. Llevan fuerzas creadoras dentro de ustedes, aunque en la mayoría de los casos se utilicen equivocadamente o de manera indebida.
Por tanto, si quieren lograr un cambio en su conducta, antes debe producirse un cambio en su conciencia. De lo contrario, no pueden actuar de un modo distinto del que son capaces. Lo mismo se aplica a su prójimo. Y antes de que algo cambie debe tomarse una decisión. No los cambio en contra de su voluntad; eso no sería compatible con Mi ley del amor. Finalmente, cada uno produce por sí mismo los cambios en algún momento, ya sea movido por la comprensión, por la ley de causa y efecto o también por Mi ayuda en respuesta a un grito sincero desde lo más profundo del alma, que siempre llega inmediatamente a Mi corazón y provoca con igual inmediatez una reacción de Mi parte.
En la misma medida en que reclaman el derecho de poder ser como son, su prójimo también tiene derecho a su individualidad, a sus propios errores, a su propia evolución y a su propia conciencia. Que esto no siempre corresponda a sus ideas no les da derecho a aplicar a su prójimo sus criterios de «esto se debe hacer y esto se debe evitar». ¿Dónde estarían si Yo aplicara Mis criterios a ustedes?
Dije que tienen muchos compañeros de camino a su lado. Quienes ya avanzan un poco delante de ustedes podrían servirles de ejemplo. Pero ¿qué sucede con quienes, a sus ojos, todavía tienen dificultades para dar sus próximos pasos? ¿Con quienes aún no han logrado salir verdaderamente del punto de partida o, desde que ustedes recuerdan, siguen esforzándose por ascender desde el mismo lugar? ¿No tienen derecho a determinar por sí mismos cómo quieren recorrer su camino?
Consideren que la evolución exige realizar cada paso del desarrollo. Nada puede omitirse; no es posible eludir ninguna experiencia si esta es importante para el crecimiento del alma, aunque a sus ojos fuera mucho mejor para el otro ocupar de inmediato la posición «en la pared de la montaña» que ustedes ya se han ganado.
¿Y si no quiere hacerlo? ¿Si, debido a su conciencia, todavía no puede dar ese paso, demasiado grande para él? ¿O si saltarse un peldaño de su escalera evolutiva no le serviría de nada? ¿Cómo se comportan ustedes? No Me refiero tanto a lo que hacen exteriormente, sino a lo que sucede en sus pensamientos y palabras.
Uno de los errores más extendidos que cometen frente a su hermano o hermana consiste en no poder aceptar, dejar ser y amar a su prójimo tal como es. En la mayoría de los casos no son conscientes de que con ello infringen el mandamiento del amor, y de manera bastante grave.
Se parecen así a caminantes que miran negativamente a todos los que todavía avanzan por debajo de ellos, solo porque aún no han alcanzado las «alturas» en las que ustedes ya se mueven. Si pudieran, preferirían agarrarlos por el cuello y subirlos hasta donde están ustedes, sin importar su conciencia. Al hacerlo olvidan que simplemente aún no pueden realizar aquello que ustedes desean de ellos.
Para tomar conciencia de la dimensión de semejante conducta equivocada, solo necesitan imaginar que quienes ya van delante hicieran lo mismo o algo parecido con ustedes: elevarlos, sacarlos sencillamente de sus ideas y costumbres de vida, cambiar su carácter contra su voluntad y privarlos de muchas cosas que todavía consideran importantes. Y, si no fuera mediante la fuerza, sí mediante una presión permanente para empujarlos con la mayor rapidez posible en la dirección considerada correcta. ¿Cómo se sentirían?
El mayor opuesto del amor es la falta de amor. Ella es la raíz de todo mal. Muchas veces no existe claridad ni comprensión acerca de todo lo que debe entenderse por falta de amor. Desvalorizar a otras personas debido a su carácter, aunque solo sea mediante pensamientos, forma parte de ello con toda certeza. Este pecado se subestima muchas veces porque, por regla general, no se manifiesta abiertamente. Pero con ello liberan, voluntaria o involuntariamente, energías negativas que —como todo lo contrario a la ley— algún día se vuelven contra quien las originó y no pocas veces lo envenenan interiormente, a menos que se detenga a tiempo esa conducta contraria a la ley.
Amar al prójimo no significa aprobar su conducta. Pero sí significa seguir viéndolo, con todos sus errores y debilidades, como un hermano o una hermana que, al igual que ustedes, se encuentra en el camino de regreso. Amar al prójimo también significa encontrarlo allí donde está, del mismo modo que Yo los encuentro a ustedes en el nivel evolutivo en el que se encuentran actualmente. La tarea de todos los que han decidido seguirme se parece a la de un médico que no debe mirar con pensamientos despectivos las causas de la enfermedad de su paciente, sino que puede ofrecer la terapia necesaria y aplicarla con el consentimiento del enfermo.
Ayudar a un compañero de camino a superar un tramo difícil es una alternativa mucho mejor que colocarse por encima de él o pretender instruirlo con conocimientos adquiridos mediante la lectura. Aunque a sus ojos la ayuda sea pequeña y no produzca frutos visibles de inmediato, puede representar para su prójimo el paso necesario sin el cual no habría podido superar el siguiente obstáculo. ¡Evolución!
No saben nada del pasado espiritual de su prójimo ni de los rumbos que deben prepararse para su futuro. Por tanto, no se preocupen por cosas que se encuentran fuera de su capacidad de comprensión. Déjenlas tranquilamente en Mis manos.
Cuando caminen llenos de alegría, encontrarán una y otra vez personas afines, intercambiarán ideas y tal vez recorrerán juntas un tramo del camino. Y si Me dejan determinar el ritmo de su avance, pueden estar seguros de que no habrá nada que exceda sus fuerzas ni nada que no sea bueno para su alma, aunque tampoco descuido su bienestar físico. Los grados de dificultad que encuentren se mantendrán dentro de ciertos límites porque Yo estoy a su lado.
Entonces el entusiasmo que envolvió al cristianismo original también se hará sentir en su vida; y el anhelo de alcanzar la cumbre lo antes posible será el motor que les comunique fuerzas renovadas una y otra vez. Su amor por Mí y su deseo de atravesar definitivamente las nubes y contemplar la luz impedirán que se vuelvan apáticos, aunque de vez en cuando siempre haya tramos que exijan un poco más de perseverancia y fortaleza de lo habitual.
Las fuerzas oscuras del valle intentarán impedir su ascenso o, al menos, dificultarlo porque desearían mantenerlos dentro de su esfera de influencia. Todo caminante que se aproxima a la luz está perdido para ellas y debilita su poder. Por eso deben permanecer atentos y contar con que recibirán ofertas tentadoras para apartarlos de su propósito de conquistar la cumbre. Pero peores que las cosas evidentes con las que intentan atraerlos son los ataques, generalmente inadvertidos por ustedes, dirigidos contra los puntos débiles de su alma.
En momentos de tentación y debilidad, recuerden lo que les he prometido: que los esperaré. «Tengo una cita en la cumbre»: este pensamiento puede convertirse para ustedes en una fuente de fuerza contra la cual todos los esfuerzos de las tinieblas por impedirles un ascenso constante se estrellen como el oleaje rugiente contra los acantilados.
Deseo corazones ardientes. Deseo hijos humanos que, como en el tiempo del despertar de hace dos mil años, digan sí a una vida libre de limitaciones y ataduras y marcada, en cambio, por la responsabilidad propia, la claridad, el valor y el amor al prójimo. He creado las condiciones para ello; el «campamento base» está listo para proporcionar a los caminantes dispuestos todo cuanto necesitan para su camino.
Quien se ponga en camino para conquistar la cumbre comprobará muy pronto que la ruta puede recorrerse con mayor facilidad y ya no es tan peligrosa como todavía lo era hace algunos siglos. Al mismo tiempo, si permanece atento, percibirá las numerosas trampas que han preparado las fuerzas oscuras. Pero tomado de Mi mano y confiando en Mi palabra, que jamás lo abandona ni abandona a ninguno de sus compañeros, tampoco esos obstáculos serán insuperables para él. De todos modos, no constituyen un bloqueo permanente en el camino hacia la cumbre.
Te espero a ti, a ti y a ti. Mi bendición les da la fuerza necesaria cuando se ponen en camino con un corazón encendido por el amor.
Amén