Revelación divina
Mis hijos e hijas, su tiempo serio exige palabras serias y claras. Se alegrarán de ello quienes deseen comprender por qué la situación en la Tierra se agrava dramáticamente, para poder sacar de ahí las consecuencias necesarias para sí mismos. Otros preferirían no mirar con tanta atención; les agradaría más que Yo me limitara a «envolverlos en amor», como lo describe una de sus canciones.
Lo hago sin interrupción y sin condenar jamás a nadie ni nada. Pero para comprender realmente Mi amor también es necesario saber que todo lo que permito sirve para la salvación de Mis hijos, concretamente para la salvación de su alma, que ocupa para Mí el primer lugar y tiene prioridad sobre el bienestar o la integridad de la envoltura exterior, humana y pasajera. Esto no significa que el ser humano no reciba también ayuda tras ayuda, siempre que la acepte y que esta pueda actuar en él dentro del marco de Mis leyes.
Una y otra vez he señalado la necesidad de ir más allá de un «tener que creer» sin reflexión e intentar ver las relaciones, reconocer los trasfondos y desarrollar un pensamiento propio. También lo hago esta vez porque, como fundamento de su libertad interior, de su convicción profundamente arraigada y, con ello, de su soberanía —que les pertenece desde la eternidad como hijos e hijas de Mi amor—, no basta con haber leído u oído algo. El conocimiento por sí solo nunca garantiza que puedan mantenerse firmes en las tormentas interiores y exteriores de la vida.
La lógica del corazón1), que les enseño, es un instrumento maravilloso para encontrar paso a paso la verdad y adentrarse cada vez más profundamente en Mi sabiduría, siempre que utilicen esta «herramienta».
Por eso les recomiendo —y esto vale especialmente para Mi palabra de revelación de hoy— que no se limiten a leer u oír Mis explicaciones, sino que se ocupen de ellas mentalmente. Cuanto más lo hagan con la intención de aprender algo y cambiar su pensamiento, más se convertirán en su convicción propia, que ya no podrá ser sacudida por las tentaciones y dudas sembradas para causarles inseguridad.
Tomen como sencillo ejemplo el paso de la vida material a la sutil, al que llaman «muerte». Si no se limitan a creer, sino que ahora saben que la muerte, tal como el mundo la conoce y teme y como ustedes mismos creyeron durante mucho tiempo, no existe, ya no los asustará pensar que deben abandonar la Tierra para continuar viviendo en ámbitos más luminosos. Si todavía los asusta —en mayor o menor medida—, esto puede revelarles algo acerca de ustedes mismos.
Incluso cuando ya no predomine el miedo, todavía puede existir, por ejemplo, el deseo de no querer soltar algo que aquí sigue siendo importante para ustedes, más importante que lo que los espera «al otro lado de la vida». Pero si su fe ya se ha convertido en conocimiento y se esfuerzan por vivir ese conocimiento, ¿qué puede todavía impedirles venir con alegría a los brazos de Aquel a quien han adorado durante toda una vida, a Mis brazos?
Tan solo en este pequeño ejemplo reconocen la necesidad de no guardar el conocimiento únicamente en la cabeza, sino también ponerlo en práctica y vivirlo. Siempre que deseen aprender a comprender y hacerse libres.
En una revelación anterior2) dije que peor que toda opresión, todo sometimiento de quienes profesaban otra fe y toda medida coercitiva fue la falsificación de Mi enseñanza del amor, con la consiguiente ocultación de la verdad, que perdura desde entonces y que —muchas veces en contra de lo que se sabe muy bien— continúa presentándose como Mi palabra.
Esto ha hecho que ya no se me reconozca como el Padre justo y amoroso; que ya no se crea en Mí; que incluso quienes creen en Mí no me comprendan ni comprendan Mi amor. Y ha tenido la consecuencia devastadora de que los propios actos y omisiones ya no se perciban ni contemplen desde el punto de vista de haber actuado mal y cargado sobre sí una culpa del alma. Pero esta debe ser reconocida con arrepentimiento y reparada, o entra en acción como justicia compensadora.
Una mirada a su mundo confirma a muchos en la idea de que Dios no puede existir o, peor aún, de que posiblemente existe, pero nada le importan el amor ni la justicia. Porque unos padecen hambre y sed mientras otros viven en la abundancia; a unos les alcanza por casualidad un golpe del destino y a otros no se les exige rendir cuentas. Y no es distinto cuando se contempla la propia vida o determinadas etapas y situaciones. Todo parece existir de algún modo, sin relación, una cosa junto a otra, por así decirlo, en el «vacío»: simplemente es así. Simplemente sucede. ¡Punto!
Y cuando y donde se sospecha o reconoce una relación, falta el conocimiento necesario y muchas veces también la disposición a llegar al fondo de las cosas. Un conocimiento esclarecedor al que se aplicara la medida del amor a Dios y al prójimo tendría que traer consecuencias si se analizara con honradez. Pero la falta de coherencia, practicada desde que existe memoria humana, es uno de los mayores males. Puede «atenuar» aparentemente una situación durante cierto tiempo, pero ya lleva dentro su efecto en forma de consecuencias negativas, es decir, correctoras.
¡No se puede invalidar ni eludir Mi ley! Aunque se intente una y otra vez, de manera inconsciente, ignorante o deliberada.
Al eliminar la enseñanza de la reencarnación se introdujo el cambio decisivo que ha traído infinita miseria y sufrimiento sobre los seres humanos. Porque con ello también perdió su importancia fundamental la ley de causa y efecto, que enseñé por medio de Jesús de Nazaret. Fue reducida a una «oración secundaria» que ciertamente todavía existe en sus Escrituras, pero que ya no posee importancia central para el desarrollo del alma humana y, en consecuencia, se enseña falsamente o se ignora.
Como las tinieblas solo pueden actuar indirectamente en la materia, para tales jugadas se sirvieron y se sirven de personas sobre las que pudieron y pueden influir; y de este modo, después de no haber podido impedir Mi redención, realizaron desde su perspectiva una intervención exitosa en un «centro de control». Se regocijaron porque habían ganado una batalla; pero hace mucho que presienten que jamás podrán alcanzar la victoria definitiva.
Y, sin embargo, también ellas serán guiadas de regreso a la patria eterna. Porque soy el amor que todo lo perdona.
No es la primera vez que menciono este acontecer, pero lo hago porque es indispensable para comprender lo que sigue. No se trata solo del hecho de las encarnaciones repetidas, sino de que nada de lo que sucede debe contemplarse aisladamente. De otro modo no es posible captar el sentido de todo lo que ocurre en su vida personal, en su política, en la convivencia de los pueblos y en su planeta.
Todo fluye en Mi Creación; todo está constantemente en movimiento; una cosa actúa sobre otra y todo se construye sobre lo anterior en el sentido de una evolución incesante. Esto no es nuevo para ustedes. Si lo aceptan —no solo con la cabeza, sino con un corazón convencido—, no debería resultarles difícil reconocer cómo un acontecimiento sigue a otro y cómo una cosa está unida a la otra.
Pero ¿cómo se puede llegar a respuestas satisfactorias y, sobre todo, correctas a preguntas urgentes cuando, al estimar o juzgar una situación o acontecimiento, solo se contempla una pequeña sección o fragmento, mientras que el conjunto se extiende a lo largo de un período mucho mayor, quizá hasta muchos, muchos milenios y más? ¿Cuando no se toma en cuenta lo anterior ni lo posterior porque se ignora que algo así existe?
La mayoría de ustedes, incluso quienes poseen conocimiento espiritual, comete una y otra vez el error de contemplar un acontecimiento aisladamente; de formarse una opinión o expresar su incomprensión acerca de sucesos y hechos que no son más que instantáneas. Con demasiada rapidez se buscan soluciones, se hacen valoraciones y se dictan juicios sobre esta base.
De este modo no lograrán llegar a una evaluación coherente. Pensar y argumentar así equivale a intentar clasificar un día de veinticuatro horas como ventajoso o perjudicial, importante o insignificante, edificante o deprimente, tomando como medida una sola hora del día.
Aquí tiene su origen la falsa doctrina de la supuesta condenación eterna, pues se me atribuye a Mí, que soy el amor y la misericordia y nunca enseñé otra cosa, enviar a un hijo a un fuego perpetuo después de una vida —que por regla general es solo una de varias o incluso muchas— porque no creyó en Mí o no se comportó conforme a los mandamientos de las iglesias.
Mis hijos e hijas, ¡usen la razón!
La inmensa mayoría de las personas siempre ve un solo eslabón de una larga cadena compuesta por innumerables eslabones. Solo ve el eslabón que está mirando en ese momento o que está dispuesta a mirar. Así surgen la incomprensión y el rechazo y, además, la falta de disposición para reflexionar sobre las posibles causas e iniciar pasos que señalen una nueva dirección. El resultado es estancamiento, superficialidad, apatía y mucho más; y de ese modo el espíritu de la época se apodera de una parte del pensamiento humano.
Entonces, en la mayoría de los casos, falta una meta por la que valga la pena esforzarse. La persona «no avanza». Las tinieblas no necesitan más; les basta con que el ser humano no se mueva en el sentido de una evolución espiritual. Tan solo retirar los engranajes «reencarnación» y «causa y efecto» produjo esto.
El cielo es amor. Esto significa que todo ser espiritual desea el bienestar del otro, que el otro «crezca y prospere», pues también en el cielo existe un crecimiento incesante. Aquellos ángeles —también ustedes son ángeles, porque en su interior son seres divinos— que ya han adquirido experiencia y sabiduría sirven desinteresadamente a todos los demás. Viven dentro de la ley, practican el mandamiento del amor a Dios y al prójimo y reciben así sin interrupción Mi energía de amor.
Aunque en el cielo se conoce la ley de causa y efecto, allí no se aplica porque allí no se originan causas; y por «causas» debe entenderse todo aquello que se dirige contra el mandamiento del amor. Solo la llamada caída o caída de los ángeles dio origen a la ley del karma.
Fuera de los cielos esta ley sí rige. Pero no sirve como castigo, sino que, mediante los efectos correspondientes, debe conducir al reconocimiento a quien vive según sus propias leyes. Entonces el reconocimiento lo ayudará —algún día, cuando así lo decida su libre albedrío— a arrepentirse de sus actos equivocados e iniciar su regreso.
Si ahora saben que servir —lo cual presupone humildad y, por tanto, excluye naturalmente el egoísmo— hace felices y satisfechos interior y exteriormente y los provee de todo cuanto necesitan; y que una conducta contraria ocasiona una culpa que debe saldarse, muchas respuestas surgen por sí solas:
Contemplen desde este punto de vista todo lo que unos pueblos han hecho a otros. En vez de ayudar al más débil en su desarrollo interior y exterior, lo atacaron, sometieron y explotaron. Esto sigue ocurriendo en el presente, aunque ya no sea tan evidente como siglos atrás, cuando la colonización y la esclavitud proporcionaron una riqueza inmensa al físicamente más fuerte y, al mismo tiempo, produjeron una miseria inmensa entre los afectados. Ahora ha llegado el tiempo en que la ley de la siembra y la cosecha muestra poco a poco sus frutos.
Las guerras se emprendieron y se emprenden por los motivos más bajos, siempre con la intención de fortalecer la propia posición y debilitar la del otro. Esto es lo contrario de servir.
Cuando en sus principales naciones económicas se menosprecian los derechos humanos —por no hablar de que no se actúa conforme a Mi mandamiento del amor—, esto también es lo contrario de servir.
Y también Estados más pequeños, que apenas tienen lo necesario para alimentar a su pueblo, emprenden guerras por motivos ideológicos, más que nunca. Eso también es lo contrario de servir.
Colocar vehementemente en primer plano los intereses propios —sean personales o políticos—, manipular y emplear todos los medios disponibles para imponer la propia voluntad: eso también es lo contrario de servir.
La persecución de otros que no compartían la propia convicción religiosa ha sido habitual desde que existe memoria humana. No ha cesado, sino que se sigue practicando de las maneras más diversas. Eso también es lo contrario de servir.
En verdad, su planeta sirve al ser humano. Es lo que hace posible que este tenga un hogar, que un alma pueda encarnarse y que la persona y el alma puedan continuar desarrollándose. Hoy el agua, el aire y la tierra han sido contaminados por el ser humano en un grado que no se creía posible. Eso también es lo contrario de servir.
Todo es energía, y ninguna energía negativa se disuelve por sí sola. Nunca. Debe transformarse mediante la reparación, lo cual presupone reconocimiento, arrepentimiento y petición de perdón. Debe restablecerse el equilibrio, porque todo sistema que «ha salido de su armonía» quiere y volverá a la armonía.
Si este proceso no se inicia mediante los pasos mencionados, desde el autoconocimiento hasta la reparación, entra en acción la llamada expiación. Son los efectos de las causas originadas anteriormente los que producen una compensación. Pueden remontarse a mucho, mucho tiempo atrás, porque el tiempo no desempeña ningún papel. Pero tampoco esta compensación representa un castigo, sino que sirve para percibir y aceptar la culpa anterior.
Con la lógica del corazón pueden resumir estas consideraciones en una fórmula sencilla y llevarlas hasta su conclusión:
Lo que he creado es perfecto y lleva dentro el deseo de evolucionar y alcanzar la perfección. Todo lo que no corresponde —todavía— a esto fue creado por manos humanas. Pero también aquí, debido a Mi ley, predomina el deseo de evolución y perfección. Esta meta se realizará; si no es mediante la decisión libre del causante y su cambio de rumbo en el pensar y actuar, será mediante la necesidad, determinada por la ley, de volver a restablecer el equilibrio necesario.
Ustedes llaman a este proceso con la palabra inadecuada «destino», como si alguien enviara algo. Nadie envía nada, y mucho menos Yo. El destino es de fabricación propia y regresa como un búmeran hacia quien puso la causa en el mundo.
Intenten, Mis hijos e hijas, ser realistas y estimar con honradez qué probabilidades hay de que los causantes de todas estas situaciones —sean personas, comunidades o pueblos— reconozcan su conducta equivocada, pidan perdón a las víctimas, cambien inmediatamente de rumbo, inicien pasos para mejorar o regresar y actúen en el futuro conforme a Mi mandamiento del amor…
Si pueden darse una respuesta sincera, sin miedo y confiando en Mí, sabrán por qué al principio de Mi revelación hablé de un tiempo serio y de palabras serias y claras. Una mirada al conjunto, que deje de enfocarse en un pequeño período incapaz de mostrarles las relaciones, los ayuda a reconocer la necesidad de acercarse más a Mí en su interior.
Adopten la perspectiva de que todo lo que ven son solo eslabones de una larga cadena y de que todo tiene un pasado que influye en el presente, el cual, a su vez, determina el futuro mediante la conducta actual. Esto vale para cada momento, cada día, cada año, cada siglo y milenio. Y vale para cada individuo, cada grupo y cada pueblo.
Desde este punto de vista, aunque sea comprensible y humanamente necesario ofrecer compasión, solidaridad y ayuda a una víctima, debe hacerse sin condenar al mismo tiempo al agresor, por mucho que su acto clame por represalia y venganza. Nadie —salvo excepciones que no explicaré aquí con mayor detalle— se convierte en víctima «porque sí». No sería la primera vez que ustedes desean que un agresor tenga que sufrir lo mismo que su víctima. Cuando, muchos años o incluso encarnaciones después, la ley de causa y efecto pone esto en marcha y el antiguo agresor se convierte en la víctima actual, es muy posible que, por desconocer las relaciones, el mismo «juego» comience otra vez desde el principio en sus pensamientos y palabras.
Solo puede terminarse —es decir, solo puede interrumpirse el ciclo de represalias mutuas— cuando uno de los dos está dispuesto a renunciar a devolver el golpe3). Esto no solo vale para individuos, sino también para pueblos enteros. ¡Ama a tus enemigos!
Veo en muchos corazones estas preguntas: «¿Qué nos espera? ¿Cómo continuarán las cosas?». Rara vez o nunca se considera qué trasfondos kármicos intervienen, porque tal pregunta produciría la respuesta teológica de que eso pertenece al «misterio de Dios, en el que jamás se puede penetrar». Esto solo es correcto en parte, pues nunca les revelaré detalles porque no traiciono a nadie. Pero les permito comprender los principios de Mi Creación, de modo que, si siguen voluntariamente Mis explicaciones, puedan llegar a esta convicción firme como una roca:
«Nada de lo que suceda nace de la arbitrariedad de mi Padre divino. Sus leyes funcionan sin errores. Y como todo tiene su propio pasado, aunque en gran medida me sea desconocido, todo posee un sentido profundo».
Si todavía no pueden reunir esta confianza, oren y pídanla. E interioricen cada vez más Mis palabras porque —como mencioné al principio— solo serán para su bien y los harán fuertes y serenos interiormente cuando desciendan de la cabeza al corazón.
Entonces tampoco tendrá ya gran importancia para ustedes cuándo sucederá cada cosa. Habrán seguido Mi consejo, dado ya varias veces4), y estarán al día con el procesamiento de las tareas que cada jornada les presenta de nuevo.
Para este trabajo, su trabajo interior, les doy toda la fuerza que necesitan. Porque deseo volver a estrecharlos en Mis brazos lo antes posible, pues los amo infinitamente.
Amén
1) Véanse diversas revelaciones anteriores.
2) Revelación del 14 de enero de 2018.
3) El alma lleva el debe y el haber
Insistes en tu derecho, en que el otro es malo; eso piensas y no das tregua. «Yo le mostré quién manda, él tuvo que doblegarse», cuentas con gran ostentación. Sí, cuando no haces más que morder, y porque no sabes que el alma lleva el debe y el haber, te parece atrevido, y cualquier motivo te sirve para deleitarte en la disputa. Todavía no comprendes que también podría ser que solo estés pagando viejas deudas. Depositas una nueva semilla, así sigue girando la rueda; bastaría una palabra para detenerla.
De «Confía en el suave sonido de tu corazón», de H. D.
4) Véanse diversas revelaciones, entre ellas la del 12 de enero de 2013.