Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, Mi palabra de revelación de hoy, que pongo bajo la idea rectora de la «responsabilidad personal», la relaciono con esta pregunta dirigida a cada uno: «¿Crees que tú mismo forjas tu felicidad?», como dice una de sus expresiones. ¿O responsabilizas —en mayor o menor medida— a otras personas, al destino, a las circunstancias, al azar o a Mí por lo que sucedió o sucede en tu vida? Si ese fuera —todavía— el caso, te hago una propuesta:
Siéntate muy cerca de Mí y reflexionemos juntos. Permite que Mi amor y Mi sabiduría puedan manifestarse en ti, y disponte a aceptar un conocimiento que te hará libre y que, tarde o temprano, te llevará a pensar y actuar con la responsabilidad personal que tu alma anhela desde hace mucho tiempo.
Hace alrededor de dos mil años, después de una preparación cuidadosamente planificada, entré en la materia: el aspecto de Mi amor se encarnó en el hombre que el mundo conoce como Jesús de Nazaret. Nunca antes un ser humano había poseído una conciencia mayor. Es cierto que ya en repetidas ocasiones elevados seres espirituales habían venido a la Tierra para exhortar a la humanidad y llamarla a cambiar de rumbo; pero en Jesús vine Yo mismo.
Mi voluntad era salvar a Mis hijos humanos y espirituales y volver a hacerles posible el camino de regreso a su patria celestial. Esto sucedió mediante Mi sacrificio en el Gólgota, pues Mi voluntad es ley, al igual que Mi omnipotencia. Desde hace siglos he explicado este acontecimiento por medio de muchos de Mis fieles en numerosas revelaciones.
Las fuerzas contrarias no pudieron impedir la redención, por lo que tomaron otro camino: desfiguraron Mi sencilla enseñanza del amor hasta volverla irreconocible, de modo que de lo que enseñé y viví como ejemplo solo quedaron fragmentos llenos de ilógica, contradicciones y cosas difíciles de comprender, que hasta hoy sus escribas y teólogos proclaman como Mi verdad. Con ello lograron que las personas siguieran ciegamente una fe vacía que apenas las acercaba a Mí y que, por el contrario, las enviaba a una «sala de espera espiritual».
Las posibilidades de salir de allí, adquirir conocimientos y comprender las relaciones entre las cosas eran sumamente escasas. Aun así, lo lograron quienes vivieron el amor. Sin embargo, la mayoría eran oyentes que solo creían; muy pocos eran hacedores que ponían en práctica en la vida cotidiana aquello en lo que creían. Hasta hoy, poco o nada ha cambiado en esta situación de andar errantes sin conocer realmente la meta.
Durante unos dos siglos después de Mi paso por la Tierra, se difundió con entusiasmo y gran alegría el movimiento caracterizado por una comprensión de Dios distinta de la actual, es decir, por una verdadera comprensión divina del amor y del perdón y por una forma atractiva de vivir el cristianismo, hasta que las tinieblas lograron poner fin a esa expansión introduciendo ideas falsas y empleando el fuego y la espada. Recurrieron a los medios probados y eficaces de la opresión y el miedo y difundieron así su propia doctrina. Esto no sucedió de la noche a la mañana; tomó su tiempo.
Su objetivo, que finalmente alcanzaron y que hasta hoy han seguido y siguen persiguiendo con métodos refinados, era tergiversar Mis declaraciones. Hoy se tiende a cubrir el «fuego y la espada» con el manto del silencio y del olvido, dando la impresión de que todo vuelve a estar en orden solo porque la época oscura de su historia eclesiástica pertenece al pasado.
Mis hijos e hijas, peor que toda opresión, todo sometimiento y toda medida coercitiva fue la falsificación de la enseñanza del amor, con la consiguiente ocultación de la verdad, que perdura desde entonces y que —muchas veces en contra de lo que se sabe muy bien— continúa presentándose como Mi palabra.
Así me convirtieron en un Dios distante y, a los ojos de muchos, injusto; así me convirtieron en una instancia que se ocupa poco o nada de los asuntos y necesidades de sus hijos; así me convirtieron en un Dios al que ya no se comprende, en quien apenas se cree con el corazón y al que, por tanto, ya no se reconoce como el amor incondicional, aunque esto se siga proclamando de palabra.
Esta es la situación actual y, al mismo tiempo, la causa de que su mundo y la vida de muchas personas inseguras, infelices y temerosas, que piensan superficialmente, sean como son.
A quienes critican Mis palabras porque las consideran duras e injustas les digo: ¡Lean con atención Mis palabras! Hablo —desde el amor— de la enseñanza falsificada, de las jerarquías rígidas, de los administradores que no permiten la verdad. No hablo de las personas que se esfuerzan honradamente dentro de las distintas organizaciones, y mucho menos de sus hermanos y hermanas que sirven desinteresadamente a su prójimo, «… ¡pues de ellos es el reino de los cielos!».
Porque, a diferencia de ustedes, Yo poseo la capacidad que todavía deben adquirir: veo la imperfección de las personas y sus actos, ¡y aun así las amo!
En sus Escrituras solo quedan fragmentos de Mi enseñanza, con demasiada frecuencia mal traducidos y modificados. Enseñé a los Míos mucho más de lo que hoy encuentran en sus tradiciones. Además, tuve que adaptar Mis palabras al nivel de conciencia de Mis oyentes y seguidores, por lo que a menudo hablaba mediante imágenes. No podía entrar en los detalles que les he revelado durante las últimas décadas y siglos, aunque también las comunicaciones de su tiempo no representan más que una parte infinitamente pequeña de Mi sabiduría inagotable.
Así, muchas veces solo transmití la «estructura general» y señalé la dirección. En esta forma de enseñar hay un pequeño secreto que han descubierto quienes me siguen y que todos los de buena voluntad pueden descubrir:
A quien pone en práctica Mi enseñanza del amor en su vida se le revelan otros aspectos de Mi sabiduría. Dicho de otra manera: quien sigue la señal y recorre el camino es quien experimenta durante su marcha los milagros y contempla las bellezas que permanecen ocultos para quien solo habla de la orientación indicada.
Si caminan, verán. Si ven, darán testimonio de ello.
Si no caminan, no verán, sino que solo sabrán acerca de ello. ¡Cuidado! La trampa de acumular conocimientos está al acecho…
Así pues, con quien recorre el camino «trabajo» en su interior. Paso a paso se adentra en conocimientos más profundos; en él y sobre él tiene lugar lo que ustedes llaman expansión de la conciencia. Pero esta no es entonces el resultado de acumular conocimientos esotéricos o de practicar determinadas técnicas, sino la consecuencia de un mayor aporte de energía de amor y de vida, que surge de su pensar y actuar y de las decisiones que toma bajo su propia responsabilidad. Y que proviene de la fuente de la vida eterna, de Mí.
Ante todo, comprende cada vez mejor el entramado de verdades a medias y falsedades que se les sirve desde hace siglos y especialmente hoy, algo que su progreso técnico hace posible y refuerza. Pero, al reconocer el edificio de mentiras, también aumenta la comprensión de cómo Mis leyes universales gobiernan desde la eternidad toda Mi Creación.
Como es tan importante que comprendan las relaciones entre las cosas y reconozcan y entiendan la interacción de las facetas de esta inmensa red llamada «Creación», les enseño la «lógica del corazón» *). Con ella —si quieren pensar y actuar con responsabilidad propia— estarán en gran medida protegidos frente a lo que se les ofrece como verdades divinas, pero que no los conduce a la libertad interior, sino que con demasiada frecuencia los lleva a callejones espirituales sin salida o a quedar encadenados por las fuerzas contrarias.
En el camino que inicia su desarrollo interior reconocerán que la ignorancia tan extendida se funda en seis aspectos principales:
el desconocimiento de Mis leyes divinas, válidas fuera del tiempo;
el desconocimiento de la vida del alma en el más allá después de la llamada muerte;
el desconocimiento de las repetidas encarnaciones de un alma en un cuerpo humano;
el desconocimiento de la influencia permanente de fuerzas procedentes de los ámbitos astrales;
el desconocimiento del hecho de que Yo vivo en el ser humano, y
el desconocimiento de que siempre y únicamente se trata del amor, y nunca de ritos, tradiciones y formas; es decir, hablando en sentido figurado, siempre del contenido y nunca del envoltorio sin valor.
Al modificar y suprimir la verdad se impidió que las personas me reconocieran como el amor verdaderamente desinteresado e incondicional que no condena a ninguno de sus hijos ni lo pierde en las tinieblas; y se impidieron la fe y el conocimiento de que Mi misericordia infinita lo perdona todo, por grande que sea la culpa.
Al mismo tiempo se consiguió que, sin grandes dificultades, pudiera armonizarse la injusticia aparentemente imperante con el gran amor que al mismo tiempo se enseña acerca de Mí. Y la afirmación de que Yo soy omnipotente provoca grandes dudas en unos cuando contemplan el mundo y su propia vida; para otros, apenas merece que se piense en ella.
En este campo de tensión entre tener que creer, no poder comprender y reconocer la propia imperfección, en muchas personas se han acumulado sentimientos de culpa agobiantes que las privan de libertad. Así se vuelve imposible una convivencia activa, confiada y amorosa conmigo. Y la fuerza de atracción, el atractivo del cristianismo original, auténtico y entusiasmante, pertenece desde hace mucho al pasado.
He permitido esto porque toda criatura posee libre albedrío, en el cual no intervengo ni siquiera cuando infringe gravemente Mi mandamiento del amor. Esto también se aplica a las tinieblas. «Pero entonces el ser humano está indefenso y entregado a las fuerzas del mal», los oigo decir. «¿Cómo podrá alguna vez salir victorioso de los enfrentamientos constantes?».
No, Mis hijos e hijas, no está indefenso. Solo lo está cuando desconoce las reglas. Y muchas veces no las conoce porque lo que se le presenta como Mis mandamientos y leyes no son Mis reglas, sino las reglas del adversario. Son las omisiones, tergiversaciones, falsificaciones y modificaciones de las que hablé al principio. En Jesús y por medio de Él anuncié Mi amor y Mi misericordia que todo lo abarcan; la inutilidad de todo lo exterior; la humildad del corazón como condición para entrar en el cielo; la necesidad de perdonar a todos, incluso a los enemigos; la vida eterna de su alma, a la que haré regresar a Mí, a su verdadera patria; y que en el mismo instante se está unido a Mí cuando se entra en el propio interior para estar conmigo. Porque allí vivo Yo: ¡en ti!
Quien enseña algo distinto no habla con Mi autoridad ni desde Mi verdad.
¿Comprenden ahora por qué he calificado la intervención masiva en Mi sencilla enseñanza como el mayor de los males? Mediante la manipulación se ha formado en la mente de Mis hijos —en parte profundamente grabada en sus almas a través de varias encarnaciones— una imagen de Mí que determina la vida cotidiana de las personas, su vida y, con ello, la vida en su conjunto sobre la Tierra. Esta podría ser un planeta floreciente en el que cada persona y los pueblos vivieran en paz, unos junto a otros y unos con otros, y se trataran con respeto y amor mutuos.
Las cosas resultaron distintas. Y, sin embargo, precisamente en su tiempo muchos de sus hermanos y hermanas procedentes de los cielos y de las regiones luminosas que los rodean se han encarnado para ayudar, en esta época difícil, a iniciar un despertar espiritual. Aunque a primera vista no lo parezca, existe una cantidad inmensa de personas de buena voluntad, no en último término porque Yo vuelvo a tocarlas una y otra vez en su interior. Perciben que algo —aparte de las transformaciones y acontecimientos exteriores— no está bien, ya no está bien. Tratan de mirar detrás de las cosas, tratan de comprender, están dispuestas a aprender y ayudar. Consciente y muchas veces inconscientemente, anhelan una felicidad perdida.
Buscan la verdad.
¿Seguirá alguien la falsedad una vez que haya descubierto la verdad? ¿Rechazará alguien la llave que le abre la puerta cuando reconozca como prisión aquello que antes consideraba libertad?
Quien permanezca en la superficie conseguirá, en efecto, «hacer que todo encaje». Pero, Mis hijos e hijas, no les he recordado en vano su responsabilidad personal. Cada uno de ustedes lleva dentro un gran potencial espiritual, mucho mayor de lo que sospecha o piensa. Es Mi regalo para ustedes —para cada una de Mis criaturas—, que he depositado en su interior. Ustedes proceden de Mí y, por eso, llevan dentro una parte de Mi fuerza y de Mi poder.
Su alma anhela madurar, aprender, fortalecerse, crecer hacia su libertad interior y, con ello, también hacia la libertad que tanto desea el ser humano. Pero para eso se necesita su voluntad, porque deben tomar decisiones que nadie puede tomar por ustedes. También esto forma parte del proceso de aprendizaje para el cual se han encarnado. Se necesita su sí, su disposición a reconsiderar su vida, examinar muchas cosas y cambiar algo allí donde sea necesario. Primero en el interior, en los pensamientos y en el corazón, y siempre junto conmigo, para comprobar después que una nueva forma de pensar basada en la confianza y el amor también repercute en la conducta, en lo exterior y en su entorno.
Para ello es imprescindible que se familiaricen con partes de Mis leyes, que —desde hace décadas y siglos— les he explicado muchas veces por medio de Mi palabra de revelación. Aunque prevalezcan otras opiniones: no oculto secretos egoístamente para quedármelos; pero tampoco abruma a ninguna de Mis criaturas con un conocimiento para el cual su conciencia no es suficiente.
Mientras predomine en ustedes la sensación de que son como hojas al viento, llevadas de un lado a otro por un destino inexplicable, o incluso de que soy Yo quien determina o configura su vida y la de todos y distribuye desigualmente Mis dones de amor, no podrán establecer conmigo una relación llena de confianza. Y mientras sea así, no podrán aceptar que ustedes mismos forjan su felicidad.
Uno de los engranajes más importantes del gran mecanismo de relojería de Mi Creación, que la parte contraria retiró al reinterpretar Mi enseñanza, es la ley de la siembra y la cosecha, de causa y efecto. Es cierto que todavía figura en sus Escrituras, pero se interpreta como si esta afirmación se refiriera al futuro, principalmente a su «futuro celestial». ¿Quién ha reflexionado sobre cuándo sembró aquello que cosecha en esta vida? Aquí se necesita la lógica del corazón. Y aquí se requiere la participación de quienes están dispuestos a pensar con responsabilidad propia y sacar las conclusiones necesarias.
Si el ser humano es responsable de su cosecha futura, ¿quién es entonces responsable de la cosecha actual? ¿De la siembra que produjo la cosecha presente? Según su doctrina, no hubo un momento anterior en el que pudiera haberse sembrado, pues —también según su doctrina— Yo creo de nuevo el alma de cada ser humano en el momento de la concepción, por así decirlo, de la nada.
Se necesita otra vez la lógica de su corazón: ¿por tanto, toda unión sexual que da lugar a una concepción me obliga a crear una nueva alma, lo haya planeado Yo o no…?
Quien crea que debe discutir conmigo sobre estos puntos porque ha leído o estudiado los conocimientos correspondientes, puede debatir conmigo en su interior. Le daré la respuesta.
La idea de que Yo creo cada alma «nueva y recién hecha» y de que, por tanto, soy el autor de la nueva vida hace inevitable que surjan dudas sobre Mi amor y Mi justicia cuando —también como consecuencia de años posteriores— no todo se desarrolla como la persona imagina o desea. Les doy una imagen al respecto:
Si han asumido la tarea de planificar y construir una casa y, una vez terminada, resulta que la construcción presenta defectos por muchos lados, ¿a quién se responsabilizará? Naturalmente, a ustedes.
Por tanto, si no consideran que el alma tiene una existencia previa y niegan que el alma haya dado su sí a lo que trae consigo la nueva encarnación, entonces tendrán que responsabilizarme a Mí como «constructor» o elegir una segunda posibilidad: Dios es ciertamente el Creador, que quizá también sea responsable de algún modo, pero el ser humano no puede penetrar en este «misterio» y ya no debe seguir preguntando. Lo que queda son dudas e inseguridad.
He explicado este punto con tanto detalle para aclararles algo mediante este ejemplo: una pequeña modificación, concretamente retirar el engranaje llamado «causa y efecto», produjo un efecto de magnitud incalculable con consecuencias devastadoras, que no pocas veces se manifiestan en la pérdida de la fe en Mi justicia y, tarde o temprano, en la pérdida de la fe en general. En cualquier caso, con mucha frecuencia contribuyó a que la fe permaneciera en la superficie y a que el ser humano se conformara, encogiéndose de hombros, con lo que de todos modos no comprende.
La verdad, Mis amados, es que Mi mecanismo funciona sin errores desde la eternidad y por toda la eternidad. Cada uno forma parte de él, sin excepción. Esto también fue válido para Mi encarnación, que, aunque se preparó y llevó a cabo cuidadosamente, transcurrió dentro de Mis leyes. También fue válido para el hombre Jesús de Nazaret, quien estuvo expuesto a tentaciones semejantes y mayores que las de ustedes y también tuvo que desarrollar su fortaleza interior.
Jamás será necesario hacer la más mínima corrección a Mis leyes, porque eso significaría que he creado algo imperfecto. Si así fuera, la Creación habría dejado de existir hace mucho tiempo.
Por tanto, también forma parte de la verdad que el alma, una vez creada por Mí, regresa a Mí después de un recorrido más o menos largo por los ámbitos extracelestiales, incluida la materia. En su camino de regreso, que comienza tan pronto como abandona los cielos, por regla general vendrá varias veces a la Tierra para pasar allí años de aprendizaje dentro de un cuerpo humano y adquirir experiencias con la meta de volver a desplegar el amor en su interior.
Como no existe la muerte en el sentido en que ustedes la entienden, el alma sigue existiendo después de abandonar su cuerpo y pasa a los ámbitos que corresponden a su estado, su vibración o su grado de madurez. Según las decisiones que ella misma toma, permanece allí un tiempo o vuelve a encarnarse cuando reconoce la oportunidad de aprender en la Tierra más rápidamente de lo que puede hacerlo allí donde se encuentra entre sus semejantes.
Entonces comienza una nueva encarnación; ustedes llaman nacimiento al comienzo y muerte a la meta, aunque desde la perspectiva espiritual ocurre exactamente lo contrario. En realidad, ninguno de los dos tiene gran importancia en comparación con los años en la Tierra que transcurren entre los acontecimientos de venir e irse, pues ambos solo sirven para crear un período destinado al desarrollo ulterior del alma.
Aprovechar con sentido el tiempo en la Tierra y desarrollar el amor: ese fue el núcleo de Mi enseñanza, que entonces expresé en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo y que hoy explico en detalle para que reciban ayuda en su vida cotidiana y comprendan las relaciones entre las cosas.
Mi justicia creó la ley de la atracción y la repulsión. Esto significa que el estado de su alma, de su interior, de su ser, de su conciencia —o como quieran llamarlo— hace que llegue a su vida exactamente aquello que el alma y la persona necesitan para los próximos pasos de aprendizaje. Y todavía hay mucho que aprender, Mis hijos e hijas; pero estoy a su lado en cada esfuerzo.
Que el ser humano comprenda esto, lo reconozca o no, no cambia el hecho de que la ley actúa. La precisión de Mi ley hace que reciba, en la dosis exacta y en el momento oportuno, aquello que todavía debe desarrollarse dentro de un proceso de aprendizaje. Cada uno posee el libre albedrío para rechazar la «oferta del destino», pues al principio no es más que una oferta. Pero no se puede rechazar al destino como órgano ejecutor de la ley de causa y efecto. Cada vez que ustedes no le prestan atención, se retira por un breve tiempo, pero vuelve a acercarse y, en sentido figurado, la oferta termina convirtiéndose algún día en una exigencia. Sin embargo, esta nunca representa un castigo, sino siempre una de Mis medidas para inducir a su ser humano a influir positivamente sobre su alma mediante una conducta diferente. Porque el alma es importante para Mí; ella —y no el cuerpo humano— emprenderá finalmente el camino de regreso a Mí, a su patria eterna. Y en ese camino se fortalecerá y florecerá.
La persona que no sabe esto o no quiere saberlo porque no le agrada la oferta o la exigencia posterior se encontrará entonces, llena de incredulidad e incomprensión, ante una situación que no puede conciliar con un Dios de amor. Y también quienes me han estudiado se encogerán de hombros y aludirán al gran misterio de un Dios que ciertamente ama a los seres humanos, pero que no «muestra sus cartas» y los deja solos en su infelicidad, con sus preocupaciones, su sufrimiento y todas sus preguntas…
Ser humano, usa tu razón.
¿Comprendes ahora, hijo Mío, por qué en cualquier caso eres tú quien forja su felicidad —o su infelicidad—? El llamado destino, que actúa por encargo de la ley de la atracción, no te presentará lo que está destinado a tu prójimo. No recibirás un paquete destinado a tu vecino. Pero esto también significa que aquello que llega a ti siempre tiene algo que ver contigo.
Te había pedido que te sentaras junto a Mí para reflexionar juntos sobre algo. Deja que Mis palabras resuenen en tu interior. Recuerda Mi amor, que puso el anhelo en tu corazón. Así no podrás dudar de Mí. Por el contrario, crecerás hacia una confianza profunda, sobre todo cuando interiorices lo que dije una vez: que la confianza que se consolida en ti representa la suma de las experiencias vividas conmigo.
Y entonces reconocerás, con un profundo suspiro de alivio, que es algo maravilloso forjar uno mismo su felicidad, cuando se entra en la fragua del Padre celestial y se le pide que proporcione las herramientas necesarias.
Él solo espera eso.
Amén
*) Véanse también las revelaciones del 8 de marzo de 2014 y del 13 de noviembre de 2015.