Revelación divina
Hijos e hijas de Mi amor y de Mi libertad, permítanme llevarlos en un viaje a través del tiempo que comienza cuando Yo —en sentido simbólico y figurado— pronuncié las palabras «Que sea»; es decir, al comienzo de Mi creación. Nuestro viaje continúa más allá del presente hasta el final de un futuro provisional. Es «provisional» porque —al igual que su presente— solo surgió a causa de la Caída y, por tanto, no representa el fin de la creación, sino únicamente la reincorporación, el regreso al hogar o la restitución de todo aquello que en otro tiempo abandonó los cielos.
Mi creación es eterna. Esto se aplica a todo lo que vive en ella y, por lo tanto, también a cada uno de ustedes.
Aunque nuestro viaje sea solo mental, tiene un trasfondo muy real, pues debe ayudarlos a llegar a sus propias conclusiones, algo importante para su evolución interior y para alcanzar un conocimiento más profundo. Al fin y al cabo, son hijos libres de los cielos, cuya meta es volver a convertirse en aquello que llevan dentro como sabiduría, fuerza y grandeza.
Esta es la intención que vinculo con Mi palabra de revelación de hoy: dirigirme una y otra vez a la lógica del corazón que desde hace mucho les enseño y activarla en ustedes, siempre que estén dispuestos voluntariamente. Esto va un poco más allá de Mis explicaciones, advertencias y palabras de aliento, que siguen siendo sumamente importantes. Si así lo quieren, los desafía y, al mismo tiempo, puede proporcionarles un beneficio que no debe subestimarse.
Para obtener una respuesta satisfactoria a la pregunta que desde tiempos inmemoriales ocupa a muchos millones de hijos e hijas Míos en todo el mundo —cuál es la religión o comunidad «correcta»—, resulta indispensable conocer la caída de los ángeles, también llamada «la Caída», y sus efectos sobre toda la creación. Igualmente importante es extraer consecuencias de este conocimiento, lo que significa dar a su vida, es decir, a su pensamiento y conducta, una forma diferente bajo la luz de Mis palabras cuando esto resulte deseable o necesario, siempre respetando su libre albedrío.
Todo lo creé a partir de Mí, porque no existe otra fuerza aparte de la Mía. Para que Mi creación, cuya infinitud y complejidad supera infinitamente todo cuanto pueden imaginar, se desarrolle y configure sin errores por toda la eternidad, establecí leyes inmutables que nunca se modifican ni necesitan modificarse, ni siquiera en una mínima medida. Si existiera la necesidad de cambiarlas, significaría al mismo tiempo que no son perfectas.
Todo lo que surgió de Mí es perfecto, como Yo mismo. Permanecerá así para siempre en su fundamento original, aunque una conducta regida por la propia voluntad haya podido y pueda imprimir temporalmente sobre esta perfección el sello de lo incompleto y deficiente. Pero todo regresará a Mí, a la perfección.
Porque así lo quiero y porque tengo el poder para hacerlo. Pero, sobre todo, ¡porque Yo Soy el amor!
La ley que está por encima de todas las demás es el amor que todo lo comprende y todo lo perdona, el amor desinteresado e incondicional. Todos los seres de los cielos, a quienes ustedes llaman ángeles, llevan este amor plenamente desarrollado dentro de sí; aunque la mayoría de Mis hijos humanos no sabe que ellos mismos son ángeles que, por las más diversas razones y durante un tiempo limitado, se han puesto un «vestido material».
Todas las demás leyes, entre ellas el orden, la seriedad, la sabiduría y otras, están sostenidas por la ley principal del amor. Esta es una de las razones por las que, como Jesús de Nazaret, les traje ante todo el mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo: representa la esencia, porque en él está contenido todo.
Quien ama de esta manera cumple la ley y vive en Mí. ¡Y a quien sirve a la ley, la ley le sirve!
¿Qué significa esto? Que en el cielo existen distintas mentalidades y que la individualidad no tiene límites, pero no existen religiones, asociaciones eclesiásticas de ningún tipo ni comunidades de fe. Tampoco encontrarán allí opiniones e ideologías diferentes, ni grupos que consideren correctas únicamente sus propias enseñanzas. Sin embargo, en principio todos los grupos hacen esto, aunque no lo subrayen expresamente. Si consideraran equivocadas las normas según las cuales viven, no practicarían sus ideas.
¿No resulta evidente la razón? El cielo y todo lo que vive en esta perfección son amor y unidad. ¿Dónde podrían tener cabida allí la exclusión o la separación? Si así lo desean, reflexionen sobre ello; sus pensamientos solo pueden terminar en una conclusión:
Entonces un alma, cuando vuelva a estar Conmigo como un ser espiritual puro, tiene que haber dejado atrás en su camino de la Tierra al cielo todo lo que no pertenece al amor que todo lo abarca. Tiene que haberse liberado de cualquier vínculo que antes le impidiera entrar en la luminosa libertad de los cielos.
Cuando digo que «tiene que», esto no significa una obligación forzada, sino que constituye un requisito para poder vivir en el mundo de Mi perfección. Se basa en la ley de la atracción, que establece: «Quien quiera entrar en el cielo tiene que traer el cielo consigo o llevarlo dentro de sí».
El alma tiene libertad para tomar la decisión correspondiente. Si no desea dar ese paso hacia un mayor desarrollo —lo que no cambia Mi amor por ella—, esto no significa que necesariamente continúe viviendo en ámbitos astrales bajos y grises. Por regla general, si no ha cargado sobre sí un karma más o menos grave, la vida del alma continúa en un entorno mucho más hermoso que el que acaba de dejar, es decir, el de la materia.
En su ignorancia, incluso puede considerar que su nuevo hogar es el «cielo», pues allí encuentra personas que piensan como ella. En ese sentido, ciertamente existen «cielos» católicos, evangélicos, hinduistas, budistas, judíos e islámicos, y muchísimos más. Hay tantos como opiniones.
Pero tarde o temprano cada alma reconocerá que no vive en el cielo que es su verdadero hogar y hacia el cual finalmente la atrae su anhelo. Porque allí, como ya dije, no existe nada que separe; tampoco la creencia de que la propia visión del mundo, con todos sus preceptos y las obligaciones y prohibiciones concebidas por seres humanos, sea la correcta.
Si junto a Mí no existen religiones, pero en la Tierra sí, ¿no indica la lógica del corazón que, entonces, en el camino de regreso y restitución debe haberse disuelto todo lo que no es divino y, por tanto, es contrario? Porque lo que Yo creé existe eternamente. Lo que se transforma y disuelve es obra humana y, en muchos casos, está condicionado por la influencia de quienes antiguamente fueron ángeles y cayeron.
Su religión cristiana enseña que de Mí surgieron dos creaciones: la espiritual y la material; es decir, que creé a los ángeles y, en otro acto creador, a los seres humanos. Esta falsa enseñanza ha originado una imagen completamente equivocada de Mi naturaleza, de Mi amor y de los actos que se derivan de él. El engaño es tan grave porque —de manera semejante a la eliminación de la reencarnación— actuó sobre un punto central que no solo «tergiversa un poco» Mi enseñanza, sino que ha causado un daño a la evolución de su alma cuya magnitud todavía no reconocen.
Mis palabras siguientes provocarán incomprensión e incluso rechazo en algunos que se apegan a la interpretación literal de sus Escrituras:
¡Existe una sola creación original: la espiritual, que es su hogar celestial! Todos los demás ámbitos fuera del cielo surgieron como consecuencia de la Caída. Por tanto, la creencia de que, independientemente de ella, existe otra creación, una segunda, que produjo el universo material junto con la Tierra y, en ella, los mundos vegetal y animal y finalmente al ser humano, se basa en suposiciones equivocadas. Solo los fundamentalistas entre los seres humanos siguen creyendo que todo esto sucedió además en unos pocos días.
Es cierto que en Mi sabiduría preví la separación de una parte de los ángeles y desde el principio preparé las condiciones correspondientes para su regreso; pero la formación de los mundos fuera de la perfección solo se hizo necesaria debido a la rebelión de Sadhana y de sus seguidores contra Mí y contra Mi mandamiento de amor.
Compárenlo aproximadamente con su conducta amorosa hacia un hijo que abandona su hogar después de una disputa, pero a quien, porque cuentan con los medios económicos, le proporcionan un techo para que no tenga que vivir en la calle. Nunca fue su intención crear de antemano una vivienda para el hijo fuera de su comunidad familiar, del mismo modo que nunca fue Mi intención crear condiciones de vida fuera de la comunidad de la familia celestial.
Si —para continuar con este ejemplo— alguien considera el cambio de vivienda del hijo que se fue como algo completamente separado y desligado de todo lo sucedido antes, en su ignorancia solo puede llegar a la convicción de que no existe relación alguna con ningún acontecimiento anterior. Así, el origen del hijo y las razones de su mudanza permanecen en la oscuridad.
El propósito de las fuerzas contrarias de ocultar el origen del ser humano y, con ello, el conocimiento de su verdadera naturaleza tuvo éxito. Así, no solo llegó la ignorancia al mundo, sino también la falta de conciencia sobre la necesidad de volver a convertirse, mediante el conocimiento y el trabajo en uno mismo, en aquello que desde la eternidad está oculto en lo profundo del alma: un ángel puro, radiante y que vive en Mi amor.
La formación de espacios de vida fuera de los cielos se desarrolló durante un periodo imposible de describir. Los mundos próximos al cielo poseían —y siguen poseyendo— una elevada luminosidad y vibración; los lejanos al cielo se hicieron cada vez más densos. Finalmente surgió, como último y más bajo ámbito de la Caída, el universo material que conocen; aunque sus científicos reconocieron hace mucho que incluso aquello que ustedes conocen como materia no es otra cosa que energía sumamente condensada.
En Mi amor no solo permití todo esto; también aporté Mi energía y de ese modo proporcioné finalmente a los seres de la Caída la posibilidad de encontrar en el planeta Tierra una base que les permitiera evolucionar lentamente hacia niveles superiores, paso a paso, si realmente deseaban realizar este ascenso. No todos lo querían, y todavía hoy no todos lo quieren.
Mis leyes eternas permanecieron siempre iguales. No cambiaron a causa de la Caída solo porque las circunstancias, provocadas por las fuerzas contrarias, hubieran cambiado. Únicamente entró en vigor otra ley que sirve para hacer posible el regreso mediante el reconocimiento de la propia conducta equivocada: la ley de causa y efecto. Mi ley de amor, como fundamento y al mismo tiempo estructura que abarca todo cuanto he creado, no cambió.
Como ya he revelado muchas veces, todo en Mi creación es evolución. Nada surge «así nada más», de la nada y de un día para otro. La razón es que todo debe estar contenido en todo para llegar finalmente a ser y permanecer perfecto.
Así, también la vida en la Tierra evolucionó por etapas, cada una construida sobre las anteriores —y esto continúa hasta hoy—, hasta que finalmente los primeros seres vivos poblaron su planeta y se ofreció de este modo a los seres de la Caída la posibilidad de encarnar como almas individuales. No intenten comprender estos periodos con su razón humana. No lo conseguirán.
Debido a las condiciones desiguales, sobre todo climáticas, se formaron en muchos lugares de su Tierra distintos pueblos con sus propias culturas, y todos desarrollaron sus propias ideas acerca de «Dios y el mundo». Esto no debe sorprender, pues los seres que encarnaron trajeron consigo sus propias ideas. Al fin y al cabo, se trataba de almas que se encontraban lejos de cualquier conocimiento de Dios; almas que, entre otras razones, a menudo encarnaban únicamente para generar confusión, guerra y caos en la Tierra y que, de ese modo, se procuraban una «base humana» para obtener la energía que necesitaban con tanta urgencia.
Sin embargo, a lo largo de la historia humana también encarnaron seres espirituales de los cielos puros con la misión de llevar conocimiento y sabiduría a personas inmaduras. Pero también entraron en la materia otras almas que —aunque con frecuencia tenían buenas intenciones, no siempre contaban con «bendición divina»— transmitieron a las personas sus ideas y enseñanzas.
No obstante, en todos los casos las fuerzas de las tinieblas, que no tenían ni siguen teniendo interés en la evolución del alma humana, se esforzaron por frustrar todos los esfuerzos que acercaban a las personas a Mí. Procedieron como lo han hecho desde la eternidad y siguen haciéndolo hoy:
Como conocen los puntos débiles de cada persona, actuaron allí donde esperaban obtener el mayor éxito posible en su influencia. ¿Tuvieron éxito? ¿Qué les dice la lógica del corazón? ¿Cuánto ha crecido el «mercado de las religiones», en el que cada visión del mundo siente y afirma que se encuentra en el camino correcto? ¿Quién anuncia todavía el camino que solo enseña el amor y nada más?
Y, sin embargo, pese a la multitud de creencias, preceptos y dogmas creados por seres humanos debido a influencias no divinas y, no pocas veces, también por inspiración satánica, una enseñanza siempre ha permanecido igual e inalterada: ¡Mi ley del amor desinteresado e incondicional!
Finalmente, la distancia interior entre Mis hijos y Yo había llegado a ser tan grande que, debido a su falta de conciencia y capacidad de amar, ya no podían reconocer siquiera el camino de regreso al hogar. La confusión había alcanzado su punto culminante, y existía el peligro de que no solo se hubieran vuelto ciegos para el camino de regreso: tampoco podían ya emprenderlo con sus propias fuerzas ni recorrerlo con éxito hasta el final, aunque lo hubieran querido. Se habían alejado demasiado de su hogar original.
En ese momento intervine y, después de un periodo largo y cuidadoso de preparación, entré Yo mismo en la Tierra: el amor encarnó en el hombre Jesús de Nazaret. El resto lo conocen, aunque de manera incompleta y parcialmente falsificada.
Una vez más Me dirijo a su corazón y a su razón: ¿traje Yo una nueva religión, una más? ¿Fundé una iglesia? ¿Existía siquiera la necesidad de hacerlo? ¿O no habría bastado con liberar las muchas enseñanzas ya existentes y en gran parte equivocadas, así como las señales que conducían por caminos erróneos, de todo aquello con lo que el pensamiento y la voluntad humanos las habían dotado bajo la influencia del lado contrario?
Desde hace muchos siglos revelo a las personas que traje la enseñanza del amor y que viví el amor. Punto. ¡Nada más! Ninguna prohibición, ninguna exclusión, ninguna opresión, ninguna amenaza, ningún vínculo, ninguna creencia obligatoria, ninguna práctica exterior necesaria para la salvación, ninguna ostentación ni actos seudosagrados. Nada de todo esto. Por eso mantengo Mi «nada más», aunque pueda malinterpretarse con mala intención. Pero fue el regalo más grande que jamás se hizo a la humanidad. ¡Y contiene la libertad!
Quien quiere comprender, comprende.
¿Qué creen? ¿Dejaron los seres de la oscuridad que luchan contra Mí —mucho más reales de lo que creen y que dominan en gran medida los acontecimientos de su mundo— de perseguir su objetivo de confusión y destrucción? Para ello habrían tenido que reconocer sus errores, arrepentirse y cambiar de rumbo, algo que solo sucedió con unos pocos. Sin embargo, la inmensa mayoría de quienes luchan contra Mí y contra ustedes no reconoce su error. ¿Por qué habrían de abandonar sus actos, si obran desde lo invisible sin ser reconocidos? Los favorece el hecho de que muy pocas personas consideren siquiera posible una influencia y manipulación directa y constante por parte de estas fuerzas.
Esto produjo y sigue produciendo un error de graves consecuencias, cuya mala semilla seguirá germinando hasta que, por medio del amor vivido, las personas alcancen una conciencia que les permita obtener conocimientos más profundos.
Los efectos de su influencia incesante pueden reconocerse tan solo en la multitud de iglesias, comunidades de fe, enseñanzas y concepciones religiosas surgidas durante los últimos dos mil años, todas las cuales apelan a Mí, a Mi vida y a Mi enseñanza como Jesús de Nazaret. Sin embargo, Yo no dije nada que vaya más allá de «amen, y nada más» o que resulte necesario además de ello.
Los llamados primeros cristianos de las primeras décadas no conocían ni vivían otra cosa. Según la enseñanza actual de sus iglesias, ¿tenían siquiera alguna posibilidad de acercarse a Mí como almas después de la muerte de su cuerpo?
¡Hijos e hijas Míos, usen su razón!
En nuestro pequeño viaje a través del tiempo nos acercamos a la respuesta a la pregunta por la religión correcta. ¿Ya la intuyen o la conocen? Recuerden: en la eternidad rige la ley del amor. Tampoco la caída de los ángeles cambió en nada la vigencia eterna de esta ley; la formación de los mundos sutiles y materiales no tuvo influencia alguna sobre el amor y los principios vinculados a él, ni tampoco la intervención masiva de las fuerzas oscuras durante los últimos dos milenios en lo que respecta a la presentación de Mi enseñanza de amor. Ella permanece y permanecerá intacta. Y así, el amor también será y seguirá siendo la única orientación para el trayecto que todavía tienen por delante hasta que todos regresen a casa.
Lo que la obra humana añadió será retirado de nuevo, porque, como obra humana, no puede perdurar. Lo que vibra en niveles bajos no puede entrar en lo que vibra en niveles más altos y supremos. Será transformado y finalmente se disolverá, lo que significa que, en su camino, el alma que aspira al cielo dejará voluntariamente y por libre conocimiento todo lo que le fue inculcado, enseñado, impuesto y todo lo que practicó. El ser espiritual no solo deja de necesitar «arriba» todas estas cosas, sino que con tal «equipaje» no puede atravesar el límite luminoso del cielo.
Única y exclusivamente Mi amor será, a través de todos los eones, el criterio que conduce de regreso a casa como una señal segura. En su verdadero hogar será la «religión» que para siempre Me une y vincula con ustedes y con todo lo que existe.
La respuesta a nuestra pregunta es ahora evidente.
Todo en Mi creación es evolución, es decir, todo crece, madura y se desarrolla incesantemente. Esto también se aplica a las ideas religiosas, cuyos fundamentos se establecen, por regla general, ya en la infancia. Por eso es completamente normal que a los niños y jóvenes se les presenten ideas acerca de Mí que correspondan a su sensibilidad y comprensión.
La comparación con la asistencia a una escuela deja claro que los primeros libros escolares tienen —y deben tener— una estructura distinta de los posteriores. Con el transcurso de los años y según los intereses del alumno, cambia la materia de estudio. Se vuelve más exigente y amplia, y a nadie se le ocurriría declarar que los antiguos ejercicios de cálculo, escritura y lectura son lo más grande y mejor, la corona y la cima de lo que debe aprenderse, lo máximo posible, expresando así que no existe nada más allá de ellos.
En el ámbito mucho más importante del dominio de su vida, ligado a las preguntas ¿de dónde?, ¿por qué? y ¿hacia dónde?, la inmensa mayoría de las personas se comporta de un modo completamente distinto. Nacidas dentro de una de las numerosas visiones del mundo, rara vez se esfuerzan por preguntarse si lo que se les prescribe creer es realmente lo que Yo ofrecí y sigo ofreciendo a Mis hijos; si las muchas instrucciones y normas son necesarias para cumplir el mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo; si los ritos y las ceremonias de verdad las impulsan a vivir el amor con mayor intensidad que antes; y si las tradiciones, en las que puede experimentarse cierta seguridad y un sentimiento de pertenencia, no son más bien un obstáculo que una ayuda en su camino hacia Mí.
Pero, sobre todo, no se preguntan si se han dejado atar y por eso se han estancado. Naturalmente, no son conscientes de ello, porque desconocen la necesidad de una evolución constante del alma con el apoyo de Mi amor, a lo que llamo trabajo interior; de lo contrario, su conducta se volvería cada vez más desinteresada y amorosa con el paso de los años. No se lo preguntan porque la idea de un vínculo espiritual les resulta completamente ajena o porque no pueden imaginar qué los ha atado.
Recuerden Mis indicaciones, dadas ya tantas veces, de que las tinieblas actúan de una manera mucho más refinada de lo que pueden imaginar las mentes humanas. El vínculo del que hablo es espiritual. Sin notarlo, muchos de ustedes han caído en las trampas de la costumbre, la apatía y la comodidad de no tener que seguir pensando; esto, por lo demás, se aplica a casi todos los ámbitos de la vida y no se limita a las comunidades religiosas. También encuentran una conducta manipuladora de este tipo, que entre otras cosas puede provocar sentimientos de culpa, por ejemplo, en sus relaciones de pareja y familiares, y en la educación de los hijos.
Como muestra el ejemplo de los libros escolares, puede ser necesario comenzar con imágenes e ideas sencillas. No hay nada que objetar; Yo apoyo estos pasos porque son peldaños en la «escalera de su alma».
Y, sin embargo, Mis amados, llevan dentro de sí un potencial espiritual mucho mayor que, a la larga, no se conformará con lo que hasta ahora se le ha ofrecido como alimento religioso. Más de uno ya lo intuye cuando está Conmigo en momentos de quietud.
Si quieren ceder al anhelo de su corazón infantil que, tarde o temprano, los atraerá con absoluta certeza hacia Mi corazón de Padre —¡y esto es una promesa!—, obsérvense y pregúntense dónde se han dejado atar. Y miren las «acciones sustitutivas y los recursos auxiliares» que creen absolutamente necesario practicar y poseer porque, sin ellos, les resulta difícil o imposible aprender a amar más que hasta ahora. ¿De verdad no basta Mi ayuda?
¡Yo vivo en ti, hijo Mío!
Al observarse con sinceridad, la lista de «medidas adicionales» que hasta ahora consideraban importantes se hará cada vez más pequeña.
Si, por ejemplo, quieres hablar Conmigo sobre algo y pedirme perdón porque ha surgido en ti el reconocimiento de una conducta equivocada, seguido de un arrepentimiento sincero, basta, hijo Mío, con que cierres los ojos y vayas hacia tu interior. En ese mismo instante estás Conmigo y tienes en Mí al oyente más paciente, que jamás se enoja contigo, no te juzga ni condena, no te reprocha ni te hace sentir culpable, y que te absuelve en el mismo momento en que vienes a Sus brazos, a Mis brazos. ¿Necesitas algo más?
Si tan solo la idea de tener que dejar algo heredado y aprendido genera inseguridad y quizás incluso sentimientos de culpa, reflexiona sobre si esto no podría ser señal de un vínculo que hasta ahora no habías reconocido.
Cuando algo se ha hecho mal, el daño se corrige haciéndolo bien. Si se infringe el amor, como sucedió en la caída de los ángeles, la solución consiste en actuar conforme al amor. Ninguna idea, por elaborada que sea y aunque se exprese en mil prácticas exteriores, puede sustituir un proceso de reparación y restauración. Esas prácticas son innecesarias.
Pero el amor vuelve a equilibrar y conduce nuevamente a la armonía aquello que antes había caído fuera de ella. ¡Este es el significado profundo de «amen, y nada más»!
Con nuestro pequeño viaje a través del tiempo hemos examinado la pregunta por la religión correcta. ¿Has encontrado la respuesta, que solo puede ser la correcta porque es la única que se fundamenta en el corazón y en la razón? Entonces sabes que es la religión que te enseña a amar en libertad interior.
Amén