← Hans Dienstknecht

No existe un lugar mejor que la Tierra para aprender

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Eine bessere Stätte des Lernens als die Erde gibt es nicht

Fecha original: 13 de julio de 2019

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, ustedes saben que Mi mayor deseo es traer de vuelta a Mí a todos Mis hijos, y quiero decir a todos. Y lo antes posible. ¡No es solo Mi deseo; detrás de él está Mi voluntad divina!

Al respecto, algo debe quedarles claro, independientemente de cuánto tiempo lleven en el camino hacia Mí o de cuánto conocimiento hayan adquirido: si creen fundamentalmente en Mí como el Creador del que todo surgió, entonces no puede existir fuera de Mí ninguna fuerza igual a Mí.

De esta conclusión lógica se desprende un conocimiento de extraordinario valor para quienes están dispuestos a pensar: cuando usan su razón —como mano derecha del corazón, tal como subrayo una y otra vez—, no dependen de aceptar y reconocer afirmaciones, enseñanzas y dogmas sin cuestionarlos ni examinarlos. Dotados de la capacidad de pensar y haciendo uso de su libre albedrío, son perfectamente capaces de llegar de manera responsable a sus propios conocimientos y decisiones.

Hablo de que deberían servirse cada vez más de la lógica del corazón, que los convierte en hijos libres de Mi amor.

De lo dicho al comienzo también se desprende que Yo tengo el poder de conservar para siempre lo que he creado y, cuando se haya alejado de Mí, traerlo de vuelta a Mí. Entonces, ¿cómo puede ser correcta la enseñanza de sus teólogos, quienes hablan de un «alejamiento eterno de Dios» o una «condenación eterna» si te opones a Mí? ¿Tendría Yo que dejarte ir y perderte para siempre, aunque Mi voluntad sea traerte de regreso?

Si esto fuera posible, tu voluntad y la de quienes te indujeron a esa rebelión o a ese desprecio serían mayores que Mi voluntad; Yo tendría que ceder y abandonarte a tu destino en una oscuridad interminable.

Tú y las fuerzas contrarias habrían vencido; ¡se habrían opuesto con éxito a la fuerza más grande de la creación!

Hijo Mío, usa tu razón con todo amor.

Este es solo un ejemplo entre muchos; su única finalidad es mostrarles qué clase de instrumento tienen en la lógica del corazón. Si aprenden a utilizarlo, los conducirá a la libertad interior. De este modo, poco a poco se convertirán en seres autónomos que piensan y deciden por sí mismos, que penetran cada vez más profundamente en las sutilezas del trabajo interior y que no solo creen en Mis leyes, sino que las ponen a prueba y viven experiencias positivas con ellas.

De esta manera aprenden a extraer por sí mismos las conclusiones necesarias, en primer lugar respecto a su naturaleza, sus motivos, sus intenciones y metas, sus miedos y reservas. Y en la medida en que se conozcan a ustedes mismos, también aprenderán a comprender mejor a su prójimo. Solo entonces serán capaces de aprender a amarlo.

Con otro ejemplo quiero llevarlos al centro de su vida cotidiana, porque Mis revelaciones no deben ser únicamente una advertencia y un estímulo. Deben ayudarlos a poner en práctica sus conocimientos para que puedan constatar cambios en ustedes mismos, en su interior, en sus semejantes y, en general, en su entorno. Deben reconocer que de ningún modo basta con tener la fe «correcta», esperar Mi gracia, cumplir mandamientos y «trabajar en lo exterior».


Ustedes dicen a menudo que la Tierra es una escuela. Pero reconocerlo les servirá de poco si no dan el paso siguiente y reflexionan sobre lo que significa para ustedes. Pensemos juntos en el provecho que pueden obtener de este conocimiento, de este hecho, porque así les resultará más fácil.

A quien quiere saber más sobre sí mismo y sobre el sentido de su presencia aquí se le plantean muchas preguntas:

¿Cómo llegué a esta escuela? ¿Quién me envió allí? ¿Acepté venir? ¿Qué hay que aprender aquí? ¿Reconozco lo que debo aprender? ¿Todos tienen que aprender lo mismo? ¿Quién determina la materia de estudio? ¿Tengo la libertad de no aprender o de aprender únicamente lo que me gusta? ¿Qué sucede si me muestro obstinado o rebelde? ¿Quién es el maestro o quiénes son los maestros? ¿Quién me ayuda cuando algo me resulta difícil o no puedo avanzar? ¿Se dan buenas o malas calificaciones y, de ser así, quién las pone?

La lista de estas preguntas u otras semejantes podría ampliarse cuanto se quisiera. Pero estas pocas bastan para conducir hacia respuestas valiosas a quien realmente desea conocerlas. Sin embargo, solo revelan su verdadero valor cuando existe la disposición de extraer de lo reconocido las consecuencias necesarias; de lo contrario, no dejan eco en ustedes.

Esto exige, hay que admitirlo, un poquito de valentía. Pero no representará un gran problema cuando arda en ustedes el anhelo —aunque sea apenas como una pequeña llama— de volver a convertirse en amor y, de ese modo, acercarse cada vez más a Mí.

Saben que Yo no amenazo, castigo ni condeno, sin importar cómo se comporten. Yo amo. Punto. Por lo tanto, pueden afrontar con calma y sin miedo la pregunta de si realmente desean ocuparse de las cuestiones planteadas y de las respuestas que se derivan de ellas. La respuesta sería importante para ustedes, no para Mí, porque Yo ya la conozco. Pero podría revelarles algunas cosas sobre ustedes mismos y quizás corregir un poco la imagen que tienen de sí mismos. Si así lo quieren…


Hay suficientes razones por las que un alma decide encarnar. La regla, aunque existen muchas excepciones, es que desea seguir desarrollándose cuando constata que esto apenas resulta posible, o no en la medida a la que aspira o que desea, en el lugar donde vive en ese momento.1)

El trasfondo es este: en el más allá, el alma vive en un mundo que corresponde a su grado de madurez, a su conciencia y a su vibración. Allí no predominan desafíos como los que se presentan en la Tierra. El alma está, en mayor o menor medida, entre «sus iguales»; allí también aprende —si así lo desea—, pero en los ámbitos sutiles falta el factor «tiempo», lo que hace que su evolución se produzca de una manera incomparablemente más lenta que durante una vida terrenal.

Por lo demás, cuando empleo el término «alma» no significa que se trate de un ser nebuloso, fantasmal y más o menos impersonal que permanece y flota en algún lugar. Muchas personas lo imaginan así por desconocimiento. Como alma, hijo Mío, vives de una manera tan real como ahora te percibes como ser humano. Eres único como individuo. Sientes, piensas, hablas y actúas igual que cuando vivías en la Tierra. No puedes hacerlo de otra manera, porque tampoco en la Tierra pudiste actuar sino conforme a tu desarrollo interior. Si quieres actuar de otra manera, primero tienes que crear para ello una base más amplia o nueva.

Aquí se hace evidente la acertada comparación con una escuela: para saber hacer algo, llevar algo a cabo o hacerlo de manera distinta que antes, primero hay que adquirir una capacidad nueva. Esto puede suceder de diferentes maneras.

Volveré a hablar de este punto decisivo, porque es sumamente importante para que comprendas correctamente tus actos y a ti mismo. Pero, sobre todo, para que dejes de pensar o hablar acerca de tu prójimo —la mayoría de las veces de manera despectiva— y de exigirle, aunque sea solo en tus pensamientos, algo que todavía no es capaz de hacer.

Cuando un alma toma conciencia de su estancamiento o de su evolución interior relativamente lenta, puede surgir en ella el deseo de experimentar un crecimiento más rápido. Si escucha el consejo de su ángel guardián, preparan juntos la nueva encarnación, lo que representa el caso ideal. Es «ideal» porque, gracias a su visión de conjunto, su acompañante espiritual propone al alma el momento y el entorno que ofrecen buenas condiciones para aprender —y, en ciertas circunstancias, también para saldar— aquello que sirve para que el alma se vuelva más luminosa y fuerte. En la Tierra, este proceso comienza cuando la persona en crecimiento se enfrenta a las tareas correspondientes. Estas deben ayudarla a adquirir aquello que ella o su alma todavía no han desarrollado en la medida deseada: amar.

Porque, en muchos casos, el alma ha reconocido que solo puede volver a entrar en el cielo cuando haya vuelto a abrir dentro de sí el cielo, es decir, el amor. Yo la ayudo en este proceso reavivando una y otra vez su anhelo, en la medida en que Me sea posible respetando su libre albedrío. Con frecuencia, la ley de causa y efecto también aporta su parte para hacerla reflexionar.

Cada alma también tiene libre albedrío. Puede ignorar la recomendación de su espíritu protector —si es que, debido a su propia voluntad, no rechazó de antemano cualquier recomendación— y encarnar cuando y como quiera. En ese caso, sin embargo, las condiciones no son muy favorables desde el punto de vista humano. Desde la perspectiva de Mi ley siempre son adecuadas, porque Yo tengo presente en todo momento la evolución del alma, pues al final es el alma, o el ser espiritual que vive en ella, quien regresa a Mí, y no el cuerpo material de la persona.

Pero Me causa un dolor muy profundo ver que una encarnación se produce por voluntad propia y únicamente para satisfacer deseos e impulsos todavía presentes. Porque esto significa que, en determinadas circunstancias, Mi hijo espiritual tendrá una vida terrenal difícil, dictada exclusivamente por la ley de causa y efecto. En esos casos, la razón de la decisión fue una fuerte voluntad propia, reforzada por las sugestiones de las tinieblas y por el desconocimiento o el rechazo de Mis leyes.

Pero, sean cuales sean las razones por las que un alma encarna, siempre existen tanto los riesgos de cargar con nuevas faltas como las oportunidades de aprender, madurar y ejercitarse en vivir el amor. Solo las condiciones son diferentes. Pero no fui Yo quien las determinó, sino la vida o las vidas anteriores del alma y su motivación.

A quien todavía le resulte difícil creer en la posibilidad de repetir vidas terrenales, creada por Mi amor y misericordia, le queda —si ha sido formado por las enseñanzas de las iglesias cristianas— una sola alternativa: cada alma encarna una única vez en un cuerpo. Pero esto significaría que Yo tendría que crear un alma nueva cada vez que se produjera una concepción por el querer o el no querer humanos. Al mismo tiempo, significaría que el ser humano Me obliga a crear un alma, sea o no esa Mi intención…2) ¿Dónde queda entonces Mi voluntad, que está por encima de todo?

Este ejemplo también puede servir como ejercicio de lógica del corazón. A menos que las enseñanzas concebidas por seres humanos le parezcan a Mi hijo humano más creíbles y más sostenidas por Mi amor eterno que Mi sabiduría…

Recuerden que cada instante, cada día y cada vida representan siempre un solo eslabón de una cadena infinitamente larga —¡todo es evolución!—, al que precedieron muchos eslabones y al que seguirán todavía muchos más. Al mismo tiempo, el eslabón actual sirve como plataforma para lo que se construya sobre él y para aquello que determinará su futuro; es decir, el tiempo que aún quede de su existencia actual, su vida como alma en el más allá y, posiblemente, también otra vida terrenal.

Puede ser muy fructífero para ustedes reflexionar sobre esto en un momento de calma y cambiar un poco —o quizás algo más— la orientación de su camino si lo consideran necesario.


Y ahora, hijos e hijas Míos, ¿qué se desprende de todo esto? Incesantemente nacen niños en todo el mundo, y en ellos encarnan almas. Cada año son millones y millones. Todos ellos, al igual que ustedes, decidieron por las más diversas razones emprender un nuevo tránsito por la Tierra. En su vida solo se encontrarán con una fracción diminuta de ellos. ¿Puede ser una «casualidad» qué personas sean? ¿Puede esto guardar relación con el propósito de ustedes de aprender algo en esta encarnación? ¿Quién debe presentarles las tareas de aprendizaje?

No se apresuren a responder «la vida como escuela»; sean más concretos. Digan: «La vida sale a mi encuentro en mi prójimo y en las situaciones cotidianas, cuya importancia para mí debo reconocer». Entonces estarán cerca de la verdad. Solo faltarán el conocimiento de las posibilidades de solución y la disposición de ponerlas en práctica.

Por lo tanto, durante su encarnación o, por regla general, durante varias encarnaciones, se verán confrontados en su entorno con innumerables niveles de evolución, ninguno igual a otro. También pueden decir: ninguna conciencia es igual a otra. Encontrarán personas más evolucionadas y también otras que todavía tienen mucho, incluso muchísimo, que aprender. Hablo de cualidades interiores: bondad de corazón, indulgencia, tolerancia, humildad, paciencia, amor, misericordia y muchas más.

¿Y dónde están ustedes? ¿Qué opinan? ¿Qué marca la escala cuando aplican como criterio el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, o quizás incluso lo amplían a «amen a sus enemigos»?

Sea cual sea el resultado cuando hagas un balance así, te amo sin condiciones, sin limitaciones, sin reservas y sin exigencias. De Mi parte no hay nada —absolutamente nada— que pueda restringir Mi amor por ti. Te pertenece por toda la eternidad. La medida en que puedes experimentar este amor infinito y desinteresado no depende de Mí. Está presente ahora y para siempre. Pero tú determinas la medida en que puede fluir y actuar en tu vida. Tienes libre albedrío.

Sé muy bien que la escuela de la Tierra no es fácil para Mis hijos y que con frecuencia representa un gran desafío. Pero hubo un motivo para que entraras en la materia y quizás precisamente en esta época. Que se encuentre velado el conocimiento de ese motivo y también de tu pasado debe servirte de ayuda para aprovechar las posibilidades que tienes por delante y utilizarlas como oportunidades, sin la carga de recuerdos posiblemente dolorosos de tus vidas anteriores.

Si ahora preguntas cómo puedes saber qué debes aprender cuando desconoces lo que te propusiste, te digo que la ley de la atracción se encarga, con exactitud de momento y lugar, de hacer que llegue a ti aquello que debes aprender. Tu prójimo recibe otras tareas, las suyas. Y hay otra respuesta, tan breve como clara, con la que quizás no quedarás satisfecho: «¡Debes aprender lo que todavía no sabes hacer! Aquello que aún te resulta difícil». Si quieres saberlo con más precisión, amado hijo Mío, oriéntate por el criterio que te di como Jesús de Nazaret mediante Mi mandamiento de amor.

Pero ten presente esto: Yo no dije «No harás ningún mal a tu prójimo». Dije: «Amarás a tu prójimo».

El camino hasta allí, como todo lo que comienzas a aprender, está formado por pequeños pasos. En su forma inequívoca e intransigente, Mi mandamiento representa, por así decirlo, la meta de tu camino, que no tienes que haber alcanzado mañana ni pasado mañana. Pero es importante que reconozcas la necesidad de avanzar hacia esa meta con Mi ayuda. Las múltiples posibilidades y las condiciones ideales para este trabajo —para el cual, como ya he subrayado muchas veces, Me basta tu esfuerzo sincero— te las ofrece tu prójimo, quien te muestra como un espejo lo que todavía necesita mejorar en tu alma y, con ello, en tu carácter.

¿Cómo podrías reconocerte en él como en un espejo si no hubiera fricciones con él, si no te enojaras o no te alteraras por su comportamiento porque, a tus ojos, es equivocado o molesto? Si vivieras solo en una isla, ¿dónde quedarían los impulsos hacia el autoconocimiento que —incluso según sus propias afirmaciones— representa el primer paso hacia la mejoría?

Pero no vives en un «espacio vacío», sino en medio de la vida, en medio de un grupo, de una multitud formada por los más diversos niveles de evolución. Y esto tiene una buena razón, porque solo así es posible practicar y finalmente aprender el amor a todos y a todo, como condición fundamental para dar el siguiente paso hacia tu hogar celestial en el próximo peldaño de tu «escalera de Jacob» personal.

Para la inmensa mayoría de las personas surge aquí un problema que no fue creado por Mí, sino que se debe al desconocimiento: en sentido figurado, se encuentran en una enorme aula sin que nadie les haya explicado que el grupo de alumnos es muy diverso. No saben que aquí reciben enseñanza al mismo tiempo niños de primer grado, alumnos de primaria, estudiantes de bachillerato y de universidad, y profesores. De ahí surgen como consecuencia la impaciencia, la incomprensión, el menosprecio y la condena.

A esto se suma que a menudo se dejan engañar por lo que dice y aparenta su «compañero de pupitre», aunque no tenga fundamento y sea pura fachada. Muchas veces todavía no han aprendido a mirar más profundamente, a escuchar lo que hay dentro de las palabras y, de ese modo, a reconocer realmente a su prójimo. De lo contrario, sabrían cuál es en verdad su madurez interior. Entonces no esperarían, exigirían ni reclamarían de él nada que todavía no pueda cumplir.

Recuerden lo que dije antes: ¡nadie puede actuar de otra manera que como es capaz de hacerlo! Antes debe producirse una decisión y una corrección del rumbo. E incluso si tu prójimo —en teoría— pudiera actuar de otra manera, pero no lo hace, simplemente está haciendo uso del regalo del libre albedrío. Esto puede molestarte, pero no es motivo para una crítica despectiva.

Te digo: es la vida de tu prójimo, y él mismo le da forma. Si quieres hacerle un bien, sé un ejemplo para él. Pero no pienses en él ni en su comportamiento, sobre todo no de manera negativa. Si puedes soportar que sea aún más claro: ¿qué te importan los actos y las omisiones de tu prójimo? ¿No se despierta también a veces resistencia en ti y te provoca cierta impotencia porque te faltan las posibilidades y quizás también el valor necesario para extraer las consecuencias que hacen falta?

Yo conozco a tu prójimo hasta lo más profundo de su ser, le doy toda la ayuda que necesita y que desea aceptar, pero lo dejo ser como es y, aun así, lo amo. ¿No valdría la pena intentar comenzar a pensar y actuar de manera semejante? Yo te ayudo, siempre que exista tal necesidad —digo esto con una sonrisa—.

Expresado brevemente: ver, escuchar y reconocer = sí; menospreciar y condenar = no.

Pero esto solo es posible cuando ya has trabajado en gran medida dentro de ti la misma cualidad que te molesta en tu prójimo y la has transformado con Mi ayuda. Porque no puedes amar en tu prójimo lo que todavía te parece defectuoso e inadecuado en ti mismo.

Vuelve a imaginar el aula, ahora que sabes que allí están reunidos todos, sean grandes o pequeños, pobres o ricos, sin formación o instruidos, pacíficos o agresivos. En lugar de mirar por encima del hombro a quienes todavía encuentran difícil aprender porque, a tus ojos, aún no han avanzado tanto o les falta muchísimo, podrías comenzar a ayudar a tus hermanos y hermanas. La mejor manera es mostrarles con tu conducta cómo se hace bien y, al mismo tiempo, dejarles la decisión de seguir o no tu ejemplo. Una palabra de Mi sabiduría puede ayudarte a no olvidar la actitud correcta:

Eres responsable de la siembra, no de la cosecha.

Y podrías orientarte por quienes ya han avanzado un poco más, permitir que sus progresos te animen y apartar y disolver todos los pensamientos que bloquean tu propio esfuerzo gozoso.


Comencé Mi palabra de revelación de hoy mostrándoles la importancia y la necesidad de ejercitarse cada vez más en la lógica del corazón. Deben convertirse en hijos libres de Mi amor. Tan solo a partir del hecho de que no existe una condenación eterna —entre otras razones porque sería incompatible con Mi amor—, toda persona de buena voluntad puede deducir que he encontrado maneras de hacer que cada uno de Mis hijos vuelva a casa, pese a todo rechazo y toda resistencia.

Sus escribas, que no creen en Mis palabras y piensan que saben más, pueden hablar gustosamente Conmigo sobre ello en su interior.

Les he mostrado mediante algunos ejemplos por qué traigo a Mis hijos de regreso a casa y cómo actúa Mi ley, sin cometer errores. Pero, naturalmente, Mi ley tiene muchas más facetas, infinitamente más. Mostrarlas todas superaría su capacidad de comprensión y, por tanto, carecería de valor. Algunos de ustedes, cuyo intelecto todavía está muy desarrollado, lo recibirían con agrado, pero olvidan que no se trata de satisfacer el pensamiento de su razón.

Es al corazón al que quiero dirigirme.

Ama, hijo Mío, dondequiera que te sea posible; al menos esfuérzate por poner en práctica paso a paso Mi mandamiento de amor en tu vida cotidiana. He hablado de las posibilidades de solución que tienes a tu alcance y de tu disposición a practicarlas. Esto significa: esfuérzate por colocarme cada vez más en primer lugar. Suena teórico, pero significa: no permitas que te confunda lo que otros te presentan como importante y necesario para la salvación. El deseo de vivir Conmigo, seguido del esfuerzo por hacerlo, te acerca a Mi corazón.

Sabes que el amor representa la «entrada» al cielo. Pero no te conviertes en amor mediante el cumplimiento de prohibiciones y preceptos, ni por pertenecer a una comunidad eclesiástica ni por practicar diversos ritos y tradiciones heredadas. Tampoco lo lograrás si, ante todo, combates por voluntad propia las debilidades que todavía forman parte de tu condición humana.

Vuelves a convertirte en amor cuando sigues lo que enseñé como Jesús de Nazaret: amen, y nada más. Todo lo demás surge como consecuencia cuando existe la intención correspondiente. Pero te ayuda muy poco, o nada, creer que debes invertir el orden.

Amén

1) Véase también, en «Lecturas recomendadas», el artículo «Una nueva encarnación: se realizan los preparativos» (extracto del libro ¿Soy Yo a quien amas?).

2) Catecismo de la Iglesia católica