← Hans Dienstknecht

La atadura satánica mediante los sentimientos de culpa y cómo liberarse de ella

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Die satanische Fesselung durch Schuldgefühle und die Befreiung davon

Fecha original: 26 de febrero de 2019

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, antepongo a Mi palabra de revelación de hoy algo fundamental que puede abrirles los ojos para que puedan evaluarse y comprenderse mejor a ustedes mismos y también a otras personas. Esto último, sin embargo, sin caer en la tentación de despreciarlas o condenarlas.

Cada persona vive en el nivel de desarrollo anímico y espiritual que le es propio, es decir, que le corresponde, pero que no he determinado Yo para ella, sino que es el resultado de sus vidas anteriores y de su encarnación actual. Por tanto, posee una conciencia completamente individual, como no existe otra igual, y vive precisamente en las circunstancias que corresponden a esa conciencia suya.

No pueden sustituir su conciencia por otra. Si quieren actuar de manera diferente, primero deben desarrollar otra conciencia, y hacerlo mediante sus propias decisiones, pues poseen libre albedrío. Si quieren avanzar y madurar en su alma, seré Yo quien promueva y acompañe su desarrollo.

La ley de la atracción espiritual garantiza que este principio funcione sin errores.


Todo sufrimiento, toda calamidad y desgracia, todas las preocupaciones, necesidades y tristezas tienen su causa en haber abandonado el camino del amor. Con esto no les digo nada nuevo. Pero como existe una diferencia entre limitarse a oír algo y conocerlo, o aplicar ese conocimiento a la propia conducta y, por tanto, a las cosas que determinan su vida, quiero conducirlos un poco más profundamente hacia Mi sabiduría y verdad.

Pero no solo les muestro el trasfondo, sino que —como Mis hijos tienen derecho a recibir orientación y comprender— también les indico el camino que conduce fuera de cualquier dilema en el que hayan caído por ignorancia, por enseñanzas equivocadas o por una conducta contraria a la ley del amor desinteresado. También les ofrezco la solución y les recuerdo que Yo, como la fuerza más poderosa de la creación, vivo en cada uno y, si así lo desea, lo acompaño y apoyo en su camino hacia la libertad.

Hoy profundizo en el tema de los «sentimientos de culpa», que agobia y enferma a muchos de Mis hijos y está estrechamente relacionado con los «temores» fomentados por fuerzas satánicas, cuyas energías negativas rodean su planeta como una nube oscura casi impenetrable. Quien tiene miedo es fácil de dirigir, influenciar y manipular. El hecho de que Yo no haga nada semejante debería permitirles reconocer que aquí actúa alguien que trabaja contra Mí.

Y para ello —su lógica del corazón debe decírselo— solo puede existir una razón: ¡alejarlos de Mí! Desde hace dos mil años esto sucede con mayor intensidad mediante una imagen de Mí que fue trazada, y que muchos de sus estudiosos y escribas todavía siguen trazando, que no tiene ni remotamente relación alguna con Mi bondad y misericordia ni con Mi amor que todo lo perdona.

Una de las jugadas más astutas del mal consistió en pintar una imagen completamente falsa y deformada de sí mismo como «diablo», o incluso hacerles creer que no existe. Las caricaturas que lo ridiculizan y representan a un ser con cuernos, cola y tridente, pero también otros dibujos y descripciones que no pueden tomarse en serio, han hecho que disminuya la fe en la existencia real del mal. Muchas personas cayeron en la trampa de estas enseñanzas equivocadas. A ello contribuyó que, por falta de orientación, adoptaron ideas procedentes de una época muy alejada de cualquier conocimiento razonable. En el ámbito técnico han progresado; en el ámbito espiritual, la humanidad se encuentra en la Edad de Piedra.

Pueden reconocer el resultado de esta maniobra en el estado de su mundo; quien tiene un poco más de valor y contempla con sinceridad su propia vida encontrará allí también suficientes pruebas de la acción indirecta de las fuerzas oscuras, acerca de la cual nada sabía o a la que no había prestado la atención necesaria.

Les recuerdo la imagen del asedio de una fortaleza que ya he utilizado varias veces. La fortaleza son ustedes; los sitiadores son aquellos que quieren penetrar en ustedes y dañarlos, pues necesitan su energía. No se puede impedir por completo que entren, porque ustedes viven en la materia, el dominio de las tinieblas, y todos llevan todavía consigo, en mayor o menor medida, debilidades y correspondencias que se asemejan a ventanas y puertas sin vigilancia en su fortaleza. Pero pueden defenderse con Mi ayuda, con Mi fuerza de amor en su interior, y hacer retroceder a los atacantes. Esto no será necesario una sola vez, sino repetidamente, y su capacidad de defensa aumentará cuanto más a menudo salgan victoriosos de un enfrentamiento, aunque se trate de la escaramuza más pequeña.

Esto presupone, sin embargo, que conozcan sus aberturas y estén suficientemente vigilantes para reconocer un ataque o una tentación; dicho con mayor claridad: que sepan siquiera que allí hay alguien que quiere algo de ustedes. De lo contrario, se encontrarán en gran medida indefensos.

Apliquen esta imagen a su vida. Y si están abiertos y dispuestos a conocer un poco más acerca de ustedes mismos, comprobarán que ya han sido sitiados con mucha frecuencia sin advertirlo, sin conocer siquiera la realidad de un asedio espiritual. Y que por eso participaron —tuvieron que participar— en un «juego» en el que no habrían tomado parte si hubieran sido conscientes de las conexiones y de las posibles consecuencias. También habrían rechazado su participación si, con los ojos espirituales ya abiertos, hubieran reconocido las fuerzas satánicas que los perjudican, las cuales distan mucho de consistir únicamente en campos de energía impersonales y con mucha frecuencia se presentan ante ustedes como seres personificados.

¡El desconocimiento de que el mal está presente en todo momento y de cómo trabaja es su mayor triunfo!


Sin embargo, reconocer que todavía tienen faltas no debe inducirlos a retraerse como un «caracol dentro de su concha». Porque haber caído no es razón para quedarse tendidos, aunque esto complacería mucho a su adversario. Al fin y al cabo, se acercó a ustedes para hacerles sentir, consciente o inconscientemente, que no son dignos de ser amados por Mí. Y con una mala conciencia, muy a menudo unida a temores y seguida muchas veces de rebelión contra Mí o alejamiento de Mí, la trampa tendida por él se ha cerrado.

Pero, amados Míos, esto no es motivo para desesperarse ni abandonar sus esfuerzos. Estar atrapados puede ser doloroso, puede hundirlos y frenar su desarrollo, pero solo dura cierto tiempo. Y esta es la verdadera buena noticia para todos los que fueron inducidos a pensar así y quieren abandonar su prisión: existe un camino absolutamente seguro para librarse de esta atadura y volver a convertirse en un hijo radiante y lleno de fuerza, en una hija de Mi amor cálida y floreciente. La rapidez con que se produzca esta liberación depende de la decisión de ustedes.

Mediante la táctica de generar sentimientos paralizantes de culpa, el adversario juega su segundo triunfo más importante, que emplea deliberadamente para oponerse a la aspiración de Mis hijos hacia la libertad. Porque, por lo demás, tiene poco que oponer a Mi enseñanza del amor. Ha regado una y otra vez la semilla que plantó desde Mi obra en la Tierra para que produzca el mayor éxito posible. Esta germinó y sigue germinando cuando y donde ustedes, conscientes de una culpa —aunque sea una culpa imaginaria—, ya no se atreven a venir a Mí con plena confianza y el corazón abierto.

En este sentido, generar sentimientos de culpa produce casi el mismo efecto que proclamar a grandes voces que Dios no existe. Porque ya sea que me eviten o que no crean en Mí, ambas cosas conducen a que no recorran su vida conmigo y, por consiguiente, Yo no pueda guiarlos del modo que deseo para ustedes y que les haría bien.

En tal caso, a él le parece que ha vencido. Esto incluso puede ser válido por un momento; pero, con la mirada puesta en la meta hacia la que avanzan, solo han tomado un desvío pequeño o grande, algo que no tendría por qué ocurrir, pero que depende de su libre albedrío. La seducción no los apartó de la meta. Eso es imposible. Pero su conducta equivocada y su pensamiento erróneo pueden dificultarles la vida; pueden proyectarse desde épocas anteriores hacia la encarnación actual y pueden agobiarlos en vidas posteriores.

La imagen que les fue transmitida de Mí, su fuente divina original, se basa en muchos aspectos en ideas que determinaron la vida humana en tiempos muy remotos. Las personas estaban enteramente ocupadas en asegurar su supervivencia satisfaciendo sus necesidades básicas. Su conciencia no alcanzaba para más. Todavía pasó algún tiempo antes de que comenzaran a reflexionar acerca de quién o qué determinaba sus circunstancias exteriores, marcadas por catástrofes naturales, golpes inexplicables del destino, accidentes, enfermedades y muchas otras cosas. En su desconocimiento, atribuyeron todo esto a fuerzas sobrenaturales y se crearon un mundo de dioses. Dotaron a sus falsos dioses y diosas —pues no eran otra cosa— de cualidades humanas, de caracteres buenos y malos semejantes a los que poseían las propias personas.

Así se encontraban, junto a rasgos positivos, otros como la ira, el afán de venganza, la inflexibilidad, el castigo y la incapacidad de perdonar. Para evitar en lo posible futuras calamidades, había que ganarse el favor de los dioses mediante sacrificios, sometimiento o veneración y, en todos los casos, mediante una obediencia absoluta. Según su concepción de la fe, una conducta servil y el cumplimiento de las reglas establecidas por la casta sacerdotal reducían el riesgo de ser declarados culpables y castigados por los falsos dioses. Pero no eliminaban los sentimientos de culpa ni los temores que, debido a una mala conciencia, siempre acechaban en algún lugar del fondo, porque con bastante frecuencia seguían creyendo que no se habían mostrado lo suficientemente dóciles y dispuestos a sacrificarse ante los dioses, o que habían actuado mal de alguna otra manera. Porque las desgracias y calamidades continuaban existiendo.

Se desconocía a un Dios como instancia suprema de la creación visible e invisible que encarnara el amor que todo lo comprende y todo lo perdona.

Entonces decidí venir personalmente al mundo, después de que durante siglos Mi encarnación hubiera sido anunciada y preparada por quienes me eran fieles. Corregí la imagen equivocada de Dios, a quien se había atribuido una dureza alejada de toda justicia y realidad, y todavía más alejada de Mi naturaleza eternamente verdadera, que es amor desinteresado e incondicional.

Así llegó al mundo una nueva enseñanza: Mi enseñanza del amor. ¿Creen que las tinieblas contemplaron de manera pasiva cómo se difundía una nueva manera de pensar que amenazaba su actividad? Observen bien: ¡su actividad, no su existencia misma, aunque ellas lo vean de otro modo! Porque me repito y seguiré haciéndolo hasta que se restablezca la unidad: también los seres de las tinieblas son Mis hijos e hijas amados, a quienes traeré de regreso hacia Mí. Porque allí se encuentra su hogar verdadero y eterno.


Como Yo soy el amor, que no puede hacer otra cosa que perdonar, en realidad ni siquiera debería plantearse la pregunta de si inspiro sentimientos de culpa o guardo resentimiento. El hecho de que, a pesar de ello, se plantee —y entre innumerables personas vinculadas a una iglesia o comunidad religiosa cuya doctrina sostiene esta creencia— muestra la magnitud devastadora de la seducción.

Quien contempla como posible, o incluso enseña como parte firme de su fe, que Yo no perdono a Mis hijos que no se convierten a tiempo, es decir, antes de su tránsito hacia los mundos sutiles; y quien además afirma que castigo a cualquiera de Mis criaturas por su «infidelidad», quizá incluso con una condenación eterna, posee una conciencia que se ha restringido enormemente.

Ya no está en condiciones de percibirme desde su interior como la bondad y la misericordia ni de hablar de Mí como una instancia que, sin condición alguna, es el amor más puro. Y si, a pesar de ello, lo hace, sus palabras son vacías porque no están marcadas por la experiencia conmigo. Por eso no llega a las personas y no se produce una manera de pensar diferente y profunda ni las decisiones y los pasos resultantes en una nueva dirección. No pocas veces, la consecuencia son sentimientos de culpa que paralizan, agobian y enferman. La persona afectada de este modo no ve ni encuentra una salida.

Pero que Yo sea el amor no significa al mismo tiempo que una persona no pueda hacerse culpable. La pregunta es únicamente qué relacionan ustedes con el concepto de «culpa».

Debido a la imagen de Dios transmitida de manera equivocada, las personas me atribuyeron propiedades iguales o semejantes a las que ellas mismas llevan en su interior. Como Jesús de Nazaret hablé del «Padre», pero esto no debía ni debe entenderse como si ahora hubiera «un anciano con barba sentado en un trono». Utilicé la imagen del Padre para corregir la idea predominante de un Dios severo que, según la creencia de aquel tiempo, dicta prohibiciones e insiste en el cumplimiento riguroso y literal de sus leyes, cuya observancia vigila desde su tribunal.

En realidad, Yo soy mucho más; también soy mucho más que solamente el «Padre»: ¡Yo soy todo! ¡Yo Soy! Quien pueda comprenderlo, que lo comprenda.

Como Creador establecí leyes. A quien le incomode el término «leyes» porque lo hace sentirse limitado, quizá le resulte más fácil hablar de «directrices». Sin un principio de orden, sea cual sea el nombre que lleve, todo se habría hundido hace mucho tiempo en el caos. Pero al respetar Mis leyes de la creación, Mi fuerza de amor y vida, que constituye la vida de cada ser, fluye hacia él sin medida y lo hace crecer y prosperar por toda la eternidad. Porque Yo, Mi creación y todo cuanto vive en ella somos infinitos.

Cuando las leyes no se respetan, disminuye el flujo de Mi fuerza de amor y vida. Pero esto no sucede porque Yo personalmente —y ahora recurro al vocabulario de ustedes— esté molesto, ofendido, resentido, herido, agraviado, enojado, indignado o furioso:

Sucede en virtud de Mis leyes inquebrantables.

No es algo provocado personalmente por Mí.

No constituye una medida de castigo de Mi parte.

No cambia absolutamente nada en Mi amor por ti.

Pero hace que llegues a reconocer tu conducta equivocada.

Así cumple su propósito de conducirte nuevamente al camino del amor.

Si rechazas que esta consecuencia actúe sobre ti y dentro de ti, tendrías que rechazar también que Mi amor fluya hacia ti con mayor intensidad cuando estás cerca de Mí y vives dentro de Mi ley del amor. Esa sería una conclusión sincera y conforme a la lógica del corazón. ¿Dónde y qué serías entonces?

Te doy una imagen: si en el tránsito no respetas un semáforo que indica «rojo», infringes una ley. Si posiblemente recibes una multa, seguramente te molestarás, pero no entrarás en conflicto personal con quien promulgó la ley —el ministro o la ministra— para proteger a todos los usuarios de la vía.

¿Por qué entras entonces en conflicto conmigo cuando no fui Yo, sino tú, quien infringió un mandamiento de Mi amor? ¿Y cuando no soy Yo el responsable del efecto de una causa que tú mismo estableciste, sino que llega a ti aquello cuyo desencadenante fuiste tú mismo? Todo ser que entra en la Tierra está sujeto a la ley de causa y efecto. Sin excepción. Esto también fue válido para Mí como Jesús de Nazaret.

Por tanto, si Yo no estoy «molesto, ofendido, resentido…», no existe motivo alguno para sentirte culpable ante Mí. Porque Yo no te he declarado culpable. Al contrario: te amo. Eres tú mismo quien, debido a una manera equivocada de pensar, se ha cargado y agobiado con sentimientos de culpa. Dicho con mayor precisión: quien ha permitido que lo cargaran y agobiaran con ellos.

Cuando has pagado la multa por no respetar el semáforo en rojo, el asunto queda resuelto. Ningún funcionario o empleado guardará resentimiento ni volverá a atribuirte una deuda cuando la cuenta esté saldada.

¿Habría de hacer Yo algo semejante? ¿Concuerda eso con la imagen que tienes de un Padre amoroso?

En su Escritura se relata que, cuando Pedro me preguntó: «Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Siete veces?», respondí: «Te digo que no siete veces, sino setenta veces siete». Naturalmente, esto tenía un sentido figurado y expresaba que no existe un límite máximo para el número de veces que se debe perdonar. Yo, que enseñé esto y continúo enseñándolo hoy, ¿habría de actuar de otro modo? ¿Puedo esperar de un hijo o una hija más de lo que Yo mismo estoy dispuesto a hacer?

Utilicen su razón, amados Míos.


¿Qué significa entonces que «la cuenta vuelva a estar saldada»? Cuando se actúa en contra del mandamiento del amor, un lado de la balanza desciende —en menor o mayor medida, según la naturaleza de la acción contraria—. Algo ha perdido el equilibrio; la armonía se ha alterado. En ese caso se puede hablar perfectamente de «culpa», sobre todo cuando se trata de una infracción permanente o grave del mandamiento del amor. Fingir que no ha sucedido nada equivaldría a una injusticia, especialmente cuando otras personas también se han visto afectadas.

¿Cómo vuelve a equilibrarse una «cuenta del alma»? Reconocer que se actuó mal ya constituye la mitad de la solución. La otra mitad que todavía falta se llama arrepentimiento, petición de perdón y reparación, cuando sea necesaria y hasta donde resulte posible.

¿Y después? ¡Entonces eres libre, hijo Mío! Entonces no queda absolutamente nada de Mi parte que pueda considerarse una culpa de algún modo. Solo tú mismo puedes retrasar o impedir este proceso de liberación, que tanto deseo emprender contigo. Sé que tu alma anhela luz, amplitud y vida. Pero también sé con cuánto empeño intentan las fuerzas negativas impedir esta liberación. Porque un hijo que toma conciencia de Mi amor y también de las fuerzas y posibilidades que lleva dentro de sí se sustrae a la influencia de la oscuridad.

Por eso, esta hace todo lo posible, mediante una imagen equivocada de Dios, para lograr que las personas permanezcan figuradamente en el mismo lugar en lo que respecta a la evolución de su alma. Quien se carga durante demasiado tiempo con sentimientos de culpa, en vez de acudir con ellos a Mí, hablar conmigo y pedirme ayuda, se paraliza interiormente. Una mala conciencia manipulada con la intención de amordazar a la otra persona siempre genera miedo. Con sentimientos de impotencia y con el temor constante de que un Dios inmisericorde te espera con un juicio condenatorio, le resultará difícil, si no imposible, mirar positivamente hacia adelante, y mucho menos avanzar. Las energías que quieren retenerlo lo tienen firmemente sujeto.

Los sentimientos de culpa provocados e intensificados de este modo van acompañados de trastornos físicos y psíquicos. Esto no es extraño, porque los sentimientos y pensamientos actúan sobre sus cuerpos en una medida mucho mayor de lo que su ciencia y ustedes mismos suponen. Cuando aparecen enfermedades, queda tendida otra trampa satánica: hacerme responsable de ellas, especialmente cuando la persona aparentemente se esfuerza tanto por depositar ante Mí en la oración sus peticiones y deseos de sanación.

¿De qué le serviría al alma de una persona que Yo me limitara a liberar a su ser humano de la enfermedad corporal, si su causa, que se encuentra en su actitud hacia Mí, continuara existiendo? Esto sería aproximadamente como retirar de un taller un automóvil reparado, pero seguir conduciendo con muy poco aceite. La próxima avería estaría asegurada.

Ese, Mis amados hijos e hijas, no es el camino real.

Este consiste, ante todo, en corregir dentro de ustedes la imagen equivocada que tienen de Mí, independientemente de lo que les cuenten otras personas, por muy eruditas que parezcan. ¡Yo soy el amor que perdona de inmediato! ¡Te envuelvo por completo en Mi amor en el momento en que vienes a Mí con un corazón sincero!

Entra en tu interior, cierra los ojos y habla conmigo. No busques palabras hermosamente formuladas; sencillamente abre ante Mí tu corazón. Sumérgete en la sensación de un amparo infinito. Suelta todo cuanto te agobia, sabiendo que ante Mí una culpa se disuelve cuando ha surgido el reconocimiento de la acción equivocada y se pide perdón.

Yo no tengo períodos de espera. Aquello que te agobió en el pasado por desconocer la verdad puedo quitártelo ahora, si vienes a Mi corazón.

Ahora, en este instante.

El arrepentimiento es algo maravilloso, aunque no puedas comprenderlo de inmediato. A diferencia de los sentimientos paralizantes de culpa, el arrepentimiento ya lleva dentro de sí la fuerza que te infunde valor y te hace sentir que ahora vuelves a avanzar hacia arriba. Es, por así decirlo, el combustible de tu motor, que durante un tiempo funcionó con dificultad, pero que ahora ha recapacitado y está dispuesto a ponerte de nuevo en movimiento. Te acompaño durante este proceso, cuidándote amorosamente y protegiéndote.

Cuando hayas tomado tu decisión y dado este paso, sentirás ya un alivio. He quitado algo de tu alma porque reconociste una conducta equivocada y me pediste ayuda. He transformado aquello que antes era oscuro.

Esto no significa que quizá no quede todavía trabajo por hacer. Depende de lo que tu conducta equivocada haya provocado en tu entorno o en otras personas. Pero si tu petición de liberación es sincera, entonces querrás hacer de corazón todo lo posible para reparar aquello que sea necesario. Con ello habrás dado otro paso hacia tu libertad.

Esto incluye pedir perdón a quienes se ha agraviado, herido o perjudicado. El daño no tiene que haber sido únicamente material. También incluye perdonar a quienes se hicieron culpables ante ustedes. Si miran profundamente en su interior, comprobarán en más de un caso que permitieron que los ataran; que concedieron poder sobre ustedes a otra persona o a varias —también y sobre todo a sus seductores invisibles— porque no conocían o no respetaban la sabiduría de la frase: «La fortaleza de la otra persona siempre refleja mi propia debilidad».

Y, finalmente, perdónense también a ustedes mismos.

Cuando se hayan liberado del abrazo opresivo de sus falsos sentimientos de culpa, anuncien Mi amor animando a otros a emprender el mismo camino. ¡Pero no hagan proselitismo! Anuncien Mi amor mediante la alegría que irradian y mediante la confianza vivida en Mí, a quien han vuelto a encontrar.

Ahora les resultará más fácil comprender mejor las palabras pronunciadas al comienzo, que repito debido a su importancia:

Cada persona vive en el nivel de desarrollo anímico y espiritual que le es propio, es decir, que le corresponde… Por tanto, posee una conciencia completamente individual, como no existe otra igual, y vive precisamente en las circunstancias que corresponden a esa conciencia suya… Si quieren actuar de manera diferente, primero deben desarrollar otra conciencia, y hacerlo mediante sus propias decisiones, pues poseen libre albedrío. Si quieren avanzar y madurar en su alma, seré Yo quien promueva y acompañe su desarrollo.

Mi amor infinito los acompaña en todo momento.

Amén