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Pascua en un tiempo difícil

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Ostern in einer schweren Zeit

Fecha original: 11 de abril de 2020

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis hijos e hijas, viven en un tiempo que los enfrenta a grandes problemas, de modo que no Me limito simplemente a amonestarlos o a infundirles esperanza y valor. Les hablo desde Mi santa seriedad, que, si lo permiten, no solo los tocará en su interior, sino que los despertará.

Las circunstancias que en este momento los restringen y hacen que muchos de ustedes, de las maneras más diversas, sientan miedo y sufran, han sobresaltado a más de uno en lo exterior. Pero eso es demasiado poco, tanto más cuanto que no pasará mucho tiempo antes de que gran parte de Mis hijos humanos, después de que esta primera gran catástrofe vaya disminuyendo lentamente, vuelva a la rutina habitual. A ellos, y con ello al conjunto de quienes se dejan llevar y siguen el espíritu de la época, dirijo esta primera parte de Mi revelación.

Les recuerdo a todos lo que significa Mi palabra «Yo Soy el que Soy»:

¡Yo Soy todo, Yo di vida a Mi creación y la sostengo; no existe ninguna fuerza igual a la Mía, y Yo Soy el amor! ¡Nada sucede fuera de Mi ley ni nada sin Mi voluntad!

Aunque a menudo, en la historia de la humanidad, surgiera la impresión de que Yo no existía, pues de lo contrario intervendría, tengan, sin embargo, la certeza de esto: ni por un instante perdí el control ni Me aparté, sino que Mi ley actuó y reaccionó con prudencia. Su incredulidad y su falta de comprensión son las causas de que surjan en ustedes inseguridades y miedos y tengan que reconocer cada vez con mayor frecuencia cómo la obra humana que han construido se hace añicos. Porque lo que desde hace muchos siglos han puesto en el mundo, desatendiendo Mi mandamiento del amor, no es otra cosa que obra humana, que lleva en sí el núcleo de la falta de amor y, por ello, es descartada como infructuosa cuando el segador comienza la cosecha.

No pueden excusarse diciendo que desconocían la causalidad, la relación entre una causa y su efecto. Solo necesitan mirar la naturaleza o recurrir a los conocimientos de las distintas ramas de su ciencia o filosofía para tener que admitir que nada llega al mundo o sucede en él «sin más», caído del cielo. Más sencillo aún: utilicen su razón para comprenderlo.

Como Jesús de Nazaret anuncié y viví una enseñanza que todas las personas pueden comprender y practicar. Una parte importante de Mis enseñanzas estuvo dedicada a la ley de siembra y cosecha, sin cuyo conocimiento todo cuanto les sucede se considera casualidad. Entonces tampoco vale la pena reflexionar acerca de los posibles antecedentes de un acontecimiento que a sus ojos es fortuito. Simplemente ocurrió. Y si alguna vez lo intentan, no encuentran respuestas porque su conciencia limitada no les permite reconocerlas. ¿Por qué no están acostumbrados a atribuir una causa a cada acontecimiento? ¿A quién permitieron que estrechara su conciencia y silenciara su conciencia moral?

Frente a estas tentaciones y seducciones estaba y está Mi mandamiento de amar a Dios y al prójimo. El amor es la fuerza que vence todo mal. Esta fuerza vive en ustedes y ha esperado pacientemente a que la invoquen, porque desea ayudarlos a reconocer y apoyarlos en la lucha contra sus errores y debilidades. Pero con demasiada frecuencia se la invoca porque la persona quiere librarse de los frutos de su propia mala siembra, y no porque haya decidido recorrer el camino del autoconocimiento, el arrepentimiento y la reparación, y pedirme que vaya a su lado.

Yo Soy la misericordia y el amor, y jamás se deja de escuchar una sola oración. Que esta sea atendida en el sentido de quien ora depende de diversos factores; no en último término, de si todavía está pendiente un proceso de aprendizaje o de compensación sin el cual la humanidad en su conjunto, y también el individuo, no pueden dar el siguiente paso de su desarrollo. Mi ley es incorruptible y también la autorización para que se manifiesten los efectos se produce siempre dentro de la ley.

Este conocimiento les fue ocultado, al igual que muchas otras cosas, de modo que ahora están ante una montaña de problemas, llenos de preguntas y no pocas veces de miedo y desesperación, sin las respuestas adecuadas. Pero orar solamente, amados Míos, no es una panacea cuando primero se requieren autoconocimiento y un giro de ciento ochenta grados.

Ninguna oración deja sin efecto Mi ley. Cuando Me inclino amorosamente hacia un hijo que ora, lo tomo junto a Mi corazón y cumplo su petición, esto siempre sucede en el marco de Mis leyes eternas, independientemente de que quien ora sea un pecador pequeño o grande. Por eso, una oración atendida nunca está sujeta a un acto arbitrario de ninguna clase que dé algo a uno y se lo niegue a otro. Solo quien Me atribuye una conducta humana puede concebir tales pensamientos.

¿Qué crees que debe cumplirse para que suceda lo pedido? ¿Para que pueda obrar Mi misericordia, que no sopesa ni empieza por contraponer el bien y el mal? ¿No se requiere también la sinceridad de quien ora, que ha reconocido su propia conducta equivocada y, consciente de su culpa mayor o menor, pide perdón? ¿Y que tiene la disposición de poner fin de inmediato a su pensamiento y conducta equivocados?

Contempla, desde estos puntos de vista, las oraciones pronunciadas desde tiempos inmemoriales y reconocerás muy a menudo su falta de sinceridad y la resistencia a abandonar el camino emprendido. Su situación actual ofrece una buena oportunidad para reconocer esta verdad.

La ley de causa y efecto es un componente indispensable de Mi legislación divina y, por tanto, de Mi amor. Garantiza que todos Mis hijos vuelvan a encontrar el camino hacia Mí, incluidos quienes originaron la caída y, con ello, dieron ocasión a la formación de la creación terrenal, y quienes los han llevado a una gran aflicción. Pero solo pudieron hacerlo porque ustedes no respondieron con un «no» claro a sus seducciones. Desde hace dos mil años conocen el único remedio eficaz contra todo egoísmo y toda impureza: la práctica de Mi mandamiento del amor. Y, sin embargo, una gran parte de ustedes, incluidos quienes por su nombre se consideran seguidores Míos, decidió no servirse de esta fuerza.

Mientras haya seres humanos en la Tierra, continuará la lucha por cada alma. El instrumento de las tinieblas es el engaño, la mentira y la seducción; Mi instrumento es la ley de siembra y cosecha. Esta garantiza que Mi obra de redención, que inicié en el Gólgota, llegará a buen término. Nada ni nadie puede impedírmelo. El fin de la oscuridad está sellado y tampoco hay nada que pueda detener su ascenso hacia la luz. Cuándo sucederá esto está únicamente en Mis manos. Mi tiempo no es el de ustedes.

Las fuerzas contrarias todavía no reconocen su error y luchan con todos los medios a su disposición por retrasar este proceso. Muchos de Mis hijos humanos les han servido —y todavía les sirven—, consciente o inconscientemente, al participar en un juego peligroso. Al desatender Mi mandamiento del amor, fue aumentando cada vez más el saldo deudor de su cuenta. También pueden expresarlo de otro modo: el recipiente ha comenzado a desbordarse, no porque Mi paciencia haya terminado, ¡sino porque el recipiente está lleno!

Una y otra vez, muchas personas contemplan el pasado y también el futuro sin incluir en sus reflexiones la ley de siembra y cosecha. Eso es pura ignorancia, conduce a conclusiones totalmente erróneas y a soluciones que solo superficialmente pueden calificarse de salidas. Nunca producen alivios ni mejoras duraderos; al contrario. Porque, por regla general, no se orientan por Mi mandamiento del amor y, mediante una conducta contraria a la ley, generan una nueva mala siembra cuya cosecha ya puede predecirse.

Presten atención a este aspecto cuando sus dirigentes, sin importar de qué ámbito de la vida procedan, aparezcan como «salvadores» y «solucionadores de problemas». Quien no conoce la ley de causa y efecto y, por ello, tampoco la toma en cuenta al decidir, se hunde cada vez más en el pantano junto con todos los que le dan su aprobación. Al mismo tiempo, él y quienes lo siguen consciente o inconscientemente hacen que el recipiente se desborde más y más.

Visto positivamente, esto significa: el proceso de transformación ha comenzado.

Cuando aprendan a preguntar por las causas de un acontecimiento en su vida personal o en el mundo, a las fuerzas contrarias ya no les resultará tan fácil conducirlos por pistas falsas. Una de estas consiste, entre otras cosas, en hacerles creer que la situación en que se encuentran —provocada por una llamada pandemia— fue enviada a la humanidad para que se detuviera, reflexionara y llegara al conocimiento. Salvo individuos aislados, las personas no harán esto.

¿Tengo Yo que enviarles algo para que reflexionen o comprendan? Un espíritu despierto entre Mis hijos llamó una vez acertadamente «destino hecho» a lo que ustedes consideran un «destino enviado». Yo no Soy quien envía su necesidad y su sufrimiento. Yo Soy quien desea sanarlos y los sanará en un momento que ustedes mismos determinan. Es indiscutible que en su situación actual y en todo lo que se aproxima a ustedes está contenida la tarea de reconsiderar. Pero se comete nuevamente el mismo error de pensamiento, atribuible a su falta de conocimiento y a su resistencia a reconocer:

Ningún mal llega a ustedes meramente como una especie de «medida educativa» para que finalmente reflexionen. Mucho menos procede de Mí. ¡No y otra vez no! Esa nunca es la razón por la que algo difícil entra en su vida. Quien piensa así podría considerar también que toda guerra es necesaria porque sin ella no sería posible un nuevo comienzo. Tal modo de ver las cosas, Mis hijos e hijas, los aparta de la solución y no dirige su mirada hacia la profundidad necesaria.

Todo sufrimiento representa la cosecha de una conducta equivocada sembrada anteriormente que no fue reconocida, lamentada, abandonada ni reparada. Esta cosecha lleva también en su «equipaje» oportunidades para examinar la conciencia —algo que, sin embargo, muy pocos practicarán—; pero limitarla a ello y no verla como consecuencia de una grave desatención de Mis leyes es un error fatal.

Tampoco la formulación «Dios lo permite» da exactamente en el blanco. ¿Por qué no habría de permitir Yo lo que se manifiesta como efecto de una conducta que ustedes eligieron libremente? Nunca intervendré en el libre albedrío de una criatura. Pero les señalaré una y otra vez que toda acción deja huellas —luminosas u oscuras— que se asignan sin error a quien las originó. Deberían transformar a tiempo las huellas oscuras en luminosas con Mi amor, porque, de otro modo, los alcanzará aquello que sembraron en su camino como falta de amor.

Quienes suponen que los poderes de las tinieblas enviaron las necesidades y las plagas siguen un camino totalmente equivocado en su búsqueda de explicaciones. Así saldrían muy bien librados y parecería innecesario examinarse a sí mismos: ya se encontró al culpable. No, Mis amados hijos, no se lo pongan tan fácil. Precisamente un pensamiento superficial de esta clase les ha traído las dificultades que ahora enfrentan.

Las fuerzas contrarias poseen libre albedrío al igual que ustedes. Si quieren provocar algo en la Tierra, necesitan para ello colaboradores: personas ignorantes, crédulas, inconstantes y fáciles de influir. Aquí está su campo de juego; aquí buscan y encuentran a quienes participan con ellas. Sin los colaboradores adecuados estarían indefensas y tendrían que poner fin a sus malas acciones.

Así como es su «legítimo derecho» mostrarles a las fuerzas contrarias mediante su vida que el amor es el poder más fuerte, es también el «legítimo derecho» de ellas intentar convencerlos de lo contrario con toda astucia y perfidia. En cualquier momento pueden rechazar sus intentos. Mediante Mi vida como Jesús de Nazaret les mostré cómo hacerlo. Pero si siguen sus instrucciones, infringen Mi ley, y será su propia cosecha la que algún día se recoja. Es en el platillo de su balanza donde se acumula cada vez más peso. Es su cántaro el que va tantas veces a la fuente hasta romperse. Que ellas sean las seductoras no cambia el hecho de que ustedes tendrán que soportar las consecuencias de aquello a lo que permitieron que los sedujeran.

Y mucho menos son supuestas pruebas enviadas por Mí los tiempos que tienen por delante. ¿Tengo necesidad de ponerlos a prueba? ¿Acaso desconozco el sentimiento más diminuto de cada uno? Yo Soy la vida en ti. Estoy más cerca de ti que tus brazos y tus piernas.

Puedes considerar como pruebas las tareas que encuentras en tu camino de regreso a Mí si deseas saber más acerca de ti mismo; pero no fui Yo quien las introdujo en tu vida. Si para ti se presentan como pruebas, sigue ese impulso. No te limites a pensar y hablar de ello; mide tu confianza en Mí, tu buena disposición, tu valor, el autoconocimiento que has adquirido hasta ahora y tu amor por Mí y por tu prójimo con la medida que te di mediante Mi vida.

¿Cuál es tu propia evaluación? ¿Hay puntos que puedan mejorarse? Entonces decide, ven a Mí en tu corazón y pídeme que te ayude en tu trabajo interior. Entonces todos los acontecimientos que consideras pruebas habrán tenido sentido, habrán cumplido su finalidad y te habrán hecho avanzar un gran trecho en tu camino. De otro modo producen exactamente lo contrario: que Me consideres su remitente y ni siquiera contemples que se trata de efectos de causas que la propia humanidad introdujo en el mundo.


Mis hijos e hijas, este fue un balance de su situación, dado desde Mi seriedad. Dirigí deliberadamente su mirada hacia la ley de siembra y cosecha. Como es el punto central para comprender y tomar la decisión que de ello se deriva, no se la presenta en absoluto o solo de un modo muy difuso. Así se impide que lleguen al verdadero núcleo de la solución, que consiste en cambiar su vida. Una mirada al estado cada vez más crítico del mundo demuestra que no puede lograrse sin reconocer y corregir los errores cometidos anteriormente.

¿O creen que más oraciones, sin una conversión radical, cambiarán algo de la miseria actual? ¿O que el tren que avanza hacia el abismo será detenido por hermosas palabras y declaraciones de intención? Pero ¿quién debe poner en marcha esta conversión? ¿Y con qué medios? ¿No tendría que cambiar antes algo decisivo en el pensamiento de los responsables, pero también en el de cada individuo? Cuando oren, oren para que se extienda la comprensión y para que a ella sigan no solo la disposición, sino también la acción de emprender el camino del amor a Dios y al prójimo.

Visto desde este punto de vista, la oración más eficaz consiste en cumplir Mis mandamientos. Para ello ni siquiera se requieren palabras. Estas surgen espontáneamente en ustedes como sentimientos de gratitud.

Las causas concretas que pueden reconocer o están dispuestos a reconocer son una cuestión de conciencia. ¿Les dicen la verdad o los manipulan de manera refinada? ¿Se preocupan por su bienestar o predominan intereses propios y poco transparentes? ¿Dónde están sus intereses? ¿Los dicta un miedo que sabe disfrazarse magníficamente de cualidad positiva? Se requiere su discernimiento, y el discernimiento se desarrolla a lo largo de su camino en la medida en que viven el amor en la vida cotidiana. Si esto sucede solo con vacilación o de manera condicionada, siempre existe el peligro de que se abuse de su buena voluntad. Por eso, amados Míos, estén vigilantes.

Y tampoco olviden la palabra de sus Escrituras: «No peques más, para que no te suceda algo peor». No puede decirse de forma mucho más clara. ¿Cómo puede pasarse por alto esta advertencia, que señala inequívocamente una infracción del mandamiento del amor —un pecado— como causa?

En su tiempo no es fácil ser valientes. Su barco se encuentra en medio de una fuerte tormenta. Y como Mi amor procura su bienestar y desea protegerlos, se necesitan, por una parte, advertencias enérgicas y señales claras y, por otra, Mi certeza de que Estoy a su lado.

Saben que jamás es Mi intención provocar miedo. Eso lo hacen otros, que desean inducirlos a soltar Mi mano o a no tomarla siquiera, para que vayan en la dirección que ellos quieren. Mi única intención es despertar a aquellos de ustedes que todavía no han reconocido los signos de los tiempos.

Además, a quienes ya caminan de Mi mano les digo: «¡No permitan que nada los confunda! ¡No permitan que nada los haga vacilar!». La meta declarada de la oscuridad, que desde hace mucho trabaja para producir el caos del tiempo venidero, es hacer que todos vacilen y caigan. Lo logrará con las personas que no creen en Mí y, por tanto, no viven Conmigo, sino que cultivan su ego y procuran alcanzar la felicidad mundana conforme a sus propias ideas. Pero también quienes Me conocen, aunque no están afianzados en Mí, corren el peligro de ser apartados de su camino.

Cuando se preparó su encarnación con la ayuda de su espíritu protector, su alma sabía a qué se comprometía. Tenía claro que podía ser un tiempo difícil para ella y para todas las personas. También comprendió que, al nacer, entraría en el ámbito de dominio de las tinieblas. Y, aun así, se atrevió a dar este paso porque vio en las tareas de aprendizaje una oportunidad para desarrollarse conforme al amor. La oportunidad sigue existiendo. En tiempos que no son tan sencillos es incluso mayor, porque los desafíos son distintos y se multiplican las posibilidades de hacer progresos en el alma.

Aunque hayan aparecido las nubes oscuras, hijo Mío, no permitas que esto sea motivo de tristeza o preocupación. Mi poder no puede quebrantarse, Mi voluntad no puede frustrarse y Mi amor no puede disminuir ni en lo más mínimo. Es posible que también se produzcan cambios profundos en tu vida. Pero si permaneces cerca de Mí, ¿quién podrá hacerte daño cuando Yo he puesto Mi mano sobre ti? El único que puede debilitarte eres tú mismo, y esto sucede cuando permites que la oscuridad penetre en tu ánimo e intente atemorizarte.

Cuando percibas tal intento de seducción, ven a Mí de inmediato. Acurrúcate en Mis brazos, háblame de tus preocupaciones y permite que Mi amor de Padre llene tu interior. Todo lo difícil se disipará y podrás reconocer de nuevo la luz con la que Yo aparto la oscuridad de tu camino. De esta manera acabarás convirtiéndote tú mismo en la luz que deseo y que tu alma quiere ser desde hace mucho: luz en un tiempo sin luz, para iluminar también los caminos de quienes necesitan urgentemente tu consuelo, apoyo y fortaleza.

Siempre que lo hagas y fortalezcas así cada vez más el vínculo de nuestro amor, recuerda la palabra que constituye el sentido de su celebración de Pascua: RESURRECCIÓN.

Ustedes celebran Mi resurrección, con la que abrí el camino para todas las almas y personas. Pero celebren también su propia resurrección si han decidido seguir Mi ejemplo como Jesús de Nazaret.

Amén