Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, todo padre amoroso que se preocupa por el bienestar de sus hijos hará cuanto pueda para prepararlos para la vida que tienen por delante mediante indicaciones, ayudas, exhortaciones y palabras esclarecedoras. ¿Creen que Yo, su Padre celestial, actúo de otra manera? Y, sin embargo, existen diferencias: por una parte, aquello que tengo que decir a Mis hijos es incomparablemente más amplio, porque procede de Mi sabiduría infinita y no se refiere únicamente a su vida terrenal actual, sino también a su existencia espiritual y eterna; por otra, jamás intervendré en la decisión de un hijo de tomar en cuenta Mis palabras o no hacerlo.
Este libre albedrío que regalé a cada uno conduce inevitablemente a que muchos —si es que llegan a escucharme y creerme— pasen con demasiada frecuencia y rapidez por encima de aquello que Mi amor quiere transmitirles. En muchas de Mis revelaciones les he explicado por qué sucede así: se debe a la influencia permanente del mal —al que pueden llamar también fuerza negativa, diablo, bando contrario, tinieblas, oscuridad, adversario y de muchas otras maneras—, a la cual están expuestos desde el comienzo de su encarnación. Ella les dificulta, muchas veces hasta volverlo imposible, hacer que Mis palabras sean seguidas por los actos necesarios; a menos que conscientemente Me digan «sí» y con ello, por decirlo así, «cambien de plano».
En unión con la gran ignorancia fomentada deliberadamente mediante la supresión de Mis verdades —y fomentada con intensidad creciente en su tiempo—, solo muy pocos están dispuestos a recorrer seriamente el camino que señalé y viví como Jesús de Nazaret. Debido a la limitación de su conciencia, muchos ya tampoco son capaces de reconocer las maquinaciones y el trasfondo de los acontecimientos mundiales ni de contrarrestarlos. Y si finalmente quizá comienzan a darse cuenta de que algo ya no está bien, les faltan muchas veces la valentía y la voluntad de examinar con más detenimiento los rieles bien establecidos de sus costumbres y, si es necesario, abandonarlos cambiando su manera de pensar y actuar.
Tampoco pueden descubrir el juego porque nunca investigaron las preguntas: «¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde voy?». Quien omite hacerlo tampoco encontrará las respuestas correctas. Pertenecer a una iglesia o comunidad religiosa tampoco ayuda, porque las respuestas ofrecidas allí no satisfacen a quien verdaderamente busca. Y el esoterismo como religión sustituta conduce por caminos peligrosos. De este modo existe el peligro de que la persona se convierta en juguete de fuerzas oscuras que empañan cada vez más su conciencia, una vez que encontraron en ella un punto de ataque y, con ello, una entrada.
Para conseguirlo, todos los medios y caminos les parecen apropiados. La situación a la que se ha llevado a la mayor parte de una humanidad atemorizada mediante el tema de una llamada pandemia, que entretanto lo domina todo, podría permitirles reconocer la verdad contenida en Mis palabras.
Habría sido posible mitigar aquello que ahora no solo se perfila, sino que ya comenzó a manifestarse. En su ámbito personal de vida, esta posibilidad todavía existe, y de ella les hablaré hoy. No impedirá ciertamente lo venidero, pero será de gran ayuda para quienes confían en Mí y se esfuerzan por seguirme; entre otras razones, porque su confianza crecerá, lo cual traerá al mismo tiempo la disminución y finalmente la desaparición de los miedos que aún existen.
El fundamento de su confianza será el conocimiento de que Yo no cometo errores; esto significa que todo cuanto sucede, en lo grande y en lo pequeño, transcurre dentro de Mi ley. Y como Mi ley es amor, conforme al principio que prevalece en toda la Creación —«lo semejante atrae a lo semejante»— tomará bajo su amparo a quienes lo expresan mediante el esfuerzo por vivir el amor; vivirlo con seriedad y no conforme a las ideas y prescripciones de personas e instituciones que, dentro de las diferentes religiones y sus innumerables ramificaciones, inventaron exterioridades en forma de ritos y costumbres para atar a Mis hijos a sí mismas y privarlos así de libertad.
Les he hablado muchas veces acerca de temas fundamentales, por ejemplo, de que no existe la muerte, sino que su vida continúa en los ámbitos del más allá inmediatamente después de abandonar el cuerpo; también acerca del hecho de las repetidas vidas terrenales y de la ley de siembra y cosecha. Si no solo escucharon estas y otras explicaciones semejantes con sus oídos externos, sino que hicieron de ellas en su corazón una parte firme de su pensamiento y de su vida, entonces sabrán también que las prioridades de una vida humana no pueden consistir en adquirir conocimientos que satisfacen el intelecto, acumular bienes materiales o apostar por la belleza exterior, que únicamente puede halagar su ego durante algún tiempo. Tarde o temprano tendrán que dejar todo esto y muchas cosas más.
Por tanto, si conocen estas cosas, seguramente se habrán formulado también la pregunta: «¿Qué llevaré conmigo en el resto de mi camino cuando tenga que dejar todo lo exterior?».
¿Encontraste la respuesta? ¿Una respuesta que te satisfaga, te permita vivir sin miedo y pueda servirte de fundamento para trabajar más que hasta ahora en favor de tu vida futura en el más allá? ¿Para concederle la prioridad necesaria? ¿Está tu alma todavía o ya tan abierta que afrontó las preguntas «¿Adónde voy?» y «¿De qué manera sucederá esto?», y aceptó las únicas respuestas correctas? ¿Reconociste las consecuencias que traen consigo las respuestas sinceras, siempre que no te resulte indiferente cómo continuará todo?
¿Cómo juzgarías, hijo amado, la conducta de una persona que conoce las realidades de la vida y de la muerte, pero no reflexiona acerca de lo que algún día la espera? ¿No se asemeja a alguien que está a punto de mudarse a una casa nueva, pero no se ocupa de preparar su futuro hogar y prefiere renovar el antiguo, aunque sabe que pronto tendrá que abandonarlo?
Formular semejantes preguntas no tiene nada que ver con querer limitar de alguna manera el libre albedrío porque la persona quizá se atemorice o se sienta presionada a hacer algo para lo cual todavía no está preparada. ¡Yo jamás atemorizo ni presiono! Si algo semejante surge en alguien, se debe única y exclusivamente a que todavía no ha estrechado suficientemente el vínculo de profunda confianza Conmigo.
Quien no solo acumuló conocimiento, sino que se esforzó por vivir conforme a aquello que reconoció, conoce la respuesta a la pregunta de qué queda cuando abandonas tu actual lugar de residencia llamado Tierra y te mudas a tu nuevo hogar.
Imaginen una línea horizontal como frontera entre el mundo material, su Tierra, y el mundo sutil, el más allá. Debajo de la línea horizontal transcurren sus vidas terrenales; por encima, sus permanencias en los ámbitos a los que entran después de abandonar el cuerpo. Su «línea de vida» se asemeja —expresado de manera simplificada— a una curva sinusoidal, aunque sin repeticiones uniformes hacia arriba y hacia abajo. Por lo general, los tramos situados debajo de la línea horizontal son más cortos. Al abandonar el cuerpo humano que ya no necesita, el alma cruza la línea fronteriza, entra en el ámbito situado por encima de la horizontal y permanece allí durante un período más o menos largo, aunque carece de la percepción de cuánto tiempo dura. Finalmente puede decidir libremente cruzar nuevamente la frontera en otra encarnación y continuar su vida en la materia «debajo de la línea horizontal». Entra entonces una vez más en la «escuela de la vida». O bien, según su deseo y grado de madurez, puede continuar desarrollándose en el más allá sin tener que volver a recorrer el camino por la materia.
Con ello queda respondida la pregunta anterior acerca de qué llevas contigo cuando al final de tus días cierras tus ojos terrenales, teniendo en cuenta que «la última camisa no tiene bolsillos»: ¡llevas contigo aquello que tú mismo colocaste dentro de tu alma a lo largo de tu vida terrenal! Si fue algo bueno, hermoso y desinteresado, encontrarás la cosecha feliz de tu propia siembra.
Si no fue algo agradable, no podrás responsabilizar a nadie más, aunque quizá intentes hacerlo cuando en el más allá tomes conciencia de tu situación y de las razones que la produjeron. Tendrás que reconocer y aceptar algún día que tú solo fuiste quien, mediante sus actos u omisiones, dio forma a su alma y determinó así su nuevo hogar; quien embelleció su «antiguo hogar» hasta el último aliento, en lugar de ocuparse del nuevo.
Para muchos de ustedes esto quizá parezca una afirmación dura o incluso despiadada. Pero nace de Mi justicia y está fundada en tu libre albedrío, que durante toda una vida puedes emplear de acuerdo con tus ideas y deseos. Siendo Jesús de Nazaret les di, mediante Mis mandamientos, la orientación para configurar su futura vida en el más allá dentro de la luz, la armonía y la paz. Su esencia dice: ama, y nada más.
El alma, y esto también se los he revelado muchas veces, es el cuerpo sutil que llevas dentro de ti. Pero no es una estructura neutral cualquiera. Tú mismo vives como alma en mundos no materiales y en una forma no material antes de decidir encarnarte. Por tanto, tu alma eres tú mismo. Está compuesta por partículas energéticas más o menos cargadas, que pueden llamar también «sombras». Cuando todas estas sombras hayan vuelto a ser transformadas y disueltas, surgirá el ser espiritual puro que —todavía— se encuentra encerrado en el alma y que finalmente volverá a encontrar su verdadero hogar, los Cielos. ¡Entonces estarás nuevamente junto a Mí!
Pero antes de que esto suceda habrá, con mayor o menor frecuencia, vidas alternas en este mundo y en el más allá, como se describió mediante el ejemplo de la curva sinusoidal.
Pero así como el cuerpo no está compuesto únicamente de carne y huesos, el alma que habita en el cuerpo durante la vida no está compuesta solamente por partículas energéticas. Ambos llevan vida en sí mismos —la vida que desde la eternidad y por toda la eternidad regalo sin cesar a Mis criaturas—, y también conciencia.
La conciencia es creada individualmente por el ser humano mediante su manera de comportarse. Por eso, durante su vida, la persona imprime en su alma su «estilo» y, con él, su manera de ser, sus particularidades, deseos, opiniones y muchas cosas más; en conjunto, su carácter. A su vez, aquello que está grabado en el alma determina de manera fundamental la conducta de la persona. Se trata de una interacción: aquello que introduces en tu alma mediante tu pensar y actuar te impulsa una y otra vez a comportarte también en el futuro como lo hiciste en el pasado. Por eso puede afirmarse con plena razón que el pasado determina el futuro, siempre que la persona no cambie.
Si fue algo negativo, estás atrapado en un «círculo vicioso» del cual solo puedes liberarte nuevamente mediante una decisión consciente. Si este es tu deseo, entonces Yo, como fuerza auxiliadora y sanadora dentro de ti, soy quien te ayuda en tus esfuerzos.
Si fue algo positivo, hiciste algo bueno por tu alma y por tu ser humano. Hablando mediante una imagen, fortaleciste el lado del haber de la cuenta de tu alma. Como consecuencia, desde la profundidad de tu alma surgen una y otra vez impulsos y estímulos que te facilitan continuar por el camino emprendido del amor a tu prójimo y a ti mismo.
Aunque la conciencia es algo muy real, no puede verse ni tocarse; pero puede reconocerse en su magnitud, limitación o amplitud por aquello que produce en la persona y expresa mediante ella. Es algo energético, ¡y la energía no puede ser destruida! Esto significa que la conciencia de una persona no puede «morir». Como al mismo tiempo forma parte del alma y el alma continúa viviendo, también la conciencia sigue viviendo. Por tanto, el alma no está «inconsciente» en el más allá; sin embargo, su percepción puede estar muy fuertemente limitada.
Al encarnarte, Mi hijo, Mi hija, no llegas al mundo con el cuerpo de tu alma completamente nuevo, como una rosa recién abierta. Traes contigo las huellas que llevas en tu interior procedentes de una o varias vidas anteriores, siempre que no hayas sido capaz o no hayas podido aprovechar suficientemente las posibilidades de desarrollo posterior en el más allá para trabajar en tu evolución. Si tu encarnación está impulsada por el deseo de aprender algo en la escuela terrenal de la vida, este es un buen fundamento para alcanzar el éxito.
La ley de atracción hace que nazcas exactamente dentro de las circunstancias que prometen los mejores avances. Estas, a su vez, están relacionadas con los aspectos de tu capacidad de amar que todavía debes adquirir; y se derivan de tu pasado, el cual —y aquí se cierra el círculo— actúa sobre la vida que tienes por delante y te presenta las tareas que tú mismo te propusiste o que la ley de causa y efecto coloca ante ti.
Cuando en revelaciones anteriores los ejercité en la lógica del corazón, también les recordé siempre cuán valioso puede ser conocer el modo de proceder de las tinieblas o, al menos, estimar dónde y de qué manera pueden ejercer influencia. Que intentan seducir a la persona y con ello dañar su alma está seguramente fuera de duda incluso para quienes hasta ahora no se ocuparon intensamente de este tema. Porque un alma cargada y con una conciencia limitada no podrá entrar inmediatamente en ámbitos luminosos después de la muerte de la persona. El bando contrario tiene suficientes posibilidades para realizar sus ataques inadvertidos y prepara trampas en abundancia. Es maestro en encubrir y engañar, y siempre será superior a ustedes cuando no estén suficientemente vigilantes ni permanezcan tomados de Mi mano.
Por consiguiente, las fuerzas oscuras tienen que estar interesadas en limitar la conciencia de las personas, y limitarla una y otra vez. Porque para ellas la conciencia es el punto decisivo para que su influencia alcance el éxito. Un ejemplo les mostrará cuán importante es este punto de conexión.
Con toda seguridad, cada uno de ustedes ya intentó alguna vez inducir a otra persona a cambiar en este o aquel aspecto. Si su «arte de persuadir» tuvo éxito y verdaderamente se dio un paso en la dirección recomendada, no pocas veces se obtuvo apenas un éxito moderado o incluso se regresó a antiguas costumbres. Muchas veces movieron entonces la cabeza y mostraron poca comprensión o ninguna cuando su buen consejo ni siquiera fue escuchado con calma o fue rechazado.
Apliquen ahora este ejemplo a ustedes mismos. ¿Cómo reaccionan cuando se les aconseja o prescribe algo con lo que su corazón no está verdaderamente de acuerdo? Es posible que hagan lo que se les exige, pero entonces falta el fundamento estable para lograr un éxito duradero, para un cambio que permanezca.
O consideren las discordias entre dos pueblos cuyas disputas vuelven a encenderse una y otra vez —incluso a lo largo de siglos—, aunque exteriormente se realicen esfuerzos por hacer callar las armas. ¿Por qué no funciona aquello que exteriormente parece sensato o necesario? La respuesta no es tan difícil de encontrar: ¡porque antes no se produjo un cambio de conciencia! Porque aquello que todavía permanece en el alma de la persona o de las personas presiona una y otra vez hacia arriba y hacia afuera y provoca una conducta antigua, falsa y equivocada, que a veces ni siquiera se desea conscientemente. Es una conducta «familiar» para la persona, con la que quizá vive desde hace mucho tiempo y cuya transformación exigiría trabajo interior. Por eso todo permanece como antes y los cambios exteriores no producen resultados duraderos, tanto en lo grande como en lo pequeño, en los acontecimientos mundiales como en el ámbito personal.
¿Están indefensos y sin poder ante estos mecanismos de acción? No lo están, al menos allí donde se trata de ustedes mismos. Sin embargo, una oración o una petición para que se les quite algo o se les dé algo no les aportará por sí sola aquello que esperan. Porque un cambio no significa únicamente recibir o hacer algo nuevo, sino también soltar siempre algo antiguo y dejar de practicarlo.
También en este punto Mi adversario y el de ustedes permanece activo: trabaja con sus miedos de tener que dejar esto o aquello a lo que se acostumbraron tanto en el pasado. Refuerza en ustedes la aversión a ejercitar y llevar a la práctica una conducta que todavía les resulta desconocida; que quizá exija tender una mano a sus adversarios, adoptar una actitud más tolerante que hasta ahora, abandonar hábitos de vida que causan enfermedad interior o exterior, cambiar la manera de pensar en diferentes puntos, renunciar a acciones que, aunque son perjudiciales, siguen realizándose una y otra vez, y muchísimas cosas más.
Todos estos son argumentos aparentes; pero si logra sujetarlos en el punto correcto, si presiona los botones adecuados que se ocupan de conservar sus intereses, no le resulta difícil impedir en muchos de ustedes un cambio de conciencia. Lo hace también creando sin cesar nuevos estímulos para satisfacer sus intereses y deseos, que muchas veces todavía permanecen ocultos en su alma.
Pero como tienen que producirse cambios en su conciencia si desean avanzar por el camino hacia Mí, se plantea la pregunta: ¿cómo puede ser esto posible? ¿Cómo puede transformarse algo en su alma para que llegue a ser más luminosa, amplia, abierta y alegre?
Ni ustedes mismos, ni persona alguna ni tampoco un seductor diabólico pueden actuar directamente sobre su alma. Esta es la buena noticia. La menos buena es que sí pueden hacerlo indirectamente cuando ustedes se dejan influir para actuar contra el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
Sin embargo, la mejor noticia es esta:
Uno, el Único en toda la Creación, puede producir algo directamente en tu alma; y ese soy Yo, que vine al mundo en Jesucristo. Porque Yo, y nadie más, vivo en ti. De Mí recibes la fuerza para vivir. Desde el Gólgota llevas en tu corazón la «chispa de Cristo», que deposité como energía adicional en cada persona y en cada alma. Sírvete de ella. Trabaja con ella. Permite que haga de ti una persona nueva. No existe fuerza alguna igual a la Mía. Pero para poder actuar plenamente, la fuerza de Mi amor en ti tiene que esperar a que por libre decisión acudas a ella, es decir, a Mí. Cuando esto sucede, entrarán milagros en tu vida.
Muchísimos de Mis hijos humanos llevan dentro de sí el deseo de vivir de una manera más estrecha e íntima Conmigo. Entre ellos se encuentran los innumerables seres espirituales encarnados en su tiempo para servir y ayudar, algo que contribuye también a su propio desarrollo. Todos perciben la necesidad de una guía directa por medio de Mí, el Amor. Saben asimismo que solo podrán afrontar las tareas que tienen por delante si están llenos de confianza y contemplan el futuro sin miedo.
Cuando Me confías el tramo todavía pendiente de tu vida terrenal, esto quizá signifique algo diferente de lo que tus miedos inconscientes o también conscientes intentan susurrarte.
Yo no te quito nada que no Me entregues por libre decisión. En cambio, guiaré tus pasos con prudencia y te ayudaré a dejar gradualmente —sí, en pasos pequeñísimos, si es necesario— aquello que tú mismo reconociste en ti como impropio de un hijo de Dios. Te ayudaré a conocerte a ti mismo, dejándote la decisión de querer eliminar algo o no hacerlo. Seré entonces para ti como un guía que te acompaña con seguridad a través de un territorio peligroso, siempre procurando allanar tus caminos conforme a tus posibilidades. Haré más ligero tu corazón y te regalaré mayor paz interior, y podrás percibir Mi cercanía y Mi amor cada vez con mayor claridad.
Lo que necesito para ello es tu sí; un sí que, tan bien como ya te sea posible, tenga como fundamento el amor a Mí. Además, necesito tu confianza y tu buena voluntad de permanecer tomado de Mi mano incluso cuando alguna vez el viento en contra sople con mayor fuerza. Esto no puede evitarse, pues Conmigo estás cambiando tu conciencia, y eso no agradará a algunos «oscuros compañeros» que, a pesar de todo, son y seguirán siendo tus hermanos. Pero confía: ¡tienes dentro de ti y a tu lado la fuerza más poderosa del universo!
Por tanto, si deseas elegirme conscientemente como tu Acompañante, Amigo y Ayudante, dímelo en una hora tranquila. Puedes hacerlo con tus propias palabras. Pero también puedes arraigar firmemente en ti las siguientes líneas y recordarlas una y otra vez:
Mi meta es vivir como Tú lo enseñaste y lo viviste siendo Jesús.
Me esfuerzo por hacerlo y sé que Tú me ayudas.
Lo decisivo es que lo digas sinceramente. Si lo deseas, deposita además ante Mí una u otra debilidad de carácter. O permite que tu corazón se llene de júbilo por la confianza y la alegría que llegarán a ti. O dime sencillamente que Me amas y Me anhelas. Regálame tus sentimientos; también pueden acompañarlos algunas lágrimas. Todo es posible, todo está permitido y todo está bien. Porque estoy más cerca de ti que tus brazos y piernas, y te conozco y te amo desde la eternidad.
Amén