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Tu disposición es el factor absolutamente decisivo

Fuente: Hans Dienstknecht

Título original: Deine Bereitschaft ist der alles entscheidende Faktor

Fecha original: 21 de marzo de 2021

Traducción al español latinoamericano.

Revelación divina

Mis amados hijos e hijas, existe una especie de fórmula mágica en la que la mayoría de ustedes no cree o que rechaza completamente. Sin embargo, por su efecto positivo y transformador hacia el bien, supera todo cuanto puedan imaginar, y llevarla a la práctica representa la solución de todos los problemas. ¡La única solución!

¿Están intrigados porque no pueden imaginar algo semejante? Entonces déjense sorprender. Se trata de tres palabras sencillas: «Estoy dispuesto».

Quiero conducirlos más profundamente al «secreto» de estas palabras, y si Me siguen, no pocos moverán la cabeza y se preguntarán por qué no reconocieron por sí mismos el gran significado arraigado en la petición «Hágase Tu voluntad», pronunciada diariamente millones de veces en el mundo dentro del Padrenuestro, la oración de la cristiandad.

El error fatal es este: no se pronuncia desde el corazón —y, por consiguiente, carece de fuerza— y, sobre todo, aquello que sucede como consecuencia de esta petición no se reconoce como Mi voluntad ni se actúa conforme a ella. La forma más elevada de confusión espiritual consiste en orar para que se cumpla Mi voluntad y, al mismo tiempo, actuar en contra de ella. Con ello se alcanza el punto más bajo del desarrollo anímico, después de que la conciencia fue limitada previamente paso a paso, algo que la mayor parte de la humanidad permitió sin oponer resistencia. También quienes se llaman cristianos o colocaron la «C» en la bandera de su partido, comunidad, iglesia o asociación.

La idea que tienen de Mí abarca desde el «Dios bueno», pasando por el «Dios incomprensible», hasta llegar a la concepción, todavía muy extendida, del «Dios que castiga». Pero Yo les digo: no soy únicamente un Dios de amor. ¡Yo soy el Amor!

Quien sea capaz de comprenderlo, que lo comprenda.

Ninguna criatura podrá comprender jamás la grandeza de Mi amor que todo lo abarca, ni siquiera un ser celestial y mucho menos un ser humano. En su amplitud, paciencia y tolerancia inconcebibles, Mi amor regaló a todos los hijos el libre albedrío, sabiendo muy bien que con ello existía también el peligro de emplearlo indebidamente. Pero un regalo vinculado a condiciones no es un regalo de libertad. No obstante, tuve que incorporar una «protección» para impedir que un ser —que, según su desarrollo y potencia espiritual, posee fuerzas creadoras inimaginables para ustedes— causara daños graves a lo que he creado y crearé por toda la eternidad.

Así creé el principio de causa y efecto, o de siembra y cosecha, como también lo llamé siendo Jesús de Nazaret, el cual garantiza que toda acción dirigida contra la ley del amor recaiga tarde o temprano sobre quien la causó. Como todo es energía —naturalmente también el actuar contrario a la ley del amor—, y la energía no puede ser destruida, sino que conserva su fuerza maligna y destructora hasta ser transformada, todo lo negativo que aún no ha sido expiado espera el momento de manifestar sus efectos. ¡El tiempo y el espacio no desempeñan ningún papel! El momento en que se sienten los efectos y comienza su manifestación depende de cuándo «se llena y desborda el recipiente».

Una vez más, para quienes tienen dificultad en creer Mis palabras porque no ven una relación temporal inmediata entre una semilla sembrada y la cosecha posterior: ¡el tiempo y el espacio no desempeñan ningún papel! Pueden transcurrir decenas de miles de años, sí, muchos eones, hasta que la cosecha madure. Aquello que no ha sido expiado —es decir, que todavía no fue reconocido, lamentado, reparado o compensado— continúa existiendo. Si fuera diferente y toda causa produjera inmediatamente su efecto, esto no correspondería a Mi paciencia, que está fundada en Mi amor y concede a todo pecador la oportunidad de conocerse a sí mismo y convertirse. Si el efecto se produjera de inmediato, faltaría este tiempo de gracia para reflexionar.

Pero así espero. No obstante, exhorto, esclarezco, ofrezco Mi ayuda, permito que Me acusen de ser injusto y acepto que Mis hijos se aparten de Mí; y todo ello porque Mi adversario y el de ustedes logró falsificar Mi enseñanza y retirar de Mi mecanismo de relojería de la Creación, que funciona sin fricción alguna, el engranaje decisivo llamado «siembra y cosecha». Con ello también se suprimió el conocimiento de las encarnaciones repetidas.

Por eso, las personas ya no pueden reconocer tampoco las relaciones fundamentales: que cuando sucede algo, sea agradable o desagradable, siempre tuvo que existir previamente algo que desencadenó el acontecimiento actual. No es necesario conocer los detalles; en ciertas circunstancias esto solo los cargaría. Basta por completo con aceptar que nada sucede sin razón, es decir, que no existen las llamadas casualidades. ¡Y que Yo no cometo errores!

Sobre este fundamento puede surgir entre tú y Yo una relación de confianza inconmovible.


El amor verdadero no puede concebirse sin justicia. Siempre tiene presente el bien del otro. En muchos casos, como los padres desconocen las leyes espirituales y el alma de su hijo, concentran su atención exclusivamente en su bienestar exterior. Para Mí eres una criatura espiritual de Mi amor, cuyo hogar está junto a Mí y que solo vive temporalmente en un cuerpo humano, del cual volverás a desprenderte cuando hayas exhalado el último aliento. Por tanto, todo Mi amor está dirigido al desarrollo de tu alma, que sobrevive a la «muerte», con la meta de tenerte nuevamente junto a Mí lo antes posible.

El amor verdadero también incluye consecuencias. A quien no le agrade esta manera clara de hablar puede sustituir la palabra por coherencia o conclusión. El resultado es el mismo. Sin consecuencias no tendría sentido una guía cuya meta es el perfeccionamiento gradual del alma. Como es el ser humano quien aprende durante toda su vida —lo sepa o no, pues para eso existe una encarnación—, el alma aprende indirectamente mediante las experiencias que él vive y las decisiones que toma. Les di la medida para ello mediante Mi vida como Jesús: el amor a Dios y al prójimo, que incluye el amor a uno mismo.

Por medio de su voluntad y de los actos que resultan de ella, ustedes dicen sin cesar sí o no a Mi ley del amor. Es decir, la cumplen —tan bien como ya les sea posible— mediante su esfuerzo, o la ignoran y viven conforme a su propia ley. Jamás intervengo en su decisión libre. Si tienen la sensación de que ya no son libres para elegir porque las circunstancias internas o externas no lo permiten, esto solo indica que su voluntad, anteriormente libre, sufrió limitaciones por lo que hicieron o dejaron de hacer en el pasado; pero nunca por Mí. No importa cuándo haya sucedido, quizá incluso hace muchísimo tiempo.

Pero, a pesar de la reducción de su libertad de voluntad causada por ustedes mismos, siempre tienen abierta una posibilidad, incluso cuando no pueden cambiar una situación por sus propias fuerzas: pedir ayuda, si es necesario con un grito surgido de lo más profundo del corazón. Ni siquiera el enemigo más maligno y agresivo puede impedir semejante paso; naturalmente, él no quiere dejarlos avanzar hacia Mi luz porque sabe que entonces perderá la influencia que hasta ahora ejerció sobre ustedes.

Por eso, amados Míos, inscríbanlo con letras mayúsculas en lo profundo de su alma: nada ni nadie puede impedirte volverte hacia el poder más grande de la Creación y pedir ayuda; sin importar quién seas, cuán extenso sea tu registro de pecados ni cuánto te carguen los sentimientos de culpa, muchas veces totalmente injustificados. No existe nada que Mi amor y Mi misericordia no puedan abarcar. ¡Absolutamente nada!

Por tanto, la pregunta no es si puedes venir a Mí, sino únicamente si lo haces.

¿Qué significa esto ahora para ti y para aquello que después experimentarás en tu vida? Con ello vuelvo a la «fórmula mágica» de la que hablé al comienzo.

Venir a Mí y hablar Conmigo reconociendo que te encuentras en la situación de un hijo que se dirige a su padre —o también a su madre— significa, ni más ni menos:

Te reconozco como la fuente de mi vida y estoy dispuesto a orientar en adelante mi pensar, hablar y actuar conforme a Tu ley del amor, en la medida en que, con buena voluntad y con Tu apoyo, que entonces experimentaré, ya me sea posible hacerlo.

Lo que sucederá después dependerá de la sinceridad con que te vuelvas hacia Mí y de la seriedad de tu deseo de cambiar algo en tu vida conforme a Mi mandamiento del amor. Las palabras no desempeñan un papel decisivo. Las lágrimas y un balbuceo Me agradan más que formulaciones bellamente construidas. De todos modos, miro tu corazón y penetro en él. Tampoco necesito alabanzas ni muestras de veneración. Te deseo como un hijo al que en adelante pueda guiar dentro de Mi ley del amor, lo cual significa: conforme a Mi santa voluntad.

Y Mi voluntad es que Mis hijos humanos respeten Mi ley también en la dura realidad de su vida cotidiana; al menos, que se esfuercen seriamente por hacerlo. Esto no siempre es del todo fácil y a veces resulta incluso muy difícil. El cristianismo solo se convirtió en una religión aparentemente fácil de practicar y que muchos podían vivir «sin esfuerzo» cuando el Estado y la Iglesia llegaron a un acuerdo hace siglos y reescribieron las reglas…


Habrán comprendido sin dificultad que semejante actitud interior es algo diferente de un «Hágase Tu voluntad» pronunciado sin verdadera entrega del corazón. Además —y esto sorprenderá a algunos—, Mi voluntad se cumple de todos modos siempre y en todas partes, pues no puede ser anulada. Actúa en lo positivo, en lo constructivo, en el estado de sanación o en el proceso de sanar, en el consuelo y en el ánimo allí donde las personas viven Mi voluntad. Donde esto no sucede, contemplado superficialmente parece muchas veces que las tinieblas han obtenido una victoria. En el exterior puede ser así durante un tiempo; pero como Mi voluntad está por encima de todo, Mi ley de siembra y cosecha determinará lo que sucederá posteriormente allí donde Mi mandamiento del amor fue pisoteado.

La visión espiritual de cualquier acontecimiento es siempre la determinante y, en definitiva, la decisiva, aunque a primera vista muchas veces parezca otra cosa. Esta apariencia, amados Míos, engaña.

Los «grandes» de este mundo no lo creen. Ellos son los verdaderos ignorantes, que en su soberbia se colocan por encima de Mí y se juzgan según lo que, a sus ojos, cosechan como éxitos y frutos de su intelecto y de su astucia, con los cuales pueden deslumbrar temporalmente a una gran parte de Mis hijos que carecen de esclarecimiento. Para ellos habrá un amargo despertar. Quienes los influyen y dirigen desde los ámbitos astrales más profundos viven todavía sin ser desafiados ni amenazados al amparo de sus tinieblas. Todavía, porque para Mí el espacio y el tiempo no desempeñan ningún papel.

La confianza en Mí es el fundamento de una vida feliz y libre de preocupaciones Conmigo. Si desean saber cómo se encuentra su confianza en Mí, cuán grande es ya su disposición para reconocerme y aceptarme como guía de su destino y —para expresarlo mediante una imagen— si ya son capaces de subir a Mi tren sin conocer los detalles del viaje, pueden examinarlo ustedes mismos de una manera sencilla.

Para ello les daré una indicación, un pensamiento que ya les presenté anteriormente. Naturalmente, son libres de realizar o no este pequeño ejercicio. Su decisión no cambia nada en Mi amor ni en Mi disposición de asistirlos en cualquier momento. Sin embargo, exige de ustedes un poco de valentía, al menos si quieren ser sinceros consigo mismos.

Añadan dos palabras a la petición del Padrenuestro y aprenderán —como una imagen instantánea— a valorar correctamente su propia persona, su relación Conmigo, su fe en Mí y su confianza en Mí. Cierren los ojos y oren:

«Hágase Tu voluntad en mí».


Sea cual sea o haya sido el resultado, considérenlo positivamente y alégrense, siempre que estén dispuestos, en principio, a aprender de él. En muy pocos habrá surgido espontáneamente un sí sin reservas. Quizá esta petición toca un punto demasiado sensible o lo hace de manera demasiado directa. Si algo los hizo vacilar y desean saber qué fue, miren en su interior. Nada puede sucederles por hacerlo, salvo que mediante este análisis descubran qué les falta todavía. Y quizá queden liberados de una u otra ilusión acerca de ustedes mismos. Entonces tendrán la libertad de decidir si desean trabajar o no en los puntos reconocidos.

Quien no aspire a desarrollar su amor desinteresado no realizará este ejercicio. Pasará por encima de él, porque el resultado significaría tener que abandonar la voluntad propia que se opone a Mi voluntad. Cada uno es libre de actuar de una u otra manera. Pero, Mis hijos e hijas, actuar contra la ley intransigente de Mi amor —sin importar que se ostente públicamente la «C» o se exprese de otra forma— y, al mismo tiempo, orar para que se cumpla Mi voluntad representa la forma más elevada de confusión espiritual mencionada al comienzo.

Todo cambio, grande o pequeño, comienza en la persona misma. Como poseen el libre albedrío, tengo que esperar —pues no actúo contra Mi propia ley— antes de ejercer una guía más intensa que les permita crecer paso a paso y con menos sufrimiento que hasta ahora. Aquí entra en juego la fórmula mágica. Quien, después de examinar honestamente su motivación, pueda decirme: «Estoy dispuesto», se entrega a Mi voluntad.

Y Mi voluntad es la solución para todos los problemas, sin excepción. La solución no siempre podrá realizarse sin dolor ni sufrimiento, ni para ustedes como personas y mucho menos para el conjunto de la humanidad. Todo depende de cuán profundamente el camino equivocado de la falta de amor haya arrastrado durante siglos y milenios al individuo o a grupos y pueblos enteros dentro del pantano del pecado. Pero como todo debe encontrar nuevamente el camino de regreso, no existe otra vía que abandonar paso a paso el pantano creado por ustedes mismos, renunciando a su conducta anterior; algo que será iniciado por el caos y las convulsiones de diversa índole y traerá consigo grandes pérdidas. Los comienzos son visibles para quienes todavía conservan un pensamiento claro.

Ellos comprenden también la exhortación: «Entren a tiempo en el arca…»

A quien todavía tome Mi mano extendida en esta fase podré guiarlo, aunque nadie saldrá completamente ileso. Pero estos perjuicios no serán nada en comparación con la carga que tendrán que soportar quienes continúen sin querer comprender y luchen contra Mí, contra el Amor.


El Cielo no conoce tiempos de espera. Un sí a Mí y a Mi amor pone en movimiento, en ese mismo instante, innumerables engranajes de Mi mecanismo de relojería de la Creación, que comienzan de inmediato a trabajar entrelazados. A partir de ahora soy quien establece el rumbo de tu vida, que en adelante transcurrirá de una manera distinta de la del pasado y solo estará determinada por la ley de siembra y cosecha en la medida mínima necesaria como impulso para el reconocimiento y el cambio hacia el bien. En el proceso de aprendizaje que seguirá, Yo seré el Amigo que está a tu lado.

¿Tienes la valentía de decirme: «Estoy dispuesto»?

Mis amados hijos e hijas, hace falta cierta valentía para tomar esta decisión, pues sacude una concepción fundamental: la idea tradicional de lo que realmente significa ser cristiano. Para que no continúen por el camino de una idea falsa que los mantiene estancados y, al mismo tiempo, transmite a muchos la sensación de que, no obstante, hacen todo correctamente y cumplen todo lo que caracteriza a un cristiano, los confrontaré con una verdad que provocará una oposición enérgica en muchas personas.

No es la primera vez que les digo que ser cristiano no puede compararse con un paseo dominical en el que solo se encuentran personas agradables a quienes se saluda amablemente. Quienes se unieron a Mí cuando fui Jesús de Nazaret porque reconocieron el amor en Mí y en aquello que viví fueron llamados despectivamente «la secta del Nazareno». Siguieron muchas décadas de persecución porque las tinieblas reconocieron un gran peligro en la actitud sin concesiones de los seguidores de Mi enseñanza. Y no sin razón, pues si el mandamiento del amor se hubiera practicado como Yo lo enseñé, habría significado el fin del mal; porque el amor vivido habría llevado, tarde o temprano, a todo lo contrario al amor al reconocimiento, al arrepentimiento y, con ello, a la conversión.

Cuando el sufrimiento y la muerte de Mis seguidores no produjeron el éxito deseado, se concibió la idea de hacer socialmente aceptable una vida como «cristiano». Así, todo aquel que quisiera podía incorporar su cristianismo a su vida cotidiana sin tener que adaptarla en gran medida a Mi mandamiento del amor. Este proceso de dilución duró siglos y finalmente casi nadie tuvo ya la idea de preguntarse si su conducta correspondía verdaderamente a Mi mandamiento del amor al prójimo, que incluye también el amor a los enemigos.

Para reconocer la verdad contenida en Mis palabras, solo es necesario sustituir la palabra «cristiano» por la denominación mucho más sincera y expresiva de «seguidor». Quien no se oponga interiormente a ello y todavía conserve su sinceridad solo puede llegar a un resultado: seguir a Jesucristo es algo diferente de llamarse cristiano. Es posible hacer ambas cosas al mismo tiempo, y así lo vivieron y lo viven todavía hoy personas que Me aman de verdad y Me son fieles; pero no es la regla.

Seguirme, como lo enseñé siendo Jesús de Nazaret, significa cumplir la voluntad del Padre celestial. Y esta voluntad dice: ama, y nada más. Por tanto, el seguimiento puede vivirse en la vida cotidiana sin que tengas que darme un nombre ni pertenecer a alguna de las muchas iglesias o comunidades religiosas. Tus actos son lo decisivo.

Seguirme significa tomar la propia cruz, como Yo llevé la cruz por todos los seres humanos. Quienes entre ustedes conocen la Biblia estarán muy familiarizados con estas palabras. ¿Habrán reflexionado acerca de lo que significan? También la cristiandad del mundo occidental pasa por alto las palabras de que los perseguirán como Me persiguieron a Mí. ¿Por qué? ¿Porque entre ustedes ya no existe persecución de los cristianos?

Una vez más subestiman el proceder refinado de las fuerzas contrarias. Es mucho más eficaz que una opresión evidente atraer a los creyentes hacia una senda en la cual, incluso sin medidas externas, se aparten del camino del seguimiento. El resultado es lo decisivo; el camino para llegar a él, el método, ocupa un segundo lugar.

¿Qué significa entrar en Mi seguimiento? En primer lugar significa depositar la propia voluntad en la voluntad del Padre celestial, esforzándose por hacer que la conducta personal se asemeje a la Mía y preguntándose una y otra vez si los propios actos, en este o aquel aspecto, corresponden a Mi enseñanza y a Mi ejemplo. Practicar seriamente algo semejante es diferente de «adaptarse al mundo» y procurar atravesar el día y la vida sin causar molestias en lo posible.

No se trata, amados Míos, de ser rebeldes ni mucho menos de oponer una resistencia a grandes voces. Basta por completo con decir no en aquellos puntos que no coinciden con Mi enseñanza del amor —pueden aplicar tranquilamente una medida estricta—, y hacerlo con plena conciencia de que después deberán contar con desventajas, quizá incluso graves.

En sus Escrituras, que para muchos constituyen el fundamento de su fe, encuentran un relato en el que se dice que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Quien no pase demasiado rápido por encima de esta afirmación debería ver siempre en este punto un gran signo de exclamación. ¿O quizá también un signo de interrogación? Al menos debería detenerse por un instante en sus pensamientos —tal vez incluso se asuste ante la claridad de estas palabras— y preguntarse si está dispuesto a pensar, hablar y actuar de la misma manera en que lo hicieron los apóstoles y discípulos. Porque esta es una exigencia elevada, la más elevada de todas.

Ocuparte de esta pregunta te aportará en cualquier caso —sea cual sea tu respuesta— un gran beneficio respecto del conocimiento de cómo piensas, para qué estás dispuesto y para qué no. Yo no espero nada de ti. Y tanto si aspiras a llevar gradualmente este principio de fe a la práctica en tu vida como si consideras que hacerlo está alejado de la realidad, nada cambia el hecho de que te amo infinitamente y te apoyo en todos los sentidos para facilitarte el regreso a tu hogar.

Los obstáculos que se han levantado para transmitirte que una conducta semejante no puede llevarse a la práctica son muy altos. Pero su lógica es una pseudológica que desconoce la fuerza superior de Mi ayuda y de Mi guía. Si los argumentos aparentes de Mi adversario fueran válidos, entonces Yo habría enseñado algo falso. A quién concedes tu confianza depende de tu decisión libre.

Quien intenta seguirme no podrá evitar encontrarse también en situaciones difíciles. Este es el precio que tienen que pagar los seguidores. ¡No todos, no siempre y no siempre en la misma medida! Pero muchas personas que Me tendieron la mano y permanecieron fieles tuvieron que reconocer que no es posible seguirme con toda la sinceridad posible y, al mismo tiempo, atravesar sin ser molestadas y muchas veces también sin sufrir daños el mundo de las tinieblas —pues esto y no otra cosa es su Tierra—.

Los amenazan con la pérdida de aquello a lo que se han encariñado. O les muestran lo que significa tener que abandonar hábitos cultivados durante mucho tiempo. Despiertan miedos en ustedes para hacer vacilar su decisión de vivir siguiéndome.

Sean conscientes de ello, Mis hijos e hijas. Nunca fue fácil seguir Mi ejemplo, pues podía y puede significar perder a los amigos, el trabajo, que se divida la familia, que la vida corra peligro y muchas cosas más. Renunciar a algo que después de muchos años simplemente forma parte de la vida se considera una tarea difícil, muchas veces imposible de resolver. En ello, muchos olvidan que aquello a lo que deben renunciar primero se les hizo apetecible, aunque no sea necesariamente indispensable para una existencia feliz en la cual ocupe el primer plano el progreso del alma. Así surge una atadura que a muchos les resulta muy difícil o imposible desatar.

Si lo desean, reflexionen acerca de este aspecto de ser cristianos. No les digo esto para provocar miedos, sino para señalar a quienes desean seguirme por amor las piedras que se intenta colocar en su camino, bien preparadas y muchas veces planeadas con gran anticipación. Sin embargo, con cada nueva decisión de permanecer, a pesar de todo, fieles a Mí y a Mis principios, también crece Mi fuerza en ustedes. Desarrollan cada vez más una profunda confianza en Mi guía que finalmente llega a ser tan fuerte que ninguna amenaza de desventajas puede inquietarlos permanentemente. Pero deberían saber que se pretende imponerles semejantes desventajas. La manera en que se comporten dependerá, entre otras cosas, de si concentran su atención en conservar su vida terrenal o toman decisiones teniendo presente también su vida posterior como seres espirituales.

Siempre se combate a quienes, desde la perspectiva del mal, representan un peligro para su influencia. Los tibios, los que siguen a la multitud y no viven verdaderamente la «C» en el sentido de un seguimiento, permanecen muchas veces sin ser molestados, porque las tinieblas suponen que no harán esfuerzos serios y, por eso, no darán grandes saltos en su desarrollo anímico. En este contexto consideren también —si se aplica a ustedes— por qué están tan rápida y frecuentemente dispuestos, sin mucha reflexión, a confiar en dirigentes mundanos que demostraron muchas veces mediante sus actos que desatienden Mi mandamiento del amor y, por consiguiente, están sujetos a la ley de siembra y cosecha; mientras que apenas pueden, o pueden solo en pequeña medida, mostrar la misma confianza en Mí, que soy la vida en su interior y los amo desinteresada e incondicionalmente…

Cerrar los ojos y aceptar sin comprobar como verdad las palabras y los actos de quienes todavía tienen el poder de decisión puede ponerlos en dificultades como seres humanos y, posteriormente, poner en dificultades a su alma. Quizá semejante manera de pensar se funde en el deseo de que todo vuelva pronto a estar bien y a ser como era antes. ¿Y si así sucediera? ¿No continuaría entonces la «antigua rutina» como antes? ¿Se habría iniciado y llevado a cabo con ello un proceso que constituye una condición indispensable para un desarrollo ascendente?

A quienes entre ustedes conocen las Escrituras de memoria les recuerdo otras palabras de Jesús: «¡Nadie viene al Padre sino por Mí!». Significan que la voluntad humana debe depositarse en la voluntad del Creador para que el alma pueda entrar en el Cielo. ¿Cómo podría suceder esto con mayor seguridad y sencillez que mediante la entrega: Padre, estoy dispuesto?

Quien logre decidirse a hacerlo no querrá saber qué lo espera en el resto de su viaje, en el cual Yo seré su guía. Esto apenas desempeñará un papel para él, o no desempeñará ninguno, porque el amor habrá asumido la dirección de su vida. Entonces, como ya dije, seré para ti quien establece el gran rumbo. Porque solo Yo sé qué es bueno para ti —¡también para tu ser humano!— y qué desea y necesita tu alma.

Te recuerdo unas palabras que ustedes emplean: «Dios solo puede llenarte las manos cuando están vacías».

Por tanto, debes estar dispuesto a darme aquello que tu ser humano preferiría seguir sosteniendo porque crees que de ello depende tu felicidad. No se ha dicho que te será quitado. Pero, si este fuera el caso, sucederá de la manera menos dolorosa posible. Entonces también sabrás que algo mayor y más hermoso te espera; algo que te dará alegría, te satisfará plenamente de acuerdo con tus capacidades y te hará feliz.

Porque Mi meta es verte feliz. Solo así podrás convertirte en el faro que deseo y que corresponde también a la imagen grabada en tu alma. La única condición para que esto pueda realizarse es que tomes tu decisión en libertad y por amor a Mí. Ninguna otra motivación produce frutos, especialmente cuando su motivo es el miedo de atravesar exteriormente con los menores daños posibles las turbulencias del tiempo venidero que ya comienzan a perfilarse.

Pero si puedes decidir seguirme por amor, sin importar lo que ello signifique para ti, crecerás anímicamente y tú mismo te convertirás cada vez más en amor. ¿No es este también tu deseo, Mi amado hijo, Mi amada hija?

Amén