Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, cada vez más hijos Míos comprenden que ha comenzado una época nueva y que los años que muchos percibieron como de «leche y miel» ya son historia y pertenecen definitivamente al pasado. Pero, en realidad, aquello que por sí solo los deja satisfechos cuando sus necesidades materiales están cubiertas se encuentra muy lejos de la felicidad a la que tienen derecho y que los espera cuando algún día entren en los ámbitos que constituyen su verdadera patria.
La vida en la Tierra es y seguirá siendo siempre tan solo una estación de tránsito, y les transmite una imagen falsa de la realidad. Lo que ven y experimentan es siempre solo apariencia, aunque sus sentidos les transmitan lo contrario. Esto les resulta casi incomprensible. Pero la verdad contenida en Mis palabras, proclamada ya por innumerables videntes y profetas, se les revelará a medida que avancen en el desarrollo de su alma y lleguen finalmente a la convicción inquebrantable de que son espíritu de existencia eterna, integrado únicamente por cierto tiempo en las limitaciones de la materia. Y desplegará su potencial cuando no dejen este conocimiento en su mente, sino que comiencen a convertirlo, desde la convicción más profunda, en el fundamento de su pensamiento y de sus actos.
Esto les es posible, aunque no de un día para otro ni «con toda facilidad y de paso». Ser espíritu significa al mismo tiempo que son criaturas de la Fuente primordial de la vida eterna. Esa Fuente primordial Soy Yo, el amor desinteresado e incondicional. Y puse este amor en todos y en todo lo que creé; por tanto, también en cada uno de ustedes.
Pero, ante todo, en Jesús de Nazaret me convertí en hermano de ustedes; viví con los seres humanos y entre ellos, y les enseñé cómo se recorre el camino que lleva a cada uno de regreso a Mí. Mi palabra «Nadie viene al Padre sino por Mí» expresa esto; significa que Mi ejemplo como Jesús, en forma de amor vivido, constituye la llave para volver a entrar en el cielo. Como fuerza adicional, mediante Mi sacrificio redentor coloqué en sus almas Mi luz fortalecedora de amor, Mi energía crística.
Cuando se sirven de este amor, algo cambia en su interior, porque entonces Soy Yo quien puede actuar en ustedes en una medida mucho mayor que antes. Entonces, hijo Mío, Soy quien aclara tu pensamiento, amplía paso a paso tu conciencia, fortalece tu poder interior, transforma tus miedos en confianza, te permite mirar el futuro con esperanza y, por así decirlo, hace de ti una persona nueva. Tengo el poder para hacerlo, y también el deseo y la voluntad; sin embargo, tu libre albedrío es el factor decisivo que pone en marcha este proceso o lo intensifica si ya te encuentras en el camino hacia Mí.
Es más importante que nunca que mediten seriamente Mis palabras en su interior, que se detengan y aprendan a interpretar correctamente los signos de los tiempos.
Debido a que las nubes de tormenta del destino —ignoradas únicamente por quienes todavía se encuentran en el sueño espiritual— se hacen notar con claridad cada vez mayor, suscitan preguntas en muchos de ustedes, pero también hacen surgir preocupaciones y miedos. Esto último es comprensible; pero al mismo tiempo indica que la profunda confianza en Mí, que ustedes desean tanto, aunque muchas veces todavía de manera inconsciente, aún puede crecer y echar raíces más profundas.
Porque tener confianza significa al mismo tiempo vivir en una seguridad interior que muchos todavía desconocen. Pero es precisamente esta seguridad la que los lleva a encontrar sosiego, primero en sus pensamientos y luego en sus actos. Así están mucho más capacitados para evaluar correctamente las cosas y tomar decisiones adecuadas a cada situación y a ustedes mismos. Y si alguna vez llegan a alcanzarlos el ajetreo, la intranquilidad y los pensamientos negativos —algo que no dejará de suceder, pues los poderes de las tinieblas han emprendido su gran contraataque—, entonces sabrán, porque lo aprendieron y lo practicaron, que pueden venir a Mí con todo y de qué manera hacerlo. Podrán recurrir entonces a las experiencias que vivieron Conmigo. Así se confirma la palabra: la confianza resulta de la suma de las experiencias vividas Conmigo. (1)
Les ruego con todo amor que reconozcan la necesidad, cada vez más evidente, de no limitarse a aceptar lo que les enseñé y les enseño, sino de llevarlo a la práctica con toda seriedad. Existe una gran diferencia entre saber únicamente —por ejemplo, debido a la pertenencia a una iglesia— que mediante el cumplimiento de Mi mandamiento del amor se produce una transformación y un fortalecimiento del alma y de la persona, y comenzar con esfuerzo sincero, de manera completamente práctica en su vida, en los numerosos encuentros y situaciones de su vida cotidiana, el trabajo interior Conmigo.
La diferencia es tan profunda que puede decidir su futuro como alma: lo que vivirán y dónde y cómo será su hogar futuro, aunque no definitivo, cuando después del último aliento vuelvan a abandonar esta Tierra y entren en el mundo del más allá. (2)
Entre las preguntas que surgen una y otra vez se encuentra la de si no hay indicaciones Mías más precisas sobre el momento en que ocurrirá el escenario de transformación anunciado desde hace mucho tiempo. No pocos hijos Míos quieren saber cuándo «llegará el momento». No es la primera vez que les digo que la aguja del reloj ya pasó de las doce y que las contracciones del nacimiento de una era nueva ya comenzaron.
Pero a algunos de ustedes esta afirmación no les basta. Quisieran escuchar algo concreto. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de ese deseo? ¿Realmente les serviría de ayuda que Yo indicara un calendario y quizá describiera con mayor detalle la secuencia de los acontecimientos que cabe esperar? ¿Qué aportaría eso?
Imaginen, a modo de comparación, que Yo anunciara a una persona la fecha de su muerte. ¿Cómo se comportaría? En casi todos los casos, como el conejo ante la vista de una serpiente. Es decir, hablando en sentido figurado, quedaría paralizada y solo tendría una cosa en la mente: el momento de su fallecimiento. Así, durante el resto de la vida que le quedara —sobre todo si se tratara solamente de semanas o meses—, permanecería fijada en un acontecimiento al que no quiere enfrentarse, pero que inevitablemente se aproxima y al cual teme.
Muy pocos aceptarían con serenidad el conocimiento del día de su muerte, y en poquísimos surgiría, en lugar del miedo, una alegría interior por acercarse considerablemente a su meta, la reunificación Conmigo; siempre que se hubieran esforzado por llevar Mi mandamiento del amor a la práctica en su vida tan bien como hubieran podido y tuvieran ahora la certeza de no cargar ya con deudas antiguas del alma o humanas, o solo con unas pocas.
Pero ¿cómo se comportaría la gran mayoría, si es que creyera en Mis palabras? ¡Se necesita la lógica del corazón de ustedes!
Ahora apliquen esta parábola a los acontecimientos de su mundo y a la transformación que se producirá, suponiendo que supieran exactamente cuándo, cómo y dónde comenzarían a abrirse las compuertas del destino; aparte de que ya se han abierto para quienes contemplan el mundo con los ojos abiertos y recorren su día con el corazón abierto…
Como Jesús di a los seres humanos la parábola de las vírgenes prudentes y las insensatas: unas se prepararon para la llegada del novio teniendo aceite en sus lámparas, y las otras no. La imagen no necesita mayor explicación. Tampoco las vírgenes conocían la hora de la llegada del novio.
Puesto que concedí a cada uno el libre albedrío para comportarse de una u otra manera en cada situación —es decir, para decidirse por Mí y esforzarse por vivir el amor, o para decidirse en contra—, mencionar un momento concreto equivaldría a ejercer una presión sin igual que, si acaso, provocaría un cambio «forzado» por motivos de miedo, con el fin de evitar en lo posible un futuro incierto en el más allá. Pero ¿podría una conducta semejante, que en esencia no contiene una decisión libre nacida del amor hacia Mí, producir realmente algo positivo en el alma de quien actuara así?
Para el desarrollo espiritual de Mis hijos humanos he previsto algo distinto: sobre la base de la voluntariedad, que se vuelvan hacia Mí y finalmente se entreguen a Mí, el amor. Naturalmente, esto jamás trae consigo un castigo de Mi parte, sin importar cómo se comporte un hijo; ni podría traerlo, porque el ejercicio y la aplicación del libre albedrío son incompatibles con represalias de cualquier clase.
Pero, al mismo tiempo, con ello puse la responsabilidad de cada modo de actuar en las manos de cada hijo y de cada hija. Porque son criaturas libres del cielo, y su tarea consiste en volver a serlo. Nadie sabe mejor que Yo que esto no es fácil en el crisol llamado «Tierra». Por eso ninguna persona lo consigue por sus propias fuerzas, sino únicamente con Mi ayuda. Pero debe tener claro que no puede servir de nada postergar indefinidamente la transformación de su ser hacia el bien, con la esperanza de que más adelante todavía habrá tiempo suficiente para el trabajo interior necesario.
Por tanto, solo hay un camino para evitar el peligro de verse sobresaltados por los acontecimientos o incluso arrollados por ellos. Es la única posibilidad de afrontar con toda serenidad aquello que ya se acumula en el horizonte. Ya se la he recomendado repetidamente de corazón:
Como en Mi creación no existe ninguna obligación, les digo que, por su propio bien, deberían estar suficientemente al día para que —sin importar lo que traiga el futuro cercano o lejano— nada pueda sorprenderlos y obligarlos a intentar recuperar apresuradamente esto o aquello que en realidad ya debería haberse resuelto desde hace mucho tiempo.
Con esto me refiero —y quien tiene el corazón abierto sabe lo que quiero decir— a todos los «asuntos» que aún no han abordado y que, al mirar con mayor detenimiento y hacer un inventario sincero de su interior, llegan a su conciencia. Pueden ser, por ejemplo, asuntos de orden exterior e interior que conocen desde hace mucho. La persona es muy ingeniosa cuando se trata de encontrar razones para no comenzar —todavía— a trabajar en algunas de sus «obras pendientes».
Pero, Mis amados, también saben que esto nunca puede ser una solución. Cuando la persona no quiere ver algo, Mi ley se encarga de que tarde o temprano aquello entre en su campo de visión. Y si aun así se niega rotundamente a prestarle atención, otro aspecto de Mi ley prepara el camino para que finalmente vea y escuche lo que debe afrontar, porque ya no hay otra posibilidad; porque se terminó el tiempo de reprimir y evadir.
Cuando sucede algo así, muy pocos ven en ello una intervención de Mi amor. Pero precisamente porque los amo no puedo ni voy a apartar la mirada ni permanecer inactivo cuando veo la necesidad en la que un hijo se ha metido o que lo amenaza en un futuro previsible si todo continuara por el camino antiguo y habitual.
Para quien está al día, el momento en que algo suceda en el futuro ya no desempeña un papel importante. Se ha desvanecido su temor de dejar asuntos pendientes o de que lo alcancen cargas del pasado que todavía permanecían latentes y actuarían después. Ya no existen; todo fue disuelto con Mi ayuda porque Mi amor y Mi misericordia entraron en acción. Y, junto con los temores inútiles, también muchos pensamientos negativos perdieron su fuerza; después se reconoce que todo aquel pensamiento centrado en el futuro y las ideas ligadas a él no aportaron nada, salvo pesadez en el ánimo y dificultad para estar cerca de Mí mediante sentimientos amorosos.
¿Pueden comprender la ganancia en sentimientos y pensamientos positivos que esto aporta a una persona que comienza —o que ya concluyó este trabajo interior— a ponerse al día Conmigo? Al mismo tiempo, queda en paz consigo misma y con sus semejantes. Es inevitable que la confianza tan deseada crezca y siga creciendo. Sus pensamientos encuentran reposo y vuelve a disponer de «capacidad mental» libre, que puede emplear provechosamente para los demás y para sí misma.
Expresado de manera sencilla, se convierte paso a paso en otra persona, en una persona nueva, de nuevo abierta a las cosas verdaderamente importantes de la vida. Ha estrechado nuevamente el lazo entre ella y Yo. Y si no disminuye su esfuerzo, nuestra unión Padre-hijo se fortalecerá de tal modo que nada podrá conmoverla. Entonces se convertirá en una de aquellas personas en cuyo interior surge la alegría de acercarse perceptiblemente a la reunificación Conmigo.
Futuro, ¿dónde está tu aguijón?
¿Sería también para ti una meta digna de alcanzar desprenderte Conmigo de las preocupaciones y los miedos por el futuro, y experimentarme a Mí y a Mi guía en tu vida con mayor intensidad que hasta ahora? Si es así, no vaciles y toma Mi mano, que te extiendo una y otra vez, hijo Mío amado, hija Mía amada.
Estar al día significa también haberse enfrentado al propio pasado. Y en este punto el bando contrario ha levantado muchos obstáculos. Encontrarán uno de los más altos cuando se trate de hacer las paces con aquellas personas con quienes aún no vuelven a vivir en armonía.
El peligro que acecha aquí tiene varias facetas. Una consiste en engañarse con respecto a la relación con otra persona o con varias, permaneciendo en la superficie durante una convivencia que muchas veces no puede evitarse, para impedir que de capas más profundas surja algo desarmonioso.
Otra se refiere a perdonar y a pedir perdón. Ninguna de las dos cosas es fácil.
Al perdonar, muchas veces un ego herido todavía exige tener voz. Que le concedan ese «derecho» depende, entre otras cosas, de si todavía los dominan sentimientos y pensamientos de represalia. A veces parece que ya no es así y, si alguien les preguntara, rechazarían de plano semejante posibilidad. Pero examínense de todos modos para comprobar si realmente no queda ningún resto. Con frecuencia se ocultan en el sentimiento de cierta superioridad frente al prójimo, sobre quien —quizá así les parezca— todavía conservan de ese modo un poder mayor o menor.
Muchas veces se olvida que quien actúa así es, en realidad, el que continúa atado a su debilidad de no poder perdonar una injusticia cometida según su criterio. Y puede ocurrir que la otra persona, su contraparte, gracias a su comprensión, su arrepentimiento y su petición de perdón, ya haya quedado liberada parcial o totalmente de su culpa con Mi ayuda.
Cuando se trata de pedir perdón, a menudo se pasa por alto un aspecto decisivo para que se produzca realmente y de manera duradera una reparación, o para que todo se limite a palabras que no pueden ni podrán tener un efecto permanente. Quiero explicarles de qué se trata.
Cuando un ladrón pide por iniciativa propia perdón por su conducta, se supone que existen comprensión y arrepentimiento y que, naturalmente, devolverá lo robado. Si no lo devuelve aunque pudiera hacerlo y se limita a una disculpa verbal, puede suponerse con razón que la petición de perdón no fue sincera, pues faltó la reparación posible.
Pero ¿qué sucede cuando no se trata de algo material, sino, por ejemplo, de conductas que sí tienen efectos concretos en la vida cotidiana? Es bueno, correcto e importante pedir perdón por el comportamiento equivocado; pero si al mismo tiempo no se trabaja para corregir el defecto que lo origina, todo queda en palabras vacías. La consecuencia es que el conflicto no queda realmente resuelto, porque, aunque se expresó una declaración de intención, no se emprendió la tarea de ponerla en práctica, aprender y ejercitar una conducta nueva.
En el mejor de los casos, la persona se engaña; pero la carga del alma sigue existiendo. En semejante caso, difícilmente puede afirmarse en serio que esté al día.
Elegí y mencioné conscientemente este punto porque, junto con la comprensión de que es necesario pedir perdón de manera eficaz y duradera para reparar una deuda del alma, existe también la necesidad de emprender el trabajo interior. Esto se olvida o pasa por alto con demasiada frecuencia, pero forma parte de las «tareas de limpieza» que les permiten ponerse al día poco a poco.
Quien haya reconocido que este es el camino correcto para liberarse de sus pensamientos agobiantes sobre el futuro no vacilará mucho en tomar Mi mano y aceptar Mi ofrecimiento de ayudarlo en todo, para que pueda abordar cuanto antes lo que aún queda por resolver.
Para trabajar Conmigo no necesitas invertir tiempo adicional. No necesitas tomar cursos. No necesitas afiliarte a ningún lugar. No necesitas pensar en cuánto tendrás que pagar, porque no se incurre en ningún costo. A cambio, puedes tener la certeza absoluta de que Mi ayuda es la única verdaderamente eficaz que encontrarás en toda la Creación; de que Yo Soy el único en quien y junto a quien encuentras la seguridad que anhelas; y de que comprobarás efectos positivos en tu cuerpo y en tu alma. Y, finalmente, de que tu confianza crecerá cada vez más y, al mirar hacia atrás, contemplarás negando con la cabeza tus antiguas dudas e inseguridades.
De ti solo necesito tu sí y, si ya te es posible, de vez en cuando una sonrisa que irradie desde tu interior cuando pienses en Mí; y también un poco de alegría, que irá aumentando cada vez más en el transcurso de nuestro camino común; y, finalmente, tu valor para mirar de ahora en adelante tu futuro de manera más positiva que hasta hoy. Y no lo olvides: permanece a Mi lado, suceda lo que suceda.
Y como pongo Mi mano sobre quienes se confían a Mí, vuelvo a decir: «Futuro, ¿dónde está tu aguijón? ¿Cómo pretendes llenar de preocupaciones y atemorizar a quienes se declaran a favor de Mí?».
Amén
(1) Véase al respecto, entre otras, la revelación del 28 de julio de 2021, «La confianza hecha fácil».
(2) A propósito:
Los discursos fúnebres han terminado
Los discursos fúnebres han terminado, la pequeña campana mortuoria calla. Ahora debe actuar un juez benévolo. ¿Sientes curiosidad por saber cómo se muestra? Todo el entorno te hace preguntar, porque para ti es tan extraño y nuevo, si esto —apenas te atreves a decirlo— ¿podría ser acaso el cielo? Entonces se abren los muros de niebla; así que tu pregunta ha servido. Pero luego tus manos tiemblan cuando reconoces quién está sentado ante ti. Tú mismo eres quien te juzga, tú mismo aplicas la medida. Cuánto habrías querido huir, solo que aquí no se puede escapar. El primer espanto ha pasado. Sigues vivo. ¿O estás muerto? El juez calla. Nada te agrada más; vuelves a percibir la aurora. Pero bajo su mirada de juez finalmente te rindes y preguntas: ¿Por qué me miras así? ¿Debo inclinarme? ¿Debo lamentar lo que me dices? ¿Qué hice de malo durante aquellos años? Fui respetado y venerado, y a más de uno que aún carecía de experiencia le enseñé el atractivo del dinero. Tenía fuerza, tomé lo que quise y casi siempre alcancé mi meta. También los mendigos recibieron algo cuando su música me agradaba. Dejé tesoros, mi nombre fue mencionado muchas veces. Sin duda hay quienes me odian, y aun así comieron de mi mano. — Después sigue un gran silencio en el que poco a poco te invade el miedo de si realmente la voluntad del juez te concederá un veredicto favorable. De pronto te oyes hablar a ti mismo y te contemplas ligeramente asustado: Esas, entonces, fueron tus debilidades. Ahora mira lo que puede hacer tu amor. Ábrete, pues, y veamos qué llevas en tu corazón. Solo en eso puedes apoyarte cuando sopeses lo favorable y lo contrario. — Buscas en lo más profundo de tu interior, pero tus manos están casi vacías; las voces que te llamaban en el corazón… hacía mucho que ya no las escuchabas. Entonces te oyes preguntar: ¿Quién te enseñó el amor? Y tendrás que decirte a ti mismo: Nunca me preocupé por ello. A la luz de tu propio examen te reconoces, y no necesitas el juicio ajeno de otra persona, ni una piedra que alguien haya arrojado. Hasta aquí, todo bien. ¿Viene ahora el fuego con el que Dios asusta a Sus hijos? ¿Será pecaminosamente caro tu castigo porque Él te descubrió —porque tú te descubriste—? ¿Qué te parecería justo? ¿Qué debe suceder ahora contigo? ¿Pierde un Dios creador a los Suyos? ¿Puedes ver en ello el amor? El cielo solo puede dar amor. Abre de par en par sus puertas hasta que, después de nuevas vidas terrenales, estés preparado para el cielo.
De: «Confía en el suave sonido de tu corazón»