Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, no debería sorprenderlos que algo exceda su comprensión humana, pues, comparado con las capacidades de una conciencia desarrollada, su entendimiento es como un grano de arena frente a una playa infinitamente larga. Sin embargo, este reconocimiento no debería hacerlos sentir pequeños, indefensos o quizá incluso indignos. Porque, en lo profundo de su ser, son criaturas de Mi amor: únicas, inconfundibles, maravillosamente radiantes y dotadas de una fuerza divina —Mi fuerza— que debe volver a ser «sacada a la luz» gradualmente.
Desde su perspectiva, considerarían difícil o incluso imposible acercar a Mis hijos humanos a los misterios de la Creación —aunque no a sus misterios últimos, porque nadie es capaz de seguirme hasta esas «profundidades»—. Y, sin embargo, dispongo de infinitos caminos para guiar a cada uno paso a paso, de modo que comprenda cada vez mejor Mi ser y Mi obrar en su mundo.
Como Jesús de Nazaret utilicé parábolas para ello. Por medio de ellas era y sigue siendo posible representar muchas cosas de manera gráfica y comprensible para quien esté dispuesto a seguir Mis reflexiones. Obtendrá provecho si también las aplica a sí mismo y a su conducta.
Aunque ninguno de ustedes pueda comprender cómo funciona Mi creación —por ejemplo, cómo se expande por toda la eternidad hasta el infinito—, puedo y seguiré intentando mostrarles una y otra vez, entre otras cosas mediante imágenes, que cada uno está integrado en mucho más de lo que cree; que actúan sobre él muchas más cosas de las que supone y que quieren decirle o mostrarle algo; y que puede recurrir a Mi ayuda y apoyo, los cuales le permiten recorrer la vida con mucha mayor libertad y despreocupación que antes. Pero, sobre todo, que comience a comprender qué tareas reserva su vida terrenal específicamente para él y dónde se encuentra su meta.
Para ello puede serles útil imaginar Mi creación como un mecanismo de relojería en el que una rueda dentada engrana con otra. Hay ruedas grandes y pequeñas, de colores diferentes, y cada una gira a su propia velocidad. Ninguna obstaculiza verdaderamente a otra, aunque parezca que aquí o allá se produce una alteración. Esto solo indica que en ese punto hace falta mantenimiento, para que, por ejemplo mediante una «lubricación», los engranajes vuelvan a funcionar silenciosamente y sin problemas. Ninguna rueda es más importante que otra; todas contribuyen a su manera a que el mecanismo funcione sin errores por toda la eternidad.
Cuando leen que la Creación funciona sin tropiezos, no pocos se preguntan por qué entonces existen tantas incongruencias e injusticias en el mundo y también en su vida personal; por qué a uno le va bien mientras otro tiene que luchar contra numerosas adversidades. ¿Por qué el destino no trata a todos de la misma manera, si existe una instancia superior —en la que se quisiera creer—, especialmente cuando se la describe como el amor desinteresado e incondicional?
Quien se tome la molestia de investigar esta cuestión en la historia de la Iglesia descubrirá que la doctrina de las repetidas vidas terrenales fue eliminada y sustituida, mediante disposiciones eclesiásticas, por la de una sola vida en la Tierra. En este punto, el bando contrario «hizo un trabajo completo». Pero quienes reflexionan entre ustedes se han enfrentado y siguen enfrentándose a esta pregunta: «Si Dios crea un alma nueva cada vez que nace un ser humano, ¿por qué la crea tan diferente, de modo que una persona tiene buen carácter y otra no tan bueno? ¿O que una posee inclinaciones positivas y otra inclinaciones menos positivas?».
Como respuesta, a quien pregunta se le suele decir, encogiéndose de hombros, que al ser humano no le es dado penetrar en los misterios de Dios… Esto es ciertamente verdad, pero algo es igualmente seguro: ¡Yo no Soy injusto ni hay lugar en Mí para la falta de lógica!
Imaginen, Mis amados, una pequeña escuela de aldea como las que existían antes y todavía existen hoy en muchas partes de la Tierra, donde alumnos y alumnas de diferentes edades reciben clases en una misma aula de parte de un maestro o una maestra. Aunque todos están sentados en el mismo salón, la materia de estudio es muy diferente para cada uno. La razón no es difícil de encontrar:
Como en el mismo espacio se enseña tanto a quienes comienzan la escuela como a quienes ya llevan algunos años asistiendo, no tendría sentido asignar las mismas tareas a todos, porque no todos podrían resolverlas. Sus niveles de conocimiento son demasiado diferentes, pero también es distinto el empeño con el que cada uno trabaja. Además, no todos hicieron o resolvieron correctamente las tareas del día anterior.
Por tanto, en aras de la justicia, cada uno recibe un trato individual y se le propone un contenido diferente para aprender; y resolver o no las tareas constituye al mismo tiempo la base de los pasos de aprendizaje posteriores.
Lo que esta parábola quiere decirles resulta fácil de comprender si reconocen en aquella aula a la Tierra, donde todos los seres humanos han sido reunidos en un espacio relativamente pequeño. Ninguna de las miles de millones de personas se asemeja a otra en su carácter, naturaleza, disposición para aprender ni condición anímica. Y, sin embargo, todas están juntas en su planeta por una sola razón: para desarrollarse anímicamente, lo sepan o no.
También quienes decidieron encarnar por motivos superficiales —por ejemplo, para vivir sus pasiones e inclinaciones— están integrados en el plan de desarrollo establecido por Mí. Nadie puede escabullirse de esta evolución anímica, que muchas veces puede presentar altibajos de diferente intensidad, pero que finalmente siempre conduce a una tendencia ascendente cada vez mayor y luego a sumergirse en Mi luz eterna.
Por consiguiente, como nadie se asemeja a otro en su capacidad de aprender, en la escuela de aldea cada uno recibe tareas adecuadas para él. Lo mismo se aplica a cada persona en la escuela de la Tierra: la vida le presenta aquello que todavía debe desarrollar como fortaleza anímica o que —si no es posible de otra manera— debe saldar. De este modo también se establece una compensación justa. En todo caso, el reconocimiento y la disposición contribuyen a acelerar cada proceso de aprendizaje y a hacerlo más fácil de lo que habría sido necesario sin comprensión ni trabajo propio.
Si algo no estuviera destinado para ti, hijo Mío, sino para tu vecino, este habría recibido la tarea. Porque Mi ley actúa sin errores.
¿Pueden hablar de injusticia si quien está sentado a su lado en la escuela de aldea recibe una tarea diferente y, a sus ojos, quizá más fácil, porque acaba de llegar mientras ustedes ya llevan varios años asistiendo? Ninguno de ustedes lo haría. Sin embargo, en la «vida real» muchos actúan así habitualmente. Como consecuencia, muchos de Mis hijos humanos no Me comprenden y, con frecuencia, terminan perdiendo la fe. Entonces la intención de las tinieblas ha producido, al menos durante cierto tiempo, la mala cosecha deseada. Esta semilla, una entre muchas, ha germinado en innumerables corazones y mentes.
El proceder de Mi adversario y el de ustedes puede servirles como prueba del refinamiento con el que se llevan a la práctica jugadas planificadas con mucha anticipación y que, sin que los seres humanos lo adviertan, producen el efecto previsto. Esta clase de influencia, una manipulación del más alto grado, promete y obtiene mucho más éxito que limitarse a decir: «Dios no existe». Girar una señal del camino apenas unos grados hace que el caminante pierda su meta con mucha mayor frecuencia que si la señal hubiera sido retirada…
Todo acontecimiento de la creación material se asemeja a los eslabones de una cadena, diferentes en calidad y cantidad. Sin embargo, algo es común a todos: sin eslabones del pasado no existe el eslabón del presente, y el presente crea uno nuevo para el futuro. Este, a su vez, está marcado por lo que existió antes y configura simultáneamente lo que vendrá.
Lo que aquí parece tan filosófico encierra para ustedes un gran beneficio práctico. Por una parte, puede darles cierta comprensión de la conducta pasada que los llevó a su situación actual y, por otra, les ofrece la posibilidad de influir en su futuro. Esto supone que no solo crean Mis palabras, sino que también reconozcan y apliquen el mecanismo energético que actúa detrás de todo.
A muchos todavía les resulta incomprensible que todo sea energía y que esta únicamente se manifieste de diferentes maneras y formas. Sin embargo, incluso en la materia conocen muchas clases de energía que no pueden verse, sentirse ni percibirse de otro modo y que, naturalmente, existen de todas maneras. Algunas de estas fuerzas invisibles, que proceden de Mi amor por Mis criaturas, garantizan que finalmente todo cuanto abandonó los cielos regrese a ellos. En este proceso desempeña un papel importante la ley espiritual de atracción y repulsión, pues se ocupa —para utilizar una imagen— de que el paquete destinado a tu vecino no sea entregado en tu casa, y viceversa.
¿Qué significa esto para ti? Puedes tener la absoluta certeza de que no te sucede nada que no tenga alguna relación contigo o con tu pasado, y quizá también con tu futuro. Esto no significa que el pasado deba limitarse a la vida actual. También pueden ser efectos o karma de vidas anteriores los que ahora influyen sobre ti, porque aún no se han resuelto y siguen vigentes. En todo caso, lo determinan los eslabones de tu pasado que tú mismo forjaste. Es posible que no seas consciente de ello o que nunca hayas visto relación alguna entre una conducta anterior y tu situación presente. Esto no cambia el hecho de que la casualidad, a la que ustedes recurren con tanto gusto y tanta frecuencia, no existe. Porque suponerla equivale a atribuirme injusticia.
El principio espiritual de atracción y repulsión se aplica a todos en la materia y en los ámbitos de las almas, y de otra forma también en los cielos. Determina tu lugar actual y futuro de permanencia y decide con qué personas te encontraste en el pasado, te encuentras en el presente y te encontrarás en el futuro, si vuelves a encarnar. También determina qué «destino» te espera, aunque sería más acertado llamarlo «resultado de tus propios actos». Porque no te lo envían ni Yo ni nadie más; fue producido únicamente por ti, autor de tu pasado y presente y creador de tu futuro.
Si consideras que este principio rige y actúa sin errores en toda Mi creación material desde el comienzo de la caída, debe quedarte claro —aunque todavía estés infinitamente lejos de comprender su verdadera magnitud— que el mecanismo de relojería de Mi creación trabaja con una precisión incomprensible para ustedes; que tú ocupas un lugar dentro de él, que esto no es «casual» y que todo cuanto te sucede tiene su único fundamento en Mi amor, que quiere llevarte y te llevará de regreso al hogar.
Como todo es energía, esto también se aplica a sus sensaciones y pensamientos y a las palabras y acciones que resultan de ellos. Para su camino de regreso a Mí, este hecho tiene gran importancia, pues ignorarlo puede llevarlos a cargarse de peso y a preguntarse una y otra vez por qué sucede esto o aquello en el pequeño mundo de su vida —y también en el gran mundo de la humanidad—, aparentemente «porque sí». Entonces recurren a la llamada casualidad y se privan de la oportunidad de conocer un poco más acerca de sí mismos y de su conducta, o acerca de relaciones más amplias en el escenario del mundo; y quizá tampoco aprovechan la posibilidad de alcanzar algo positivo mediante un cambio en su pensamiento o sus actos.
Puesto que Mi amor es la fuerza más poderosa de la Creación, puede facilitar su comprensión imaginarlo como un techo protector, como una estructura superior bajo la cual todo prospera magníficamente. Al mismo tiempo es el fundamento de toda vida, pues sin la energía de Mi amor no existiría vida alguna. Quien ha elegido el amor como su techo y se esfuerza por vivir y permanecer bajo él, pese a todas las tentaciones presentadas de manera refinada e interesante, puede ser guiado por Mi ley de una forma diferente de aquel que intenta organizar su vida según sus propias reglas, por obstinación o ignorancia.
Las tareas que se presentan a una persona que Me ha dado la mano —que, en el «caso ideal», ha comenzado a seguirme— proceden de Mi dirección divina. De este modo, la persona va saliendo cada vez más de la ley de causa y efecto, lo que finalmente la libera de las cargas de su pasado. Mediante su sí y la seriedad de su decisión, Me ha dado la posibilidad de transformar y resolver aquello que la hizo perder su libertad por medio de sus pensamientos y actos del pasado.
Cada uno de ustedes que ya ha reconocido estas relaciones y ha dado los pasos correspondientes hacia Mí puede relatar una experiencia semejante. Esta le ofrece un anticipo de lo que le espera cuando sea verdaderamente libre de todo cuanto —consciente o inconscientemente— colocó sobre su alma.
Para alcanzar la meta de la libertad interior es necesario que el ser humano sea confrontado con los puntos débiles de su carácter que le impiden crecer hacia esa libertad. Quien vive solo en una isla desierta nunca podrá reconocer si todavía carece de libertad ni, en caso afirmativo, en qué aspectos. Para que semejante reconocimiento pueda surgir necesita un «espejo». Tu prójimo, como espejo, te muestra por medio de tus reacciones ante él y ante su conducta, mejor y más rápidamente que cualquier otra cosa, lo que todavía debe transformarse en tu interior para que puedas llegar a ser libre paso a paso (1).
El mecanismo de Mi creación, que trabaja con precisión, se ocupa de que la tarea correcta llegue a cada persona en el momento adecuado. Precisamente por eso el «destino» te reunió con las personas y te llevó a las situaciones que encontraste en el pasado, en las que vives actualmente y que determinarán otra parte de tu camino en el futuro.
Como para Mí no existe el concepto del tiempo, todo aquello que fue introducido en el mundo mediante actos contrarios al mandamiento del amor y que aún no fue reconocido como error o pecado, lamentado y reparado, sigue presente como algo no resuelto o no redimido. Cuándo se resolverá y transformará en energía de amor mediante la decisión individual y con Mi ayuda depende de cada persona. Jamás intervengo en el libre albedrío de Mis hijos.
La ley de la siembra y la cosecha, un instrumento de Mi amor, se ocupa de que incluso el más desafiante y obstinado llegue finalmente a reconocer y regrese a Mí y, con ello, a la unidad con todos. Porque será confrontado con las consecuencias de sus actos anteriores contrarios a Mi mandamiento del amor y también con lo que estos causaron a su prójimo. Pero no solo será confrontado con ello, sino que lo experimentará en sí mismo y dentro de sí, a menos que anteriormente haya ocurrido un cambio de rumbo que haga menos grave y dolorosa la cosecha, o que el arrepentimiento sincero y la reparación eviten desde el principio los efectos a los que de otro modo habría estado expuesto el causante.
Para ustedes resulta imposible o muy difícil imaginar que, desde las eternidades, todas las ruedas del mecanismo de Mi creación engranan sin tropiezos. Resulta aún más difícil cuando intentan familiarizarse con la idea de que para Mí —que Soy el Uno y el Todo— cada criatura tiene la misma importancia, porque amo a todas por igual; también a quienes Me abandonaron por obstinación y actualmente viven todavía en la oscuridad y el frío. Nada permanece oculto para Mí; conozco hasta el movimiento más pequeño, todos los deseos y pensamientos, por secretos que sean, porque vivo en cada uno. Sin Mi voluntad, como dicen sus Escrituras, ni siquiera se doblará un cabello de su cabeza…
A muchos de Mis hijos humanos les resulta difícil familiarizarse con estos pensamientos; quizá lo logran en la mente, pero cuando la vida cotidiana, con su agitación y sus problemas, los absorbe, aquello que antes tal vez ya había buscado y encontrado un lugar en su corazón vuelve a desvanecerse o queda olvidado de repente.
Por eso es importante que interioricen Mis palabras, para que con el tiempo se conviertan en su conocimiento y voluntad más propios. De lo contrario, corren una y otra vez el peligro de contemplar todo cuanto les sucede y ocurre en el mundo exclusivamente como un acontecimiento único y actual. Entonces no le atribuyen pasado alguno, aunque saben perfectamente que nada puede aparecer de pronto en su vida, «caído del cielo», sin una causa.
Pero si reconocen y aceptan el gran plan que les he mostrado y en el cual también ustedes están integrados, se desvanecerán las sensaciones y pensamientos acerca de una posible injusticia de Mi parte. Esto no solo los ayudará a profundizar su fe en Mí y en Mi guía dentro de su vida, sino también a aprender a amarme mucho más que antes.
Les he mostrado el gran arco dentro del cual viven: comienza en su patria eterna Conmigo, pasa por la vida en los ámbitos de las almas y por las estancias en la materia. Estas últimas sirven para llevarlos a reconocer su verdadero ser y enseñarles el amor por medio de la acción, hasta que finalmente el arco vuelve a cerrarse.
Con este conocimiento les resultará más fácil clasificar correctamente todo lo hermoso y menos hermoso que encuentren y reconocer también la tarea que su prójimo —sin saberlo— cumple para ustedes. Sin embargo, como existe una ignorancia generalizada acerca de estas relaciones, esta tarea normalmente no se considera «valiosa» y necesaria ni se responde a ella de manera correcta.
Cumplir correctamente su tarea —es decir, no solo servir como «despertador de correspondencias» para su prójimo, sino convertirse en ejemplo en cada vez más ámbitos de la vida— acabará siendo también su meta si permanecen tomados de Mi mano. Aplicado de manera muy práctica al tiempo actual, esto significa, por ejemplo, vivir e irradiar una confianza que tenga un fundamento verdadero porque está arraigada en Mí.
Alégrense por aquello que ya han logrado Conmigo. Allí donde todavía sea necesario, tráiganme sus errores y debilidades; con un poco de práctica, déjenlos Conmigo y reciban a cambio Mi bendición de amor. No solo los fortalecerá, sino que también les permitirá reconocer cada vez más relaciones y mirar más profundamente en Mis «misterios», que entonces dejarán de serlo para ustedes porque los habrán incorporado a su vida.
Amén
(1) ¿Eres para ti mismo un libro con siete sellos?
¿Eres para ti mismo un libro con siete sellos? ¿Preguntas quién te enseñará a abrirlos? ¿No te reconoces en los muchos espejos? ¿Permanecen por eso intactos tus sellos? ¿No sabes dónde encontrar tus espejos? Entonces abre los ojos, mira el mundo y observa bien qué enciende tu enojo, qué te altera y sobre quién recae tu juicio. Nunca tendrás que esperar mucho la respuesta; casi siempre aparecerá muy pronto ante ti. Tu prójimo te dice, sin saberlo, qué hay detrás de la puerta de tus siete sellos.
Del poemario «Confía en el suave sonido de tu corazón»
(Bürger-Verlag)