Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, el Cielo no tiene límites en ningún sentido. Esto es algo que solo comprenderán cuando vuelvan a estar en casa Conmigo. Y si además les digo que esta libertad ilimitada también se encuentra dentro de cada uno de ustedes, Me creerán —si recorren su vida Conmigo—; pero, mientras sean seres humanos, apenas les resulta posible, o no les resulta posible en absoluto, ir más allá de creer en Mis palabras.
Por eso, su conciencia, limitada por la encarnación, solo les permite tener una visión pequeña, diminuta, de las cosas que más adelante verán y comprenderán con toda naturalidad. También por esta razón solo puedo acercarlos de manera limitada a las sabidurías de su vida verdadera y eterna. Esta es la causa de las constantes repeticiones, en las que, sin embargo, entretejo cada vez nuevos aspectos o un punto de vista algo distinto para familiarizarlos así —paso a paso— con Mi verdad. Como ya dije: en la medida en que lo permitan su conciencia y su disposición a aprender.
Mi meta es convertir a cada uno, conforme a sus posibilidades, en una persona libre que no solo haya reconocido su naturaleza espiritual, sino que también esté dispuesta a desarrollar un pensamiento independiente; un pensamiento sostenido por el conocimiento interior y por las consecuencias que se desprenden de saber que, como ser inmortal, vive solo temporalmente en la materia para madurar aquí. Y que se encuentra donde está ahora porque quiso aprender en la «escuela Tierra», muchas veces bajo circunstancias nada fáciles; y quizá también, si se lo propuso, para poder servir en cierta medida de ejemplo y posiblemente también de maestro a otros, de acuerdo con su progreso interior.
De todos modos, en el tiempo inmediatamente próximo reconocerán —tendrán que reconocer— más que nunca que solo existe un verdadero sostén: ¡el sostén en Mí! Todo lo demás se mostrará como solución y seguridad aparentes. Por eso les digo también con toda seriedad, sin que por ello deba surgir miedo en ustedes, que ya ha llegado el tiempo de la transformación total que muchos de Mis fieles anunciaron durante siglos —y con especial intensidad en los últimos años y décadas—. Sus comienzos ya se manifiestan. Son visibles para quienes quieren ver. Para todos los demás, las circunstancias que van haciéndose visibles son «normales». Según ellos, siempre ha habido épocas en las que las cosas no se ven tan bien. Su consigna es: no hay que entrar en pánico; esto también volverá a cambiar…
En Mi última revelación 1), sobre la cual se apoyan Mis palabras de hoy, les ofrecí una visión general de la manera de actuar de las tinieblas y de cómo intentan intervenir en su vida, en la vida de cada uno. Para resumirlo muy brevemente:
Mi sencilla enseñanza del Amor fue modificada paso a paso hasta formar una estructura que —sobre todo en la Edad Media— rebosaba de prohibiciones y normas, en la cual la palabra «amor» no fue eliminada, pero sí alterada en su profundo significado hasta el punto de tener poco o nada en común con lo que Yo enseñé.
Hoy pueden comprobarlo mediante numerosos escritos y documentos. Las personas de aquella época no tenían esa posibilidad. Debían creer lo que los doctores de la ley les presentaban como Mi enseñanza. Esto condujo inevitablemente a un estancamiento que el bando contrario quiso y provocó deliberadamente; finalmente ya no quedaba nada del espíritu de renovación de los primeros siglos.
Esto tampoco cambió cuando, en el período posterior, la presión masiva sobre los creyentes disminuyó poco a poco. Mi enseñanza dejó de ser y sigue sin ser la original; le falta el corazón. Y las palabras que hoy todavía encuentran en su Biblia —que en muchas partes también fue víctima de la «pluma falsificadora»— carecen de su fuerza original. Pero ya se ganaría mucho si aquello que, a pesar de todas las modificaciones deliberadas e involuntarias, todavía corresponde a la verdad se viviera y no solo se leyera y citara.
Como Mi meta es volver a convertirlos en hijos libres de Mi Amor, que ya no dependan de las enseñanzas, opiniones y normas de otras personas, los acercaré paso a paso a Mi ley eterna. Y les prometo que lo conseguiré; la rapidez y la medida en que suceda dependen de ustedes. Tienen libre albedrío para llevar o no Mis palabras a la práctica: aquí y ahora, en esta vida, en otra posterior o en los ámbitos del más allá.
Mi primera pregunta para ustedes es: ¿qué entienden por el término «Dios»? Tómense su tiempo y, si así lo desean, dense ustedes mismos la respuesta…
La palabra «Dios», tomada por sí sola, no expresa nada. Solo puede cobrar vida cuando la vinculan con una o varias cualidades. Intenten hacerlo con «la Fuente de toda vida», «el Centro de la Creación», «Energía que se derrama eternamente» u otra expresión.
Cualquiera que sea el concepto que encuentren, lo que Yo Soy es, en todo caso, Amor infinito y eterno; y en una «forma» que jamás podrán comprender por completo, ni siquiera cuando vuelvan a estar Conmigo.
La respuesta a la segunda pregunta, no formulada, surge por sí sola:
Yo Soy todo; de Mí ha surgido todo. ¡Fuera de Mí no existe nada! ¡Todo cuanto se encuentra en lo visible y en lo que todavía es invisible para ustedes tiene su origen en Mí! ¡Todo!
Por tanto, ustedes proceden de Mí. Yo vivo en cada uno y en todo. Si no fuera así, tú no existirías. Si esta corriente de vida que fluye de Mí sin interrupción se detuviera siquiera durante una fracción de instante, toda la Creación se derrumbaría en ese mismo momento.
Esta verdad, este misterio, lo resumo en las palabras «Yo Soy».
Así pues, de Mí mismo creé mundos espirituales y seres espirituales a los que ustedes llaman los «Cielos» y los «ángeles». Ambas palabras no son más que términos que expresan de manera completamente insuficiente lo que en realidad se oculta tras ellas.
De lo dicho hasta ahora se desprende a su vez lo siguiente:
Todo lo que creé y creo sin cesar es energía purísima y de la vibración más elevada. La materia, tal como ustedes la conocen, solo existe fuera de los Cielos y de los mundos astrales. Es consecuencia de la llamada «Caída», sobre la que ya les he hablado muchas veces. Y como Yo no pierdo nada de lo que una vez creé, conduciré progresivamente de regreso a la perfección todo cuanto existe, lo que al mismo tiempo significa la disolución de la materia y de los ámbitos sutiles surgidos a causa de la Caída.
Los ángeles, encabezados por Sadhana, quien más tarde se llamó Lucifer, perdieron la elevada vibración de los Cielos. De este modo se formaron nuevas esferas fuera de Mis mundos puramente espirituales, hasta que finalmente —como la lucha contra Mí no terminó— surgió la forma condensada, la materia: su universo, al que también pertenece la Tierra.
Por tanto, jamás fue Mi intención crear mundos fuera de los Cielos. Son el resultado de la rebelión contra Mí. Esto significa al mismo tiempo que tampoco fue nunca Mi intención llamar a la vida a un ser llamado «ser humano». Ustedes ni siquiera existirían como seres humanos si no hubiera ocurrido la resistencia de Sadhana. Entonces todos seguirían estando Conmigo y jamás Me habrían abandonado.
Lo correcto es esto: permití la formación de la materia y también su existencia humana como almas, porque con ello tenían un trampolín para poder regresar a Mí.
Como su verdadera patria es de naturaleza sutil, también ustedes son, en el núcleo de su ser, energía: ¡energía de Amor procedente de Mí! El hecho de que, durante su existencia humana, no sepan nada o casi nada al respecto se debe principalmente al bando contrario, que en este y en otros puntos realizó un «trabajo exhaustivo».
¿Es realmente tan nuevo y tan difícil de descubrir mediante el pensamiento y las conclusiones propias lo que les he revelado acerca de estas cuestiones, que una persona de buena voluntad y que permanezca dentro de la lógica del corazón no pueda reconocerlo por sí misma?
En Mi aspecto del Amor vine a su mundo en Jesús de Nazaret. Esto fue necesario porque, debido a la labor de las fuerzas satánicas contrarias, el nivel espiritual y anímico de la humanidad de aquel tiempo había descendido hasta un grado tan bajo que existía el peligro de que su mundo pereciera. El Amor se había enfriado tanto en las personas que ya no poseían la fuerza necesaria para cambiar energéticamente el «rumbo hacia la perdición» mediante una vida agradable a Dios.
Por medio de Jesús —mediante Su vida y Su ejemplo— volví a acercar a las personas el Amor desinteresado correctamente comprendido. Además, durante Su «muerte» en la cruz fluyó hacia cada persona y cada alma una energía adicional, una fuerza denominada «chispa redentora». La Caída quedó detenida, el muro de Luz volvió a abrirse, las tinieblas fueron vencidas y el regreso de las almas dispuestas volvió a ser posible.
Con la chispa redentora, situada cerca de su corazón, entra directamente en juego el Trabajo Interior.
Jesús les acercó su origen, su Fuente eterna de vida, mediante la oración del «Padre nuestro», que lamentablemente también fue víctima de mutilaciones y modificaciones. Eligió conscientemente la palabra «Padre» para expresar que ustedes son hijos de un Ser supremo, criaturas de un Poder que no pueden comprender y que los llamó a la vida por amor. Pero aquí acecha al mismo tiempo el peligro de considerar y comprender esta palabra solo superficialmente y dejarla reducida a una concepción terrenal del «padre». Intenten acostumbrarse a ver en el Padre el Origen de todo ser, quien, por una parte, llamó a la vida a la Creación infinita y, por otra, a cada florecita, por pequeña que sea; y, naturalmente, a ti, a ti y a ti…
Cierren los ojos y entréguense a este Poder infinito que lo produjo todo y que es Amor.
Ustedes oran: «Hágase Tu voluntad…», una formulación que, por adoptarla como tantas otras cosas sin pensar mucho o sin pensar en absoluto, suele pasarse por alto. Si lo dicen en serio, intenten alguna vez decir: «Hágase Tu voluntad en mí…». Esto es algo muy personal. Requiere un poco —o algo más— de valor, pero también muestra que tienen confianza.
El Cielo cumplirá con alegría una petición semejante en todos los casos. Porque Su mayor deseo es que Sus hijos lleguen a este punto. Pero esa petición está ligada al mismo tiempo a una protección especial, pues el deseo del Cielo es que ocurra en ustedes algo que fortalezca su alma y que, poco a poco, disuelva el karma u otras cargas.
¿Cómo comenzará esta aventura de «…en mí»? Les digo que hace mucho tiempo que comenzó. Solo que, la mayoría de las veces, no lo han advertido. Porque, de todos modos, cada etapa de su vida terrenal está marcada por las actividades del Cielo, que se sirve del principio de causa y efecto.
Mi empeño, que nunca disminuye, procura siempre desarrollar la fortaleza del alma de cada uno de Mis hijos, sin importar si se trata de una persona que aspira a acercarse a Mí o de un pecador que se niega a reconocer sus errores.
Según su doctrina eclesiástica tergiversada, Yo habría creado dos creaciones: la espiritual, el Cielo, y la terrenal, el mundo material. En el Cielo, sus habitantes son los ángeles; en la Tierra, los seres humanos. También existiría el mundo espiritual inferior del diablo, quien, como Lucifer —portador de Luz—, nombre que adoptó después de su apostasía, habría sido rechazado por Mí para siempre. Y con él, desde entonces, todas las personas o sus almas, si antes de morir no se hubieran declarado a favor de Mí.
¡Yo Soy el Amor y, al mismo tiempo, la Omnipotencia! El Amor no pierde a ninguno de Sus hijos, tampoco a quienes, en un acto de ceguera y delirio de grandeza, se volvieron contra Él. Si esto fuera posible, el Amor —Mi Amor— no sería la fuerza mayor y más poderosa de la Creación. Dejé este punto muy claro en Mi última revelación.
Responder a un rechazo con una expulsión sin límite de tiempo, con una condenación eterna, nace de un pensamiento satánico implantado en los corazones humanos y proclamado como voluntad divina. Yo tengo otras posibilidades:
Hice entrar en vigor la ley de causa y efecto. Todos la conocen: «Lo que siembres, eso cosecharás».
Esta ley garantiza que ninguna alma se pierda.
Ya les he hablado muy a menudo sobre la ley de la siembra y la cosecha. Si en este punto lo hago una vez más —aunque no será la última—, no es porque quiera ampliar sus conocimientos sobre ella. Mi propósito es agudizar su conciencia para que consideren e incluyan mucho más a menudo en sus reflexiones el hecho de que todo cuanto hay en su vida posee un trasfondo, una causa que, sin excepción, tiene que ver con ustedes mismos, sin importar que conozcan o encuentren las razones. Todos estarán de acuerdo Conmigo en que la famosa casualidad quedó hace mucho tiempo descartada.
Ustedes están sujetos a esta ley, unos más y otros menos. Y puede serles de gran ayuda prestar más atención que hasta ahora a lo que llega diariamente a su vida. La realidad es, lamentablemente, que el día ofrece muchísimas indicaciones e impulsos que ustedes no observan porque, sin cesar, otra cosa parece más importante y porque no están acostumbrados a cuestionarse a sí mismos.
Las fuerzas contrarias no pudieron eliminar del mundo la verdad fundamental de la causa y el efecto. Pero hicieron otra cosa: modificaron Mi enseñanza en un punto decisivo, a saber, que no existe necesariamente una sola vida terrenal, sino que puede haber varias y, con frecuencia, así sucede.
Las fuerzas que trabajan contra Mí y ejercen influencia sobre ustedes difundieron para ello la información falsa de que la vida ocurre una sola vez 2). Por regla general, el creyente no tenía posibilidad de comprobar la veracidad de esa falsa doctrina. Así, desde hace aproximadamente un milenio y medio, se convirtió en una enseñanza aceptada por los miembros de las iglesias cristianas: que Yo creo «de nuevo» a cada ser humano y que, después de su muerte terrenal, comparece ante Mi tribunal.
Mi Amor contiene también la misericordia y la justicia. El hecho de que muchos de ustedes todavía no hayan incorporado esto a su pensamiento demuestra hasta qué punto la falsa doctrina se grabó literalmente en su conciencia, y cuán difícil es sustituir una manera de pensar tan antigua por otra nueva.
Cuando hablo de un «pensamiento antiguo», no me refiero únicamente a esta vida.
Les recuerdo que todo es energía y que la energía no puede destruirse. ¿Qué significa esto con respecto al tema de hoy? Toda acción —incluidos los sentimientos y los pensamientos— es energía. Una vez puesta en el mundo, no desaparece de él «por sí sola», sino que permanece. ¿Durante cuánto tiempo? Cuando se trata de energía negativa —y de ella hablo—, existe hasta que una energía contraria, de vibración más elevada, la transforma.
Esta energía contraria es el Amor. Concretamente, es una acción diferente y opuesta a la realizada antes, es decir, a la acción dirigida contra Mi mandamiento del Amor. Expresado de otro modo: toda buena acción transforma aquello que antes se practicó como una mala acción.
Y como la energía está fuera del tiempo, esto ocurre incluso a través de muchas encarnaciones y hasta a lo largo de períodos infinitamente extensos, lo cual rebasa su imaginación. Piensen tan solo en la Caída y en el «infierno» que surgió a consecuencia de ella. El acontecimiento se remonta mucho más atrás de lo que jamás podrán imaginar. Y, sin embargo, sus consecuencias siguen siendo sumamente actuales. Su transformación todavía no ha ocurrido, no porque esta no sea Mi voluntad, sino porque la libre decisión de sus causantes se opone a ella. Para traerlos a todos de regreso a Mí empleo el instrumento de la reencarnación cuando resulta útil. Esta puede acelerar el proceso de reintegración.
Por regla general, sin embargo, no bastará una sola nueva encarnación. Aunque una vida nueva elegida por decisión propia pueda traer consigo grandes cargas, sigue siendo un acto de Mi Amor. Porque, sin esta posibilidad, un alma atormentada por el dolor y la necesidad no podría seguir desarrollándose, o solo podría hacerlo bajo las circunstancias más difíciles y durante largos períodos. Pues a quien el diablo tiene una vez entre sus dedos no lo deja marcharse tan fácilmente.
¿Pueden reconocer Mi gran amor por ustedes en lo que hago o permito, y que se opone a la doctrina eclesiástica? ¿También cuando ello está ligado a una vida terrenal difícil? Pero incluso entonces Yo estoy en cada uno. Por tanto, nunca están solos.
Como la doctrina tergiversada habla de una sola vida terrenal, sus representantes tampoco tienen explicación para el sufrimiento que alcanza ya a los niños o que sorprende de repente a los adultos, aunque no sean personas malas ni perversas y quizá incluso hagan todo lo posible por seguir Mi enseñanza del Amor tan bien como pueden.
La respuesta que reciben quienes preguntan —si reciben alguna— suele ser: «Es un misterio de Dios. Nadie puede penetrarlo». ¿Realmente se conforman con esto de manera permanente?
Ahora saben más.
En resumen: resolví el problema surgido por la Caída dando a cada alma la posibilidad de «elevarse mediante su propio esfuerzo» fuera de su patria celestial. Mi energía derramada en el Gólgota es la gran ayuda. Sí, es mucho más todavía: es la fuerza que hace posible su regreso y su reingreso en el Cielo. Ninguna otra fuerza vive en ustedes. El instrumento que les muestra lo que todavía deben trabajar es la ley de causa y efecto, de la cual nadie puede sustraerse.
¿De qué manera pueden reconocer dónde se encuentran todavía sus puntos débiles? Aquí les recuerdo algo que saben desde hace mucho: reconocer es una cosa; querer transformar lo reconocido es otra, y no resulta tan fácil.
Imaginen que vivieran en una isla solitaria, sanos, con todo lo necesario y sin problemas. «Eso sería hermoso», pensará más de uno; pero, en cuanto al desarrollo del alma, no sería una buena solución. Para llegar a conocerse a sí mismos necesitan a alguien frente a ustedes; por regla general, son muchas personas. Ellas les sirven de espejo al mostrarles cómo se encuentran interiormente.
No necesito desarrollar más este punto. Saben a qué Me refiero, y cada uno de ustedes está inmerso durante toda su vida en este proceso de reconocimiento. A menudo no comprenden qué sucede, qué sentido tiene ni por qué no puede ser más sencillo. Empieza a ser más fácil cuando ven los roces o incluso las discusiones con otras personas como posibilidades, sí, como oportunidades para transformar algo dentro de ustedes y en ustedes mismos.
Un instrumento perfectamente apropiado es la ley de correspondencia. Esta afirma que todo lo que te irrita, molesta, altera, etcétera, de tu prójimo se encuentra también dentro de ti de igual o semejante manera.
Me limito a esta breve indicación, pues también sobre este tema ya les he dado innumerables ayudas. Solo debe servir para volver a hacerles consciente que siempre se trata de los mismos pasos, enlazados unos con otros como una cadena. Pueden mostrarles muchísimo acerca de ustedes mismos y, al fin y al cabo, de eso se trata: de que se reconozcan y extraigan de lo reconocido las conclusiones necesarias y correctas.
Pero, pese a todos los conocimientos, por importantes y necesarios que sean, al final siempre se trata únicamente de abandonar aquello que se reconoció como incorrecto conforme a Mi Amor y sustituirlo por una nueva manera de pensar y actuar. Sin este paso, aunque fueran sumamente inteligentes y sabios y pudieran describirse hasta el último detalle, seguirían siendo los mismos de antes.
Este paso, que presupone una decisión a favor de Mí si ha de darse con éxito, inicia aquello que Yo llamo Trabajo Interior. Como resultado, transforma a su ser humano. Y una transformación semejante es necesaria si desean acercarse a su patria celestial.
El Cielo es Amor, y quien desee volver a entrar en él debe haberse convertido nuevamente en amor. Una encarnación que persigue esta meta les ofrece las mejores condiciones. Porque entonces Soy Yo quien asume la conducción de su vida. Ustedes Me lo han pedido, y ¿cómo podría no escuchar y cumplir semejante petición?
Nunca olviden esto: ¡Yo vivo en ustedes! No existe otra fuerza que la Mía que los sostenga, fortalezca, anime y acompañe siempre y a todas partes. Basta dirigir hacia dentro un breve pensamiento amoroso y Mi energía de Amor ya fluye con mayor intensidad por su cuerpo y su alma.
Todo cuanto experimentan, Mis amados, todo lo que llega a ustedes a lo largo de su vida procede de Mi Amor. Porque sirve exclusivamente para hacer que deseen volver a unirse íntimamente Conmigo. Si este es también su deseo, entonces caminan de Mi mano, aunque quizá no siempre hayan sido ni sean conscientes de ello. Entonces recorren el camino hacia Mi corazón.
Amén
1) Del 6 de febrero de 2024.
2) Véase el V Concilio Ecuménico (553), celebrado en Constantinopla.
Tómate, amado hijo, un poco de tiempo para Mí
—¿Dónde Me buscas y no Me has encontrado?— Tómate, amado hijo, un poco de tiempo para Mí; siéntate a Mi lado y reflexionemos juntos. No tienes que hacer nada. Limítate a estar en silencio, pero permanece dispuesto; entonces Mi gran Espíritu podrá moverse dentro de ti. ¿Dónde Me buscas y no Me has encontrado? ¿Crees seriamente que estoy en una casa de piedra? ¿Que allí Me encerraron a Mí, el Señor, y Me ofrecen a la cristiandad como pan y vino? ¿Piensas que Mi sublime sentido anhela oro y plata, y que en el lugar donde se busca prestigio Yo estoy quizá un poquitito más a gusto que allí donde se languidece en la necesidad y la pobreza? ¿No ha preguntado ya muchas veces tu alma por Mí? Y tu respuesta, ¿fue firme como una roca y clara? ¿No te ha roído de vez en cuando la duda de si aquello que creías estaba afianzado en tu corazón? Yo Soy. Y lo que procede de Mi elevada sabiduría es Mi ley, que rige fuera del tiempo y de manera inquebrantable. Solo el pensamiento humano, cuando olvida Mi ley, crea por voluntad propia una imagen nueva. Recapacita: Yo Soy el Espíritu Santo del templo, también de tu templo, pues eres y seguirás siendo Mi hijo. Ahora guarda silencio, completo silencio, y sabrás lo que significa que tú y Yo estemos unidos desde toda la eternidad. Así terminan tus preguntas, tu búsqueda y tus extravíos. ¡Yo estoy en ti! Y jamás te dejé solo. Si así lo quieres, pon conscientemente tu propio ser en Mis manos y, por tu voluntad, hazte Mío.
Del poemario «Confía en el suave sonido de tu corazón» (Hans Dienstknecht)