Revelación divina
Mis amados hijos e hijas, todo ser humano se encuentra en el camino de regreso hacia Mí, lo sepa o no, y lo crea o no. Lo mismo vale para toda alma. Porque tanto la existencia como ser humano como la existencia como alma son solamente etapas intermedias. La meta está establecida de manera inquebrantable para cada uno: el regreso a Mí, al Reino del Padre, su patria verdadera y eterna.
En los ámbitos luminosos se da por sentado que el más fuerte ayuda al más débil y quien sabe ayuda a quien no sabe. Esto vale mucho más aún para Mí, que Soy el Amor. Y esta es la razón por la que Me revelo desde que existe memoria humana y, de este modo, instruyo a Mis hijos de la Tierra.
Al hacerlo, observo siempre el principio de no exigir demasiado a nadie y de dejar fluir en Mis palabras solo tanta verdad y sabiduría de los Cielos como resulte adecuada para la conciencia de Mis hijos. Más que eso tampoco les ayudaría. Pero seguramente también tienen claro que todo lo que les comunico es apenas una parte diminuta, sí, una fracción insignificante de aquello que algún día los espera.
Por tanto, todavía hay infinitamente mucho más por reconocer y descubrir, pues en el camino de regreso hacia Mí aún los espera mucho. La «distancia» entre la Tierra —y, con ella, la conciencia humana— y los Cielos, con su infinitud, es tan grande que rebasa su capacidad de imaginar si intentaran abarcarla con el pensamiento. En cada nivel al que vayan accediendo poco a poco conocerán y aprenderán algo nuevo; pero siempre de acuerdo con su disposición —¡tienen libre albedrío!— y con sus posibilidades.
Para prepararlos, para permitirles comprender ya en la Tierra muchas cosas y para favorecer el desarrollo de sus almas, les hablo; y lo hago de las maneras más diversas y también por medio de los instrumentos más diferentes, de los más diversos de Mis fieles, para que cada persona que lo desee pueda encontrar en Mis palabras aquello que, conforme a sus ideas y también a sus deseos, sea importante para ella.
Pero —y lo repito con toda claridad— Mis revelaciones tienen límites que no traspasaré. Son límites que surgen del progreso interior de cada persona y de la intensidad del Trabajo Interior que cada quien determina por sí mismo. Es verdad —también en esto Me repito— que todavía hay infinitamente muchas cosas nuevas e interesantes por revelar; pero solo servirían para aumentar sus conocimientos y, con ello, se convertirían en una trampa para ustedes: la llamada trampa del conocimiento, en la que todos han caído alguna vez y que, bien camuflada, acecha en todo momento y lugar. Porque el mal no duerme.
Esta es también una de las razones por las que, en este momento, se mantienen con mayor frecuencia las exhortaciones, los recordatorios y las repeticiones. Lo decisivo, Mis amados, no es el conocimiento, sino llevarlo a la práctica por amor a Mí. Y en esto toda persona llega inevitablemente a sus límites, aunque estos se manifiesten de forma diferente en cada una. Pero tampoco es la primera vez que les digo que actuar es la parte más importante.
Quien quiera ir de un punto a otro debe efectuar un cambio —o muchos cambios—. Esto vale mucho más aún, hablando en sentido figurado, para el trayecto que existe entre la Tierra y el Cielo. Como, según una ley espiritual, lo semejante atrae a lo semejante —lo que, a la inversa, significa que lo diferente se repele—, en cada etapa del desarrollo hay que aprender algo nuevo. Así madura el alma y se vuelve cada vez más luminosa.
Aquí en la Tierra ya se pone en marcha aquello que necesita cambiar. Esta es una de las razones de la encarnación. Los cambios llegan a su vida porque ya han aprendido, al menos en parte, lo que debían aprender y corresponde dar el siguiente paso; o por la ley de causa y efecto; o porque se toma una decisión consciente a favor de Mí. Esta última sería la situación ideal, que siempre apoyo intensamente. Entonces aparece lo nuevo, lo cual —esto no puede evitarse— está ligado al trabajo, al «Trabajo Interior», del que Yo asumo la mayor parte cuando se realiza Conmigo.
Nada de esto es nuevo para la mayoría de ustedes. También han comenzado su Trabajo Interior con mayor o menor intensidad. Pero el bando contrario no duerme y, por ello, es inevitable que haya etapas en las que algunas cosas —casi siempre sin intención— se olviden o ya no se observen como al principio. Esto le sucede a todos y es «normal». Por eso no hace daño recordar de vez en cuando lo que uno se había propuesto. Y quizá también encontrar en Mis palabras una pequeña indicación o un consejo para volver a mirar «en este o aquel rincón».
Por eso hoy retomo algunos temas típicos que ya fueron, una o varias veces, puntos centrales de Mis revelaciones y que forman parte del Trabajo Interior. Así vuelvo a recordárselos, quizá también con aspectos nuevos para uno u otro de ustedes. Seguramente todos encontrarán algo que pueda ayudarlos a avanzar o incluso provocarles un pequeño momento de comprensión.
Quien quiera ir de A a B tendrá que realizar un cambio; de lo contrario, permanecerá en A. Para el desarrollo de su alma esto significa que, a la larga, no pueden seguir siendo «los mismos de antes», aunque cada uno pueda decidir por sí mismo cuándo dará los primeros pasos en dirección al Cielo. En el caso de ustedes, que leen o escuchan Mis palabras, doy por sentado que desean cambiar, a menos que Mis revelaciones solo les interesen para poder opinar gracias al conocimiento adquirido. Pero ya hemos hablado de eso.
Un cambio, sobre todo un cambio por amor a Mí y con Mi ayuda, presupone, en el caso ideal, que se haya reconocido su necesidad. Esto significa que el conocimiento de uno mismo debe haber ocurrido primero, ya sea por una comprensión propia o por circunstancias que hayan provocado una situación correspondiente.
¡El conocimiento de uno mismo es, por tanto, la llave!
Para esta llave, la ley de correspondencia representa una ayuda muy grande, más aún: la ayuda. Todos conocen esta ley —todos la tienen en la cabeza—; pero como, a pesar de conocerla, una y otra vez llegan a situaciones en las que esta ayuda «se olvida por completo», quiero recordársela. La ley dice:
Lo que me molesta, irrita o altera de mi prójimo; aquello que me ocupa durante largo tiempo o me lleva a pensar o hablar negativamente de él, lo llevo dentro de mí de igual o parecida manera.
¡No existe una ayuda mayor ni mejor, Mis amados! Pero los desafía, les pone un espejo delante y les revela algo sobre ustedes mismos que muchas veces ni siquiera desean saber. Esta es una de las razones por las que la ley de correspondencia se observa poco o nada, o se olvida; no porque ustedes no la hayan reconocido y aceptado como correcta, sino porque la vida cotidiana, con todo lo que trae sin cesar, los distrae y no les permite reflexionar, lo que casi siempre les viene muy bien. Porque ¿quién desea verse confrontado consigo mismo con mayor o menor regularidad…?
Y, sin embargo, esta ley es y seguirá siendo la ayuda en su camino hacia Mí.
Tal vez también evitan ampliamente esta ley porque no desean ser así, porque los conocimientos que obtendrían de ella harían que ya no se agradaran a sí mismos, quizá incluso que se condenaran. Si esto último ocurriera, surgiría de inmediato la pregunta: ¿pueden entonces tolerar en su prójimo el mismo defecto que condenan en ustedes mismos? Porque la tolerancia es lo mínimo que forma parte del amor. Y Mi mandamiento dice que ames a tu prójimo y que te ames a ti mismo.
Si están dispuestos a mirarse a sí mismos sin pensar negativamente de ustedes, no existe motivo para eludir un conocimiento sincero de sí mismos. ¡Yo te amo tal como eres! Por tanto, ante Mí no tienes que sentir miedo ni esconderte. De todos modos, te conozco por completo, mucho mejor de lo que tú llegarás a conocerte jamás. ¡Y, aun así, te amo! Cómo es posible esto seguirá siendo para ustedes un gran misterio hasta que vuelvan a estar unidos Conmigo.
Pero, por importante que sea la ley de correspondencia, más importante es la pregunta de cómo pueden superar las deficiencias y debilidades que hayan reconocido, siempre que acepten la necesidad de un cambio.
¡La solución Soy Yo, que vivo en ti y espero que vengas a Mí!
Habla Conmigo de lo que te preocupa. No existe nada que no puedas decirme. Y si estás dispuesto a desprenderte de aquello que reconociste como poco bueno, Yo seré quien lo lleve a cabo: Yo, la fuerza infinita del Amor en ti.
Todo esto, Mis amados hijos e hijas, y mucho más está contenido en la ley de correspondencia. Por eso vale la pena repasar de vez en cuando el día al llegar la noche.
El mundo, si acaso conoce la ley de causa y efecto, la conoce más o menos solo de oídas. Está consignada en su Biblia: «Lo que el ser humano siembre, eso cosechará». Muy pocos piensan que esta ley determina, sin excepción, todo cuanto sucede. Porque Mi adversario y el de ustedes ha sabido interpretar esta norma de tal manera que, a sus ojos, solo vale para el futuro.
Casi nadie tiene la idea de preguntarse cuándo se sembró la semilla cuya cosecha se recoge hoy; tampoco quienes entre ustedes se llaman cristianos. Precisamente ellos no se hacen esta pregunta porque, según su fe, no existió ningún «antes», pues, después de la modificación de Mi enseñanza, ya solo existe esta única vida. Según esa doctrina, Yo creo una nueva alma y un nuevo ser humano en cada concepción, sea esta o no Mi voluntad. Conforme a tal visión, el ser humano Me impone su voluntad mediante la unión física con otro ser humano.
¡Tómense un momento para reflexionar sobre ello!
Así, solo queda suponer para todo acontecimiento la llamada «casualidad», lo que equivale a afirmar que algo sucede sin que nada lo haya precedido. Así, sin más.
La inmensa mayoría de las personas acepta esta idea sin reflexionar sobre la falta de lógica que contiene. Ustedes, en cambio, saben más; y, aun así, también caen repetidamente en el error de pasar por alto un acontecimiento o seguir de largo sin examinarlo más de cerca. Con ello se privan muy a menudo de la oportunidad de mirar más profundamente y reconocer más.
Porque, si todo tiene una causa —la conozcan o no—, entonces en todo hay un mensaje. Esto puede ser especialmente importante para ustedes en la convivencia con sus semejantes y en las conductas que de ella resultan por parte de ustedes. Si comienzan a estar atentos en este punto y no descartan con tanta rapidez una situación que ustedes mismos contribuyeron a configurar con su comportamiento, aprenderán mucho acerca de sí mismos.
Piensen tan solo en los desacuerdos o las discusiones dentro de sus matrimonios o familias. Qué rápidamente los dejan atrás. Lo principal es que pronto vuelva la calma. ¿Por cuánto tiempo? Hasta el siguiente roce. Puede ser que las causas no se encuentren de inmediato. Entonces vengan a Mí, si sienten el deseo de descubrir dónde se encuentran las razones. Esto no siempre es fácil, pues con frecuencia una causa se enlaza con otra.
Sin embargo, lo importante es siquiera llegar a pensar que detrás de todo cuanto les ocurre —y no solo a ustedes; esto también vale para todos los acontecimientos pequeños y grandes del mundo— debe existir algo o muchas cosas que lo fundamentan. Por eso, olviden el cuento de la casualidad. Es una invención de quienes quieren impedirles conocer tanto a ustedes mismos como a su prójimo.
Pero no caigan en el error de condenar. También aquí se ha colocado una trampa. Si cometen este error, se privan de la posibilidad de adoptar una mirada neutral. Se trata de no aceptar simplemente todo sin reflexionar. Aunque por el momento muchas causas todavía permanezcan en la oscuridad, crecerá en ustedes la comprensión de cuánta justicia y perfección gobiernan Mi Creación.
Para destruir la fe en esta realidad —y, al mismo tiempo, poner en duda Mi amor por todo y por todos—, se interpretó conscientemente de manera falsa la ley de causa y efecto, con el fin de mantenerlos en la ignorancia y dejarlos solos con muchas preguntas sin respuesta.
Ahora saben más. Intenten integrar conscientemente este conocimiento en su vida cotidiana y ya no será tan fácil engañarlos.
Comprender el acontecimiento de la caída de los ángeles, que ustedes también llaman «la Caída» y que ocurrió hace un «tiempo» inconcebiblemente lejano, contribuye de manera decisiva a que puedan comportarse correctamente y protegerse. Porque las consecuencias de aquel acontecimiento único repercuten actualmente sobre su existencia y dentro de ella, aunque solo unos pocos lo reconozcan de ese modo.
Sadhana, quien más tarde se llamó Lucifer, y una parte de los ángeles se rebelaron contra Mí, el Amor, y tuvieron que abandonar los Cielos puros. Como consecuencia, fuera de los Cielos se formaron mundos que no tenían ni tienen la elevada vibración del Amor. Como la rebelión continuó, surgieron sin cesar nuevos ámbitos cada vez menos luminosos y, finalmente, en su punto más bajo apareció la materia. A ella pertenece la Tierra dentro de su universo.
Muchos de ustedes sostienen que el diablo fue desterrado al infierno y que allí lleva ahora su existencia. Nada se oye ni se ve de él y, con ello, la Caída habría quedado de algún modo concluida.
Una suposición no podría ser más equivocada, Mis amados hijos.
Una gran parte de las fuerzas negativas no reconoció su error y, desde entonces, ha continuado su lucha contra Mí. Ahora entra en juego algo que la mayoría desconoce o no toma en cuenta: para todo se necesita energía, aunque sea únicamente para un pequeño pensamiento o un movimiento apenas perceptible. Sin energía nada puede existir. Pero el único Dador de energía, la única Fuente primordial, ¡Soy Yo!
Una ley de Mi Creación establece que lo semejante atrae a lo semejante, como ya les he revelado repetidas veces. Por consiguiente, cada persona recibe Mi energía de Amor en la medida en que ella misma se ha convertido en amor. Quien lleva mucho amor dentro de sí puede recibir mucho amor; quien ha desarrollado poco amor en su interior puede recibir correspondientemente menos. Pero ningún ser carece por completo de energía de Amor, porque entonces no existiría.
Por tanto, también Satanás y sus seguidores reciben energía de Mí, aunque en una medida tan escasa que «apenas basta» para poder sentir vida en su interior. Su imaginación no alcanza ni remotamente para representarse los tormentos y el sufrimiento de un nivel de vida tan bajo.
Desde la perspectiva de los seres caídos, su tarea principal consiste ahora en conseguir energía adicional para poder mejorar un poco su situación de vida. ¿Dónde encuentran esta posibilidad? En las personas a quienes pueden influir para que hagan cosas que no corresponden a Mi mandamiento del Amor. Si lo logran, se adhieren como «chupadores de sangre» a quienes han seducido, sin que estos lo adviertan, y les extraen su fuerza, lo que puede llegar hasta el colapso total de sus víctimas.
El seductor supremo es Lucifer; después de él siguen quienes le obedecen, según el orden de su importancia y utilidad. Pero, sin importar cuán grandes o pequeños sean, todos están interesados en obtener energía. Porque la alternativa al robo de energía —volver a desarrollar progresivamente en sí mismos una mayor capacidad para recibir Mi energía mediante el conocimiento de sí mismos, el arrepentimiento y el regreso— no constituye para ellos una opción.
Además de obtener energía, hay otra cosa importante para el adversario de ustedes: busca aumentar constantemente el número de quienes le obedecen y, con ello, ampliar su poder sobre la Tierra. Porque sabe exactamente lo que ocurrirá en el futuro. También sabe que muchos seres luminosos de los Cielos ya se han encarnado y que muchos otros se preparan para hacerlo. Él quiere «participar», aunque esto no sea en absoluto un juego. Entretanto, también ha reconocido que no puede vencer. Por eso se limita a perturbar y destruir. Y también por esta razón intenta aumentar continuamente el ejército de sus seguidores.
Sin embargo, la meta más importante de sus hermanos y hermanas caídos es y seguirá siendo obtener energía con la que puedan hacer un poco más soportable su vida. Para conseguirlo, los rodean constantemente, los acechan y buscan sus puntos débiles.
Es allí donde se acercan y penetran de una manera muy refinada, de modo que —si llegan a advertirlo— muchas veces solo reconocen después que han vuelto a caer en antiguas costumbres perjudiciales que hacía mucho tiempo querían abandonar. Los favorece el hecho de que, por regla general, los conocen mucho mejor de lo que ustedes se conocen a sí mismos…
Entonces dicen con frecuencia: «Una vez más, mi ego ha sido reforzado». ¿Cómo habría de suceder eso? ¿Quién los refuerza? Si dicen que fueron fortalecidos para hacer el bien, está claro: fui Yo, su Dios, quien vive en ustedes. Pero el mal no vive dentro de ustedes. Por tanto, solo queda una explicación: ¡tiene que encontrarse a su alrededor!
Así pues, el diablo no está en absoluto en algún lugar lejano, dentro de un infierno imposible de describir con precisión. Puede estar en todas partes, y está allí donde —casi siempre sin saberlo y a menudo también sin quererlo— se lo invita mediante una manera correspondiente de pensar y actuar.
Solo existe una posibilidad de reconocer sus seducciones y ataques y defenderse de ellos con éxito: buscar con mayor intensidad la cercanía de Mí e intentar vivir cada vez más estrechamente Conmigo, recorriendo conscientemente su día a Mi lado. Nadie está a salvo de ser «abordado» inadvertidamente por el diablo y sus colaboradores. Porque también ellos tienen libre albedrío. Pero ustedes igualmente están dotados de libre albedrío, con el cual pueden oponer su «no» a sus insinuaciones y tentaciones.
Es importante que tengan claro —sin que por ello surja miedo en ustedes— que viven en un entorno que de ningún modo es tan «inofensivo» como parece. Pero esto ya lo sabían antes de su encarnación. El mundo invisible está constantemente a su alrededor. Y desde ese mundo, que es mucho más real de lo que creen, no solo los observan e influyen sobre ustedes fuerzas inferiores. Yo también estoy allí —¡incluso vivo en ti!— y, Conmigo, los ángeles puestos a su lado, además de sus amigos de los Cielos. Todos deseamos profundamente que dirijan sus pasos de manera constante hacia la Luz.
Mi palabra debe servirles de ayuda para ello.
En principio, Mis amados, no les he dicho nada nuevo. ¿Fue por eso innecesario? Eso deben decidirlo ustedes, cada uno por sí mismo. Tal vez, al leer o escuchar, digan que no estuvo nada mal recordar una vez más verdades tan sencillas. Porque es grande el peligro de olvidar, entre tantas tareas cotidianas, que uno quería volver a prestar mayor atención a esto o aquello.
Puede ser de ayuda unirse a Mí inmediatamente después de despertar —lo mismo vale al quedarse dormidos— y hablar Conmigo como con un buen amigo o una buena amiga, aunque sean solo unas pocas palabras. Así, nuestra unión se volverá lenta pero seguramente cada vez más íntima y, finalmente, será natural para ti hablar Conmigo de todo. Muchas veces bastarán entonces unos pocos pensamientos amorosos.
El pensamiento más hermoso y, al mismo tiempo, la oración más hermosa, aunque sea muy breve, es y seguirá siendo: «Padre, sé que Tú me amas. También dentro de mí ha nacido algo, algo ha crecido poco a poco, que me permite decir: Te quiero».
Amén
Te pones en camino, ya no quieres descansar
Te pones en camino, ya no quieres descansar, sientes cómo algo te empuja y a la vez te atrae; ya presientes que, a pesar de las cargas de tu vida, arde dentro de ti un fuego desconocido. Ahora estás, lleno de preguntas, ante la bifurcación del camino; vacilas, te vuelves y permaneces allí, indeciso: ¡hay tantas ovejas en cada prado! ¿Quién me enseña a dirigirme al mío? Tienes la elección, la libertad te pertenece; son muchos los pastores que hay en el campo. Cada uno quiere mostrarte sus caminos, su visión de maestro y su mundo. Cuando descubres que la meta no está lejos de ti, que es un paso dentro de ti —del yo al nosotros—, ¿no eliges entonces, lleno de amor, como compañero de camino a Aquel que vive en ti? ¿Quién puede afirmar por sí mismo, con corazón puro, que te conoce, te ama y vive en ti? Solo hay Uno: Cristo, que eleva hacia la Luz las preguntas que lleva tu alma. En Él, el Amor eterno del Padre nació dentro de cada corazón, bueno o malo, para que aquello que está turbio sea atravesado por la Luz y resplandezca. Tú eliges, amigo mío. Elige bien.
Del poemario «Confía en el suave sonido de tu corazón» (Hans Dienstknecht)